N. Reporte 2032363693
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—Cada vez es más difícil, Leo. —rompió el silencio Tony, ajustándose la chaqueta y quitándose los restos de hojas de su cabello— El otro día, una señora casi ve cómo el brazo de Ale se estiraba dos metros para alcanzar la mermelada en el mini super. Si Max no hubiera fingido un ataque de tos para distraerla, ahora mismo estaríamos en el periódico local bajo el titular de "Sucesos Paranormales".
Leo suspiró, mirando hacia las copas de los árboles donde la luz del sol se filtraba en hilos dorados.
—Lo sé. —respondió Leo con calma— Ale no entiende de límites, para ella estirarse es tan natural como para nosotros respirar. Pero tenemos que buscar el modo de adaptarnos. No podemos simplemente decirles que tiene poderes que la hacen especial. Tenemos que buscar la manera de hacer que ese caos fluya tranquilamente sin que ella arrase con toda la ciudad. Como ya es costumbre, nosotros limpiaremos el desorden que deje a su paso. Ella es el motor, nosotros somos el chasis.
Tony asintió, aunque su expresión seguía siendo de preocupación. Se detuvo un momento, apoyándose en un tronco caído.
—Al menos hay algo bueno en todo esto. —dijo Tony con una pequeña sonrisa— Nuestros padres... todos parecen haberla aceptado. Les cayó bien. Ven a esa chica silenciosa con su notable sonrisa y piensan que es solo una joven excéntrica que ama los gatos y el chocolate.
—Eso es porque aún no han visto la guadaña decorada con un corazón invertido ni el Fuego del Caos —replicó Leo con un deje de ironía.
—Exacto. —continuó Tony, volviendo a ponerse serio— Eso es lo que me preocupa. Temo el día en que sepan de sus poderes de verdad. Una cosa es que te caiga bien la amiga de tu hijo, y otra muy distinta es descubrir que tu cocina podría explotar porque ella no distingue entre lo bueno y lo malo. Si se asustan y nos obligan a alejarnos de ella... no sé qué haría Ale.
Leo se detuvo y miró a Tony a los ojos. La lealtad de su amigo era innegable, pero su miedo era razonable.
—Para cuando eso pase, Tony, tendremos que haber demostrado que Ale es más que sus poderes. Sus padres vieron su corazón antes que su fuego. Esa es nuestra misión: que la quieran tanto que, cuando vean el caos, solo vean a Ale.
Siguieron caminando por un rato más, con la tranquilidad del bosque todavía presente en ellos a la vez que el viento hacía que algunas hojas cayeran encima de ellos. Cada vez se adentraban más a la naturaleza mientras seguían pensando en la situación de Ale, aunque estarían mejor si lo discutían con el resto del grupo.
Ambos se detuvieron casi de inmediato. Un olor tan familiar empezó a llegar en el bosque que poco a poco pasaba de oler a pino a oler a dulces. Siguieron ese rastro hasta llegar a un claro despejado, en donde la luz del sol daba indicios del mediodía. Lo que vieron hizo que Leo se llevara una mano a la frente y Tony soltara un suspiro de resignación.
Alejany estaba suspendida en el aire, a varios metros del suelo. Su cabello rojizo ondeaba como si tuviera vida propia, su bufanda se extendía como dos alas carmesíes y su corona brillaba con una intensidad sobrenatural pero normal para ellos. Sus ojos estaban ocultos tras su flequillo, dándole una apariencia de entidad todopoderosa y oscura que helaría la sangre de cualquiera... si no fuera por lo que dijo a continuación.
—Prepárate para mi llegada, gusano… —Ale hizo una pausa dramática, ladeó la cabeza y su pose amenazante se desinfló instantáneamente— Espera, esa no es mi frase. ¿Era ‟gusano” o ‟galleta”?
—¡¡CORTE!! —gritó Nia, emergiendo de detrás de un arbusto con su cámara profesional y un cono de tránsito que usaba a modo de megáfono— ¡Ale! ¡Estábamos en el momento de máxima tensión! ¡La pose era perfecta! ¡La levitación era de diez! Pero tienes que sonar más aterradora. Eres una entidad del caos bajando de los cielos para reclamar este mundo, no alguien que acaba de encontrar un perrito perdido. ¡Y no te olvides de invocar un poco de fuego en la mano derecha para el efecto dramático!
Sofi estaba sentada en un tronco cercano, sosteniendo un cronómetro y su libreta.
—Técnicamente, Ale ha mantenido la levitación mediante telequinesis durante 12 minutos y 4 segundos sin signos de fatiga. —comentó Sofi sin levantar la vista— Pero dramáticamente, el guion de Nia es un 85% más pretencioso de lo necesario.
—¡Es para el tráiler de nuestro cortometraje! —exclamó Katy, que estaba ocupada abriendo cajas de dulces (la fuente del olor) para usarlos como decoración en el suelo— ‟La reina del caos que bajó del cielo para traer la destrucción, o quizás no.” ¡Es épico!
Ale flotó lentamente hacia abajo hasta quedar a un par de metros del suelo. Se encogió de hombros, haciendo que sus mangas se agitaran.
—Pero es que los gusanos son bonitos. —respondió Ale, genuinamente confundida— No quiero asustarlos. Y si uso fuego, quemaré el pasto. A los gatos les gusta el pasto.
Leo, oculto aún en la linde del bosque, soltó todo el aire que había estado conteniendo en un largo suspiro de alivio. No había monstruos, no había una ciudad en llamas, no había ninguna catástrofe inminente. Solo era Nia dirigiendo uno de sus extraños videos promocionales.
Tony, a su lado, soltó una carcajada y salió de entre los arbustos, aplaudiendo lentamente.
—Tengo que admitir que es una buena toma, Nia. Muy cinematográfica. —dijo Tony, acomodándose la chaqueta mientras caminaba hacia ellas— Aunque dudo que los estudios de Hollywood estén listos para una villana tan... educada.
Nia giró rápidamente, bajando la cámara con una gran sonrisa.
—¡Chicos! Llegaron justo a tiempo. Estaba a punto de pedirle a Ale que hiciera explotar esa roca de allá atrás para tener explosiones de fondo, pero no quería que las esquirlas arruinaran el encuadre.
Leo salió detrás de Tony, frotándose el puente de la nariz.
—Nia, por favor, dime que no le ibas a pedir a Ale que usara explosiones reales sin avisarnos.
—¡Oh, hola Leo! —saludó Ale desde el aire, sonriendo más ampliamente al verlo. Dio una pequeña voltereta en el aire, feliz de que el grupo se estuviera reuniendo— Estaba actuando. Soy un villano de una película antigua.
—Sí, ya lo notamos, Ale. —dijo Leo, intentando sonar serio aunque le costaba no sonreír ante la absurda escena— Nia, ¿qué parte de ‟mantener un perfil bajo” no has entendido hoy?
—¡Estamos en el bosque, Leo! —protestó Nia, revisando la toma en su pantalla— Aquí solo nos ven los pájaros y las ardillas. Además, miren esta toma... Ale parece una reina del caos como ella dice. Si subo esto con un filtro oscuro, ¡conseguiremos miles de visitas y seguidores!
—O al ejército. —añadió Tony, mirando hacia los árboles para asegurarse de que, efectivamente, estaban solos— Acabamos de hablar de cómo ocultar esto y lo primero que encontramos es a Ale haciendo de villana de anime.
Ale se acercó a Tony y le ofreció un cupcake que había ‟tomado prestado” de la caja de Katy usando su elasticidad mientras nadie miraba.
—Para calmar el susto. —dijo Ale, con las pupilas rojas brillando de forma traviesa.
Tony aceptó el pastelito, dándose por vencido.
—Gracias, Ale. Al menos el olor a vainilla nos avisó de que estaban aquí.
Nia trae su mochila y la pone cerca de sus amigos, en donde saca un cuaderno y lo extiende con un gesto alegre y determinado, mostrando las páginas llenas de dibujos, diálogos en su mayoría improvisados, esquemas de cámara y una pequeña lista de los posibles escenarios en donde grabarían. Ella se sube a un pedazo de tronco para dar la impresión de que está por dar algo importante, lo cual ya era de esperarse por parte de ella.
—¡Escuchen! —exclamó Nia, ignorando la cara de preocupación de Leo— No es solo un cortometraje de fantasía, es un gran experimento a modo de video. La historia trata de una chica mágica que protege una ciudad. Usaremos efectos prácticos, cables falsos y mucho humo. Así, cuando la gente vea a Ale hacer algo raro en la vida real, pensarán: ‟¡Oh, mira! Es un truco publicitario como el de aquel corto genial.” ¡Es la táctica de ocultación definitiva! Esconder la verdad a plena vista.
Leo sintió que el dolor de cabeza volvía de golpe.
—Dime que es una broma, Nia. Llevamos meses inventando excusas ridículas para que nadie descubra lo que Ale puede hacer, ¿y tú quieres documentarlo y subirlo a internet?
