El Dossier

Por fin, el banner del blog dejó de ser una pequeñez que no dejaba ver bien el inicio del blog. Ahora sí tiene el tamaño adecuado para encajar con todo lo que tiene el blog para ofrecer. No pienso tocar el banner hasta octubre, aunque tenga que cambiar todo el fondo del blog otra vez.
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martes, 7 de abril de 2026

¡Estirando esos muslos!

N. Reporte 2041563912

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Para el grupo de amigos, las cosas que ha estado haciendo Ale han sido una enorme variedad de emociones. Estabann entre tener que desenredarla de los cables de un poste, evitar que provocará un incendio por algo absurdo, hasta impedir que reviente un edificio para ver qué pasaba. Son cosas que al final terminaron por ser parte del día a día de todos ellos con una total calma que muchos envidiarían.

Sin embargo, incluso para ellos, los días habían cambiado poco a poco tras conocer a Alejany; pero no era algo para quejarse, al contrario, casi todos estaban de acuerdo con que fue algo bueno que la hayan conocido en el momento más adecuado, o eso es lo que ellos dicen. En fin, las cosas para este grupo de amigos pasaron de ser simples a divertidas con la presencia de ella.

Pero incluso en los días más ‟tranquilos” suelen pasar cosas tan repentinas que uno no suele estar preparado para todo esto. Pero este grupo de amigos ya estaban más que acostumbrados a cualquier cosa que pudiera pasar.

En una tarde cualquiera, Ale iba paseando con Katy en una calle poco transitada y observando los edificios. Su amiga la había llevado a relajarse y distraerse un poco en las calles antes de que pudiera estirarse por toda la cuidad y causara un alboroto.

— El yoga es trendy, ¿sabes? ¡Todo el mundo lo hace! ¡Podríamos incluso sacar una línea de ropa deportiva! ‟Alejany Zen”, ¿te imaginas?

Ale la siguió sin decir una palabra todavía. A veces era bastante fácil dejarse llevar por Katy que intentar entender todo lo que pasaba en su mundo y en su grupo de amigos. Llegaron frente a un gimnasio. En el ventanal podían ver a la gente levantando pesas, corriendo en cintas y sudando la gota gorda. Katy señaló con entusiasmo.

—¡Observa, Ale! Eso es lo que necesitas. Quemar energía de forma segura. ¡Quema el estrés, no la ciudad!

Ale inclinó la cabeza, observando a un hombre que intentaba levantar una mancuerna enorme con la cara roja de esfuerzo.

—Se ve difícil —dijo ella con su sonrisa habitual, sin entender muy bien por qué alguien querría levantar algo pesado para volver a bajarlo.

Katy no se rindió.
—¡No, no es solamente eso! ¡Hay clases de todo! Zumba, Pilates... ¡Yoga! Eso es lo tuyo, Ale. ¡Flexibilidad total!

Pero a mitad de la conversación Ale ya había perdido el interés en el gimnasio. Sus ojos se desviaron hacia un pequeño quiosco de periódicos y revistas en la esquina al otro lado de la carretera. Algo colorido había captado su atención. Caminó hacia allí, con Katy siguiéndola de cerca.

—¡Espera, Ale! ¡Aún no te he contado sobre los leggings de lycra!

Ale se detuvo frente al estante de revistas. Tomó una con una portada brillante que mostraba a una mujer haciendo una pose complicada de yoga, con el título: ‟El poder de la flexibilidad: conecta mente y cuerpo.” Miró la foto. La mujer tenía una pierna detrás de la cabeza y parecía muy tranquila.

—Oh. —dijo Ale, pasando las páginas con curiosidad— Se dobla. Como yo.

Katy llegó a su lado y miró la revista. Sus ojos se iluminaron al llegar su idea otra vez.
—¡Exacto! ¡Yoga! Es perfecto, y te lo dije. Es... estirarse, respirar y no quemar cosas. ¡Podrías ser la mejor instructora del mundo! Bueno, quizás no instructora, pero sí la alumna estrella.

Alejany miró una foto de la ‟Postura del Árbol.”
—Árbol. —repitió— Me gusta.

De repente, dejó la revista y, ahí mismo en la acera, decidió probar. Levantó una pierna y la colocó contra su muslo interno. Hasta ahí, todo normal. Pero luego, su pierna empezó a estirarse hacia arriba, pasando su cabeza y curvándose sobre ella como una rama de caucho, hasta que su pie descansó sobre su propio hombro opuesto.

—Katy, Katy, mira —dijo Ale con su sonrisa tranquila, mientras su cuerpo desafiaba varias leyes de la anatomía— Ahora sí soy un árbol.

La gente que pasaba por la calle se detuvo en seco. Un hombre dejó caer su café. Una señora se ajustó las gafas, incrédula. Katy se puso pálida por un segundo, pero su instinto de publicista se activó al instante. Se paró frente a Ale, bloqueando la vista de los mirones más cercanos, sacó su teléfono y empezó a fingir que hacía algo con él.

—¡Eso es... arte conceptual! —anunció a la pequeña multitud— ¡Performance callejero! ¡Vanguardismo puro! ¡Sigan circulando, por favor! —Luego, susurró a Ale— ¡Ale, baja la pierna! ¡La gente normal no se dobla así! ¡Vamos a comprar la revista y nos vamos a la casa de Sofi, andando!

Alejany bajó la pierna con un boing elástico.
—Pero soy flexible —dijo ella, confundida.

—¡Demasiado flexible! —respondió Katy, empujándola suavemente hacia el camino que las llevaría a casa de su amiga, con la revista bajo el brazo— ¡Vamos, antes de que alguien llame al circo, o a los bomberos, o al gobierno!

Mientras tanto, en la casa de Sofi. Leo, Nia, Sofi, Max y Tony estaban reunidos alrededor de la mesa, mirando un mapa de la ciudad y un termómetro que Sofi había dejado.

—La temperatura no se había elevado en ella el otro día, y hace unas horas tampoco. —dijo Sofi, ajustándose los lentes— Si Ale se estresa o se emociona demasiado, podría haber una combustión espontánea. Necesitamos mantenerla ocupada.

—¿Y dónde están ahora? —preguntó Leo, mirando el reloj.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Max se sobresaltó y tiró una pila de libros. Katy entró jadeando, empujando a una Alejany muy tranquila que ahora intentaba poner su brazo detrás de su espalda... y sacarlo por el otro lado de su cintura.

—¡Trajimos lectura! —anunció Katy, lanzando la revista de yoga sobre la mesa de la sala— Y casi causamos un infarto colectivo en la calle. Ale quiere ser un árbol.

Leo miró la revista, luego a Ale (que ahora tenía el brazo enrollado como una bufanda alrededor de su propio cuello) y suspiró.

—Yoga... —dijo Leo— De acuerdo. Al menos es... pacífico.

Sofi tomó la revista y la analizó críticamente.
—Mmm. Las posturas básicas podrían ayudarla a controlar su elasticidad de forma consciente, en lugar de reactiva. Es una buena hipótesis.

—¡Y yo puedo grabar el tutorial! —exclamó Nia, ya sacando el trípode— ‟Yoga Extremo con Ale: ¡No intenten esto en casa!”

Tony se acercó a Ale y puso sus manos en los hombros de ella (que, por cierto, estaban un poco calientes de la emoción).
—Ale, si vas a hacer esto, tienes que prometernos una cosa: nada de fuego. Solo estiramientos. ¿Hecho?

Alejany miró a Tony, luego a la revista, y finalmente a sus amigos. Su sonrisa se curvó un poco más.
—Hecho. Pero... ¿puedo flotar?

Horas más tarde, el grupo se trasladó a una vieja fábrica abandonada en las afueras de la ciudad. Leo y compañía saltaron y escalaron la barda mientras que Ale simplemente estiró las piernas para cruzar sin problemas. Era el lugar perfecto: paredes gruesas de hormigón, ningún vecino entrometido y espacio suficiente para que Alejany se estirara sin derribar edificios habitados (o al menos, no inmediatamente).

—¡Bien, equipo! —gritó Nia, ajustando el trípode y la iluminación con una lámpara portátil— ¡Estamos en vivo! Bueno, no en vivo, pero grabando para la posteridad. ¡‟Yoga Extremo con Ale: Edición Caos Controlado”! ¡Acción!

En el centro del amplio salón vacío, sobre una colchoneta improvisada que Leo había sacado de su mochila, estaba Alejany. Llevaba su ropa habitual, pero se había cambiado las botas habituales por unas diferentes que llevaba pocas veces. Su corona flotaba serenamente sobre su cabeza, emitiendo un suave brillo que iluminaba el polvo en el aire.

A un lado, Sofi estaba sentada en una caja de madera, con su libreta abierta y un lápiz listo.
—Sujeto A en posición inicial. Temperatura ambiente estable. Probabilidad de incendio: 15%. Probabilidad de enredo físico: 85%.

Max, con la revista de yoga en las manos, se aclaró la garganta y adoptó una pose seria (o lo intentó).

—Muy bien, Ale. Según estas páginas que voy leyendo, la primera postura es... —Max entrecerró los ojos, intentando leer la letra pequeña— ‟El Saludo al Sol”. Tienes que estirar los brazos hacia arriba y respirar profundamente.

Ale asintió con la sonrisa tranquila de siempre.
—Saludo al sol —repitió.

Levantó los brazos. Y siguió levantándolos. Sus extremidades se alargaron como serpientes de goma, subiendo tres, cuatro, cinco metros hacia el techo alto de la fábrica. Sus manos tocaron las vigas oxidadas y se enrollaron alrededor de ellas como enredaderas.

—¡Wow! —exclamó Max, impresionado— ¡Eso es un saludo muy alto! Pero... creo que la revista dice que los pies deben estar en el suelo.

—Están en el suelo —dijo Ale desde abajo, mientras sus brazos colgaban desde el techo como lianas.

Leo se frotó las sienes.
—Ale, el objetivo es relajarse, no convertirse en una hamaca humana. Baja un poco.

—¡No, no! —intervino Katy, sacando su cuaderno de bocetos— ¡Es genial! ¡Podríamos vender esto como ‟Yoga Aéreo Extremo”! ¡La gente pagaría fortunas por colgarse así!

De repente, un ruido metálico resonó en la fábrica. Al estirarse tanto, el brazo derecho de Ale había rozado una vieja tubería suelta en el techo. La tubería, oxidada y precaria, se soltó con un CLANG y comenzó a caer directamente hacia donde estaba Max.

—¡Cuidado! —gritó Tony, lanzándose hacia adelante.

Pero Alejany fue más rápida. O más elástica. Sin soltarse del techo con la mano izquierda, su brazo derecho se estiró aún más, hizo un bucle en el aire y atrapó la tubería al vuelo, justo antes de que golpeara a Max en la cabeza. El impacto hizo que Ale oscilara suavemente, como un péndulo gigante.

