¿Es la chica más preciosa que has visto, verdad? No fue fácil conocerla de poco a poco. Tuviste que aprender a pensar en lo que fueron tus viejas amistades para conseguir una que creías inalcanzable. No esperabas ser el amigo de una famosa cantante.
Te pasaste toda tu vida aprendiendo sobre ella sin saber que la conocerías un día. Tanto aprendizaje para llegar a este punto fue, al menos para ti, una especie de preparación para lo que se acercaba aunque no supieras todo.
¿Cómo fue que sucedió todo esto? ¿Cómo fue que formaste una gran amistad con una celebridad? Todo comenzó hace tiempo, cuando no eras más que un simple fan de la cantante.
[2007]
Creciste en una colonia en algún lugar de la capital del país, ni tan recordada ni tan olvidada, en una casa donde casi nunca había silencio: tu papá era taxista de noche y tu mamá trabajaba turno doble en una fábrica de cosméticos. Eras hijo único y, desde los 15 años, aprendiste a estar solo sin sentirte solo. Tenías lo necesario para no aburrirte tanto dentro como fuera de casa.
En el 2006, con 19 años recién cumplidos, tu padre había cambiado de trabajo y tú madre se había ido a otro estado para visitar a un familiar suyo. Sin embargo, el nuevo trabajo de tu padre apenas podía mantener todo en la casa. Tuviste que hacerte cargo de la casa mientras él no estaba, resolver las cuentas y fingir que estaba bien cuando en realidad el estrés y el cansancio te estaban carcomiendo.
En esos meses oscuros, la tele era tu única compañía. Una noche de insomnio, mientras esperabas a que tu padre regresara, te topaste con la audición de una chica de Guadalajara en Latin American Idol. Cantaba ‟Déjame ir” con una voz rota que parecía entender exactamente lo que tu sentías. La chica se llamaba Paty Cantú.
Desde esa noche, empezaste a seguirla como quien sigue una luciérnaga en medio de un bosque por la noche.
Grababas las galas en VHS y las veías una y otra vez.
Te aprendiste todas las canciones de su primer disco y su anterior dúo musical de memoria.
Cuando sacaron ‟Afortunadamente no eres tú” como segundo álbum en 2010, lloraste en tu cuarto porque sentías que alguien más en el mundo también había aprendido a soltar.
Guardabas cada entrevista, cada foto, cada aparición en los premios. No era una obsesión enfermiza; era supervivencia. Paty era la prueba de que se podía estar roto y aun así hacer algo hermoso con los pedazos.
Nunca habías ido a un concierto (no tenías dinero), nunca habías mandado carta ni comentario en Hi5. Tu fandom era silencioso, privado, casi sagrado.
Y ahora, en octubre de 2010, con tu mamá llegando de visita a tu casa y tu papá trabajando en una agencia de diseño gráfico, y tú trabajando en una cafetería lejos de casa y que apenas te alcanzaba para pagar la renta en la casa que ahora vives... te encontrabas caminando al lado de la misma mujer que, sin saberlo, le había salvado la vida a alguien cuatro años atrás.
Ciudad de México, finales de octubre de 2010.
En una calle recurrente de la capital, sábado por la tarde.
Tenías 24 años y un ritual sagrado: cada vez que salía un disco de Paty Cantú, te tomabas el día libre del trabajo, te ponías la misma sudadera gris con capucha (la de la suerte) y te ibas directo a la Mixup más cercana a comprar la edición física el mismo día del lanzamiento. Era tu manera de decirle gracias a la niña que, cuatro años atrás, había cantado ‟Déjame ir” en Latin American Idol y le había salvado la vida sin saberlo.
Esa tarde entraste con el corazón a mil mientras escuchabas las conversaciones de otras personas y la música de otros artistas. El disco nuevo se llamaba ‟Afortunadamente no eres tú” y ya habías llorado con el primer sencillo en la radio. Buscaste entre los estantes como loco (con algunos viéndote por unos segundos) hasta que lo encontraste: portada blanca, ella con el cabello corto y esa mirada que parecía entenderlo todo.
Tomaste el último ejemplar de la pila... y sentiste que alguien más lo jalaba suavemente del otro lado.
—Perdón... creo que ese es mío —dijo una voz conocida, demasiado conocida.
Levantaste la vista despacio, como en cámara lenta de una película antigua pero mala.
Y entonces, la viste. Paty Cantú, en persona. Con jeans rotos, una sudadera negra oversized, lentes de sol encima de la cabeza y una sonrisa nerviosa. Sin maquillaje. Sin seguridad. Sola.
—Ay, no... lo siento, yo... —balbuceaste, soltando el CD como si quemara.
Ella se rio bajito, esa risa que habías escuchado mil veces en entrevistas pero que en vivo sonaba más cálida.