—¡No lo entiendes, Leo! —intervino Katy, acomodándose los lentes redondos— ¡Es brillante! Ocultarse a simple vista.
Sofi asintió desde su tronco, sin dejar de mirar sus apuntes.
—Psicológicamente hablando, tiene sentido. Si las personas ven las habilidades de Ale en un contexto de ficción, asumirán que son efectos especiales o trucos de cámara. Su cerebro racional rechazará la idea de que sea magia real. Es una forma sutil de decir que ella existe sin que llamen al gobierno.
—¡Exacto! —exclamó Nia— Y cuando la vean estirar un brazo en el supermercado, pensarán: ‟Oh, es la actriz de ese corto, seguro es un truco publicitario.”
—Y yo podré vender playeras de ‟Yo creí en los poderes de Ale” —añadió Katy, frotándose las manos con una sonrisa de vendedora experta.
Leo suspiró, frotándose la sien. Miró a Tony en busca de apoyo, pero Tony simplemente se encogió de hombros, luciendo intrigado por la idea.
—Tienen un punto, Leo. Es más fácil convencer a la gente de que es ficción a intentar esconderla en un sótano. Además, Ale no puede evitar ser... Ale.
Ale, que seguía flotando a un metro del suelo, levantó la mano como si estuviera en la escuela.
—A mí me gusta la idea. Los actores comen en los descansos, ¿verdad?
Antes de que Leo pudiera replicar, Max apareció corriendo por el sendero del bosque, agitando los brazos con una emoción que casi lo hace tropezar con una raíz.
—¡Chicos! ¡Chicos! ¡No se lo van a creer! —gritó Max, recuperando el aliento— ¡La Gran Feria de San Verano! Se están instalando en las afueras, cerca del camino que lleva a la gasolinera más lejana. ¡Y dicen que se quedan por tres meses! ¡Hay juegos, luces, una rueda de la fortuna gigante y mucha, mucha comida!
Las palabras parecieron activar un resorte en Alejany. Sus pupilas rojas se dilataron y su corona dio un giro de 360 grados.
—¿Luces? —preguntó Ale— ¿Cosas que dan vueltas? ¿Dulces y algodones de azúcar?
—¡Sí, Ale! ¡Y explosiones de fuegos artificiales todas las noches! —añadió Max, sabiendo perfectamente qué botones pulsar.
Ale miró a Leo con una expresión de súplica silenciosa, aunque su cara seguía siendo la de ‟:3”.
Tony, que hasta ahora había estado escéptico por las palabras de Max, miró a Leo con una chispa de astucia en los ojos.
—Leo, espera. Piensa en esto por un segundo. —dijo Tony, alzando una mano para calmar las aguas— Nia necesita un escenario para su película donde Ale pueda usar sus poderes de forma ‟espectacular” sin levantar sospechas. Max acaba de encontrar un lugar lleno de luces de colores, ruido constante, gente con disfraces y distracciones por todas partes.
Leo miró al grupo: Nia con su guion, Max con su entusiasmo, Ale con sus ojos brillantes y Tony con su lógica comercial. Suspiró, dándose por vencido ante el inevitable destino caótico de sus amigos.
—Está bien. —cedió Leo— Iremos a la feria cuando todo esté listo. Pero Nia, nada de ‟reina del caos” volando a plena luz del día hasta que no tengamos el equipo de rodaje montado para que parezca falso. ¿Entendido?
—¡Una promesa es una promesa, hecho! —gritó Nia, abrazando su cuaderno— ¡Equipo, en unas horas o días nos movemos a la feria! ¡Max, tú serás el encargado de la logística de los churros!
El grupo emprendió la marcha fuera del bosque, con Ale caminando despreocupadamente detrás de ellos viendo de un lado a otro. No tuvieron que caminar mucho. A un par de calles de distancia, en un barrio tranquilo, había un pequeño patio de juegos infantil que, a esa hora de la tarde, estaba curiosamente vacío.
Max corrió hacia los columpios, pero Leo lo detuvo agarrándolo del cuello de su camisa antes de que pudiera intentar dar una vuelta completa y salir disparado. Sofi caminó directamente hacia el centro del arenero rectangular. Se agachó, apartó un poco la arena con las manos hasta revelar una trampilla metálica opaca que claramente no pertenecía a un parque infantil. Tenía grabada una pequeña corona asimétrica.
—Ayer estaba en el armario de los trapeadores de la escuela. Hoy, en el arenero. Fascinante —murmuró Tony, observando la trampilla.
Sofi abrió la trampilla que soltó un siseo neumático, revelando unas escaleras metálicas iluminadas por luces LED anaranjadas. Uno por uno, los seis amigos descendieron al laboratorio de Ale.
El laboratorio subterráneo se había vuelto un hervidero de actividad. El olor a aceite de máquinas y ozono estaba más que presente con tanta actividad. Entre las mesas llenas de planos y hojas arrancadas de cuadernos, el grupo rebuscaba en el arsenal de inventos de Alejany para encontrar cosas que pudieran pasar por ‟maquinaria de rodaje de cine”.
En una pizarra de cristal cercana, Katy estaba dibujando esquemas frenéticamente con un marcador rosa.
—A ver, préstenme atención. —decía Katy, trazando líneas rápidas— Toma uno: Ale ‟destruye” el puesto de tiro al blanco. Yo estaré al lado con un pequeño stand de ‟Mercancía Oficial del Caos.” Si el dueño del puesto se queja de que los peluches de premio se desintegraron, Tony le dará... Tony, ¿cuál es la excusa?
Tony, que estaba apoyado en una pared examinando un extraño casco con antenas, sonrió.
—Le diré que usamos un láser de proyección holográfica defectuoso y que nuestra productora cubrirá los daños. Y le compraré un algodón de azúcar para calmarlo.
—¡Brillante! —Katy anotó algo en la pizarra— Toma dos: La escena de acción cerca de la montaña rusa. Nia, ¿aquí es donde Max finge ser el rehén?
Max asomó la cabeza por detrás de una estantería.
—¡Sí! Yo corro, tropiezo... que seguro pasará de todos modos... y Ale usa su elasticidad para ‟salvarme.”
—Correcto. —Nia asintió con fervor— Pero Ale tiene que usar el arnés falso. Sofi, ¿encontraste las correas?
Sofi le lanzó unas correas de escalada a Nia.
—Listas. Solo asegúrense de que Ale no estire el brazo más de cinco metros frente a la multitud, o pensarán que los efectos especiales son demasiado caros para un corto independiente.
Mientras Tony y Leo movían una pesada máquina que Ale llamaba ‟El Batidor Supersónico” (y que ellos planeaban usar como generador de viento para el corto), Alejany apareció desde las sombras del fondo del laboratorio.
Caminaba con su habitual ligereza, pero esta vez llevaba algo nuevo. Entre sus manos, sostenía a un pequeño gato blanco y negro de pelo muy largo y despeinado que parecía haber pasado por una tormenta. El gato estaba completamente relajado, ronroneando mientras Ale lo sostenía como si fuera un tesoro.
—Otro más. —murmuró Leo, deteniéndose para secarse el sudor— Ale, ¿de dónde ha salido ese?
—Estaba en la entrada. —respondió Ale todavía sonriendo y las pupilas rojas brillando— Tenía frío y olía a palomitas de maíz. Se llama Algodón.
—Claro, Algodón. —suspiró Sofi, que ya ni siquiera intentó sacar su libreta para contar como las otras veces— Supongo que ahora tenemos veintisiete gatos. Estadísticamente, estamos a tres gatos de que el laboratorio sea legalmente un refugio animal en lugar de una base secreta.
—¡Es perfecto! —gritó Nia, bajando de un salto— ¡Algodón será el compañero místico de la protagonista en el corto! Ale, sostén al gato mientras practicas tu ‟mirada de diosa.”
Ale obedeció, levantando a Algodón hacia la luz del techo. El gato bostezó, ignorando por completo que estaba rodeado de tecnología caótica y planes de filmación.
Katy terminó de escribir su lista con un círculo final.
—Todo listo. Tenemos los efectos especiales (que son reales, pero diremos que son falsos), tenemos el vestuario, tenemos al gato actor y tenemos la ubicación. Mañana, en la feria, San Verano conocerá a ‟una fuerza de la naturaleza que le gusta jugar con amigos”.
Leo miró a Tony. Tony se encogió de hombros.
—Al menos, —dijo Tony— si algo explota en la feria, siempre podemos decir que era parte del clímax de la película.
Ale sonrió, acariciando a Algodón mientras sus ojos se fijaban en un mapa de la feria que Max había pegado en la pared. Sus dedos se estiraron unos centímetros más de lo normal, trazando el camino hacia la rueda de la fortuna.
Horas más tarde, el grupo se movilizó a la casa de Leo. Adentro se podía percibir un olor a café recién calentado, un ambiente mucho más tranquilo que el laboratorio de Ale que estaba lleno de gatos y máquinas. Los padres se encontraban en la sala descansando cuando observan al grupo entrar con una mezcla de curiosidad y concentración.