—¡Uy! —dijo Ale, mirando la tubería en su mano— Sí que está pesada.

Max, pálido como las paredes de la fábrica, miró hacia arriba.
—G-gracias, Ale.

Nia no dejó de grabar ni un segundo.
—¡Corte! ¡Eso fue increíble! ¡Reflejos elásticos al rescate!

Sofi anotó furiosamente: Sujeto A demuestra capacidad de multitarea elástica bajo presión. Integridad estructural de la fábrica: cuestionable.

Leo suspiró, aliviado pero exhausto.
—Bien, creo que el ‟Saludo al Sol” ya fue suficiente. Max, ¿cuál es la siguiente postura? Algo que no implique el techo, por favor.

Max, que ya había recuperado el color, pasó la página con manos temblorosas.
—Eh... la siguiente es... ‟El Guerrero”. Tienes que... eh... separar las piernas y doblar una rodilla.

Ale bajó sus brazos (que se retrajeron con un sonido similar a un elástico gigante volviendo a su lugar) y miró a Max.
—Guerrero —dijo, y sus ojos brillaron. A ella le gustaban las armas.

De la nada, su enorme guadaña negra y naranja apareció en sus manos, materializándose en un estallido de chispas.

—¡No, no, no! —gritaron Leo y Tony al unísono.

Ale adoptó la postura del guerrero, pero con la guadaña en alto, lista para cortar el aire (y posiblemente alguna columna de soporte). Su sonrisa era ahora un poco más... afilada.

—¡Guerrero listo! —anunció ella alegremente.

—¡Ale, la revista dice ‟Guerrero de Paz”! —gritó Max, agitando la revista— ¡Sin armas! ¡Solo cuerpo!

—Ah —dijo Ale, bajando un poco la guadaña, pero sin soltarla— Pero los guerreros tienen cosas filosas.

Katy aplaudió.
—¡Exacto! ¡Es una metáfora visual! ‟Corta tu estrés con la Guadaña del Yoga”. ¡Es brillante!

Sofi miró el termómetro.
—Temperatura subiendo de nuevo. La emoción del combate simulado está elevando su calor corporal. Chicos, si hace la ‟Postura del Guerrero” con fuego real, esta fábrica va a dejar de estar abandonada para estar incinerada.

—¿Sabes qué? Olvida la revista, Ale. —dijo Leo, dando un paso adelante con las manos levantadas en señal de paz— Hacer la postura de ‟El Guerrero” no significa que tengas que cortar cabezas. Significa... fuerza interior. Y tú tienes mucha de esa. Haz lo que tú sientas que te relaja.

Sofi asintió, cerrando su libreta por un momento.
—Tiene razón. La anatomía humana estándar no se aplica a ti. Seguir un manual diseñado para esqueletos rígidos es ilógico. Experimenta. Busca tu propio centro de gravedad... o inventa uno nuevo.

Max, desde una distancia segura (detrás de una columna), levantó los pulgares.
—¡Tú puedes, Ale! ¡Sé el agua! ¡Sé el chicle! ¡Sé lo que quieras ser, pero sin la cosa filosa!

Alejany parpadeó lentamente. Miró la guadaña en sus manos, luego a sus amigos.
—Mi estilo —repitió suavemente.

Con un encogimiento de hombros, soltó la guadaña. El arma no cayó al suelo; simplemente se disolvió en una nube de humo negro y chispas rojas que se desvanecieron antes de tocar el concreto.

—Bien... —dijo ella. Su sonrisa se volvió plácida de nuevo.

Ale cerró los ojos y respiró hondo.
—Relajación... —murmuró.

Entonces, empezó a moverse. No fue una pose de yoga que apareciera en ningún libro de la Tierra. Fue algo mucho más... fluido.

Primero, sus piernas se estiraron hacia los lados, no en un split normal, sino extendiéndose metros hasta tocar las paredes opuestas de la fábrica. Luego, su torso comenzó a girar de forma circular. Parecía que estaba enrollando una toalla mojada.

Su columna vertebral (si es que tenía una en ese momento) se curvó hacia atrás en un arco imposible, pasando su cabeza por entre sus propias piernas estiradas y saliendo por el otro lado. Sus brazos se alargaron y se entrelazaron alrededor de sus piernas como si estuviera abrazando sus propias piernas en medio de todo este enredo.
—¡Santa ciencia! —exclamó Sofi, volviendo a abrir su libreta y escribiendo a toda velocidad— ¡Está haciendo un nudo gordiano con su propio sistema musculoesquelético! ¡Es fascinante y perturbador a la vez!

—¡Eso es oro puro! —gritó Nia, acercando la cámara— ¡Miren esa flexibilidad! ¡Nadie en Instagram ni Deviantart puede hacer esto! ¡Nadie!

Alejany terminó su ‟pose”. Ahora descansaba tranquilamente a unos centímetros del suelo, casi levitando gracias a su poder, convertida en una especie de figura casi geométrica compleja hecha de brazos, piernas y bufanda, con su cabeza y pecho asomándose tranquilamente por un hueco entre los dos muslos. Su corona se la había quitado Leo durante el movimiento. Se veía increíblemente cómoda.

—Mmm... —dijo Ale desde dentro de su propio nudo— Cómodo. Como un abrazo a mí misma.

Katy sacó su teléfono y tomó una foto con flash.
—¡Lo tengo! ¡El ‟Nudo Alejany”! ¡Podemos vender manuales de instrucciones para desenredarse! No, no, no, mejor, ¡juguetes antiestrés con su forma!

Tony, que había estado conteniendo la respiración, soltó el aire.
—Bueno... al menos no hay fuego. ¿Estás bien, Ale?

—Sí. —respondió ella— Pero falta algo.

Antes de que alguien pudiera preguntar qué, un brazo largo salió disparado desde el nudo hacia Max.

—¡¿Yo?! —chilló Max.

La mano de Ale lo agarró suavemente por la cintura de sus shorts y lo arrastró hacia ella. Max se deslizó por el suelo de la fábrica, agitando los brazos.
—¡Espera, espera! ¡No soy flexible! ¡Mis huesos sí se rompen!

Ale no lo lastimó. Simplemente lo colocó en medio de sus piernas y pechos, de tal modo que él lo usara como si fuera un cojín o un peluche gigante para apoyar su cabeza.

—Almohada —declaró Ale, cerrando los ojos y apoyando la mejilla en el hombro de un aterrorizado (pero ileso) Max.

El grupo se quedó en silencio un momento, mirando la escena: una chica elástica convertida en una escultura viviente, flotando en el aire y su amigo usándola como soporte lumbar.

—Bueno. —dijo Leo, bajando los hombros— Supongo que eso cuenta como relajación.

—Max, no te muevas —advirtió Sofi.

—No... puedo... moverme —susurró Max, con los ojos muy abiertos—. Está muy blandita, pero creo que, si me muevo, me convierto en parte del nudo.

Nia levantó el pulgar hacia la cámara.
—¡Y corte! ¡Sesión de yoga exitosa! ¡Alejany 1, Estrés 0, Max... medio punto por participación!

Alejany suspiró felizmente, y por primera vez en toda la tarde, su temperatura corporal volvió a la normalidad. La crisis había pasado, aunque Max tendría que esperar a que ella decidiera despertar de su siesta para recuperar su libertad.

El ambiente en la fábrica abandonada se había transformado. De la tensión de un posible incendio, se había pasado a una calma extraña, interrumpida solo por el suave zumbido de los ventiladores de Katy y la respiración rítmica de Alejany.

Sofi miró por encima del hombro de Katy, con una ceja levantada detrás de sus lentes rectangulares. La publicista estaba inclinada sobre la preciada libreta de notas científicas, garabateando con un bolígrafo de tinta rosa brillante que había sacado de quién sabe dónde.

—Katy, —dijo Sofi con voz monocorde— te das cuenta de que esa página estaba reservada para calcular el coeficiente de elasticidad de los tendones de Ale, ¿verdad?

—¡Es un boceto conceptual! —respondió Katy sin levantar la vista, trazando una línea curva que atravesaba tres ecuaciones matemáticas— Mira, aquí está Ale en su forma de ‟nudo zen”. El corazón quiere decir que está haciendo todo esto con amor.
Tony se inclinó también, ajustándose la chaqueta de cuero que se había vuelto a poner. Entornó los ojos, tratando de descifrar el dibujo.
—Para ser honesto, —comentó con una media sonrisa— parece más un plato de fideos que ha cobrado vida. Pero tiene espíritu.

—¡Es arte abstracto! —se defendió Katy, cerrando la libreta con satisfacción y dándosela de vuelta a una casi molesta Sofi— La gente no quiere números, Sofi. Quiere sentimientos. Y este garabato grita ‟confort caótico.”

Al otro lado, Nia soplaba suavemente sobre la lente de su cámara y la frotaba con un paño de microfibra.
—El enfoque quedó nítido. —murmuró para sí misma, revisando la pantalla— La luz del atardecer entrando por las ventanas rotas le da un toque dramático. Si editamos esto con música relajante, tendremos millones de visitas. ‟Cómo dormir siendo un pretzel humano. Y sin sal.”

Leo, apoyado contra una columna de hormigón, observaba la escena con los brazos cruzados. Su mente, como siempre, ya estaba en el mañana.
‟Esto funciona”, pensó. ‟Ale está tranquila. No hay fuego. No hay destrucción masiva. Solo... rarezas anatómicas.”

Sacó su teléfono y abrió el calendario del grupo.
—Bien, equipo. —dijo en voz baja, para no despertar a Ale— Creo que hemos encontrado nuestra nueva rutina. Mañana a la misma hora. Traeremos colchonetas de verdad, y tal vez un casco para Max, por si acaso.

En medio del nudo humano flotante, se escuchó un gemido ahogado.
—Chicos... —susurró Max, cuya cara estaba presionada contra el pecho de Ale— Creo que Ale está empezando a babear en mi hombro.

Ale se movió en sueños, apretando un poco más el ‟abrazo”.
—Gatito suave... —murmuró ella, frotando su mejilla contra la camiseta celeste de Max.

Tony soltó una carcajada silenciosa.
—Aguanta, campeón. Es por la ciencia y la seguridad pública. Eres un héroe nacional ahora mismo.

Sofi suspiró, mirando su libreta ‟profanada” por el arte de Katy, y luego al termómetro que marcaba una temperatura deliciosamente normal.
—Supongo que el garabato se queda. —concedió— Al menos documenta el estado final del experimento: éxito total.

El sol terminó de ponerse, dejando al grupo en la penumbra de la fábrica, unidos por el absurdo, el cariño y la eterna vigilancia sobre la chica que soñaba con gatos mientras desafiaba las leyes de la física.