—No, tranquilo. Hay más, ¿no? —miró la pila vacía y puso cara de drama— Ay, no me digas que ese era el último.
Tragaste saliva. Tu cerebro gritaba ‟¡di algo normal, idiota!”, pero tu boca decidió soltar otra cosa:
—¿Quieres... el mío? O sea, te lo regalo. Total, yo... puedo descargar el pirata y ya.
Paty te miró un segundo, como evaluando si estabas bromeando o eras un loco. Luego soltó una carcajada sincera.
—¿En serio me estás ofreciendo tu ejemplar físico el día del lanzamiento? Eres el fan más raro que he conocido... y eso ya es mucho decir.
Te pusiste rojo hasta las orejas.
—No soy raro, soy... considerad@.
Ella se mordió el labio, divertida.
—Oye, ¿cómo te llamas, fan considerad@?
[Aquí debe ir tu nombre, inventa uno]
—[T/N]... —repitió ella como probando el nombre— ¿Sabes qué? Hoy tengo el día completamente libre por primera vez en meses. Mi manager cree que estoy en una entrevista de radio, pero me escapé. ¿Te parece si compramos los dos el disco (yo invito) y... no sé, nos lo escuchamos juntos en algún lado? Prometo no ser pesada.
Al escuchar eso sentías que el mundo se detenía.
—¿Estás... estás hablando en serio?
—Muy en serio. Pero con una condición. —levantó un dedo— Nada de fotos, nada de videos, nada de contarle a nadie. Solo dos personas escuchando un disco que todavía no sabe nadie cómo suena completo. ¿Trato?
Tú asentiste como muñeco de resorte.
—Trato.
Paty sonrió de oreja a oreja, tomó dos copias del disco que convenientemente habían aparecido en el mostrador (gracias, empleado fan también) y le guiñó un ojo.
—Perfecto. Conozco un café aquí cerca que tiene bocinas decentes y nadie me molesta. ¿Vienes, [T/N]?
Y así, sin más, tú, como el fan que había planeado pasar la tarde solo en su cuarto llorando con el disco nuevo, terminó caminando por la avenida al lado de Paty Cantú, con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que ella lo escuchara.
Lo que ninguno de los dos sabía todavía es que ese día no solo iban a escuchar ‟Afortunadamente no eres tú” por primera vez juntos... sino que iban a empezar una amistad que ninguno estaba buscando, pero que los dos, en el fondo, necesitaban desesperadamente.
Cruzan la calle. Sientes el semáforo en 7 segundos y aprietas el paso sin darte cuenta. Paty te sigue con las manos en las bolsas de la sudadera, como si esto fuera lo más normal del mundo. El aire huele a elote asado y gasolina de los taxis. El frío de octubre está más que presente, pero tienes la espalda empapada.
—¿Frío? —pregunta ella, notando que tiemblas.
—No... solo son nervios —dices, y te sale la voz más aguda de lo normal.
Ella se ríe bajito. Esa risa. La has oído en entrevistas, pero en vivo suena como si te abrazara.
Llegan al café: ‟El Árbol de Café”, un lugar chiquito en la esquina de la calle donde pasaban y que daba dirección a otra. Podías ver una puerta de madera que chirría, mesas de formica, bocinas que suenan bajito ‟La despedida” de Julieta Venegas.
Paty empuja la puerta y el olor te golpea sin avisar: café de olla, canela, pan de muerto recién hecho, se estaban preparando para noviembre.
—Aquí nadie me molesta. —susurra ella mientras busca una mesa al fondo— El dueño es amigo de mi tía.
Te sientas frente a ella. La mesa es tan pequeña que sus rodillas casi tocan las tuyas. Sientes que te vas a desmayar.
Respira, pendejo. Respira.
Ella saca los dos discos del morralito. Los pone entre ustedes como si fueran reliquias.
—¿Listo? —pregunta, y sus ojos cafés te miran directo.
Tú solo asientes. No confías en tu voz.
Pone el disco en un pequeño estéreo portátil que traía en el morral (sí, en 2010 todavía existían). Sube el volumen apenas lo suficiente.
Las primeras notas de ‟Afortunadamente no eres tú” empiezan a sonar.
Y pasa algo que nunca habías vivido:
Estás escuchando el álbum el mismo día del lanzamiento, y con la persona que canta todas las canciones.
Ella cierra los ojos. Mueve los labios siguiendo la letra sin cantar en voz alta.
Tú no puedes cerrar los ojos. La estás viendo. Y piensas, en cursiva y todo junto:
Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando...
Cuando tu respiración se hace más agitada ella abre los ojos de golpe y te pilla mirándola.
—¿Qué? —pregunta con media sonrisa.
—Nada... es que... tus canciones me salvaron la vida —te sale sin filtro.
Paty se queda callada dos segundos. El estribillo explota en las bocinas.