—Vaya, hijo. —dijo su madre con una sonrisa, viendo a Ale pasar con su corona flotante (que ella seguía pensando que era un adorno para el pelo muy moderno)— Realmente pasan mucho tiempo fuera últimamente. ¿No estarán trabajando demasiado en algo?
—No te preocupes, mamá, no es por eso realmente. —respondió Leo, rascándose la nuca— Es que a Ale le encanta explorar la ciudad. Como es nueva en San Verano, queremos que lo vea todo. Ella... disfruta mucho estar fuera de casa, y encontrando gatos.
Ale asintió con solemnidad mientras sostenía al pequeño Algodón entre sus brazos.
—Afuera hay cosas que brillan, y que necesitan un pequeño hogar —añadió Ale con su voz suave mientras acariciaba al gato.
—Es una chica muy activa, me cae bien ella. —comentó el padre de Leo, riendo— Si van a la feria, no vuelvan demasiado tarde.
Una vez que todos entraron a la habitación de Leo, él cierra la puerta y Nia saca el guion y lo extiende sobre la cama (en donde se había acomodado tranquilamente el gato). El ambiente había cambiado drásticamente en ellos.
—Muy bien, equipo. Ensayo de mesa. —anunció la mánager, frotándose las manos— He estado pensando durante el camino, y si queremos impresionar a la gente de la feria, el guion original necesita un punch extra. Las ideas están abiertas.
Todos tomaron asiento donde pudieron: Sofi en la silla del escritorio, Tony recostado contra la pared, Max tirado en el suelo, Katy abrazando una almohada y Leo sentado al borde de la cama.
—Para empezar, el diálogo del villano es muy plano. —dijo Tony, cruzándose de brazos— Ale no puede solo decir ‟Prepárate, gusano”. Necesitamos algo más épico. Algo que suene a película cara. ¿Qué tal si dice: ‟El caos no se crea ni se destruye, solo se transforma... en mi voluntad”?
—¡Uh, me gusta! ¡Es muy teatral! —aprobó Nia, anotándolo rápidamente— Sofi, ¿qué dices?
Sofi empujó sus lentes rectangulares hacia el puente de su nariz.
—Científicamente impreciso, pero narrativamente funcional.
—¡Espléndido! —gritó Katy desde la almohada— ¡Y podemos usar ese momento para que yo lance confeti desde el otro lado! ¡Confeti con la cara de Ale! Si creen que es un espectáculo callejero, la gente es más propensa a comprar mercancía después del número.
—¡Yo puedo ser el tipo que activa la pirotecnia! —intervino Max, levantando la mano desde el suelo— Digo, actúo como que activo algo, y cuando Ale lance el fuego, ¡hago como que la máquina se descontrola y corro en círculos! ¡Le dará tensión!
Leo, que había estado escuchando en silencio, no pudo evitar frotarse la cara con las manos.
—Vale, vale, el plan de ‟espectáculo callejero / grabación indie” suena sólido. Pero recuerden la regla de oro: Ale no puede destruir nada que pertenezca a la feria de verdad. Solo nuestro equipo de utilería falsa, ¿entendido?
Ellos seguían discutiendo sobre los efectos, los diálogos y la posición de la cámara y la atención del público, pero Ale no prestaba atención a toda la conversación. Estaba viendo la ventana mientras acariciaba al gato, aunque luego estira el cuello para ver un folleto de la feria que Max había dejado en una mesa. En su mente solo podía pensar en la comida que iba a probar y en los juegos que se subiría, creyendo que en algún momento se enredaría en el carrusel o en la rueda de la fortuna, no había nada de guiones ni estrategias de ocultarse.
—¿Habrá... manzanas con caramelo? —preguntó Ale en medio de una discusión técnica de Sofi sobre la luz.
Todos se detuvieron y la miraron.
—Sí, Ale. —dijo Leo con una sonrisa— Habrá manzanas con caramelo, helado de tres colores y todos los juegos que quieras. Pero primero tenemos que terminar este plan.
Ale sonrió de esa forma tranquila que tanto la caracteriza.
—Entonces el guion es bueno. —concluyó ella— Si hay manzanas, el guion es perfecto.
El grupo prepara todo para salir, pero antes de que Leo abriera la puerta se detuvo y volteó a mirar al grupo. Estaban planeando algo grande, pero se habían olvidado de un detalle importante.
—Un momento... —dijo Leo, bajando la voz— Estamos planeando un rodaje y una operación de encubrimiento... pero hemos olvidado lo más importante. ¿Qué pasa si Ale se emociona demasiado? ¿Qué pasa si algo sale mal y no hay una ‟escena” que lo justifique?
Todo el pasillo se quedó en completo silencio. Todos se quedaron mirando a Ale, que estaba tratando de hacer que Algodón se mantuviera equilibrado en sus hombros. Se miraron los unos a los otros, dándose cuenta de que, en la emoción de planear el ‟cortometraje”, habían olvidado el detalle de qué harían si Ale, por ejemplo, decidía que la noria sería un excelente lugar para probar su elasticidad máxima.
—Es un punto válido. —intervino Sofi, ajustándose los lentes con un brillo calculador— La predictibilidad de Ale ante estímulos de alta intensidad como luces estroboscópicas, ruidos fuertes y concentraciones masivas de azúcar es... nula. No podemos rodar a ciegas.
Ella abrió su libreta y trazó una línea rápida.
—Propuesta técnica: Antes de llevar cámaras o equipo, realizaremos una fase de reconocimiento. Visitaremos la feria hoy mismo. Mapearemos las salidas de emergencia, los puntos ciegos de seguridad y buscaremos el set de rodaje ideal. Así, tanto Ale como Algodón podrán acostumbrarse al entorno sin la presión de actuar, y nosotros sabremos dónde intervenir si el caos se sale de los parámetros aceptables.
—¡Me parece perfecto! —exclamó Nia— Puedo usar mi teléfono para buscar encuadres mientras ‟paseamos”.
—Y yo puedo ver qué puestos de comida son la mayor competencia para nuestros pasteles... si es que los hacemos. —añadió Katy.
Ellos salieron a la sala de estar, en donde los padres de Leo estaban un tanto distraídos viendo la televisión. Leo respiró hondo y puso su mejor cara de hijo responsable.
—Mamá, papá, mis amigos y yo tenemos que salir ahora. —dijo Leo— Seguramente volveremos tarde, quizás ya de noche. Estamos trabajando en un proyecto especial que podría ayudar a los empleados de la feria con el suministro de alimentos y logística... ya saben, para que todo funcione mejor.
—¡Qué buena iniciativa, hijo! —respondió su padre, dándole una palmada en la espalda— Es bueno que se involucren con la comunidad. ¡Diviértanse trabajando, y nos traen algo de la feria!
—Lo haremos —murmuró Tony con una media sonrisa mientras abría la puerta principal.
Cuando salieron a la calle, el cielo ya daba indicios de la tarde y a lo lejos se podía oír la música que estaba sonando junto a las luces que apenas eran perceptibles. Alejany caminaba al frente, con Algodón bien sujeto y su corona flotando con un ritmo alegre. Para ella todo esto era más un paseo de diversión como cualquier otro día que una ‟fase de reconocimiento” ni una ‟estrategia de mitigación de daños”. Para Ale, el mundo estaba a punto de volverse brillante, ruidoso y lleno de cosas que podían ser destruidas... o mejor aún, saboreadas.
—Rueda de la fortuna. —susurró Ale para sí misma, con las pupilas rojas brillando en la penumbra— Vamos a ver cómo gira el mundo.
La gran feria de San Verano brillaba como pocas veces se ha visto. El grupo había agradecido que la entrada era totalmente gratuita, así podían entrar y salir las veces que quisieran. Adentro el aire tenía una mezcla de sonidos de las muchas atracciones, los chirridos de los engranajes metálicos, música y un aroma dulce, salado y ligeramente agrio. Para la mayoría de ellos, aquel espacio abierto era algo nuevo.
—¡No imaginaba que fuera tan enorme! —exclamó Katy, con los ojos brillando al ver un puesto de tiro al blanco donde los premios eran peluches de dimensiones absurdas— ¡Miren ese oso gigante! ¡Quedaría increíble como mascota sentada en la entrada del laboratorio junto a los gatos!
Ale estaba más que contenta por haber entrado, se le podía ver casi hipnotizada por todo lo que veía. Sus pupilas rojas se movían de un lado a otro, saltando de las luces de neón a los colores vibrantes de la montaña rusa. Su sonrisa parecía grabada a fuego mientras acariciaba a Algodón, quien asomaba la cabecita desde su bufanda, igual de curioso.
—Hay... muchas cosas para romper. —susurró Ale, viendo un juego de ‟Golpea al topo”— Y muchas cosas que dan vueltas. Quiero subir a la que vuela.
Ale señaló una atracción de sillas voladoras que giraban a gran velocidad. En su mente, ya estaba calculando si su elasticidad le permitiría salir disparada y volver a su asiento en pleno vuelo, o si terminase enredándose en el mecanismo del juego.