Al otro día, en la misma fábrica y en la misma hora, Max terminaba de desenrollar los tapetes de yoga sobre el suelo polvoriento. Al intentar acomodar el último, pisó el borde, se enredó con sus propios pies y cayó de bruces levantando una nube de polvo.
—¡Estoy bien! —gritó Max desde el suelo, levantando un pulgar adornado con tres pulseras coloridas.

Sofi sacó su libreta, ignorando el polvo. Katy, por su parte, ya había sacado una cámara instantánea (parecida a la de Nia) de su bolso de colores pastel. Y entonces, desde detrás de unas cajas de madera apiladas, salió Alejany. Nia soltó un grito ahogado de emoción y levantó su propia cámara de video.
—¡Pausa todo, Leo! ¡Mira ese look! ¡Grabando, grabando!

Ale caminó hacia los tapetes con su habitual sonrisa tranquila y los ojos indiferentes entreabiertos, pero su atuendo era completamente distinto. Era el mismo traje de látex que se había puesto en el otro día y en el que sus amigos la ayudaron a mejorar su elasticidad. Sus enormes botas gruesas habían sido remplazadas por un par de medias de seda que lucían iguales a ellas.

Ale dio un pequeño giro sobre sus botas, luciendo el traje y sus glúteos. Su expresión silenciosa parecía decir: ‟Llevo meses esperando una excusa para volver a usar esto.”

—¡Es brillante! —chilló Katy, anotando furiosamente en su libreta— ‟Ale Fitness”. ¡Podemos hacer una línea de botellas de agua que no se derritan y bandas elásticas naranjas! ¡Tony, anota eso!

Sofi hizo clic con su bolígrafo.
—Sujeto A en posición. Traje de alta visibilidad confirmado. Tensión inicial en cero. Procede, Leo.

—Muy bien. —dijo Leo, adoptando un tono suave y calmado, levantando los brazos— Empecemos con algo básico para calentar. Inhalamos... y vamos a hacer otra vez la postura del Árbol. Levanten una pierna y apoyen la planta del pie en la parte interna del muslo contrario. Junten las manos en el pecho. Encuentren su centro de equilibrio.

Max, a su lado, lo intentó y empezó a tambalearse violentamente hacia la izquierda. Tony se acercó discretamente para sostenerlo por el hombro antes de que volviera a caer. Leo mantuvo la pose perfectamente y miró hacia Ale para ver cómo lo estaba haciendo.

Ella ladeó la cabeza, observando a Leo. Su cabello rojizo pareció esponjarse y flotar con mayor intensidad, y su permanente sonrisa se ensanchó un poco más de lo habitual.

—¿Árbol? ¿otra vez? —preguntó Ale, mirando el techo alto de la fábrica— Los árboles crecen mucho. Y tienen ramas.

Antes de que Leo pudiera explicarle que era solo una metáfora de equilibrio corporal, Ale decidió tomar la instrucción de manera literal.

Apoyó sus piernas con fuerza en el suelo. De repente, su pierna izquierda se estiró y se enrolló sobre sí misma tres veces, como si fuera una liana de goma. Su torso se alargó dos metros hacia arriba, y sus brazos se dispararon hacia las vigas del techo de la fábrica, dividiéndose y estirándose en ángulos imposibles que imitaban las ramas de un roble viejo. Para completar la imagen, su larga bufanda roja atada a la cintura se desenrolló y empezó a flotar a su alrededor como si fueran hojas movidas por el viento. Su cabeza, con la corona flotante intacta, quedó a cinco metros de altura. Desde allí arriba, Ale miró a sus amigos en el suelo con sus ojos entreabiertos e indiferentes.

—Mírenme. Soy un árbol muy alto. —dijo Ale con su voz calmada y pacífica, su tono resonando con un ligero eco en la fábrica abandonada— ¿Hay pájaros aquí arriba?

El grupo entero se quedó paralizado.

—¡Es fantástico! —gritó Nia desde abajo, ajustando el enfoque de su cámara con las manos temblando de emoción— ¡El encuadre es perfecto! ¡Ale, no te muevas, saluda a la cámara desde el dosel forestal!

Katy ya estaba dibujando en otra libreta a la velocidad del rayo.
—‟Ale-Árbol.” ¡Haremos macetas con su forma! ¡Tony, necesitamos proveedores de cerámica ahora mismo!

Tony miró hacia arriba, rascándose la nuca con una sonrisa de asombro mientras sujeta a Max, quien se había quedado con la boca abierta olvidando por completo mantener su propio equilibrio.
—Bueno, al menos no está prendiendo fuego a nada. —comentó Tony con su típica tranquilidad— Aunque no sé si ese techo aguantará si sigue creciendo.

Sofi, por su parte, estaba en un trance científico puro. Sus lentes reflejaban el traje de Ale. Su bolígrafo se movía tan rápido que casi echaba humo.
—Elasticidad de extremidades superiores igual o más que en las veces anteriores, superior al 400% sin pérdida de masa muscular visible. Capacidad de ramificación ilusoria... Ale, ¿te duele algo al separarte tanto del suelo? —preguntó Sofi en voz alta, anotando cada detalle.

Ale bajó la vista lentamente hacia Sofi. Su torso elástico se balanceó suavemente de un lado a otro.
—No duele, Sofi. —respondió Ale con tranquilidad— Se siente fresco. Y puedo ver un nido de palomas. Tiene polvo. ¿Quieren que lo sople con fuego?

¡No!

Leo, que aún seguía en su tapete, abrió los ojos de golpe y soltó una risa nerviosa, rompiendo finalmente su postura zen.
¡Sin fuego del caos en las vigas del techo, Ale, por favor! —pidió Leo rápidamente, alzando las manos— Baja con cuidado. Creo que la postura del árbol fue demasiado... literal. Intentemos algo más a nivel del suelo.

Ale pareció considerar esto. Su torso y brazos, estirados hasta el límite, se balancearon perezosamente un par de veces, como un globo de helio indeciso. Justo cuando parecía que iba a desenrollarse y volver al suelo (posiblemente cayendo sobre Max, que ya estaba perdiendo el equilibrio de nuevo), Tony dio un paso adelante.

Se ajustó los lentes, se cruzó de brazos y miró hacia arriba con una sonrisa divertida. Sabía cómo funcionaba la mente de Ale mejor que la mayoría. Intentar encasillar el caos en ‟posturas normales” de yoga era una batalla perdida, y Leo se estaba estresando innecesariamente.

—Ale, oye. —llamó Tony, con su voz paciente y sosegada haciendo eco en la fábrica— Deja todo eso el árbol. Leo lo intenta, pero esto es tu yoga. Tú tienes tu propio estilo, ¿no? Haz algo normal... para ti. Como te sientas cómoda, como ayer. No importa lo que digan los libros de posturas.

Nia detuvo su cámara por un segundo, ofendida.
—¡Oye! ¡Yo estaba grabando la fase arbórea! ¡Era oro para las redes!

Sofi, sin embargo, dejó de escribir y miró a Tony con interés.
—Interesante propuesta empírica. —murmuró, asintiendo— Permitir que el sujeto de prueba defina la variable como ayer. Leo, creo que Tony tiene razón. Veamos qué considera Ale ‟su propio estilo de yoga.”

Leo parpadeó, miró a Tony y luego volvió a mirar hacia arriba, donde Ale seguía colgada como una decoración de Halloween espeluznante. Suspiró, derrotado pero curioso.
—Está bien. Haz lo que sientas, Ale. Relajación a tu manera.

La eterna sonrisa de Ale pareció brillar un poco más. Su voz bajó, como si acabaran de revelarle un gran secreto.
—Mi estilo —repitió suavemente, saboreando las palabras.

Al instante, el cuerpo de Ale dejó de ser un árbol. Sus extremidades se retrajeron con un silbido rápido, como ligas gigantes soltándose de golpe. En lugar de caer pesadamente, su elasticidad le permitió rebotar contra una columna de acero, girar en el aire impulsada por su bufanda y aterrizar suavemente sobre su tapete. Todos se quedaron en silencio, expectantes.

Ale cerró sus ojos indiferentes por completo, adoptando una expresión de paz absoluta. Cruzó las piernas en lo que parecía una flor de loto perfecta. Hasta ahí, todo era dolorosamente normal. Pero entonces, Ale sonrió un poco más y empezó a ‟relajarse.”

Su torso comenzó a aplanarse lentamente, como si le estuvieran quitando el aire a un colchón. Sus brazos se estiraron hacia atrás junto a su torso, arrastrándose por debajo de las piernas hasta salir al otro lado, los brazos volvieron a la normalidad cuando terminó. La corona flotante la siguió obedientemente, pero fue tomada por Nia. Ale ahora parecía una figura de goma a medio estirar con una cabeza sonriente asomando en medio de sus piernas.

—¿Ven? Soy tiernamente flexible. dijo Ale, abriendo los ojos y mirando a sus amigos, que ahora estaban a la altura de su nariz— Me siento como un panqueque. Me gusta el yoga. ¿Podemos traer gatos la próxima vez?

Max, que había estado mirando la transformación con los ojos desorbitados, finalmente perdió el equilibrio y cayó de espaldas, derribando tres sillas plegables viejas que nadie había notado.
—¡Yo también quiero ser un panqueque! —gritó desde el suelo, intentando, sin éxito, estirar su brazo más allá de la articulación del codo.

Katy, ajena al ruido de Max, estaba frenética con su libreta.
—¡Ale-Panqueque! ¡Cojines de suelo, mantas de pícnic, alfombrillas de ratón! ¡Tony, necesitamos una patente, ya! ¡Y que las alfombrillas tengan almohadillas!

Sofi observaba la escena fascinada. Se acercó despacio a Ale, midiendo la distancia en todos los lados posibles con una cinta métrica que sacó del bolsillo de su bata.
—Distribución de masa anómala. Mantenimiento del tono de voz a pesar de la compresión traqueal... Ale, ¿tus órganos internos se adaptan al espacio o simplemente se desplazan? —preguntó Sofi, completamente inmersa en su libreta.

Ale, desde el suelo, ladeó su cabeza.
—¿Órganos? —murmuró, sonando pensativa— No sé qué es eso, Sofi. Pero tengo hambre. ¿Alguien guardó barritas de pescado?

Tony soltó una carcajada sincera, negando con la cabeza.
—Creo que encontramos tu postura definitiva, Ale. El ‟Panqueque Hambriento.” O bueno, así te pareces más a un rollo de helado. Sería lo adecuado para el nombre.

Leo, viendo que nadie estaba ardiendo, que la fábrica seguía en pie y que Ale parecía genuinamente relajada y feliz siendo un charco elástico, finalmente dejó caer los hombros y se sentó en su tapete, sonriendo. Había sido un éxito, más o menos.