Y de pronto ya no es la Paty Cantú famosa. Es una chava de 26 años que te mira como si entendiera perfectamente lo que acabas de decir.
—¿Te salvaron la vida? —repite en voz baja.
Tú asientes. Sientes la garganta cerrada al no tener una palabra que soltar. Ella estira la mano por encima de la mesa y te aprieta los dedos suavemente por un segundo. Solo un segundo.
—Gracias por decírmelo. —susurra— A veces una se olvida de que las canciones llegan tan lejos.
Y ahí, entre el olor a canela y el sonido de su propia voz saliendo de unas bocinas baratas, algo se rompe y se reconstruye al mismo tiempo. El disco sigue. Tú sigues temblando. Ella sigue ahí. Y por primera vez en cuatro años, ya no te sientes solo.
Tú te pones a mirar de un lado a otro sin saber bien que hacer o que decir, hasta que casi de inmediato sacas un tema para romper el hielo.
—¿Sabes? he estado leyendo una y otra vez esa noticia de que estuviste pasando la voz para apoyar a los enfermos de Fibrosis Quística, y creo que has hecho un buen trabajo con dar tu aporte hace un mes.
Ella simplemente sonríe al escuchar eso, sabiendo que, como fan, estarías al tanto de todo lo que ella estaba haciendo.
—Ya me daba la idea de que un día alguien diría eso, pero me alegra que tú también hayas dado de tu parte, ¿verdad?
Hay un silencio. Ella se acomoda el cabello detrás de la oreja (gesto nervioso que has visto en mil videos pero que ahora está a treinta centímetros).
—Sí... podría decir que sí... en mi anterior trabajo andaban diciendo eso y donamos un poco de lo que teníamos para apoyar.
Sientes que el mundo se hace más pequeño. Solo existen ella, tú y la niebla que estaba apareciendo afuera.
—Y no solo eso, en todo este tiempo he estado escuchando todas tus canciones una y otra vez, incluyendo las que tuviste cuando tenías tu dúo musical. —continúas—Y ahora estoy aquí, escuchando tu álbum más reciente contigo... y por primera vez no me siento como alguien tan diferente de los demás.
Paty te mira como si acabaras de abrirle una puerta que nadie más había visto. Y entonces hace algo que ningún fan en el mundo real hubiera imaginado: Se levanta, da la vuelta por la mesa chiquita, se sienta a tu lado en la banca corrida y te abraza.
No es un abrazo de famosa a fan. Es un abrazo de alguien que también ha estado al tanto de todo lo que ella hacía sin perder cada detalle, tanto tú como ella sabían que esto era algo más que un trabajo propio de un fan, era otra cosa. Tú la abrazas de vuelta. Huele a vainilla, a lluvia y a algo que no puedes nombrar. Permanecen así hasta que la última canción termina. Cuando se separan, ella sonríe.
—¿Sabes qué, [T/N]?
—¿Qué?
—Hoy no quiero volver a Guadalajara. Había dicho que mi manager cree que estoy en una entrevista de radio... y tengo todo el fin de semana libre.
Tú parpadeas.
—¿Qué... qué estás diciendo?
—Que si tú quieres... podemos seguir escuchando el disco otra vez. Y mañana... no sé, ¿me enseñas toda la ciudad? Nunca he estado en esta parte más que de pasada.
Sientes que te vas a desmayar otra vez. Por primera vez, un famoso hablaba con un fan de una manera que no esperabas que hiciera, y eso te dejaba con menos ideas de querer decir algo sin soltar un grito de emoción.
—¿T-todo el fin de semana?
Ella se ríe, esa risa que ahora es solo para ti.
—Todo el fin de semana. Pero con una condición.
—Dime.
—Que sigas siendo tan honest@ como ahorita. Me gusta esta versión de ti.
Nunca creíste en milagros, pero en este punto entiendes que acabas de recibir el más grande de todos: la misma Paty Cantú no solo está en tu ciudad. Se va a quedar. Estuviste recordando esas veces en las que habías estado pendiente de cada cosa nueva que estuviera sacando Paty o de cada noticia relacionada a ella por el resto de la tarde. Nunca habías esperado que un momento como este estuviera pasando, pero está sucediendo. Quizás no haya sido el momento adecuado para el encuentro, pero ya no importa, ahora sabes que debes estar más que contento por lo que está pasando.
Al salir, notas que la noche había aparecido, la niebla se había ido y los faroles parecían pequeñas lunas flotando. Caminan por la calle sin hablar. Solo se oye el eco de sus pasos en el empedrado y, muy lejos, un mariachi que termina una última canción en la plaza. Paty lleva las manos en las bolsas de la sudadera, observando el camino por donde iban. Tú vas a medio metro, con el corazón latiendo tan fuerte que temes que ella lo escuche. Llegan al final de la calle. Ahí está tu casa: pintada de blanco, portón de herrería, una bugambilia morada que se trepa por todo el muro.
