El Dossier

El caos reina por todas partes, y eso significa que debo darle espacio a la reina del caos en todos los lugares, cosa que he hecho en todo este tiempo. En cada red social debe haber presencia de Ale y sus otros personajes para que todas las personas sepan de su existencia y apoyen a una gran artista. Solo espero y esté haciendo lo correcto a los ojos de Alejany.

domingo, 26 de julio de 2026

Un día perfecto para la diversión (segunda parte)

Al otro día, Leo se encontraba paseando en el bosque, en un intento por buscar a sus amigos al no haberlos visto en la ciudad. Esperaba encontrarlos ahí, repasando el plan o practicando para el metraje de Nia.

Sin embargo, al apartar las ramas de los gruesos arbustos y asomarse al claro, se encontró con un silencio absoluto. No había cámaras, no había trípodes, ni rastro de Max prendiendo malvaviscos. El claro estaba vacío.

—¿Chicos? —llamó Leo, frunciendo el ceño y dando un paso hacia el centro de la hierba.

De pronto, el aire a su alrededor se volvió denso y sofocante. Una ola de calor le golpeó el rostro. El cielo sobre el claro pareció teñirse de un naranja furioso, casi apocalíptico. Y entonces, emergiendo desde la maleza, apareció Ale.

Estaba levitando a varios metros del suelo, exactamente en la misma pose amenazante de ayer, con los brazos extendidos y sus grandes mangas colgando. Su bufanda roja ondeaba dramáticamente como si fueran alas, pero lo que hizo que el corazón de Leo se detuviera fue lo que había debajo de ella.
Un resplandor ardiente, chispas doradas y lenguas de fuego anaranjado parecían estar consumiendo los arbustos a sus pies. El calor daba a entender que Ale no aguantó más
y soltó el fuego del caos.

—¡Ale, no! ¡El bosque! —gritó Leo, entrando en pánico automático, imaginando a los bomberos, a la policía y a sus padres viéndolo por las noticias locales.

Ale poco a poco bajó la mirada hacia él. Mantuvo su vista fijada al frente, mostrando una mirada tan amenazadora como él se lo hubiera imaginado. Su corona flotante seguía ahí brillando con intensidad. Con esa voz suave, tranquila y extrañamente escalofriante en medio del ‟infierno” que la rodeaba, Ale dijo:

—Hoy hace bastante calor, ¿no?

Ladeó un poco la cabeza. Las chispas volaban a su alrededor, iluminando su cabello rojizo, pero su sonrisa seguía intacta, inquebrantable.

—¿Qué tal si jugamos a algo? —continuó Ale, con un tono tan inocente que contrastaba monstruosamente con la imagen destructiva— El primero que parpadee pierde.

Leo se quedó congelado. La frase fue tan tétrica, tan perfectamente pronunciada, que por un microsegundo olvidó que estaba hablando con su amiga que adoraba a los gatos.

Y entonces...

—¡Corte, corte, coooorte! —El grito entusiasta de Nia rompió la ilusión por completo.

La mánager salió de su escondite detrás de un árbol grueso a medio quemarse, bajando la cámara (que estaba a nada de derretirse) con una sonrisa radiante. Al mismo tiempo, Ale chasqueó los dedos y en segundos el ‟infierno” comenzó a disiparse.

Max se asomó desde debajo de los arbustos que estaban ardiendo. Llevaba gafas de protección y estaba apagando el pasto que se había carbonizado. A su lado, Sofi estaba cerrando la válvula de un enorme extintor.

—Por poco y se nos salía de las manos este incendio controlado —informó Sofi, anotando en su libreta— Si las cosas se hubieran salido de las manos, cosa que estoy segura de que iba a pasar en nuestra ausencia, alguien iba a llamar a los bomberos. Y ni hablar de lo que ellos pensarían al ver el fuego del caos.

—¡Hice lo que pude, pero el humo me daba en los ojos! Menos mal que Nia y Katy sacaron a los animales antes de grabar. —se quejó Max, quitándose las gafas y sonriendo al ver al recién llegado— ¡Hola, Leo! ¿Viste eso? ¡El bosque se quemaba de verdad!

Leo soltó todo el aire de sus pulmones, apoyando las manos en sus rodillas mientras intentaba que su ritmo cardíaco volviera a la normalidad. —Ustedes... un día de estos... me van a matar de un susto. Lo juro.

Ale descendió flotando lentamente hasta tocar el suelo. Su expresión no cambió, pero sus ojos se enfocaron en Leo con alegría. —¡Hola, Leo! Tony dijo que las explosiones llaman mucho la atención en la mañana, así que usamos el fuego del caos, pero bajo control para no dañar el bosque. ¿Dije bien las palabras?