—¡Nada de romper, Ale! —la frenó Leo, poniéndole una mano en el hombro— Y nada de salir volando... todavía. Recuerden que estamos aquí en una misión de reconocimiento.
—¡Exacto! —dijo Nia, encuadrando la noria con sus dedos— Buscamos el set. Necesito un lugar con profundidad de campo, pero lo suficientemente apartado para que los técnicos de la feria no nos echen cuando Ale empiece a levitar o a quemar algo por puro aburrimiento.
—¡Miren ese juego de fuerza! —gritó Max, señalando el típico poste con una campana en la cima, con un fruto seco siendo la mascota del juego— ¡Ale, seguro que tú mandas esa pesa al espacio de un solo golpe! ¡Vamos a probar!
—¡Sí! ¡Prueba! —secundó Ale, empezando a estirar un brazo hacia su bolsillo naranja.
—¡Alto ahí! —Tony se interpuso con la mano levantada, haciendo de ‟muro de contención”— Les recuerdo un detalle técnico importante: aunque la entrada fue gratuita, los juegos no lo son. Y nuestro presupuesto actual es para nuestro equipo de rodaje, no para ganar osos de felpa o martillear campanas. No tenemos dinero que desperdiciar.
Ale hizo un pequeño puchero, pero su sonrisa no desapareció. Miró a Tony y luego al mazo gigante del juego de fuerza, donde se podía oír a la mascota exigiendo probar la fuerza de alguien.
—Puedo... usar telequinesis. —sugirió Ale en voz baja— La campana suena gratis, y nadie podría notar que lo estoy haciendo.
—¡NO! —gritaron Leo, Tony y Sofi al unísono.
—Eso entraría en la categoría de ‟actividad sospechosa nivel 9”. —sentenció Sofi, consultando su mapa de la feria— Según mi análisis del terreno, la zona detrás del ‟Castillo del Terror” está actualmente en desuso debido a una falla eléctrica en los animatrónicos. Es casi casi un callejón sin salida con buena acústica y muros altos. Es el lugar perfecto para los ensayos y el rodaje.
—Pues vamos para allá. —dijo Leo, guiando al grupo— Si terminamos el reconocimiento rápido y encontramos el lugar, tal vez... y solo tal vez... Tony nos deje comprar un algodón de azúcar para compartir.
Ale dio un pequeño saltito de alegría, con Algodón maullando en sintonía. El grupo empezó a abrirse paso entre la multitud, tratando de ignorar las luces tentadoras de los juegos mientras se dirigían a la parte más oscura y misteriosa de la feria.
El callejón detrás del Castillo del Terror era el lugar perfecto para el grupo con el equipo de grabación y una mascota. El suelo era de tierra apisonada, las paredes traseras de la atracción estaban pintadas de un negro descascarillado (con algunas partes notándose un desgaste) y el aire olía a aceite de motor viejo y a humedad. De vez en cuando, un gemido electrónico distorsionado salía de algún animatrónico averiado dentro del edificio, dándole un toque espeluznante que a Alejany le encantaba.
Mientras Algodón se entretenía saltando y colgándose de una pancarta vieja que colgaba de una viga, el grupo se puso manos a la obra.
Nia colocó su cámara sobre un trípode improvisado hecho con unas cajas y ajustó la lente.
—¡La iluminación aquí es dramática! —exclamó Nia— Las sombras de la feria se proyectan contra la pared del castillo. ¡Ale, ponte en el centro! ¡Leo, Tony, preparen los reflectores!
Max y Tony se aseguraron de que no hubiera nadie merodeando cerca de la entrada del callejón.
—Despejado. —confirmó Tony moviendo unas sábanas viejas y sucias— Solo estamos nosotros y los fantasmas mecánicos.
Comenzaron el ensayo desde el punto donde lo dejaron en el bosque. Ale se concentró, sus pupilas rojas brillando intensamente. Su cuerpo empezó a elevarse del suelo unos centímetros, su bufanda flotaba y se movía como si fuera un par de alas.
—¡Ahora la invocación! —gritó Nia— ¡Usa el poder del caos!
Ale flotó dócilmente hasta el centro del callejón, con su corona girando tranquilamente. Hizo la pose de villana, levantando ligeramente la barbilla.
—El caos no se crea ni se destruye... solo se transforma en mi voluntad. —recitó Ale. Su tono seguía siendo demasiado dulce, pero al menos había memorizado la línea. De pronto, levantó la mano derecha y una pequeña chispa bailó en la punta de sus dedos. Su eterna sonrisa se amplió—¿Puedo usar el Fuego del Caos? —preguntó Ale con una mirada de ilusión— Haría que la escena se viera... muy caliente.
—¡NO! —gritó el grupo al unísono.
—El Fuego del Caos es inextinguible, Ale. —recordó Sofi, sosteniendo su libreta como si fuera un escudo— Si incendias la pared trasera del Castillo del Terror, no habrá cortometraje, habrá un desastre nacional. Quédate con la luz telequinética.
Ale apagó la chispa rosada cerrando la mano, sin perder su sonrisa.
—De acuerdo. Fuego imaginario. ¡Pew, pew! —dijo, haciendo un gesto tierno con las manos hacia la pared de ladrillos.
Sin embargo, ella prestó más atención a una ventana alta del castillo, en donde se oía constantemente un chirrido metálico, un zombi de plástico que intentaba mover el brazo pero se quedaba atascado a la mitad. Nia detuvo la grabación por un momento y miró hacia la misma ventana, rascándose la barbilla con el lápiz. Una sonrisa traviesa empezó a dibujarse en su rostro.
—Oigan... —dijo Nia, mirando a Ale y luego al castillo— Estaba pensando. Ese zombi se ve patético. Y el Castillo del Terror está perdiendo clientes porque la mitad de los sustos no funcionan. ¿Y si usamos la telekinesis de Ale para ‟ayudar” aunque sea un poquito?
—¿Ayudar? —preguntó Leo, sospechando lo peor.
—¡Síp! —exclamó Nia emocionada— Ale puede mover los animatrónicos desde aquí afuera. Si hacemos que los monstruos se muevan de forma imposible y aterradora, los gritos de la gente dentro serán reales. ¡Y nosotros podríamos usar esos gritos como sonido ambiental para nuestro corto! Además... si ayudamos a la feria a ser más terrorífica, tal vez nos dejen poner un puesto para nosotros.
Katy se unió al entusiasmo.
—¡Es marketing cruzado! ¡‟un bolillo pal susto”! ¡Sería genial!
Ale miró hacia la ventana del zombi. Sus dedos empezaron a moverse en el aire, como si estuviera tocando cuerdas invisibles. De repente, el zombi de plástico no solo movió el brazo, sino que su cabeza giró 360 grados y soltó un grito que no estaba en su programación original.
—¿Así? —preguntó Ale sonriente.
Leo miró a Tony. Tony miró a los demás.
—Si esto nos ahorra el alquiler del puesto... —murmuró Tony— ...supongo que podemos ser ‟consultores de efectos especiales” por el resto del día.
Tony se rió entre dientes, sacando sus manos de los bolsillos.
—Es una pésima idea, Leo. Pero confiesa que te mueres de curiosidad por ver al hombre lobo de peluche haciendo breakdance. Además, le prometiste a tus padres que ayudaríamos.
Dentro del Castillo del Terror parecía ser un laberinto de pasillos oscuros, telarañas (tantos falsas como reales), pinturas de ilustraciones perturbadoras sacadas de internet y una mezcla entre el olor a humedad, pintura vieja y metales oxidados. Seguiría siendo una atracción aburrida si no fuera por la intervención del grupo que lo habían vuelto en un lugar verdaderamente aterrador.
Max se había puesto una máscara de hombre lobo raída y saltaba desde las sombras cada vez que pasaba un grupo de adolescentes, mientras Tony, aprovechando su fuerza, movía pesadas puertas de metal para cerrarlas de golpe justo detrás de los visitantes, creando un eco ensordecedor. Katy y Sofi se encargaban de los efectos de sonido manuales: Katy arrastraba cadenas oxidadas y Sofi usaba un sintetizador para crear susurros que parecían venir de las paredes.
Afuera, en la ventana más alta, Ale movía los dedos como si estuviera tocando un piano invisible. Con la ayuda de su telekinesis podía mover los animatrónicos que antes daban pena ahora eran una pesadilla: un payaso mecánico empezó a gatear por el techo y las armaduras de metal hacían reverencias macabras al pasar la gente. Al lado de ella, Algodón observaba todo con curiosidad felina, sus ojos brillaban en la oscuridad como si se tratara de un espíritu que vigilaba la escena.
Pero Ale, siempre curiosa, no era capaz de quedarse afuera por mucho tiempo.
—Yo también quiero jugar —susurró para sí misma.
Entró flotando por la ventana, fundiéndose con las sombras. Se colocó en un nicho de piedra, justo al lado de una estatua de un ángel decapitado. Se quedó completamente inmóvil, con su corona brillando muy débilmente y su bufanda enredada de forma artística alrededor de su cuello simulando que estaba siendo ahorcada.