Te detienes. Respiras hondo tratando de mantener la cordura al lado de ella.
—Esta es mi casa —dices, y la voz quiere temblar.
Ella alza la vista. La luz del farol da la ilusión de que la casa está pintada de dorado. Pero su sonrisa aún era más que notable.
—¿Aquí vives?
—Sí. Hace poco estuvo de visita mi mamá... pero este fin de semana se fue a casa de mi tía en Lagos de Moreno. Está sola la casa.
Paty te mira un segundo largo. Lee tu miedo como si fuera un libro abierto.
—Oye, —dice suave— si te incomoda que me quede, puedo buscar dónde...
—No. —te sale rápido, casi desesperado— No es eso. Es que... quiero que estés cómoda. Y mi casa no es un hotel ni nada. Solo quiero que te sientas bien. Que sepas que para mí esto no es un trofeo ni una locura de un fan. Es... —buscas la palabra— ...es un regalo que no merezco, pero que voy a cuidar con la vida.
Ella sonríe. Esa sonrisa que ya no es de cantante famosa, sino de una chava de 26 años que acaba de encontrar refugio en el sitio menos esperado.
—Entonces déjame entrar, [T/N]. No necesito hotel. Necesito sentirme en casa.
Abres el portón. El patio huele a bugambilia y a tierra mojada. Prendes la luz del zagüán: la bombilla parpadea dos veces antes de quedarse.
Ella entra. Mira todo con ojos enormes: las macetas de tu mamá, el sillón viejo de terciopelo verde, las fotos de tu papá en la pared.
—Qué bonito huele. —dice— Huele a... hogar.
Tú cierras la puerta. El mundo exterior y sus conocidos ruidos desaparecen para dar paso al silencio.
Te quitas la sudadera (de repente sientes calor) y la cuelgas con cuidado.
—Tengo dos cuartos. —dices— Tengo un cuarto especial que está cerrado con llave porque, bueno, soy muy especial con algunas cosas. El otro mío... es el mío. Tú puedes quedarte ahí. Yo duermo en la sala, en el sillón. O en el suelo, me da igual.
Paty se quita la sudadera. Debajo trae una playera gris sencilla que dice "Guadalajara" en letras deslavadas.
—No. —dice con firmeza— Tú duermes en tu cama. Yo duermo en el sillón. O... —se muerde el labio, dudando— ...si no te incomoda... la cama es grande, ¿no? Podemos dormir... cada quien en su lado. Como amigos. Solo dormir. Te lo juro.
Tú sientes que te vas a arrepentir de soltar cualquier respuesta sin importar lo que ella diga, y que ese error sería el fin de todo.
—¿Estás segura?
—Más segura que de muchas cosas en mi vida —contesta, y su voz es tan sincera que duele.
Sin saber que decir, entras al cuarto. Es sencillo: cama matrimonial con la cobija de tigre, un buró con una lámpara de lava que ya no funciona, pósters viejos de Paty (obviamente) que ahora te dan una pena mortal, quizás por el hecho de que la cantante está contigo. Ella los ve y se ríe bajito.
—No los quites. Me hace feliz que estén ahí.
Te cambias en el baño en menos de 30 segundos (un pijama de franela a cuadros que un familiar tuyo te regaló hace un año). Cuando sales, ella ya está sentada en la orilla de la cama, con una sudadera tuya que encontró en el respaldo de la silla (le queda enorme y le llega casi a las rodillas).
—Te la robé. —dice, levantando los brazos— Huele a ti. Me gusta.
Tú apagas la luz grande. Solo queda la lámpara de noche que da un tono naranja cálido y otoñal.
Se meten a la cama. Cada quien en su lado. Hay casi un metro de distancia, pero sientes su calor como si estuviera pegada a ti. Regresa el silencio. Después de un rato, su voz en la oscuridad:
—[T/N]...
—¿Sí?
—Gracias por hoy. Nadie me había regalado un día así nunca, mucho menos un fan como tú.
Tú cierras los ojos. Sintiéndote agradecid@ de haber sido tan cortés con la cantante que tanto has admirado y ahora está contigo pasando la noche.
—Gracias a ti por quedarte.
Ella se mueve. Muy despacio, su mano cruza el espacio vacío y encuentra la tuya debajo de la cobija.
No es romántico todavía.
Es algo más grande.
No hay besos, no hay abrazos, no hay promesas, nada. Solo está la pesada sensación de que las cosas podrían cambiar al siguiente día; y tal vez eso sería algo bueno, pero deberías pensar en cómo decirle a tu familia y a tus amigos que aquella celebridad de la que hablabas tanto estuvo contigo un día entero y se quedó en tu casa por una noche, sería difícil para ellos comprender todo lo que pasó, pero podrían entenderlo.