—Las dijiste perfecto, Ale. —intervino Tony, saliendo de detrás de otro árbol con los brazos cruzados y una sonrisa divertida— Me tomó media hora convencerla de que no usara el fuego para quemar todo el bosque y darle ‟realismo” a la escena. Tienes que admitir que la línea que le escribí es mucho mejor que la del gusano.

—¡No vuelvan a hacer eso sin mi permiso! —exclamó Leo, incorporándose y frotándose el pecho— ¿Acaso no les preocupa que se lleven a Ale si quema todo el bosque?

Katy bajó de una de las ramas bajas de un roble, apagando el fuego que tenía en su cabello como si nada. —Todo fue perfectamente manipulado para no se hiciera un daño mayor, ni llamáramos la atención de nadie. —anunció Katy con orgullo— Además, esta toma va a ser la introducción del corto. «El Juego del Caos». ¡Las sudaderas con la frase ‟El primero que parpadee pierde” no se van a vender solas!

Nia se acercó a Leo y le dio una palmada en la espalda. —Estamos puliendo las tomas de transición antes de volver a la feria. Ayer grabamos acción pura, pero hoy necesitamos desarrollar el ‟aura” del personaje. Ale es una maestra de la actuación minimalista.

Ale parpadeó, acariciando a Algodón, que estaba encima de una roca. —No sé qué es minimalista. Pero quiero jugar a no parpadear con los de la feria. ¿Ya podemos ir a los juegos que dan vueltas?

Leo sacó el mapa arrugado de su bolsillo, con todas las rutas y horarios que había planificado la noche anterior. Miró a su grupo. Estaban todos sucios de tierra y cenizas, oliendo a humo y rebosantes de energía.

—Está bien. —dijo Leo, rindiéndose ante lo inevitable y mostrando el mapa— Hoy el plan es distinto. Iremos de día para aprovechar la luz para tus tomas, Nia. Tengo una ruta segura que nos llevará por la montaña rusa, los juegos de agua y los puestos de comida, evitando el laberinto de espejos y cualquier cosa inflamable.

Max dio un salto, chocando los puños con el aire. —¡Sí! ¡Día dos en la feria! ¡Esta vez ganaré el peluche de la tortuga, lo juro!

Tony se rió, ajustándose los lentes. —Yo diría que guardes tu dinero, Max. Y tú, Leo, lidera el camino. Veamos cuánto tiempo sobrevive tu ‟ruta segura.”

—Bien. El control de daños está asignado. O bueno, eso espero. —suspiró Leo, levantando la vista hacia Nia— Mientras tanto, tenemos un cortometraje que terminar y una chica a la que mantener ocupada antes de que decida ayudar a reparar el carrusel o la montaña rusa. ¿Cuál es el estatus, directora?

Nia, que había estado revisando obsesivamente su cámara, dio un pequeño salto de emoción.
—¡El estatus es excelente! —anunció Nia, sus ojos brillando detrás de sus lentes de sol— La primera mitad está prácticamente lista. Tenemos la introducción épica en el bosque
con el Fuego del Caos, tenemos el suspenso de ayer con el laberinto de espejos, el caos en el Castillo del Terror, y las tomas estéticas comiendo helado y palomitas.

Katy sacó su libreta de notas, tachando varios elementos.
—Yo ya tengo fotos suficientes para la primera línea de mercancía. La foto de Algodón con su disfraz ya es un clásico instantáneo.

—Entonces, ¿qué nos falta? —preguntó Max, balanceándose sobre las puntas de sus pies, ansioso por volver a la acción.

Nia desplegó su guion, que cada vez tenía más tachones y notas al margen. —Nos falta el ‟montaje de la diversión”. Necesitamos probar el resto de los juegos, subir a un par de atracciones fuertes, y comer en más puestos. Pero... —Nia señaló a
Ale con su bolígrafo— aquí está el truco. Ale tiene que usar sus poderes de forma sutil, y ya no necesitaremos material de cine para grabar.

Sofi se ajustó los lentes rectangulares. —Define "sutil" dentro del contexto de una anomalía física y termodinámica como Ale.

Nia empezó a caminar de un lado a otro frente al grupo. —Sutil, estilo metraje encontrado. Por ejemplo, en los carritos chocones: Ale no puede hacer explotar los autos de los demás. Pero sí puede usar su telekinesis para que su propio carrito se deslice suavemente hacia los lados para esquivar los golpes. En cámara, parecerá que simplemente tiene unos reflejos increíbles.