Un grupo de tres chicos entró en la sala, temblando y alumbrando con las linternas de sus teléfonos.
—¡Mira eso! —susurró uno, apuntando a Ale— Ese muñeco parece real. ¡Mira cómo le flota la corona! ¡Los efectos especiales son increíbles!
Uno de los chicos, el más valiente, se acercó para tocar el brazo de Ale y comprobar si era de plástico o de cera. En ese momento, Leo, que estaba escondido detrás de una cortina, sintió que el corazón le daba un vuelco. Si el chico la tocaba y sentía calor humano, o si Ale reaccionaba con una explosión, el secreto se arruinaría.
Justo antes de que el dedo del chico rozara la manga naranja de Ale, ella simplemente… rotó su cabeza 180 grados con un movimiento mecánico y soltó un ‟:3” silencioso, mientras sus pupilas rojas se dilataban y brillaban con intensidad.
—¡¡DIOS MÍO, SE HA MOVIDO!! —gritó el chico, tropezando hacia atrás.
El grupo salió corriendo despavorido hacia la salida, gritando de terror puro.
—¡¡CORTE!! —susurró Nia, saliendo de detrás de un ataúd con su cámara— ¡Ale, eso ha sido magistral! ¡Tengo la reacción de pánico grabada en 4K! ¡Eres la mejor ‟prop” que este castillo ha tenido nunca!
Ale descendió suavemente hasta que sus botas tocaron el suelo, volviendo a tierra firme.
—Divertido. —dijo ella, acariciando a Algodón que acababa de saltar a su hombro— Los humanos corren rápido cuando tienen miedo.
Leo salió de su escondite, quitándose una máscara de fantasma y suspirando de alivio.
—Casi nos descubren, Ale. Pero tengo que admitirlo... ese giro de cabeza estuvo más que excelente.
—¡Miren esto! —Katy llegó corriendo con su teléfono— ¡El dueño de la feria acaba de publicar en redes que el Castillo del Terror está teniendo ‟actividad paranormal real”! ¡Hay una fila de cincuenta personas afuera queriendo entrar!
Sofi revisó su cronómetro.
—Si mantenemos este nivel de eficiencia en los sustos, habremos generado suficiente crédito con la administración de la feria para instalar nuestro puesto en cualquier lado de la feria en menos de una hora.
El sonido de la puerta de entrada del castillo fue la clara señal para que todos volvieran a sus lugares. Todos volvieron a ponerse sus disfraces y a esconderse en otros sitios del castillo, rápidamente Katy sacó una mini-capa negra y un gorrito con cuernos y se los puso a Algodón. El gato, que parecía disfrutar de la atención, se quedó sentado sobre una gárgola de piedra, pareciendo una decoración gótica perfecta.
—¡Todos a sus lugares! —ordenó Nia, escondiéndose tras una columna con la cámara lista.
El nuevo grupo de visitantes entró con los nervios a flor de piel. Gracias a la telekinesis de Ale, el ambiente era opresivo: los cuadros en las paredes se inclinaban o se caían solos, los muebles vibraban y las luces parpadeaban al ritmo de sus pensamientos.
Sin embargo, el caos de Ale empezó a mostrar sus grietas. Al no seguir un guion, la coordinación se volvió... peculiar. Mientras Max intentaba asustar a alguien desde la derecha, Ale hizo que una estatua de la izquierda saliera volando hacia el mismo lugar, obligando a Max a agacharse en el último segundo para no ser golpeado.
—¡Ale, más despacio con los muebles! —le susurró Tony mientras pasaba corriendo disfrazado de verdugo— ¡Casi dejas a Max sin cabeza!
—¡Es... acción! —respondió Ale, haciendo que un órgano empezara a tocar una melodía estridente y descompasada que no tenía nada de terrorífica, pero que era muy ruidosa.
A pesar de que hubo momentos en los que un visitante casi tropieza con el cable de la cámara de Nia, o donde un chico casi ve a Sofi ajustando un sensor de movimiento tras una cortina, el resultado fue un éxito considerable. La gente salía del castillo pálida, temblando y hablando de ‟fuerzas invisibles” y ‟gatos endemoniados.”
Cuando finalmente cerraron las puertas para el descanso de la tarde, el grupo se reunió en el centro de la gran sala, rodeados de animatrónicos que Ale aún mantenía levitando por inercia.
—¡Uf! Eso fue intenso. —dijo Max, quitándose la máscara de hombre lobo y secándose el sudor— Ale, casi me aplastas con esa estatua.
—Lo siento. —dijo Ale, dejando que la armadura aterrizara suavemente en el suelo— Quería que te ayudara a asustar.
Tony se sacudió las mangas de su chaqueta y se acercó al grupo, con su habitual calma intacta. Miró a Nia, luego a Ale, y finalmente a Leo.
—Saben... creo que este pequeño ensayo nos acaba de dar la respuesta que buscábamos.
Nia alzó las cejas por encima de sus lentes de sol.
—¿A qué te refieres, Tony?
—A cómo hacer el cortometraje. —explicó Tony, señalando la cámara— Ya no necesitamos que Ale actúe como una villana con guiones forzados. El guion es este: El Caos. Grabemos a Ale interactuando con las cosas reales de la feria de forma impredecible. La telekinesis, la elasticidad... si lo grabas estilo cámara en mano, los errores de coordinación parecerán parte de la película.
—Tiene sentido. —aprobó Sofi— Reduce la necesidad de ensayar parámetros estrictos y nos permite reaccionar al entorno. Y justifica por qué Ale no tiene diálogos elaborados.
Leo asintió lentamente. Era un plan con menos reglas, lo cual irónicamente era mucho más seguro cuando se trataba de Ale, porque Ale no seguía reglas.
—Entonces... la dejamos ser ella misma, pero frente a la cámara.
Ale abrazó a Algodón, que parecía muy cómodo con su capa, y le dio una sonrisa soñolienta pero feliz a Tony.
—¿Eso significa que ahora sí podemos salir a comer y jugar de verdad?
Tony se rió y le palmeó amistosamente el hombro.
—Sí, Ale. Ahora sí. Vamos a devorar esa feria.
Leo sonrió, mirando a su equipo. Estaban cubiertos de polvo, telarañas y sudor, pero lo habían logrado.
Todos salieron por la puerta principal del castillo tras haber cumplido con éxito el revivir la magia que guardaba la atracción. El éxito fue tanto para haber tenido a una deidad del caos con una mente tan infantil a su lado. La feria los recibió de vuelta con una mezcla de música alegre, colores chillones y olores tan atractivos.
—Muy bien, equipo. —dijo Nia, con su cámara todavía en la mano— Estamos en modo de grabación documental. Actúen natural, dejen que las cosas fluyan. Y por el amor de todo lo bueno, Max, no te pongas delante de la lente si Ale va a lanzar algo.
Max asintió enérgicamente, aunque ya estaba distraído mirando un puesto cercano.
Ale caminaba un poco más rápido de lo normal, su corona giraba rápidamente por la emoción de por fin estar en la zona de juegos. Sus ojos escanearon la feria hasta que se clavaron en algo específico. Caminó hacia un puesto en particular y extendió su brazo hacia atrás, arrastrando a Leo por la chaqueta.
—¡Quiero ese! —anunció Ale con su voz suave pero decidida.
El puesto en cuestión era una clásica prueba de baloncesto ferial. Había tres canastas pequeñas, un montón de pelotas naranjas gastadas y un feriante con cara de aburrimiento extremo. Pero lo que había capturado la atención de Ale colgaba del techo del toldo a rayas: un peluche gigantesco, ridículamente redondo, de una tortuga marina de color blanco con manchas naranjas.
—¡Lanza la pelota, encesta y gana! —recitó el feriante sin ningún entusiasmo al verlos acercarse— Tres pesos por intento. Encesta tres seguidas para el peluche mediano, cinco para el grande.
Tony suspiró, sacando la billetera.
—Está bien, estrella del caos. Un intento. Yo invito.
El feriante le pasó tres pelotas (que estaban a punto de quedar desinfladas) a Ale, que las tomó rápidamente. Ella la miró fijamente. Su sonrisa no cambió, pero parecía estar calculando algo en su cabeza.
—Recuerda, Ale, nada de poderes. —susurró Leo, acercándose— Lanza normal. Solo con tus brazos.
Ale asintió. Levantó la pelota y, con un movimiento extrañamente grácil, la lanzó hacia el aro. La pelota voló por el aire, rebotó contra el aro, golpeó el tablero trasero con un sonido sordo y salió disparada hacia la izquierda, aterrizando en una caja llena de premios de consolación.
Ale parpadeó, aun sonriendo, y tomó la segunda pelota. Esta vez la lanzó con más fuerza. La pelota golpeó el borde del aro y rebotó directamente hacia la cara del feriante, quien apenas logró esquivarla con un grito ahogado.