Todo se encontraba en un silencio total. La noche estaba al tanto de todo lo que sucedía. Solo se oyen los ruidos de alguien abriendo una puerta a lo lejos, los ladridos de un perro, y una moto pasando rápidamente por la carretera.
Abres los ojos de golpe. El corazón te late tan fuerte que parece que va a despertar a Paty. Pero ella sigue dormida a tu lado, con el cabello desparramado en la almohada y una mano todavía rozando la tuya.
No puedes volver a dormir. No son los nervios. Es algo más grande: una mezcla de euforia y pánico a que todo sea un sueño. Te levantas con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper esa extraña pero bonita bendición. Te pones las chanclas que hacen un ruido tan bajo en el piso pero que puedes oír bien. Vas de puntitas hasta salir del cuarto, entras a la sala y te acercas a un mueble que descansaba en una esquina.
Usas una silla del comedor para subirte y bajar algo que estaba arriba de ese mueble. Encima está una caja de zapatos envuelta con cinta canela. La caja que no has abierto en más de un año porque te dolía demasiado. Sentías eso cuando bajaste y volviste a mirar la caja.
Te sientas en el sillón de terciopelo verde, prendes la lámpara de pie que da una luz amarilla tenue y abres la caja como quien abre una tumba querida.
Dentro está todo tu mundo de antes:
El primer CD de Paty comprado el día que salió (2008), con la funda rota de tanto usarlo.
Un boleto falso que tú mismo imprimiste para un concierto que nunca pudiste pagar.
Una carta de tres hojas que escribiste a los 19 años y que nunca enviaste.
Unas pulseras de tela que hiciste con los colores de la portada del primer disco.
Fotos impresas de ella en Latin American Idol, con márgenes escritos a mano: ‟Gracias por existir.”
Y, lo más guardado: un cuaderno Moleskine negro donde escribiste, día tras día, cómo sus canciones te mantuvieron vivo cuando quisiste desaparecer.
Hojeas el cuaderno con manos temblorosas. Encuentras una página fechada el 14 de febrero de 2009:
«Hoy cumplieron dos viviendo fuera de casa.
Hoy ella sacó "Afortunadamente no eres tú".
Escuché la canción 27 veces.
Lloré 26.
La número 27 sonreí.
Gracias, Paty.
Aunque nunca lo sepas.»
Cierras el cuaderno. Respiras hondo. Y entonces tienes una idea. Buscas un plumón negro, una hoja blanca y escribes con letra cuidadosa:
«Gracias por salvarme antes de conocerme.
Y gracias por quedarte ahora que me conoces.
Este pueblo y esta casa son tuyos mientras quieras.
~[T/N] (el fan que ya no es solo fan)»
Doblas la hoja. La metes dentro del cuaderno, en la página del 14 de febrero de 2009.
Vuelves al cuarto. Paty se ha movido en la cama; ahora está boca arriba, con un brazo encima de la cabeza. Respira tranquila. Dejas el cuaderno dentro del cajón que tiene la mesita de noche, apagando la lámpara de paso. Luego te metes de nuevo a la cama, con mucho cuidado. Esta vez no hay un metro de distancia. Te quedas cerca, lo suficiente para sentir su calor. Y justo cuando vas a cerrar los ojos... la mano de Paty, dormida, busca y encuentra la tuya otra vez. Como si supiera que habías vuelto. Sonríes en la oscuridad total. Y por primera vez en toda tu vida, duermes sin miedo a despertar.
El gallo del vecino canta antes de que salga el sol. Tú eres el primero en despertar. Paty sigue dormida, abrazando la almohada como si fuera una persona.
Te levantas en silencio, te pones unos jeans y una playera negra. Vas a la cocina, pones café de olla y calientas pan de elote del día anterior, todo mientras un vecino enciende la radio y los ruidos de los coches que pasan adornan la fría mañana.
A las 7:10 entras al cuarto otra vez. Paty ya está despierta, sentada en la cama, con el cabello revuelto, se limpia la cara con la manga de tu sudadera y dice con voz ronca:
—Hace días que no me sentía tan relajada. Fue una buena noche contigo.
Solo puedes sonreír como idiota al escuchar ese pequeño halago. Pero luego recuerdas la realidad:
—Tengo que entrar a las 8:30 a la cafetería... está como a veinte minutos en combi, casi saliendo a la carretera a Lagos. No es un trabajo tan fascinante, pero... bueno, es mi trabajo.
Ella te mira fijamente.
—¿Y si voy contigo?
Tú parpadeas.
—¿A la cafetería? No... no es un lugar para ti, ni para otra famosa como tú. Es un changarro, hay moscas, techo de lámina, al jefe le da igual lo que me pase, los clientes son traileros y abuelitas que piden café de olla...