—O en el puesto de tiro al blanco con agua. —intervino Tony, captando la idea— En lugar de estirar el brazo hasta el objetivo, puede usar un sutil soplo de aire caliente para desviar el chorro de agua de los otros competidores y ganar.

—¡Exacto! —Nia aplaudió— Pequeñas demostraciones inexplicables. Cosas que hagan que el espectador en internet diga: ‟Espera, ¿cómo hizo eso? ¿Eran efectos prácticos?”

Leo lo pensó un momento. Si los poderes de Ale se limitaban a cosas pequeñas y casi invisibles, el riesgo de un incendio masivo o destrucción de propiedad disminuía considerablemente. Y le daba a Ale una ‟regla de juego” que seguir, lo cual siempre ayudaba a mantenerla enfocada.

—Me parece un plan... aceptable —concedió Leo, teniendo mapa todavía en sus manos— Ale, ¿escuchaste a Nia? Pequeños trucos mágicos. Nada de explosiones grandes, nada de fuego en público, y por favor, no estires el cuello como una jirafa. ¿De acuerdo?

Ale ladeó la cabeza y su corona flotante dio un suave tintineo. —Trucos mágicos pequeños. Como los de la maga pelirroja que vino en el cumpleaños de Max y siempre fallaba, y decía que se le estaba agotando el maná. —repitió Ale, sonriendo con ternura— Me gustan los trucos. ¿Podemos ir a los carritos que se chocan ahora? Quiero esquivarlos todos sin mover las manos.

Max dio un grito de guerra.
—¡A los carritos chocones! ¡Yo conduciré, Ale tú me proteges con tu mente!

El pabellón de los carritos chocones fue un desafío para el grupo. Cada uno se había subido a su respectivo carrito para divertirse un poco, aunque para el caso de Katy todo era necesario para sacar una que otra foto con su cámara ya lista. Todo el juego pasó con tranquilidad, Nia grababa el momento y Ale usaba su telekinesis para mover un poquito el carrito de ella y de los demás para evitar cada golpe, estaba usando correctamente su poder de forma sutil como se lo habían pedido. Esa paz duró poco. El juego se estaba llenando cada vez más de invitados, y para Ale significaba más desafío y más diversión, por lo que decidió meterle más ganas al juego si lo que quería era ganar.

Tanto ella como el resto del grupo empezaron a moverse con más fuerza y rapidez tratando de chocar con los otros conductores, Ale lo hacía con toda velocidad como si estuviera divirtiéndose de verdad con el juego y Nia tenía una mano en el volante y la otra sosteniendo su cámara para que no se caiga. En más de una ocasión Ale estiró los brazos para alcanzar los carritos oponentes sin que alguien se diera cuenta y usó la telekinesis para ir hacía ellos. El juego se hacía cada vez más intenso, todos ya estaban chocándose los unos a los otros para ver quién salía victorioso, y claramente el grupo de Ale hacía lo posible por aguantar, hasta que finalmente la sirena volvió a sonar, indicando que el juego había acabado. Los motores se apagaron.

Mientras todos salían, Nia revisaba su cámara contenta por haber grabado todo el juego a pesar de los movimientos bruscos que hizo. A su lado, Ale acariciaba a Algodón que había saltado a sus brazos. Katy, por su parte, revisaba las fotos que había tomado con su cámara sintiéndose agradecida por hacer captado el momento.

No obstante, mantener a Ale dentro de los límites de la física normal era como intentar atrapar el agua con las manos. A medida que avanzaba la tarde, la situación se volvía cada vez más difícil de controlar, y el ‟montaje de la diversión” se convirtió rápidamente en un ejercicio de supervivencia extrema para Leo y el resto.

La primera señal de que las cosas se estaban saliendo de control ocurrió en el Carrusel Clásico. Era un juego tranquilo, con caballos de madera bellamente pintados subiendo y bajando al ritmo de una suave melodía. Todo iba bien hasta que Ale decidió que quería acariciar a todos los caballos al mismo tiempo. Al terminar el viaje, Leo y Tony tuvieron que subir corriendo a la plataforma para literalmente desenredarla. Ale había estirado sus brazos, piernas y cuello como si fuera una manguera, envolviéndolos alrededor de los caballos, los barrotes que los sostenían y el poste central de los espejos, formando un nudo humano increíblemente complejo.

—Estoy abrazando a la manada —explicó Ale, sonriendo desde el centro del nudo, mientras Tony intentaba pasar su pierna derecha por debajo de su brazo izquierdo.