De pronto, un sonido interrumpió la paz. El sonido no venía de la fábrica en sí, sino de la enorme guadaña de Ale que había aparecido y estaba clavada en el concreto a unos metros de distancia. El corazón invertido en la base del mango palpitó una segunda vez, desprendiendo un fino hilo de humo oscuro, pero la vibración se detuvo casi tan rápido como había empezado.

Ale, aún extendida por el suelo en su impecable y anatómicamente imposible postura del ‟rollo de helado”, observó su arma con los ojos entreabiertos. Su eterna sonrisa no titubeó.

—Ah. —murmuró Ale con su voz suave y cantarina— Falsa alarma. Solo tiene hambre también.

Leo soltó un suspiro de alivio tan profundo que casi le vacía los pulmones. Se pasó una mano por el cabello y se sentó de golpe en su tapete de yoga otra vez.
—Por un segundo pensé que íbamos a tener que salir corriendo. —confesó, frotándose el puente de la nariz— O que habías activado el Fuego del Caos por control remoto.

Sofi, que había estado a punto de medir la longitud de las piernas de Ale, frunció el ceño detrás de sus lentes y se acercó a la guadaña con cautela. Sacó un pequeño termómetro infrarrojo de su bata blanca y apuntó a la hoja negra y roja.

—Fluctuación térmica momentánea. —dictó Sofi en voz alta, anotando rápidamente en su libreta— Posible acumulación de energía residual después de no haber sido utilizada en... —Sofi hizo una pausa y miró a Ale—... ¿tres horas? Ale, ¿es normal que tu herramienta de corte masivo vibre cuando estás relajada?

La cabeza de Ale, que seguía descansando cómodamente en el suelo, ladeó su corona flotante.
—A veces se aburre. —respondió Ale con total tranquilidad— Cortar cosas es divertido. El aire aquí está quieto. No hay chispas.

Nia bajó la cámara de video, decepcionada por la falta de explosiones.
—¿Entonces no hay peligro inminente? Qué aburrido. Pensé que el gran final de ‟Ale Fitness” iba a incluir al menos una demolición controlada del muro este.

Katy, en cambio, no perdió el ritmo.
—¡Guadañas vibradoras de juguete! —anunció, levantando la vista de sus bocetos pastel— ‟El despertador definitivo de Ale”. ¡Te vibra la mesita de noche hasta que te levantas o la rompe por la mitad! ¡Tony, necesitamos motores pequeños! ¡Y que funcionen con baterías AAA!

Tony soltó una carcajada, negando con la cabeza mientras ayudaba a Max a levantarse por tercera vez. Max se sacudió el polvo de los shorts y miró a Ale maravillado.
—Oye, Ale, ¿crees que podrías enseñarme a hacer eso de separar la cabeza? —preguntó Max con entusiasmo, estirando su propio cuello inútilmente— Sería genial para asustar a los repartidores de pizza.

Ale parpadeó lentamente hacia Max.
—Tienes huesos duros, Max. Harían un ruido muy feo si lo intentas. Y no podrás contarlo. —dijo Ale, con una sonrisa pacífica y un tono tan dulce que la advertencia anatómica sonó casi como un cumplido.

Leo dio unas palmadas y se puso de pie, asumiendo su rol de líder y ancla del grupo.
—Muy bien, equipo. Creo que por hoy hemos tenido suficiente relajación experimental. Ale logró canalizar su energía... a su manera. La fábrica sigue entera, nadie está en llamas, y no le debemos dinero a la ciudad por daños a la propiedad pública. Yo lo llamo una victoria absoluta.

Sofi asintió, cerrando su libreta con un chasquido satisfactorio.
—Datos recopilados con éxito. Sujeto A muestra niveles de estrés en cero y una elasticidad corporal sin precedentes como en las veces anteriores. Sugiero concluir la sesión antes de que la guadaña decida aburrirse de nuevo.

Ale pareció estar de acuerdo. En un abrir y cerrar de ojos, con un sonido parecido al de una goma elástica gigante chasqueando, su cuerpo regresó a sus proporciones normales. Pasó de ser un rollo negruzco a estar de pie, sacudiéndose el polvo inexistente de los hilos de su tanga. Su corona flotó de vuelta a su posición habitual sobre su cabeza.

Caminó hacia la columna, agarró el mango de su guadaña y tiró de ella. El concreto de una columna se hizo añicos con un estruendo, levantando una nube de polvo que hizo toser a Max. Ale se echó el arma al hombro como si pesara lo mismo que una escoba.

—¿Vamos por pescado? —preguntó Ale, mirando a Leo con su habitual expresión de indiferencia tranquila.

Leo sonrió, aliviado de que el segundo intento de yoga caótico hubiera terminado sin bajas.
—Sí, Ale. Vamos por pescado. Y tal vez más helado de chocolate.

Mientras el grupo de seis amigos recogía los tapetes y el equipo, con Nia quejándose de la falta de acción final, Katy calculando ganancias imaginarias, y Tony asegurándose de que no dejaran nada atrás, Alejany caminó hacia la salida de la fábrica. La luz anaranjada del atardecer bañaba su silueta caótica e inocente. A su alrededor, la ciudad ordinaria seguía su curso, ignorante de la bomba de tiempo andante que acababa de terminar su sesión de estiramientos.

Por ahora, el caos estaba en pausa. Pero con Ale, sus amigos sabían perfectamente que la pausa nunca duraba demasiado.

En esa misma noche, mientras el resto de la ciudad (y probablemente del grupo) dormía, la habitación de Sofi estaba iluminada únicamente por la luz blanca y fría de una lámpara de escritorio.

Sofi seguía llevando su bata blanca, aunque ahora tenía las mangas arremangadas. Frente a ella, esparcidas sobre un escritorio perfectamente ordenado, estaban las notas de la tarde, un microscopio óptico y un pequeño retazo de tela naranja neón. Ale se lo había arrancado de la sudadera con total indiferencia antes de irse a comer pescado, murmurando algo sobre que le ‟picaba el torso.”

Sofi ajustó sus lentes y miró a través del ocular del microscopio. Suspiró, frotándose la sien.

—No tiene sentido —murmuró para sí misma, separándose del lente.

Tomó el retazo de tela con unas pinzas de precisión y tiró de él con la otra mano. La tela se estiró. Y se estiró. Y siguió estirándose hasta que los brazos de Sofi no dieron más de sí, pero el material no se desgarró, ni sus fibras mostraron la más mínima señal de tensión. Al soltarlo, el retazo volvió a su tamaño original de cinco centímetros cuadrados con un suave snap, sin una sola arruga.

Sofi tomó su bolígrafo y tachó la tercera hipótesis de su libreta.

—No es poliéster. No es elastano. Ni siquiera se comporta como un polímero con memoria de forma. —dictó en voz baja, anotando furiosamente— La estructura molecular parece adaptarse a la energía biológica de Ale. Cuando ella se estira cuatro metros, el traje no solo la acompaña, sino que ignora las leyes de conservación de masa. Es como si la ropa... aprendiera a ser caótica.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en su silla giratoria, mirando el techo. La magnitud de la situación empezaba a pesarle.

Hasta ahora, había documentado las explosiones, el fuego inextinguible y la telequinesis. Pero la biología elástica de Ale y cómo afectaba a su entorno inmediato era un rompecabezas logístico. Si Ale seguía experimentando con su elasticidad o decidiendo convertirse en un ‟rollo dulce” en medio de la calle, su ropa normal eventualmente cedería, o peor, limitaría sus movimientos y causaría un desastre acumulado de energía.

Sofi miró su libreta de gastos. Cientos de bolígrafos derretidos, libretas quemadas, calculadoras aplastadas por la gravedad alterada.

—Estudiar a una fuerza de la naturaleza me va a costar más de lo que esperaba. —se dijo a sí misma, haciendo un cálculo rápido mental Mi presupuesto para equipo de laboratorio ya está en números rojos. No puedo financiar investigaciones textiles avanzadas por mi cuenta.

Entonces, una idea brillante cruzó su mente analítica. Si había alguien en el grupo que entendía de telas, proveedores, diseños y, sobre todo, cómo conseguir cosas rápido, no era Leo ni Tony. Era la chica que llevaba una semana planeando vender bufandas ‟estilo Ale.”

Sofi tomó su teléfono celular y abrió el chat del grupo, seleccionando el contacto de Katy. A pesar de ser las dos de la mañana, sabía que la publicista probablemente seguía despierta diseñando logotipos. Escribió un mensaje rápido y preciso:

‟Katy. Necesito tu ayuda con un proyecto de diseño. El traje de hoy demostró propiedades de elongación anómalas, pero es inestable. Necesitamos confeccionar ropa especial para Ale que se adapte a su elasticidad extrema sin romperse y sin perder su estética (sé que los colores cálidos son importantes para ella). Te paso las medidas base mañana. ¿Crees poder conseguir materiales y prototipos?”

Casi instantáneamente, la pantalla del teléfono se iluminó con la respuesta de Katy.

‟¡SOFI! 🤩 ¡ESTABA ESPERANDO ESTE MOMENTO! ¡Ropa táctica oficial! Tengo un contacto que hace telas deportivas de alta resistencia, y si le mezclamos algo de ese material raro del traje de hoy... ¡Será increíble! Podemos llamarlo ‛Línea Caos-Comfort’. Te veo mañana a primera hora. Llevo muestras de color naranja. 🧡✨”

Sofi esbozó una pequeñísima y rara sonrisa de satisfacción. Apagó la pantalla del teléfono, apagó la lámpara de su escritorio y se quitó los lentes. Al menos el departamento de vestuario y logística estaba cubierto. Ahora solo tenía que preocuparse de qué nueva locura intentarían grabar Nia y Max al día siguiente.

Al día siguiente, el interior de la fábrica abandonada parecía menos un lugar de entrenamiento de yoga y más una pasarela de moda de alto riesgo. El sonido de una goma elástica gigante tensándose al máximo resonó en el lugar.

En el centro del recinto, Ale tenía el brazo derecho estirado unos impresionantes quince metros hacia arriba, sosteniéndose del borde de una viga de acero. Su cuerpo entero colgaba en el aire, balanceándose suavemente de un lado a otro como un péndulo humano.

—¡Es un éxito rotundo! —exclamó Katy, dando saltitos de emoción mientras sostenía una libreta de bocetos contra su pecho— ¡La "Línea Caos-Comfort" funciona!

Sofi, parada a su lado, no dio saltitos, pero una genuina sonrisa de satisfacción cruzó su rostro mientras miraba. Anotó rápidamente en su libreta: Tensión máxima superada. Integridad estructural de las fibras: 100%. Adaptabilidad molecular confirmada.

Ale se dejó caer desde la viga, contrayendo su brazo a la velocidad de la luz y aterrizando con gracia sobre sus inseparables botas pesadas. Su nueva ropa estaba intacta. Ni una sola costura había cedido, ni una sola arruga empañaba el diseño.