—¡Exacto! —dice ella con una sonrisa traviesa— Nadie va a imaginar que estoy ahí. Puedo ayudarte, o solo sentarme en una esquina con una gorra. Quiero ver cómo es tu vida de verdad. No solo la parte bonita que me mostraste ayer.
Tú lo dudas, y mucho. Sabías que tu trabajo no sería bien visto por una celebridad como lo es ella, y eso ya ponía en riesgo el estado actual que estabas teniendo con ella. Solo te limitaste a seguir preguntando por su idea.
—¿Y si alguien te reconoce?
—Nadie me va a reconocer con gorra, sudadera y sin maquillaje. Además... —baja la voz— ...quiero pasar contigo cada minuto que pueda antes de que tenga que volver a la realidad.
Tú sientes que te ganaste la lotería, otra vez.
—Va... pero si te aburres o te arrepientes, regresamos de inmediato. No quiero que se den cuenta de quien eres realmente y pasar por un momento vergonzoso.
Ella salta de la cama, emocionada como si volviera a ser una niña.
—¡Trato! Déjame usar tu baño y me pongo algo tuyo que me quede gigante.
Regresaste a la cocina, pensando en todo lo que había dicho Paty sobre querer ir contigo a tu trabajo. Era mala idea ir con ella y fingir que se trataba de alguien más, pero no había otra manera de hacerla pasar desapercibida del público. Solo deseabas que todo saliera bien mientras el día siguiera. Media hora después salen de la casa.
Paty lleva:
Tu sudadera gris de la suerte (la misma que usaste ayer)
Una gorra algo desgastada que encontró en tu clóset
Sus botas vaqueras del día anterior
Y una sonrisa que no le cabe en la cara
Toman la combi de las 8:05 que pasa por la plaza. El chofer los mira raro, pero no dice nada.
Veinte minutos después bajan en la desviación. Caminan cinco minutos por un camino de terracería. A la mitad del camino entran a un túnel de carrizo que deja entrar un poco de la luz del día, cuando salen están cerca del trabajo que habías mencionado. La cafetería se llama ‟El Último Trago”. Es un localito con techo de lámina, seis mesas y sillas de plástico, servilleteros hechos con tapas de frascos viejos, y un letrero medio deslavado. Afuera hay dos trailers estacionados.
Paty se detiene frente a la puerta.
—¿Aquí trabajas?
—Aquí trabajo —dices, casi avergonzado.
Ella te toma de la mano y te jala adentro.
—Pues hoy voy a ser tu compañera de turno. Enséñame a hacer café de olla como Dios manda.
Nuevamente, te parece mala idea que eso haga, pero no tienes otra opción luego de haber aceptado la propuesta de ella. Solo puedes rogar a que todo salga bien en todo el día mientras trabajas. El jefe, don Ramiro (un señor chaparrito y bigotón), los ve entrar tomados de la mano y alza una ceja.
—¿Y esta quién es, [T/N]?
—Una... amiga. —dices, tragando saliva— Viene a ayudarme hoy.
Don Ramiro se encoge de hombros.
—Mientras no espante a los clientes, por mí está bien.
Paty se ríe y se pone el delantal, ya lista para trabajar a tu lado. El resto del domingo transcurrió de una manera tan tranquila que consideraste que fue suerte que todo haya salido bien; aprendió a moler canela y piloncillo. Los dos sirvieron cafés a traileros que estuvieron mirando a ella raro, pero no la reconocieron, o eso fue lo que Paty pensó. Cantó bajito ‟Me quedo sola” mientras lava tazas (y tú sientes que tarde o temprano la van a descubrir si no se calla).
En la hora muerta (11 a.m.) se sientan atrás del mostrador, comen tacos de barbacoa que trajo un cliente y se cuentan cosas que nunca le han dicho a nadie. A las 3 de la tarde cierran. Don Ramiro les dice que se pueden ir. Salen caminando por la terracería mientras te sientes agradecid@ de que todo haya salido bien y no hayan sospechado de ella a pesar de que su voz casi la delataba. Paty se quita la gorra, el viento le mueve el cabello.
—¿Sabes qué? —dice de pronto.
—¿Qué?
—Tal vez este trabajo no es tan malo después de todo, es uno ideal para alguien como tú
Tú la miras. No sabes qué decir.
—Y el día todavía no termina —agrega ella.
Sin que lo esperes, ella empieza a correr mientras te grita que la persigas, ahí mismo, en medio del camino de terracería, con olor a barbacoa y café quemado, con dos trailers pasando y pitando. No lo dudaste más y le seguiste el paso, casi riendo sin motivo aparente, pero querías que el día no acabara.
Cuando la alcanzas, notas que habías dejado la cafetería y habían llegado al parque. Tienes demasiadas cosas que preguntarle, pero no sabes por donde empezar. Sabías que tenías que aprovechar cada momento con ella antes de que todo volviera a la normalidad, así que decidiste preguntar lo primero que se te vino a la mente.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntaste—¿Por qué empezaste a correr y me dijiste que te persiguiera?