—¡No eres una enredadera, Ale! —resopló Leo, sudando frío mientras el operador del carrusel los miraba con cara de pocos amigos. Nia, por supuesto, grabó todo el proceso de desenredo en cámara rápida, jurando que le pondría música cómica en la edición.

La siguiente parada fue el Juego de las Canicas (el clásico juego donde lanzas canicas a un tablero con distintos agujeros, entre más alto llegue mayor es la puntuación). El feriante le entregó a Ale una cesta con diez canicas de cristal. Ale las miró, miró los agujeros, y decidió que el juego real era otro. En lugar de lanzarlas, las canicas empezaron a flotar en el aire, girando en un círculo perfecto de malabares a un metro de sus manos gracias a su telekinesis. Algodón, fascinado, intentaba atraparlas dando saltos.

El feriante abrió los ojos de par en par. —Oye, ¿cómo hace eso...?

—¡JUGAMOS TODOS! —gritó Leo, entrando en pánico y él, Tony y Sofi lanzaron un puñado de billetes sobre el mostrador— ¡Todos a los seis carriles, ahora!

Para ocultar el truco de Ale, todo el grupo tuvo que invadir los puestos adyacentes y jugar frenéticamente. Max lanzaba las canicas con tanta fuerza que rebotaban fuera de los agujeros; Sofi calculaba la parábola exacta y anotaba puntos sin mirar; y Katy vitoreaba. Mientras tanto, Tony se paró estratégicamente frente al feriante para bloquearle la vista de Ale, que seguía haciendo malabares flotantes con una sonrisa radiante.

Nunca fueron a la montaña rusa porque estaban conscientes de que Ale tomaría la forma de un papalote o un paracaídas apenas empezara moverse el juego a gran velocidad, y eso llamaría la atención de todos, sin contar que Max era asustadizo con ese juego. Tampoco fueron a los juegos de agua ya que, en palabras de Leo, irían ahí en caso de que hubiera algún incendio, además del hecho de que Ale quería ser un globo de agua ella misma.

Pero el mayor reto de resistencia para el grupo llegó en la zona de los Juegos Inflables. Uno de ellos era un castillo saltarín gigantesco y del tamaño de una casa, lleno de redes y toboganes de aire. Al ser de goma y estar lleno de aire, Ale había encontrado su hábitat natural. Entró al castillo y, literalmente, se volvió una con él. Como su cuerpo era elástico, cada vez que saltaba, se estiraba y rebotaba de maneras que desafiaban la gravedad. Llegaba hasta la red superior, se comprimía contra el techo, y luego caía como una pluma, riendo suavemente. De pura suerte su coronita no ponchaba el castillo inflable.

El problema fue que no quería salir. Pasaron veinte minutos. Luego cuarenta. Luego una hora. Afuera del juego, el grupo estaba agotado. Leo estaba sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas. Max estaba tirado en el césped, habiendo intentado seguirle el ritmo a Ale durante los primeros diez minutos antes de rendirse por falta de oxígeno. Sofi estaba llenando la tercera página de cálculos sobre la ‟elasticidad perpetua en entornos neumáticos.”

Tony revisaba su reloj, compartiendo una botella de agua con Nia.
—¿Crees que tenga un botón de apagado? —bromeó Tony, viendo a Ale rebotar por quincuagésima vez, viéndose como un borrón naranja y rojo a través de la red del castillo.

—No lo sé, pero tengo una hora de metraje fantástico. Esto va a fascinar a los espectadores. —respondió Nia, bajando la cámara, con el brazo ya entumecido— La resistencia de esa chica es un verdadero misterio para la ciencia.

Katy, por su parte, aprovechó la larga espera: había montado un pequeño puesto improvisado sobre una hielera y le estaba vendiendo fotos instantáneas del ‟Gato Vampiro” a los padres que esperaban a sus propios hijos fuera del inflable.

Finalmente, cuando el operador del inflable anunció por altavoz que el tiempo se había acabado, Ale salió tranquilamente por la rampa de salida. No sudaba, no estaba despeinada, y su corona seguía perfectamente alineada. Algodón, que había estado durmiendo plácidamente en el zapato izquierdo de Max, se levantó y se acercó a ella.

—Ese castillo estaba muy blandito. —declaró Ale, con su sonrisa habitual, mirando a sus amigos, que parecían haber corrido una maratón— ¿Están cansados? Podemos ir a un juego donde se sienten. Uno alto.