El traje era una obra maestra que combinaba la ciencia de Sofi y el sentido comercial de Katy. Consistía en el conocido top de mangas largas y holgadas (tal como a Ale le gustaba) en un naranja vibrante, combinado con una falda oscura plisada y las conocidas medias naranjas con una línea negra. La tela tenía un brillo sutil, casi metálico, pero se veía suave al tacto. Su larga bufanda, ahora hecha del mismo material hiper-elástico, flotaba a su alrededor con una libertad aún mayor. Y, por supuesto, la corona flotante seguía imperturbable sobre su cabeza.

—¡Fabulosa, nena, fabulosa! —gritaba Nia, corriendo en círculos alrededor de Ale con su cámara de video encendida— ¡Dame perfil! ¡Dame peligro! ¡Dame ‟puedo destruir esta fábrica, pero elijo no hacerlo por ahora”! ¡Eso es, la sonrisa pacífica a la cámara! ¡Oro puro!

Ale, complaciendo a su mánager, ladeó la cabeza y levantó una mano, haciendo la señal de la paz con los dedos. Luego, como si fuera lo más normal del mundo, estiró sus piernas mientras las separaba con una flexibilidad interesante, haciendo una especie de split mientras estiraba los brazos y el torso. Las mangas del top naranja se adaptaron perfectamente, estirándose perfectamente sin molestar sus manos.

El resto del grupo observaba desde las gradas improvisadas de cajas de madera, absolutamente maravillados.
Max tenía las manos apoyadas en las mejillas, con los ojos brillando de asombro.
—¡Wow! —dijo, haciendo tintinear las pulseras de sus muñecas— Katy, Sofi... ¿Creen que puedan hacerme unos shorts así? Ayer se me rompieron cuando me caí sobre las sillas.

Tony, con su chaqueta apoyada en el hombro y sus lentes rectangulares brillando con la luz del sol que entraba por las ventanas rotas, soltó una carcajada y le dio una palmada amistosa a Max en la espalda.
—Creo que tu problema es la gravedad, Max, no la tela. Pero hay que admitirlo, chicas, hicieron magia en menos de doce horas. Es increíble.

Leo, que siempre tenía la seguridad del grupo en mente, se acercó cruzado de brazos y asintió con aprobación.
—El diseño es genial, Katy. Pero mi pregunta principal para el departamento de ciencias es... —miró a Sofi— ¿Es resistente al fuego? Ya saben, por si a Ale le da por usar el Fuego del Caos cerca del dobladillo.

Sofi se ajustó los lentes, levantando la vista de su libreta.
—El material base fue tratado térmicamente durante la noche con un recubrimiento ignífugo derivado de las muestras de energía de Ale. Técnicamente, podría bañarse en lava y la ropa solo saldría un poco tibia.

Katy sacó una réplica en miniatura del nuevo traje de su bolso pastel.
—¡Y la versión para el público general será de algodón transpirable! Obviamente sin las propiedades mágicas, pero con la misma etiqueta de ‟Ale Oficial”. ¡Seremos ricos!

Ale, ignorando por completo la charla sobre negocios, resistencia térmica y física cuántica, caminó hacia su inmensa guadaña. La levantó con una sola mano, haciéndola girar en el aire como si fuera un bastón de animadora, antes de apoyarla sobre su hombro. Miró su nueva manga naranja, tiró un poco de ella, viendo cómo se estiraba un metro antes de volver a pegarse a su muñeca, y su permanente sonrisa pareció brillar aún más.

—Es suave. —dijo Ale con su voz tranquila y cantarina, cerrando los ojos con satisfacción— Ya no me pica el torso. Y tiene espacio para guardar dulces.

Metió la mano en un bolsillo invisible que Katy había diseñado en la falda y sacó, por arte de magia, una paleta de caramelo. Le quitó la envoltura y se la llevó a la boca.

—Misterio resuelto, equipo. —dijo Tony, sonriendo de oreja a oreja— El caos ahora tiene bolsillos funcionales. Estamos oficialmente listos para lo que sea.

Con Ale felizmente comiendo su paleta, Nia grabando cada detalle para un ‟detrás de cámaras”, Sofi archivando los resultados del experimento textil, Katy contando ganancias imaginarias, Max tropezando de nuevo con un tapete olvidado, y Leo y Tony compartiendo una mirada de alivio... el grupo estaba en perfecta y caótica armonía.

El día apenas comenzaba, y con su nueva ‟Línea Caos-Comfort”, Alejany estaba más que lista para la próxima aventura.

The End

jueves, 26 de febrero de 2026

El momento menos esperado | 𝒞𝒶𝓃𝒸𝒾𝑜𝓃𝑒𝓈 𝒸𝑜𝓂𝓅𝓊𝑒𝓈𝓉𝒶𝓈 - Capítulo 1

Dicen que hay veces en las que puedes conocer a tus mejores amigos en el momento menos esperado. Cuando tienes una vida totalmente normal siempre deseas lo mejor de ti mismo, pero nunca sabes lo que te espera hasta que algo pasa. Tú no lo sabías, pero lograste entender tu suerte cuando te topaste con tu mayor ídola.
¿Es la chica más preciosa que has visto, verdad? No fue fácil conocerla de poco a poco. Tuviste que aprender a pensar en lo que fueron tus viejas amistades para conseguir una que creías inalcanzable. No esperabas ser el amigo de una famosa cantante.

Te pasaste toda tu vida aprendiendo sobre ella sin saber que la conocerías un día. Tanto aprendizaje para llegar a este punto fue, al menos para ti, una especie de preparación para lo que se acercaba aunque no supieras todo.

¿Cómo fue que sucedió todo esto? ¿Cómo fue que formaste una gran amistad con una celebridad? Todo comenzó hace tiempo, cuando no eras más que un simple fan de la cantante.

[2007]

Creciste en una colonia en algún lugar de la capital del país, ni tan recordada ni tan olvidada, en una casa donde casi nunca había silencio: tu papá era taxista de noche y tu mamá trabajaba turno doble en una fábrica de cosméticos. Eras hijo único y, desde los 15 años, aprendiste a estar solo sin sentirte solo. Tenías lo necesario para no aburrirte tanto dentro como fuera de casa.

En el 2006, con 19 años recién cumplidos, tu padre había cambiado de trabajo y tú madre se había ido a otro estado para visitar a un familiar suyo. Sin embargo, el nuevo trabajo de tu padre apenas podía mantener todo en la casa. Tuviste que hacerte cargo de la casa mientras él no estaba, resolver las cuentas y fingir que estaba bien cuando en realidad el estrés y el cansancio te estaban carcomiendo.

En esos meses oscuros, la tele era tu única compañía. Una noche de insomnio, mientras esperabas a que tu padre regresara, te topaste con la audición de una chica de Guadalajara en Latin American Idol. Cantaba ‟Déjame ir” con una voz rota que parecía entender exactamente lo que tu sentías. La chica se llamaba Paty Cantú.

Desde esa noche, empezaste a seguirla como quien sigue una luciérnaga en medio de un bosque por la noche.

Grababas las galas en VHS y las veías una y otra vez.

Te aprendiste todas las canciones de su primer disco y su anterior dúo musical de memoria.

Cuando sacaron ‟Afortunadamente no eres tú” como segundo álbum en 2010, lloraste en tu cuarto porque sentías que alguien más en el mundo también había aprendido a soltar.

Guardabas cada entrevista, cada foto, cada aparición en los premios. No era una obsesión enfermiza; era supervivencia. Paty era la prueba de que se podía estar roto y aun así hacer algo hermoso con los pedazos.

Nunca habías ido a un concierto (no tenías dinero), nunca habías mandado carta ni comentario en Hi5. Tu fandom era silencioso, privado, casi sagrado.

Y ahora, en octubre de 2010, con tu mamá llegando de visita a tu casa y tu papá trabajando en una agencia de diseño gráfico, y tú trabajando en una cafetería lejos de casa y que apenas te alcanzaba para pagar la renta en la casa que ahora vives... te encontrabas caminando al lado de la misma mujer que, sin saberlo, le había salvado la vida a alguien cuatro años atrás.

Ciudad de México, finales de octubre de 2010.

En una calle recurrente de la capital, sábado por la tarde.

Tenías 24 años y un ritual sagrado: cada vez que salía un disco de Paty Cantú, te tomabas el día libre del trabajo, te ponías la misma sudadera gris con capucha (la de la suerte) y te ibas directo a la Mixup más cercana a comprar la edición física el mismo día del lanzamiento. Era tu manera de decirle gracias a la niña que, cuatro años atrás, había cantado ‟Déjame ir” en Latin American Idol y le había salvado la vida sin saberlo.

Esa tarde entraste con el corazón a mil mientras escuchabas las conversaciones de otras personas y la música de otros artistas. El disco nuevo se llamaba ‟Afortunadamente no eres tú” y ya habías llorado con el primer sencillo en la radio. Buscaste entre los estantes como loco (con algunos viéndote por unos segundos) hasta que lo encontraste: portada blanca, ella con el cabello corto y esa mirada que parecía entenderlo todo.

Tomaste el último ejemplar de la pila... y sentiste que alguien más lo jalaba suavemente del otro lado.

—Perdón... creo que ese es mío —dijo una voz conocida, demasiado conocida.

Levantaste la vista despacio, como en cámara lenta de una película antigua pero mala.

Y entonces, la viste. Paty Cantú, en persona. Con jeans rotos, una sudadera negra oversized, lentes de sol encima de la cabeza y una sonrisa nerviosa. Sin maquillaje. Sin seguridad. Sola.

—Ay, no... lo siento, yo... —balbuceaste, soltando el CD como si quemara.

Ella se rio bajito, esa risa que habías escuchado mil veces en entrevistas pero que en vivo sonaba más cálida.

—No, tranquilo. Hay más, ¿no? —miró la pila vacía y puso cara de drama— Ay, no me digas que ese era el último.

Tragaste saliva. Tu cerebro gritaba ‟¡di algo normal, idiota!”, pero tu boca decidió soltar otra cosa:

—¿Quieres... el mío? O sea, te lo regalo. Total, yo... puedo descargar el pirata y ya.

Paty te miró un segundo, como evaluando si estabas bromeando o eras un loco. Luego soltó una carcajada sincera.

—¿En serio me estás ofreciendo tu ejemplar físico el día del lanzamiento? Eres el fan más raro que he conocido... y eso ya es mucho decir.

Te pusiste rojo hasta las orejas.

—No soy raro, soy... considerad@.

Ella se mordió el labio, divertida.

—Oye, ¿cómo te llamas, fan considerad@?