—Porque quería que tuvieras un recuerdo de estos dos días. —dice bajito— Algo que no se pueda borrar con el tiempo. Un sello. Para que cuando yo me tenga que ir... sepas que todo esto pasó de verdad.
Sientes tiemblas, aunque no del todo.
—¿Te... te vas a ir?
—Aún no. —contesta rápido— Todavía tengo hasta mañana en la tarde. Casi 24 horas más contigo.
Te toma de la mano y empieza a caminar otra vez, como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.
—Y quiero aprovechar cada minuto. —sigue— Quiero que este domingo sea tan perfecto que duela cuando lo recordemos.
Tú aprietas su mano.
—Entonces vámonos a casa. —dices— Y hacemos que duela bonito.
Caminan los veinte minutos de regreso en silencio, pero ya no es un silencio incómodo. Es un silencio lleno de cosas que no necesitan decirse con palabras. Cuando llegan a casa, el sol está cayendo en señal de que está llegando el atardecer. La luz entra por las ventanas y pinta todo de naranja.
Paty se quita las botas en la puerta y camina descalza hasta la sala. Se tira en el sillón de terciopelo verde y te jala para que te sientes a su lado.
—¿Sabes qué quiero hacer ahora? —pregunta.
—Dime.
—Quiero que me enseñes tus canciones.
Tú te quedas helado.
—¿Mis... canciones?
Ella asiente.
—Ayer vi una guitarra en tu cuarto. Y en las paredes habían letras, creo que de canciones, o algo así. Quiero oírlas. Todas. Aunque estén feas, aunque estén a medias. Quiero conocer esa parte de ti también.
Tú tragas saliva. Nunca le has cantado a nadie. Ni siquiera a tu mamá. Pero es ella, y aunque sea la cantante que tanto has admirado, nunca te habías puesto a pensar en si alguna vez le ibas a enseñar esa pequeña parte tuya que tienes.
Ya lo habías pensado bien. Entonces vas a ese cuarto que cerrabas con llave, entras y vas por la guitarra, respirando despacio porque sabías que era el momento.
Y durante las siguientes tres horas, en la sala de tu casa, le cantas todo lo que has escrito en los últimos cuatro años.
Canciones de desamor.
Canciones de tu papá y tu familia.
Canciones que escribiste pensando en ella sin saber que un día ella las iba a escuchar.
Y ella escucha. Llora. Se ríe. Canta los coros cuando se los sabe.
Y cuando terminas la última (una que se llama ‟Niebla en octubre” y que escribiste exactamente hace un año), ella te abraza fuerte y te dice al oído:
—Eres increíble, [T/N]. Y voy a hacer que el mundo escuche esto algún día. No será hoy ni será mañana, pero lo voy a hacer. Te lo prometo.
Después se quedan abrazados en el sillón hasta que oscurece. Encienden una sola lámpara. Ponen el disco ‟Afortunadamente no eres tú” otra vez, pero esta vez en volumen bajito, como si fuera música de fondo en un momento tan cotidiano. Comen pan de elote con cajeta que sobró, como si tuvieran todo el tiempo del mundo (aunque saben que solo les quedan horas). Y cuando la luna se cuela por la ventana, Paty se acurruca en tu pecho y dice la frase que te va a acompañar el resto de tu vida:
—No quiero que esto termine mañana.
Tú le acaricias el cabello.
—Entonces no termina... —susurras— Solo cambia de forma.
Y los dos saben que es verdad. Lo que empezó como un encuentro imposible en una tienda de discos se convirtió, en menos de 48 horas, en la amistad más importante que tendrán nunca.
El gallo canta otra vez. Tú abres los ojos despacio, con esa sensación extraña de quien despierta de un sueño demasiado perfecto. La cama está fría del lado de Paty. Te incorporas casi de golpe. El cuarto está impecable. La sudadera gris de la suerte está doblada en la silla, perfectamente acomodada. La gorra, desaparecida. El cuaderno Moleskine sigue en el cajón, como si nunca lo hubiera tocado, aunque ella haya abierto el cajón más de una vez. La guitarra volvió a su rincón.
No hay nota. No hay mensaje en el celular (porque ni siquiera tienen el número del otro). No hay nada. Te levantas lentamente y aún con sueño. Revisas la sala, la cocina, el patio. Todo yace vacío. Solo queda ese olor: una mezcla de su perfume de vainilla, café de olla y algo que no puedes nombrar.
Te sientas en el sillón y te quedas mirando la nada. Y entonces lo sientes: un extraño dolor que está empezando a llegar, no físicamente, sino emocionalmente. Es un dolor limpio. Que tiene forma de recuerdo.