Para el tercer lanzamiento, Ale intentó estirar un poquito su brazo, solo unos centímetros, esperando que nadie lo notara, pero la pelota se resbaló de sus dedos y rodó tristemente por el mostrador.
El feriante, aun recuperándose del susto del segundo lanzamiento, le entregó a Ale una pequeña barra de chocolate con una etiqueta genérica.
—Eh... premio por participación, niña. Buen intento.
Ale tomó el chocolate y le dio un mordisco inmediato con todo y envoltorio antes de que alguien pudiera detenerla. Masticó felizmente.
—El chocolate sabe a papel brillante. Me gusta. Pero la tortuga sigue allá arriba.
Max, que ya no podía contener su energía, dio un paso al frente y dejó unos billetes arrugados en el mostrador.
—¡Apártate, Ale! ¡Déjale esto al profesional de educación física! —Max tomó las pelotas con excesiva confianza, hizo una pirueta extraña para calentar y lanzó la primera pelota... que voló por encima del puesto y aterrizó en el techo de la tienda de al lado.
Sofi suspiró, acomodándose los lentes.
—La trayectoria fue pésima, Max. La aerodinámica de esas esferas está comprometida a propósito. Déjenme intentarlo.
Sofi pagó y sacó su libreta, midió el viento humedeciendo su dedo índice, hizo unos cálculos rápidos y lanzó. Las tres pelotas rebotaron exactamente en el mismo milímetro del aro exterior, cayendo fuera.
—Fascinante. —murmuró Sofi— La desviación está calibrada intencionalmente en el aro para desafiar las leyes de la probabilidad. Es lo mismo que había visto en el juego que mostró Max el otro día.
Finalmente, Tony dio un paso al frente mientras se quita la chaqueta y se la entrega a Leo.
—Sofi, la física no sirve aquí. Tienes que sentirlo —Tony tomó la pelota, la hizo girar en su mano un segundo y la lanzó con un movimiento suave y fluido de muñeca.
¡Swish! La pelota entró limpia en la red.
Ale aplaudió suavemente.
—¡Bravo, Tony! ¡Eres el mejor lanzador de cosas redondas!
Tony sonrió y lanzó la segunda. ¡Swish! Otra más adentro. El feriante por fin se interesó, levantando una ceja del asombro. Tony lanzó la tercera, y esta vez rebotó en el aro, cayendo fuera por un margen mínimo.
Tony se encogió de hombros, resignado pero satisfecho, y el feriante le entregó un peluche mediano de un pulpo de color morado. Tony se giró y le ofreció el pulpo a Ale.
—No es la tortuga, pero tiene más brazos.
Ale tomó el pulpo con devoción, abrazándolo contra su pecho junto a su barra de chocolate a medio masticar.
—El señor pulpito y Algodón serán grandes amigos. Gracias, Tony.
Katy, que había estado grabando todo, dio un pequeño salto.
—¡Ese fue un gran momento de equipo! Pero creo que necesitamos un poco más de... acción. Si no ganamos la tortuga, ¿qué tal si vamos a algo que gire muy, muy rápido?
Max apuntó hacia el centro de la feria, donde una enorme estructura mecánica giraba lanzando gritos de alegría (y terror) hacia el cielo estrellado. Era el ‟Vórtice del Terror”.
Ale vio las luces giratorias, y su sonrisa se volvió peligrosamente amplia.
—Quiero dar vueltas hasta que el cielo se ponga verde.
Apenas oyó eso, Leo agarró casi de inmediato a Max y Katy del cuello de sus ropas, ellos ya estaban a un paso de llegar a la atracción mencionada.
—Alto ahí, carnes de cañón. —sentenció Leo, con el tono de un padre agotado— Miren a Ale. Miren al gato. Ahora, imaginen a Ale y al gato dando vueltas a ochenta kilómetros por hora mientras Ale pierde el control por la emoción y decide usar su elasticidad para atrapar a Algodón en pleno vuelo. ¿Qué creen que pasará?
Sofi se ajustó los lentes, mirando hacia la máquina.
—Considerando la fuerza centrífuga y la masa de un felino adulto más la inestabilidad molecular temporal de Ale bajo estrés positivo... el resultado sería un gato mareado y asustado, y extremidades elásticas enredándose en los juegos más cercanos a este. Sería un desastre de relaciones públicas, por no mencionar el daño estructural.
—Exacto. —asintió Leo, aliviado de que alguien usara la ciencia para respaldar su paranoia— Así que, el Vórtice del Terror está descartado. Busquemos algo más a nivel del suelo.
Pero cuando Leo se giró para buscar a su caótica amiga, Ale ya no estaba donde la había dejado. Tampoco había señales de Algodón.
—¿Dónde...? —empezó Tony, girando la cabeza.
—¡Allá! —señaló Nia, levantando rápidamente su cámara.
Ale estaba a unos diez metros hacia la izquierda de ellos, ahora estaba cerca de un puesto donde se hacía notar los colores rosas, blancos y rojos. En el letrero luminoso se podía leer ‟Helados del Señor Pingüino.” Algodón se encontraba en el mostrador maullando amablemente al vendedor mientras Ale apuntaba hacia una inmensa cubeta marrón en el exhibidor de cristal.
—Helado de chocolate. —dijo Ale, con una sonrisa pacífica pero con un tono que no admitía discusiones— Muchos, por favor.
El grupo corrió hacia el puesto antes de que Ale decidiera usar métodos ‟no convencionales” para conseguir su postre.
—¡Ale, no puedes pedir cosas sin pagar! —jadeó Leo, llegando justo a tiempo.
Sofi, sin embargo, se adelantó con calma. Sacó un billete del bolsillo de su bata, perfectamente doblado, y lo puso sobre el mostrador de madera.
—Tiene razón en algo, Leo. —dijo Sofi con su tono gélido— Nuestros niveles de glucosa están bajando después del estrés del Castillo del Terror y los cálculos fallidos de los balones. Un aumento de azúcar mejorará la sinapsis del grupo. Siete helados, por favor. Y sí, el de ella de chocolate, extra grande.
El vendedor, que no dejaba de mirar a Ale y a Algodón por curiosidad, tomó el billete rápidamente y empezó a servir bolas de helado con la rapidez de un trabajador experimentado en atender a tanta gente.
—¡Yo quiero de fresa! —pidió Max, asomándose.
—Vainilla para mí —dijo Tony, relajándose contra el mostrador.
En cuestión de minutos, todos tenían un cono de helado en la mano. Ale sostenía una canasta de galleta lleno de helado de chocolate oscuro, el cual procedió a lamer con una felicidad absoluta e ignorando la cuchara que le dieron, cerrando los ojos. Incluso le ofreció una pequeña gota a Algodón, quien la lamió de su dedo con agradecimiento.
—Sofi tiene razón. —admitió Katy, dándole un mordisco a su helado de menta granulada— Un descanso azucarado era justo lo que necesitábamos.
Nia, que sostenía su cámara con una mano y su helado de limón con la otra, encuadró a Ale.
—Es una toma preciosa. La chica del caos, en su momento de paz, disfrutando del simple placer de un helado... ¡Miren esa luz de neón reflejándose en su cabello! Es poesía pura.
Leo se recostó contra el costado del puesto, comiendo su helado de dulce de leche, y miró a sus amigos. Max estaba intentando equilibrar su cono en la nariz (y fallando miserablemente), Katy estaba haciendo cuentas en su libreta, Sofi observaba el ritmo de derretimiento de su helado con interés académico, Tony charlaba con el vendedor sobre el clima, y Nia grababa todo.
Y en el centro de todo, Ale. Tranquila, sonriente, rodeada de sus amigos, comiendo chocolate sin pensar en destruir nada por primera vez en toda la tarde. Leo sonrió. Quizás, solo quizás, el resto del día en la feria transcurriría sin incidentes mortales.
—¿Y ahora? —preguntó Tony, terminando su cono— Ya recargamos energía. ¿Volvemos a buscar un juego que Leo apruebe, o seguimos con el metraje libre para la película de Nia?
Ale abrió los ojos lentamente. Acababa de devorar el último pedazo de su canasta de galleta. Su mirada, ahora recargada con azúcar, se posó en una zona de la feria que estaba un poco más oscura y apartada, cerca del bosque.
—Allí. —dijo Ale, apuntando con su pulpo de peluche hacia una gran carpa de rayas rojas y negras, de la cual salía una extraña música de órgano y humo artificial de colores— Las luces son bonitas. Suena a un juego misterioso.
Todos miraron hacia donde señalaba. Un letrero sobre la carpa rezaba en letras góticas: ‟El Laberinto de los Espejos Ilusorios: Atrévete a Perderte.”
Sofi ajustó sus lentes.
—Un entorno cerrado, con múltiples superficies reflectantes y caminos confusos.
Max sonrió, emocionado.
—¡Podemos jugar a las escondidas ahí adentro!
El interior de la carpa era un mundo completamente distinto. El ruido de la feria se amortiguó, reemplazado por el zumbido de las luces de neón en el suelo y una suave melodía de carnaval que flotaba en el aire frío. A su alrededor, decenas, cientos de pasillos de cristal creaban un laberinto infinito de reflejos.