[Aquí debe ir tu nombre, inventa uno]

—[T/N]... —repitió ella como probando el nombre— ¿Sabes qué? Hoy tengo el día completamente libre por primera vez en meses. Mi manager cree que estoy en una entrevista de radio, pero me escapé. ¿Te parece si compramos los dos el disco (yo invito) y... no sé, nos lo escuchamos juntos en algún lado? Prometo no ser pesada.

Al escuchar eso sentías que el mundo se detenía.

—¿Estás... estás hablando en serio?

—Muy en serio. Pero con una condición. —levantó un dedo— Nada de fotos, nada de videos, nada de contarle a nadie. Solo dos personas escuchando un disco que todavía no sabe nadie cómo suena completo. ¿Trato?

Tú asentiste como muñeco de resorte.

—Trato.

Paty sonrió de oreja a oreja, tomó dos copias del disco que convenientemente habían aparecido en el mostrador (gracias, empleado fan también) y le guiñó un ojo.

—Perfecto. Conozco un café aquí cerca que tiene bocinas decentes y nadie me molesta. ¿Vienes, [T/N]?

Y así, sin más, tú, como el fan que había planeado pasar la tarde solo en su cuarto llorando con el disco nuevo, terminó caminando por la avenida al lado de Paty Cantú, con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que ella lo escuchara.

Lo que ninguno de los dos sabía todavía es que ese día no solo iban a escuchar ‟Afortunadamente no eres tú” por primera vez juntos... sino que iban a empezar una amistad que ninguno estaba buscando, pero que los dos, en el fondo, necesitaban desesperadamente.

Cruzan la calle. Sientes el semáforo en 7 segundos y aprietas el paso sin darte cuenta. Paty te sigue con las manos en las bolsas de la sudadera, como si esto fuera lo más normal del mundo. El aire huele a elote asado y gasolina de los taxis. El frío de octubre está más que presente, pero tienes la espalda empapada.

—¿Frío? —pregunta ella, notando que tiemblas.

—No... solo son nervios —dices, y te sale la voz más aguda de lo normal.

Ella se ríe bajito. Esa risa. La has oído en entrevistas, pero en vivo suena como si te abrazara.

Llegan al café: ‟El Árbol de Café”, un lugar chiquito en la esquina de la calle donde pasaban y que daba dirección a otra. Podías ver una puerta de madera que chirría, mesas de formica, bocinas que suenan bajito ‟La despedida” de Julieta Venegas.

Paty empuja la puerta y el olor te golpea sin avisar: café de olla, canela, pan de muerto recién hecho, se estaban preparando para noviembre.

—Aquí nadie me molesta. —susurra ella mientras busca una mesa al fondo— El dueño es amigo de mi tía.

Te sientas frente a ella. La mesa es tan pequeña que sus rodillas casi tocan las tuyas. Sientes que te vas a desmayar.

Respira, pendejo. Respira.

Ella saca los dos discos del morralito. Los pone entre ustedes como si fueran reliquias.

—¿Listo? —pregunta, y sus ojos cafés te miran directo.

Tú solo asientes. No confías en tu voz.

Pone el disco en un pequeño estéreo portátil que traía en el morral (sí, en 2010 todavía existían). Sube el volumen apenas lo suficiente.

Las primeras notas de ‟Afortunadamente no eres tú” empiezan a sonar.

Y pasa algo que nunca habías vivido:

Estás escuchando el álbum el mismo día del lanzamiento, y con la persona que canta todas las canciones.

Ella cierra los ojos. Mueve los labios siguiendo la letra sin cantar en voz alta.

Tú no puedes cerrar los ojos. La estás viendo. Y piensas, en cursiva y todo junto:

Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando...

Cuando tu respiración se hace más agitada ella abre los ojos de golpe y te pilla mirándola.

—¿Qué? —pregunta con media sonrisa.

—Nada... es que... tus canciones me salvaron la vida —te sale sin filtro.

Paty se queda callada dos segundos. El estribillo explota en las bocinas.

Y de pronto ya no es la Paty Cantú famosa. Es una chava de 26 años que te mira como si entendiera perfectamente lo que acabas de decir.

—¿Te salvaron la vida? —repite en voz baja.

Tú asientes. Sientes la garganta cerrada al no tener una palabra que soltar. Ella estira la mano por encima de la mesa y te aprieta los dedos suavemente por un segundo. Solo un segundo.

—Gracias por decírmelo. —susurra— A veces una se olvida de que las canciones llegan tan lejos.

Y ahí, entre el olor a canela y el sonido de su propia voz saliendo de unas bocinas baratas, algo se rompe y se reconstruye al mismo tiempo. El disco sigue. Tú sigues temblando. Ella sigue ahí. Y por primera vez en cuatro años, ya no te sientes solo.

Tú te pones a mirar de un lado a otro sin saber bien que hacer o que decir, hasta que casi de inmediato sacas un tema para romper el hielo.

—¿Sabes? he estado leyendo una y otra vez esa noticia de que estuviste pasando la voz para apoyar a los enfermos de Fibrosis Quística, y creo que has hecho un buen trabajo con dar tu aporte hace un mes.

Ella simplemente sonríe al escuchar eso, sabiendo que, como fan, estarías al tanto de todo lo que ella estaba haciendo.

—Ya me daba la idea de que un día alguien diría eso, pero me alegra que tú también hayas dado de tu parte, ¿verdad?

Hay un silencio. Ella se acomoda el cabello detrás de la oreja (gesto nervioso que has visto en mil videos pero que ahora está a treinta centímetros).

—Sí... podría decir que sí... en mi anterior trabajo andaban diciendo eso y donamos un poco de lo que teníamos para apoyar.

Sientes que el mundo se hace más pequeño. Solo existen ella, tú y la niebla que estaba apareciendo afuera.

—Y no solo eso, en todo este tiempo he estado escuchando todas tus canciones una y otra vez, incluyendo las que tuviste cuando tenías tu dúo musical. —continúas—Y ahora estoy aquí, escuchando tu álbum más reciente contigo... y por primera vez no me siento como alguien tan diferente de los demás.

Paty te mira como si acabaras de abrirle una puerta que nadie más había visto. Y entonces hace algo que ningún fan en el mundo real hubiera imaginado: Se levanta, da la vuelta por la mesa chiquita, se sienta a tu lado en la banca corrida y te abraza.

No es un abrazo de famosa a fan. Es un abrazo de alguien que también ha estado al tanto de todo lo que ella hacía sin perder cada detalle, tanto tú como ella sabían que esto era algo más que un trabajo propio de un fan, era otra cosa. Tú la abrazas de vuelta. Huele a vainilla, a lluvia y a algo que no puedes nombrar. Permanecen así hasta que la última canción termina. Cuando se separan, ella sonríe.

—¿Sabes qué, [T/N]?

—¿Qué?

—Hoy no quiero volver a Guadalajara. Había dicho que mi manager cree que estoy en una entrevista de radio... y tengo todo el fin de semana libre.

Tú parpadeas.

—¿Qué... qué estás diciendo?

—Que si tú quieres... podemos seguir escuchando el disco otra vez. Y mañana... no sé, ¿me enseñas toda la ciudad? Nunca he estado en esta parte más que de pasada.

Sientes que te vas a desmayar otra vez. Por primera vez, un famoso hablaba con un fan de una manera que no esperabas que hiciera, y eso te dejaba con menos ideas de querer decir algo sin soltar un grito de emoción.

—¿T-todo el fin de semana?

Ella se ríe, esa risa que ahora es solo para ti.

—Todo el fin de semana. Pero con una condición.

—Dime.

—Que sigas siendo tan honest@ como ahorita. Me gusta esta versión de ti.

Nunca creíste en milagros, pero en este punto entiendes que acabas de recibir el más grande de todos: la misma Paty Cantú no solo está en tu ciudad. Se va a quedar. Estuviste recordando esas veces en las que habías estado pendiente de cada cosa nueva que estuviera sacando Paty o de cada noticia relacionada a ella por el resto de la tarde. Nunca habías esperado que un momento como este estuviera pasando, pero está sucediendo. Quizás no haya sido el momento adecuado para el encuentro, pero ya no importa, ahora sabes que debes estar más que contento por lo que está pasando.

Al salir, notas que la noche había aparecido, la niebla se había ido y los faroles parecían pequeñas lunas flotando. Caminan por la calle sin hablar. Solo se oye el eco de sus pasos en el empedrado y, muy lejos, un mariachi que termina una última canción en la plaza. Paty lleva las manos en las bolsas de la sudadera, observando el camino por donde iban. Tú vas a medio metro, con el corazón latiendo tan fuerte que temes que ella lo escuche. Llegan al final de la calle. Ahí está tu casa: pintada de blanco, portón de herrería, una bugambilia morada que se trepa por todo el muro.

Te detienes. Respiras hondo tratando de mantener la cordura al lado de ella.

—Esta es mi casa —dices, y la voz quiere temblar.

Ella alza la vista. La luz del farol da la ilusión de que la casa está pintada de dorado. Pero su sonrisa aún era más que notable.

—¿Aquí vives?

—Sí. Hace poco estuvo de visita mi mamá... pero este fin de semana se fue a casa de mi tía en Lagos de Moreno. Está sola la casa.

Paty te mira un segundo largo. Lee tu miedo como si fuera un libro abierto.

—Oye, —dice suave— si te incomoda que me quede, puedo buscar dónde...

—No. —te sale rápido, casi desesperado— No es eso. Es que... quiero que estés cómoda. Y mi casa no es un hotel ni nada. Solo quiero que te sientas bien. Que sepas que para mí esto no es un trofeo ni una locura de un fan. Es... —buscas la palabra— ...es un regalo que no merezco, pero que voy a cuidar con la vida.

Ella sonríe. Esa sonrisa que ya no es de cantante famosa, sino de una chava de 26 años que acaba de encontrar refugio en el sitio menos esperado.

—Entonces déjame entrar, [T/N]. No necesito hotel. Necesito sentirme en casa.

Abres el portón. El patio huele a bugambilia y a tierra mojada. Prendes la luz del zagüán: la bombilla parpadea dos veces antes de quedarse.

Ella entra. Mira todo con ojos enormes: las macetas de tu mamá, el sillón viejo de terciopelo verde, las fotos de tu papá en la pared.

—Qué bonito huele. —dice— Huele a... hogar.

Tú cierras la puerta. El mundo exterior y sus conocidos ruidos desaparecen para dar paso al silencio.

Te quitas la sudadera (de repente sientes calor) y la cuelgas con cuidado.

—Tengo dos cuartos. —dices— Tengo un cuarto especial que está cerrado con llave porque, bueno, soy muy especial con algunas cosas. El otro mío... es el mío. Tú puedes quedarte ahí. Yo duermo en la sala, en el sillón. O en el suelo, me da igual.