Te das cuenta de que no estás llorando por haberla perdido. Estás llorando porque, por primera vez en años, tienes algo que vale la pena recordar. Te levantas recordando que todavía tienes que ir al trabajo, y tal vez eso ayude a ordenar mejor las cosas que estás pensando, vas a necesitar una distracción para todo lo que acabas de pasar.
La combi te deja en la desviación como siempre. Caminas los cinco minutos de terracería con la guitarra colgada al hombro (porque hoy pensabas escribir en las horas muertas) y la pulsera de tela que te dejaste puesta en la muñeca.
Llegas al lugar, y te congelas. El letrero de ‟El Último Trago” está en el suelo, partido en dos. Las mesas y sillas se encontraban afuera del local, la puerta de lámina está cerrada con candado y una cadena gruesa. Hay un papel pegado con cinta canela que dice, con letra apresurada de don Ramiro:
«Cerrado por deudas y problemas con el dueño del terreno. Fueron unos problemas que se han estado acumulando en todos estos años, y lo que ganábamos apenas alcanzaba para mantener el local. Fueron unos días difíciles, pero lo peor fue tener que decirle adiós a ese trabajo que mantuve por años con la ayuda de ustedes. Pero bueno, son cosas que pasan, y que todos nos sentimos mal.
Gracias por todo.
Lo siento mucho.
Atte. Ramiro»
Te quedas parado ahí, mirando el papel como si no entendieras las palabras. El mundo se te cae encima. Sin aviso. Sin liquidación. Sin nada. No hay muchas opciones para conseguir otro trabajo: la fábrica de tequila, el campo, o irte a Guadalajara a buscar suerte. Y tú ya no tienes ni para el camión.
Te sientas en una banquita, y de pronto empiezas a reír. Es una risa rara, entre llanto y locura. Porque la vida es así de cabrona: te da el fin de semana más perfecto de tu existencia... y el lunes te quita el trabajo. Te quedas ahí casi una hora, mirando el cielo, a la carretera, el local ahora cerrado, todo tu alrededor. Sientes el vacío conocido de siempre, pero esta vez viene acompañado de algo nuevo: Una chispa. Porque si Paty Cantú pudo aparecer de la nada en tu pueblo y cambiarte la vida en 48 horas, tal vez tú también puedes hacer algo imposible.
Regresas a tu casa, respirando profundamente, aunque no tan aliviad@ por lo que acaba de pasar. Echas una ojeada a la casa que aún se encontraba vacía. Todavía dudas en si harás lo que tienes en mente, pero sabes que al menos, si lo intentas, tendrás un motivo para seguir siendo lo que eres. Vas al cuarto. Abres el cuaderno en la página donde dejaste tu nota.
La lees una y otra vez como si fuera una manera de seguir motivándote a hacer lo que tienes planeado. Bajas y dejas el cuaderno en la mesa del comedor, dejándolo abierto porque piensas anotar otra cosa después. Regresas al cuarto y traes la caja en donde tienes todas las cosas que tienes relacionadas a Paty.
Debajo de todas esas cosas hay algo más: una foto de ella en el 2009 que recortaste de una revista. Era una pequeña forma de recordarla mientras estabas lejos de casa, pero ahora tenía más valor en eso luego de verla en persona, sonríes al recordarlo, porque ya no estás solo. Aunque ella no esté físicamente, algo dentro de ti cambió para siempre.
Sales al patio. El sol sigue ahí brillando como siempre, como si no quisiera irse. Sacas tu celular (un Nokia viejo que apenas tiene crédito). Abres el bloc de notas, y empiezas a escribir el primer mensaje que le vas a mandar cuando tengas cómo contactarla algún día:
«Paty... hoy cerraron la cafetería. Me quedé sin trabajo. Pero también me quedé con tu promesa. Y con eso me basta para empezar de nuevo.»
Te pones la sudadera gris de la suerte (la que ella usó). Tomas la guitarra y un cuaderno que tenías guardado en ese cuarto que consideras especial, y, por primera vez en mucho tiempo, escribes una canción que no es de dolor. Escribes una canción de esperanza. Porque ahora sabes que los milagros de verdad existen. Y que a veces duran exactamente 48 horas para cambiarte la vida para siempre.
Conforme pasan las horas, la mesa se llena de papeles y hojas rotas, producto de un trabajo personal que tenía más peso de lo que aparentaba. Sin trabajo, tenías todo el tiempo para planificar una letra que describiera la esperanza, el milagro que tuviste de conocerla y disfrutar de dos días completos con ella. El resultado sería satisfactorio o desastroso, pero al menos hiciste el intento por alguien. Y eso lo vale todo para ti.
Esto no es el final. Es el principio de la historia que algún día le vas a contar al mundo cantando. O tal vez no, pero al menos oirás a esa cantante que admiras cantando las letras que has escrito luego de pasar por un momento totalmente inesperado.

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