Leo caminaba con las manos en los bolsillos, sintiendo que por primera vez en la noche, sus hombros se relajaban un poco. Miró su propio reflejo fragmentado en cinco espejos distintos y sonrió para sí mismo.
«Pensándolo bien, este es el lugar más seguro de toda la feria», se dijo mentalmente. «Si algún visitante ve a Ale estirar el brazo cinco metros para rascarse la espalda, o si su cuello se alarga de forma imposible, simplemente parpadearán, culparán a la curvatura del cristal y seguirán su camino. Es la coartada perfecta».
Poco después de entrar, la naturaleza del laberinto hizo su trabajo y el grupo terminó separándose por distintos pasillos, aunque seguían escuchándose a través de las paredes de cristal.
En el pasillo de la izquierda, Max y Ale habían encontrado la sección de los espejos deformantes.
—¡Mira, Ale! ¡Soy un enano cabezón! —reía Max a carcajadas, agachándose frente a un espejo cóncavo que lo hacía ver ancho y achatado.
Ale se paró a su lado, mirando su propio reflejo. Su eterna sonrisa pacífica se reflejó en el cristal.
—Yo también quiero ser bajita y ancha —dijo con su voz suave. Y para deleite (y un poco de horror) de Max, Ale literalmente encogió su cuerpo, usando su elasticidad para comprimirse hasta quedar exactamente igual a la imagen distorsionada del espejo.
—¡Wow! ¡Eres el mejor efecto especial de la vida! —celebró Max, chocando los cinco con la Ale bajita.
En el pasillo contiguo, el flash de una cámara iluminaba la penumbra rítmicamente.
¡Click! ¡Bzzzzzt!
Katy estaba agachada en el suelo, rodeada de fotografías instantáneas. Frente a ella, Algodón estaba sentado estoicamente. Gracias a un rincón de espejos enfrentados, había una ilusión de cientos de gatos extendiéndose hasta el infinito.
—Esto es oro puro para la mercancía. —murmuraba Katy, agitando una foto para que se secara— ‟Una verdadera canasta de algodones.” Lo estamparé en tazas negras y blancas, o mejor aún, en tazas con los colores mezclados. Será un éxito de ventas. El gatito es un modelo nato.
A unos metros de distancia, Sofi caminaba lentamente, tocando los bordes de los espejos con un bolígrafo y anotando en su libreta.
—Interesante... el índice de refracción aquí es engañoso. Usan espejos de cristal acrílico para evitar roturas por impacto, pero la curvatura desvía la percepción de profundidad en un 34% —dictaba Sofi en voz alta para sí misma, completamente en su mundo analítico.
Detrás de ella, caminando de espaldas, iba Nia. La mánager tenía la cámara pegada al ojo, grabando los infinitos reflejos de Sofi, las luces de colores y la silueta lejana de Ale cambiando de forma.
—¡Sigue caminando así, Sofi! ¡La geometría de este lugar le da un aire de thriller psicológico brutal al metraje! —exclamaba Nia, maravillada con la estética visual del lugar.
Mientras tanto, Tony patrullaba el centro del laberinto. A pesar de la diversión, él mantenía su rol de vigilante paciente. Giraba la cabeza de un lado a otro detrás de sus lentes rectangulares, asegurándose de tener siempre a la vista al menos un reflejo de cada uno de sus amigos. Sabía que perderse de verdad en un lugar así podía poner nerviosa a Ale, y una Ale nerviosa podría decidir que la ruta más rápida hacia la salida era derretir el cristal con fuego inextinguible.
Y finalmente, cerrando la marcha por un pasillo iluminado de azul, iba Leo. Avanzaba despacio, pensando en todo lo que estaba ocurriendo. Vio su reflejo cansado en el espejo de enfrente. Pensó en la excusa que le había dado a sus padres, en el Castillo del Terror donde casi los descubren, y en cómo su vida se había convertido en una misión constante de control de daños. Cualquier persona normal habría huido de Ale hace mucho tiempo. Pero al escuchar las risas de Max, la voz calmada de Ale, los chasquidos de la cámara de Katy, las directrices de Nia, los murmullos científicos de Sofi y los pasos seguros de Tony, Leo no pudo evitar sonreír de verdad. Eran un desastre. Eran un caos andante. Pero eran su caos. Y no cambiaría a su extraña familia por nada del mundo.
De pronto, un sonido peculiar rompió la magia del momento.
¡CLONK!
Leo giró en redondo. El sonido venía del pasillo de Max y Ale.
—¡Ay! —se escuchó la voz de Max— Creí que este pasillo seguía derecho, pero era un cristal muy limpio. Chicos... creo que estamos en un callejón sin salida.
Tony llegó rápidamente a la intersección, mirando los reflejos.
—Tiene razón. Todos los caminos desde aquí parecen rebotar hacia el centro. Estamos dando vueltas en círculos.
El grupo comenzó a reunirse en un pequeño claro octogonal rodeado de espejos por todas partes. No había puertas visibles. Solo reflejos de ellos mismos mirándose confundidos.
Ale, que había vuelto a su altura normal (aunque todavía masticaba un trocito del chocolate que le quedaba), miró las paredes de cristal que les bloqueaban el paso. Ladeó la cabeza con su corona flotante tintineando suavemente, dando a entender que tenía una idea. Ella estiró el cuello casi tres metros hacia arriba, elevando su cabeza por encima de los paneles de cristal del laberinto como si fuera el periscopio de un submarino. Su cabeza giró 360 grados, examinando los pasillos adyacentes, y luego bajó rápidamente, contrayendo el cuello con un suave pop hasta quedar de tamaño normal.
—No hay nadie cerca. —informó Ale, con su eterna y plácida sonrisa— Les voy a hacer una salida.
Leo apenas tuvo tiempo de abrir la boca para gritar, cuando Ale repentinamente sacó su guadaña de quien sabe dónde y la balanceó hacia adelante con la fuerza de un huracán contenido. El impacto fue ensordecedor.
El grueso cristal acrílico estalló en mil pedazos brillantes que llovieron sobre el suelo alfombrado, reflejando las luces azules. El movimiento también provocó que otros espejos cercanos se rompieran casi al mismo ritmo que el primero. Detrás de los espejos rotos, se reveló perfectamente la puerta trasera de emergencia, con la señal luminosa. Ale simplemente había decidido saltarse los últimos tres giros del recorrido.
El silencio que siguió al estruendo duró exactamente un segundo.
—¡Corran! —ordenó Leo, con el pánico inyectado en las venas.
—¡Salgamos de aquí, y rápido, rápido! —corrigió Tony, empujando a Max por la espalda— ¡Si corremos, nos van a ver como los culpables! ¡De prisa, paso redoblado, ya!
Nia, por puro instinto cinematográfico, no dejó de grabar mientras pasaban por encima de los cristales rotos. Katy metió a Algodón de un empujón en su bolso (dejándole la cabeza fuera para que respirara) y salió disparada detrás de Sofi, quien ya estaba calculando la ruta de escape más eficiente.
Mientras salían por la puerta de emergencia y se mezclaban rápidamente con la multitud que paseaba cerca de la noria gigante, Ale flotaba tranquilamente junto a Leo.
—Hicimos mucho ruido. —observó Ale, ladeando la cabeza— El señor de los espejos se va a dar cuenta. ¿Quieren que haga una explosión en el puesto de salchichas para distraerlos, o quemamos los botes de basura que están cerca? El fuego rosado es muy bonito.
—¡NO! —gritaron los cinco humanos al unísono, haciendo que algunas personas a su alrededor los miraran raro.
—Ale, cariño, escúchame bien. —jadeó Leo, tomándola por los hombros, sin dejar de caminar rápido— Nada de explosiones. Cero explosiones. Ya ‟abriste una puerta”, con eso es suficiente caos por hoy.
—Oh. Está bien. —aceptó Ale, encogiéndose de hombros, sin ofenderse en lo absoluto— Pero las salchichas voladoras habrían sido graciosas.
Tras unos minutos de caminata táctica evasiva liderada por Tony, el grupo finalmente encontró refugio en una zona tranquila de la feria, un pequeño jardín con bancas de madera cerca de la exhibición de animales de granja, donde la música llegaba solo como un eco lejano.
Max se dejó caer en una de las bancas, respirando entrecortadamente y riendo a la vez.
—¡Wow! ¡Eso fue... intenso! ¡Mi corazón va a mil por hora!
Tony se apoyó en un árbol cercano, sacudiéndose un pequeño trozo de cristal de la chaqueta.
—Bueno, misión cumplida. Salimos del laberinto. Y lo mejor de todo es que no hay pruebas de que fuimos nosotros, o al menos eso espero que crean. Solo fue un fallo estructural espontáneo del cristal. Sí. Es la excusa más compatible con el destrozo que hizo Ale que tengo en mente ahora.
Nia revisó el metraje en su cámara y soltó un silbido de apreciación.