Paty se quita la sudadera. Debajo trae una playera gris sencilla que dice "Guadalajara" en letras deslavadas.

—No. —dice con firmeza— Tú duermes en tu cama. Yo duermo en el sillón. O... —se muerde el labio, dudando— ...si no te incomoda... la cama es grande, ¿no? Podemos dormir... cada quien en su lado. Como amigos. Solo dormir. Te lo juro.

Tú sientes que te vas a arrepentir de soltar cualquier respuesta sin importar lo que ella diga, y que ese error sería el fin de todo.

—¿Estás segura?

—Más segura que de muchas cosas en mi vida —contesta, y su voz es tan sincera que duele.

Sin saber que decir, entras al cuarto. Es sencillo: cama matrimonial con la cobija de tigre, un buró con una lámpara de lava que ya no funciona, pósters viejos de Paty (obviamente) que ahora te dan una pena mortal, quizás por el hecho de que la cantante está contigo. Ella los ve y se ríe bajito.

—No los quites. Me hace feliz que estén ahí.

Te cambias en el baño en menos de 30 segundos (un pijama de franela a cuadros que un familiar tuyo te regaló hace un año). Cuando sales, ella ya está sentada en la orilla de la cama, con una sudadera tuya que encontró en el respaldo de la silla (le queda enorme y le llega casi a las rodillas).

—Te la robé. —dice, levantando los brazos— Huele a ti. Me gusta.

Tú apagas la luz grande. Solo queda la lámpara de noche que da un tono naranja cálido y otoñal.

Se meten a la cama. Cada quien en su lado. Hay casi un metro de distancia, pero sientes su calor como si estuviera pegada a ti. Regresa el silencio. Después de un rato, su voz en la oscuridad:

—[T/N]...

—¿Sí?

—Gracias por hoy. Nadie me había regalado un día así nunca, mucho menos un fan como tú.

Tú cierras los ojos. Sintiéndote agradecid@ de haber sido tan cortés con la cantante que tanto has admirado y ahora está contigo pasando la noche.

—Gracias a ti por quedarte.

Ella se mueve. Muy despacio, su mano cruza el espacio vacío y encuentra la tuya debajo de la cobija.

No es romántico todavía.

Es algo más grande.

No hay besos, no hay abrazos, no hay promesas, nada. Solo está la pesada sensación de que las cosas podrían cambiar al siguiente día; y tal vez eso sería algo bueno, pero deberías pensar en cómo decirle a tu familia y a tus amigos que aquella celebridad de la que hablabas tanto estuvo contigo un día entero y se quedó en tu casa por una noche, sería difícil para ellos comprender todo lo que pasó, pero podrían entenderlo.

Todo se encontraba en un silencio total. La noche estaba al tanto de todo lo que sucedía. Solo se oyen los ruidos de alguien abriendo una puerta a lo lejos, los ladridos de un perro, y una moto pasando rápidamente por la carretera.

Abres los ojos de golpe. El corazón te late tan fuerte que parece que va a despertar a Paty. Pero ella sigue dormida a tu lado, con el cabello desparramado en la almohada y una mano todavía rozando la tuya.

No puedes volver a dormir. No son los nervios. Es algo más grande: una mezcla de euforia y pánico a que todo sea un sueño. Te levantas con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper esa extraña pero bonita bendición. Te pones las chanclas que hacen un ruido tan bajo en el piso pero que puedes oír bien. Vas de puntitas hasta salir del cuarto, entras a la sala y te acercas a un mueble que descansaba en una esquina.

Usas una silla del comedor para subirte y bajar algo que estaba arriba de ese mueble. Encima está una caja de zapatos envuelta con cinta canela. La caja que no has abierto en más de un año porque te dolía demasiado. Sentías eso cuando bajaste y volviste a mirar la caja.

Te sientas en el sillón de terciopelo verde, prendes la lámpara de pie que da una luz amarilla tenue y abres la caja como quien abre una tumba querida.

Dentro está todo tu mundo de antes:

El primer CD de Paty comprado el día que salió (2008), con la funda rota de tanto usarlo.

Un boleto falso que tú mismo imprimiste para un concierto que nunca pudiste pagar.

Una carta de tres hojas que escribiste a los 19 años y que nunca enviaste.

Unas pulseras de tela que hiciste con los colores de la portada del primer disco.

Fotos impresas de ella en Latin American Idol, con márgenes escritos a mano: ‟Gracias por existir.”

Y, lo más guardado: un cuaderno Moleskine negro donde escribiste, día tras día, cómo sus canciones te mantuvieron vivo cuando quisiste desaparecer.

Hojeas el cuaderno con manos temblorosas. Encuentras una página fechada el 14 de febrero de 2009:

«Hoy cumplieron dos viviendo fuera de casa.

Hoy ella sacó "Afortunadamente no eres tú".

Escuché la canción 27 veces.

Lloré 26.

La número 27 sonreí.

Gracias, Paty.

Aunque nunca lo sepas.»

Cierras el cuaderno. Respiras hondo. Y entonces tienes una idea. Buscas un plumón negro, una hoja blanca y escribes con letra cuidadosa:

«Gracias por salvarme antes de conocerme.

Y gracias por quedarte ahora que me conoces.

Este pueblo y esta casa son tuyos mientras quieras.

~[T/N] (el fan que ya no es solo fan)»

Doblas la hoja. La metes dentro del cuaderno, en la página del 14 de febrero de 2009.

Vuelves al cuarto. Paty se ha movido en la cama; ahora está boca arriba, con un brazo encima de la cabeza. Respira tranquila. Dejas el cuaderno dentro del cajón que tiene la mesita de noche, apagando la lámpara de paso. Luego te metes de nuevo a la cama, con mucho cuidado. Esta vez no hay un metro de distancia. Te quedas cerca, lo suficiente para sentir su calor. Y justo cuando vas a cerrar los ojos... la mano de Paty, dormida, busca y encuentra la tuya otra vez. Como si supiera que habías vuelto. Sonríes en la oscuridad total. Y por primera vez en toda tu vida, duermes sin miedo a despertar.

El gallo del vecino canta antes de que salga el sol. Tú eres el primero en despertar. Paty sigue dormida, abrazando la almohada como si fuera una persona. 

Te levantas en silencio, te pones unos jeans y una playera negra. Vas a la cocina, pones café de olla y calientas pan de elote del día anterior, todo mientras un vecino enciende la radio y los ruidos de los coches que pasan adornan la fría mañana.

A las 7:10 entras al cuarto otra vez. Paty ya está despierta, sentada en la cama, con el cabello revuelto, se limpia la cara con la manga de tu sudadera y dice con voz ronca:

—Hace días que no me sentía tan relajada. Fue una buena noche contigo.

Solo puedes sonreír como idiota al escuchar ese pequeño halago. Pero luego recuerdas la realidad:

—Tengo que entrar a las 8:30 a la cafetería... está como a veinte minutos en combi, casi saliendo a la carretera a Lagos. No es un trabajo tan fascinante, pero... bueno, es mi trabajo.

Ella te mira fijamente.

—¿Y si voy contigo?

Tú parpadeas.

—¿A la cafetería? No... no es un lugar para ti, ni para otra famosa como tú. Es un changarro, hay moscas, techo de lámina, al jefe le da igual lo que me pase, los clientes son traileros y abuelitas que piden café de olla...

—¡Exacto! —dice ella con una sonrisa traviesa— Nadie va a imaginar que estoy ahí. Puedo ayudarte, o solo sentarme en una esquina con una gorra. Quiero ver cómo es tu vida de verdad. No solo la parte bonita que me mostraste ayer.

Tú lo dudas, y mucho. Sabías que tu trabajo no sería bien visto por una celebridad como lo es ella, y eso ya ponía en riesgo el estado actual que estabas teniendo con ella. Solo te limitaste a seguir preguntando por su idea.

—¿Y si alguien te reconoce?

—Nadie me va a reconocer con gorra, sudadera y sin maquillaje. Además... —baja la voz— ...quiero pasar contigo cada minuto que pueda antes de que tenga que volver a la realidad.

Tú sientes que te ganaste la lotería, otra vez.

—Va... pero si te aburres o te arrepientes, regresamos de inmediato. No quiero que se den cuenta de quien eres realmente y pasar por un momento vergonzoso.

Ella salta de la cama, emocionada como si volviera a ser una niña.

—¡Trato! Déjame usar tu baño y me pongo algo tuyo que me quede gigante.

Regresaste a la cocina, pensando en todo lo que había dicho Paty sobre querer ir contigo a tu trabajo. Era mala idea ir con ella y fingir que se trataba de alguien más, pero no había otra manera de hacerla pasar desapercibida del público. Solo deseabas que todo saliera bien mientras el día siguiera. Media hora después salen de la casa.

Paty lleva:

Tu sudadera gris de la suerte (la misma que usaste ayer)
Una gorra algo desgastada que encontró en tu clóset
Sus botas vaqueras del día anterior
Y una sonrisa que no le cabe en la cara

Toman la combi de las 8:05 que pasa por la plaza. El chofer los mira raro, pero no dice nada.

Veinte minutos después bajan en la desviación. Caminan cinco minutos por un camino de terracería. A la mitad del camino entran a un túnel de carrizo que deja entrar un poco de la luz del día, cuando salen están cerca del trabajo que habías mencionado. La cafetería se llama ‟El Último Trago”. Es un localito con techo de lámina, seis mesas y sillas de plástico, servilleteros hechos con tapas de frascos viejos, y un letrero medio deslavado. Afuera hay dos trailers estacionados.

Paty se detiene frente a la puerta.

—¿Aquí trabajas?

—Aquí trabajo —dices, casi avergonzado.

Ella te toma de la mano y te jala adentro.

—Pues hoy voy a ser tu compañera de turno. Enséñame a hacer café de olla como Dios manda.

Nuevamente, te parece mala idea que eso haga, pero no tienes otra opción luego de haber aceptado la propuesta de ella. Solo puedes rogar a que todo salga bien en todo el día mientras trabajas. El jefe, don Ramiro (un señor chaparrito y bigotón), los ve entrar tomados de la mano y alza una ceja.

—¿Y esta quién es, [T/N]?

—Una... amiga. —dices, tragando saliva— Viene a ayudarme hoy.

Don Ramiro se encoge de hombros.

—Mientras no espante a los clientes, por mí está bien.

Paty se ríe y se pone el delantal, ya lista para trabajar a tu lado. El resto del domingo transcurrió de una manera tan tranquila que consideraste que fue suerte que todo haya salido bien; aprendió a moler canela y piloncillo. Los dos sirvieron cafés a traileros que estuvieron mirando a ella raro, pero no la reconocieron, o eso fue lo que Paty pensó. Cantó bajito ‟Me quedo sola” mientras lava tazas (y tú sientes que tarde o temprano la van a descubrir si no se calla).

En la hora muerta (11 a.m.) se sientan atrás del mostrador, comen tacos de barbacoa que trajo un cliente y se cuentan cosas que nunca le han dicho a nadie. A las 3 de la tarde cierran. Don Ramiro les dice que se pueden ir. Salen caminando por la terracería mientras te sientes agradecid@ de que todo haya salido bien y no hayan sospechado de ella a pesar de que su voz casi la delataba. Paty se quita la gorra, el viento le mueve el cabello.

—¿Sabes qué? —dice de pronto.

—¿Qué?

—Tal vez este trabajo no es tan malo después de todo, es uno ideal para alguien como tú

Tú la miras. No sabes qué decir.

—Y el día todavía no termina —agrega ella.

Sin que lo esperes, ella empieza a correr mientras te grita que la persigas, ahí mismo, en medio del camino de terracería, con olor a barbacoa y café quemado, con dos trailers pasando y pitando. No lo dudaste más y le seguiste el paso, casi riendo sin motivo aparente, pero querías que el día no acabara.

Cuando la alcanzas, notas que habías dejado la cafetería y habían llegado al parque. Tienes demasiadas cosas que preguntarle, pero no sabes por donde empezar. Sabías que tenías que aprovechar cada momento con ella antes de que todo volviera a la normalidad, así que decidiste preguntar lo primero que se te vino a la mente.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntaste—¿Por qué empezaste a correr y me dijiste que te persiguiera?

—Porque quería que tuvieras un recuerdo de estos dos días. —dice bajito— Algo que no se pueda borrar con el tiempo. Un sello. Para que cuando yo me tenga que ir... sepas que todo esto pasó de verdad.

Sientes tiemblas, aunque no del todo.

—¿Te... te vas a ir?

—Aún no. —contesta rápido— Todavía tengo hasta mañana en la tarde. Casi 24 horas más contigo.

Te toma de la mano y empieza a caminar otra vez, como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.

—Y quiero aprovechar cada minuto. —sigue— Quiero que este domingo sea tan perfecto que duela cuando lo recordemos.

Tú aprietas su mano.

—Entonces vámonos a casa. —dices— Y hacemos que duela bonito.

Caminan los veinte minutos de regreso en silencio, pero ya no es un silencio incómodo. Es un silencio lleno de cosas que no necesitan decirse con palabras. Cuando llegan a casa, el sol está cayendo en señal de que está llegando el atardecer. La luz entra por las ventanas y pinta todo de naranja.

Paty se quita las botas en la puerta y camina descalza hasta la sala. Se tira en el sillón de terciopelo verde y te jala para que te sientes a su lado.

—¿Sabes qué quiero hacer ahora? —pregunta.

—Dime.

—Quiero que me enseñes tus canciones.

Tú te quedas helado.

—¿Mis... canciones?

Ella asiente.

—Ayer vi una guitarra en tu cuarto. Y en las paredes habían letras, creo que de canciones, o algo así. Quiero oírlas. Todas. Aunque estén feas, aunque estén a medias. Quiero conocer esa parte de ti también.

Tú tragas saliva. Nunca le has cantado a nadie. Ni siquiera a tu mamá. Pero es ella, y aunque sea la cantante que tanto has admirado, nunca te habías puesto a pensar en si alguna vez le ibas a enseñar esa pequeña parte tuya que tienes.

Ya lo habías pensado bien. Entonces vas a ese cuarto que cerrabas con llave, entras y vas por la guitarra, respirando despacio porque sabías que era el momento.

Y durante las siguientes tres horas, en la sala de tu casa, le cantas todo lo que has escrito en los últimos cuatro años.

Canciones de desamor.

Canciones de tu papá y tu familia.

Canciones que escribiste pensando en ella sin saber que un día ella las iba a escuchar.

Y ella escucha. Llora. Se ríe. Canta los coros cuando se los sabe.

Y cuando terminas la última (una que se llama ‟Niebla en octubre” y que escribiste exactamente hace un año), ella te abraza fuerte y te dice al oído:

—Eres increíble, [T/N]. Y voy a hacer que el mundo escuche esto algún día. No será hoy ni será mañana, pero lo voy a hacer. Te lo prometo.

Después se quedan abrazados en el sillón hasta que oscurece. Encienden una sola lámpara. Ponen el disco ‟Afortunadamente no eres tú” otra vez, pero esta vez en volumen bajito, como si fuera música de fondo en un momento tan cotidiano. Comen pan de elote con cajeta que sobró, como si tuvieran todo el tiempo del mundo (aunque saben que solo les quedan horas). Y cuando la luna se cuela por la ventana, Paty se acurruca en tu pecho y dice la frase que te va a acompañar el resto de tu vida:

—No quiero que esto termine mañana.

Tú le acaricias el cabello.

—Entonces no termina... —susurras— Solo cambia de forma.

Y los dos saben que es verdad. Lo que empezó como un encuentro imposible en una tienda de discos se convirtió, en menos de 48 horas, en la amistad más importante que tendrán nunca.

El gallo canta otra vez. Tú abres los ojos despacio, con esa sensación extraña de quien despierta de un sueño demasiado perfecto. La cama está fría del lado de Paty. Te incorporas casi de golpe. El cuarto está impecable. La sudadera gris de la suerte está doblada en la silla, perfectamente acomodada. La gorra, desaparecida. El cuaderno Moleskine sigue en el cajón, como si nunca lo hubiera tocado, aunque ella haya abierto el cajón más de una vez. La guitarra volvió a su rincón.

No hay nota. No hay mensaje en el celular (porque ni siquiera tienen el número del otro). No hay nada. Te levantas lentamente y aún con sueño. Revisas la sala, la cocina, el patio. Todo yace vacío. Solo queda ese olor: una mezcla de su perfume de vainilla, café de olla y algo que no puedes nombrar.

Te sientas en el sillón y te quedas mirando la nada. Y entonces lo sientes: un extraño dolor que está empezando a llegar, no físicamente, sino emocionalmente. Es un dolor limpio. Que tiene forma de recuerdo.

Te das cuenta de que no estás llorando por haberla perdido. Estás llorando porque, por primera vez en años, tienes algo que vale la pena recordar. Te levantas recordando que todavía tienes que ir al trabajo, y tal vez eso ayude a ordenar mejor las cosas que estás pensando, vas a necesitar una distracción para todo lo que acabas de pasar.

La combi te deja en la desviación como siempre. Caminas los cinco minutos de terracería con la guitarra colgada al hombro (porque hoy pensabas escribir en las horas muertas) y la pulsera de tela que te dejaste puesta en la muñeca.

Llegas al lugar, y te congelas. El letrero de ‟El Último Trago” está en el suelo, partido en dos. Las mesas y sillas se encontraban afuera del local, la puerta de lámina está cerrada con candado y una cadena gruesa. Hay un papel pegado con cinta canela que dice, con letra apresurada de don Ramiro:

«Cerrado por deudas y problemas con el dueño del terreno. Fueron unos problemas que se han estado acumulando en todos estos años, y lo que ganábamos apenas alcanzaba para mantener el local. Fueron unos días difíciles, pero lo peor fue tener que decirle adiós a ese trabajo que mantuve por años con la ayuda de ustedes. Pero bueno, son cosas que pasan, y que todos nos sentimos mal.

Gracias por todo.

Lo siento mucho.

Atte. Ramiro»

Te quedas parado ahí, mirando el papel como si no entendieras las palabras. El mundo se te cae encima. Sin aviso. Sin liquidación. Sin nada. No hay muchas opciones para conseguir otro trabajo: la fábrica de tequila, el campo, o irte a Guadalajara a buscar suerte. Y tú ya no tienes ni para el camión.

Te sientas en una banquita, y de pronto empiezas a reír. Es una risa rara, entre llanto y locura. Porque la vida es así de cabrona: te da el fin de semana más perfecto de tu existencia... y el lunes te quita el trabajo. Te quedas ahí casi una hora, mirando el cielo, a la carretera, el local ahora cerrado, todo tu alrededor. Sientes el vacío conocido de siempre, pero esta vez viene acompañado de algo nuevo: Una chispa. Porque si Paty Cantú pudo aparecer de la nada en tu pueblo y cambiarte la vida en 48 horas, tal vez tú también puedes hacer algo imposible.

Regresas a tu casa, respirando profundamente, aunque no tan aliviad@ por lo que acaba de pasar. Echas una ojeada a la casa que aún se encontraba vacía. Todavía dudas en si harás lo que tienes en mente, pero sabes que al menos, si lo intentas, tendrás un motivo para seguir siendo lo que eres. Vas al cuarto. Abres el cuaderno en la página donde dejaste tu nota.

La lees una y otra vez como si fuera una manera de seguir motivándote a hacer lo que tienes planeado. Bajas y dejas el cuaderno en la mesa del comedor, dejándolo abierto porque piensas anotar otra cosa después. Regresas al cuarto y traes la caja en donde tienes todas las cosas que tienes relacionadas a Paty.

Debajo de todas esas cosas hay algo más: una foto de ella en el 2009 que recortaste de una revista. Era una pequeña forma de recordarla mientras estabas lejos de casa, pero ahora tenía más valor en eso luego de verla en persona, sonríes al recordarlo, porque ya no estás solo. Aunque ella no esté físicamente, algo dentro de ti cambió para siempre.

Sales al patio. El sol sigue ahí brillando como siempre, como si no quisiera irse. Sacas tu celular (un Nokia viejo que apenas tiene crédito). Abres el bloc de notas, y empiezas a escribir el primer mensaje que le vas a mandar cuando tengas cómo contactarla algún día:

«Paty... hoy cerraron la cafetería. Me quedé sin trabajo. Pero también me quedé con tu promesa. Y con eso me basta para empezar de nuevo.»

Te pones la sudadera gris de la suerte (la que ella usó). Tomas la guitarra y un cuaderno que tenías guardado en ese cuarto que consideras especial, y, por primera vez en mucho tiempo, escribes una canción que no es de dolor. Escribes una canción de esperanza. Porque ahora sabes que los milagros de verdad existen. Y que a veces duran exactamente 48 horas para cambiarte la vida para siempre.

Conforme pasan las horas, la mesa se llena de papeles y hojas rotas, producto de un trabajo personal que tenía más peso de lo que aparentaba. Sin trabajo, tenías todo el tiempo para planificar una letra que describiera la esperanza, el milagro que tuviste de conocerla y disfrutar de dos días completos con ella. El resultado sería satisfactorio o desastroso, pero al menos hiciste el intento por alguien. Y eso lo vale todo para ti.

Esto no es el final. Es el principio de la historia que algún día le vas a contar al mundo cantando. O tal vez no, pero al menos oirás a esa cantante que admiras cantando las letras que has escrito luego de pasar por un momento totalmente inesperado.



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