—El ángulo de Ale rompiendo el cristal quedó espectacular. Parece la portada de un cómic de ciencia ficción. Valieron la pena los casi paros cardíacos.
Leo se sentó junto a Max, dejándose caer hacia adelante con los codos en las rodillas y frotándose el rostro, agotado.
—Me van a salir canas bien rápido. Lo juro. Sobrevivimos, pero estuvo demasiado cerca.
Sofi, que estaba de pie revisando que su bata estuviera libre de polvo y escombros, sacó su libreta y trazó una gran X roja sobre una página. Se acomodó los lentes y miró al grupo con su habitual expresión serena y desapasionada.
—Basado en la evaluación de daños y el tiempo de respuesta del personal de seguridad de la feria... —dictaminó Sofi, cerrando la libreta con un chasquido— concluyo lógicamente que no deberíamos acercarnos a ese cuadrante en particular durante las próximas tres a cinco semanas. Como mínimo.
El cielo comenzaba a teñirse de un azul crepuscular profundo, marcando el final perfecto para su caótica aventura. Habían caminado un rato más para alejarse definitivamente de la ‟zona cero” del laberinto, cuando Katy se detuvo en seco y dejó escapar un gritito de emoción, señalando hacia adelante.
—¡Es ahí! ¡Ese es el lugar perfecto para la última sesión fotográfica antes de irnos! —anunció Katy, acomodándose los lentes con entusiasmo.
Frente a ellos se alzaba el puesto de comida más estético y brillante de toda la feria. Un enorme letrero luminoso con la frase ‟Candy Land” brillaba en tonos rosados, coronado por banderitas de colores que ondeaban suavemente con el viento de la tarde. Los letreros inferiores anunciaban palomitas y manzanas acarameladas, iluminados por largos tubos de luz fluorescente que bañaban a la pequeña multitud frente al puesto con un brillo cálido y nostálgico.
Nia levantó su cámara al instante. Sus ojos de directora brillaron al ver la composición.
—Katy, tienes toda la razón. Las luces de neón, el atardecer de fondo, los colores pastel... es el plano final perfecto para el documental. El descanso de los guerreros del caos. —dijo Nia, moviéndose con pasos suaves y precisos para mantener el encuadre estable. Mientras grababa el letrero y bajaba lentamente hacia sus amigos, murmuraba para sí misma— Ahora la gran duda artística: ¿Qué me compro para salir en la toma? El algodón de azúcar tiene un volumen increíble y se ve muy etéreo en cámara... pero una manzana acaramelada tiene ese brillo rojo intenso que contrasta perfecto con mi camisa verde. Decisiones, decisiones...
Katy no perdió ni un segundo. Colocó a Algodón sobre uno de los barriles de madera decorativos que había cerca del puesto.
—¡Mira a la cámara, bolita de algodón! ¡Muestra tu lado feroz! —Katy empezó a tomar fotos: Una foto del gato, otra de las luces rosadas del letrero, una foto de Ale, Max y Sofi reflejados en el cristal del exhibidor.
Ale, por su parte, se había estirado lo suficiente hasta quedar justo frente a la máquina de hacer palomitas de maíz. Estaba hipnotizada, y eso se notaba por las pupilas moviéndose con cada palomita saltando. Dentro de la vitrina transparente, los granos de maíz estallaban en una lluvia blanca y crujiente, empujando la tapa de metal de la olla interior hacia arriba.
Ale apoyó ambas manos contra el cristal exterior, con sus ojos tranquilos fijos en el movimiento.
—Suenan como pequeñas explosiones divertidas. —murmuró Ale, con su sonrisa ensanchándose— Explosiones que huelen a mantequilla. Puedo imaginar que saben a nubes calientes y saladas... Quiero nubes calientes.
Tony se acercó al mostrador junto a Leo, sacando los últimos billetes que le quedaban en la billetera y juntándolos con un par de monedas que Max encontró en sus bolsillos.
—Buenas noches. —le dijo Tony al vendedor con su habitual tono amable y relajado— Nos va a dar tres cajas grandes de esas palomitas explosivas que la señorita está mirando; que sea uno con mantequilla extra, el otro picante y el otro de queso, dos manzanas con caramelo, y un algodón de azúcar para nuestra directora de cine que no se decide.
—Y una botella de agua, por favor. Los niveles de sodio de las palomitas requerirán hidratación inmediata —añadió Sofi desde atrás, asomándose por encima del hombro de Leo.
Mientras esperaban su pedido, Nia siguió grabando el entorno con precisión. Capturó la sonrisa tranquila de Ale frente a la máquina, la risa de Max intentando atrapar una palomita imaginaria en el aire, el perfil analítico de Sofi, la paciencia de Tony y Leo en la fila, y a Katy agitando sus fotografías instantáneas bajo las luces de neón del Candy Land.
Todo parecía encajar. Ya no había monstruos animatrónicos cobrando vida, ni espejos estallando, ni juegos de baloncesto destruidos. Solo eran siete amigos disfrutando del final de la tarde.
Cuando les entregaron la comida, Ale tomó su gran caja roja y blanca de palomitas con mantequilla. Se llevó un puñado a la boca y cerró los ojos, disfrutando el crujido.
—Mejor que las explosiones de verdad —declaró, lo cual, viniendo de ella, era el cumplido más alto posible.
Leo le dio un mordisco a su manzana acaramelada y miró al grupo reunido bajo el brillante letrero rosa. Habían sobrevivido a la feria. Nia tenía su película, Katy su mercancía y sus fotos, Sofi sus datos, Tony su diversión tranquila, Max su aventura, y Ale... bueno, Ale estaba feliz.
—¿Saben qué? —dijo Leo, hablando con la boca medio llena, relajando por fin los hombros por completo— Podría acostumbrarme a esto.
El paseo de regreso a casa fue mucho más tranquilo que la visita a la feria, en donde todavía se podía ver las luces pintando el cielo. El grupo se había despedido cansados pero satisfechos, prometiendo que volverían mañana para seguir. Cuando llegaron a la puerta de la casa, Leo notó que Ale caminaba a su lado como un zombie feliz, sosteniendo a Algodón (que seguía roncando suavemente en sus brazos).
Entraron con el mayor sigilo posible, evitando que la puerta rechinara para no despertar a los padres de Leo. Subieron las escaleras de puntillas. Ale flotaba perezosamente a unos centímetros de los escalones, demasiado cansada incluso para caminar, con Algodón todavía en sus brazos. Una vez en la habitación de Leo, Ale inmediatamente se acostó en la cama de él sin prestar tanta atención a su amigo. Algodón rodó suavemente hasta quedar hecho una bola sobre el estómago de la chica. Su bufanda roja, como si tuviera vida propia, se desenrolló un poco para arroparlos a ambos. Leo dejó su chaqueta sobre la silla del escritorio y se frotó los ojos, soltando un suspiro de cansancio.
—Oye, Ale... —susurró Leo para no despertar a sus padres— Tú y Algodón se quedan esta noche con nosotros. No quiero que estés toda la noche buscando tu laboratorio por horas sabiendo que puede aparecer en cualquier lado.
Ale no respondió. Solo asintió levemente, con los ojos casi cerrados.
—Además... —continuó Leo, rebuscando en uno de sus cajones y sacando un folleto arrugado— necesito preparar unas cuantas cosas antes de que volvamos a la feria mañana. Me he dado cuenta de que, si queremos subirnos a la montaña rusa o probar toda la comida que querramos, necesitamos organizarnos mejor. Y conseguir más dinero de alguna forma, porque Tony se quedó en ceros. Mañana podemos ir a los juegos mecánicos y comer todo lo que...
Se detuvo a mitad de la frase. Ale estaba profundamente dormida. Su pecho subía y bajaba con un ritmo pausado, en perfecta sincronía con el ronroneo del gato. Incluso dormida, conservaba esa pequeña y pacífica sonrisa en sus labios. A simple vista, nadie en el mundo habría imaginado que esa chica tan tierna había destrozado un laberinto de cristal hacía menos de dos horas. Leo se quedó mirándola un momento y no pudo evitar sonreír con ternura. Negó con la cabeza, tomó una manta de su cama y se la echó por encima con cuidado.
—Vaya... —murmuró— El caos también se agota.
Regresó a su escritorio y se sentó, desplegando el folleto bajo la luz amarillenta de la lámpara. Era el mapa oficial de la feria. Con un bolígrafo rojo en mano, Leo comenzó a trazar rutas. Primero, dibujó una gran X sobre la zona del Laberinto de los Espejos (siguiendo el sabio consejo de Sofi). Luego, marcó con un círculo la noria, los carritos chocones y el pasillo principal. Su mente de estratega, su rol de "Ancla", estaba trabajando a toda máquina.
—Bien... —se dijo Leo a sí mismo en un susurro, trazando una línea de escape desde la zona de comidas hasta la salida sur— Mañana continuaremos con el cortometraje de Nia. Solo espero que esta vez las explosiones sigan siendo de utilería.
[La historia continuará]



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