Leo levantó la vista lentamente. Suspiró, aceptando su destino como cuidador del caos.
—Uno alto, dijo... —murmuró Leo, poniéndose de pie con esfuerzo— Chicos, creo que es hora de enfrentar al jefe final de la feria.
La Rueda de la Fortuna se alzaba imponente sobre la Feria de San Verano, como un colosal disco de metal pintado de blanco que giraba con una lentitud casi hipnótica. Sus góndolas cerradas, cada una de un color distinto, ofrecían la promesa de una vista panorámica de la ciudad y unos minutos de tranquilidad absoluta. El grupo llegó a la base de la atracción, arrastrando los pies (excepto Ale, que no motraba signos de cansancio).

Nia levantó su cámara al instante.
—¡La toma perfecta de establecimiento! —exclamó, enfocando desde el nivel del suelo hacia arriba, capturando la inmensidad de la rueda contra el cielo azul de la tarde— Esto grita ‟clímax narrativo.” La calma antes de la tormenta.

Katy, que ya había guardado su dinero de las ventas del Gato Vampiro, sacó su cámara y empezó a tomar fotos de la rueda y de los rostros cansados pero felices de sus amigos. ¡Click! Una foto de Leo frotándose los ojos. ¡Click! Una foto de Tony mirando la atracción con curiosidad y otra de Max comprando un algodón de azúcar en un puesto cercano.

Mientras hacían la fila, Leo se apoyó en la baranda de metal, hablando con Max, quien estaba intentando comerse el resto de su algodón de azúcar.
—Este es el plan, Max. —dijo Leo, asumiendo su rol táctico por última vez en el día— Es un juego cerrado. Nos sentamos, miramos el paisaje, damos dos vueltas completas y bajamos. No hay nada que Ale pueda...

Leo no terminó la frase. La palabra ‟Ale” se congeló en su garganta al darse cuenta de que la chica no estaba detrás de él.

—¡Chicos! —la voz de Tony, perdiendo su habitual calma, los alertó.

Todos giraron hacia la entrada de la atracción. Ale no había esperado en la fila. Se había acercado al mecanismo de carga inferior de la rueda. Fascinada por los enormes engranajes giratorios y los gruesos cables de acero que hacían subir las góndolas, había extendido la mano para tocar uno de los postes móviles que ascendían.

Y entonces, el caos elástico atacó de nuevo. Al igual que en el carrusel, pero a una escala monumentalmente más peligrosa, el brazo de Ale se estiró al aferrarse al poste que subía. Su cuerpo fue arrastrado hacia arriba, pero en lugar de soltarse, sus piernas se estiraron instintivamente y se enredaron en la baranda inferior de seguridad. Su otro brazo intentó estabilizarse y terminó enrollado alrededor de la cabina amarilla número siete.

En cuestión de tres segundos, Ale se había convertido en un chicle humano estirado a lo largo de quince metros de maquinaria pesada. La noria continuó girando lentamente, y con ella, el cuerpo elástico de Ale se fue tensando, cruzándose sobre sí mismo y enroscándose entre las vigas metálicas como si fuera parte del andamiaje de la estructura.

Desde el centro del nudo, a unos seis metros del suelo, su cabeza colgaba boca abajo. Su corona flotante se mantenía milagrosamente a su lado, ignorando la gravedad.

—Esto aprieta un poquito —dijo Ale, con su voz suave resonando por encima del ruido del motor. Mantuvo su sonrisa tranquila, viendo el mundo al revés.

La multitud en la fila se quedó paralizada. Un niño soltó su globo. Una señora dejó caer sus palomitas.

—¡DETENGAN LA MÁQUINA! —gritó Leo a todo pulmón, saltando la baranda de seguridad y corriendo hacia el operador, que estaba boquiabierto en su cabina.

El operador, reaccionando tarde, pulsó el gran botón rojo de emergencia. La enorme rueda rechinó y se detuvo con un sonido metálico sordo, dejando a Ale enredada en forma de estrella de mar asimétrica a seis metros de altura.

—¡Cielos! ¿De qué está hecha esa chica? —jadeó el operador, mirando la escena con horror— ¡Se va a romper!

—¡No, no se romperá! ¡Tiene una... condición genética... muy flexible! —inventó Tony rápidamente, asumiendo el control de daños mientras se acercaba al operador— ¡Solo necesitamos tiempo para bajarla!

Lo que siguió fue, probablemente, el rescate más humillante y absurdo en la historia de la feria.

Nia, sin dudarlo, encendió la cámara.
—Es material documental puro. «La Caída de la Ícaro Elástica». ¡Sofi, necesitamos tus cálculos!

Sofi se adelantó, abriendo su libreta a toda velocidad, ignorando las miradas estupefactas de los visitantes.
—La tensión estructural en sus ligamentos es inexistente, pero su coeficiente de enredo es nivel ocho. —informó Sofi, levantando la vista y señalando con su bolígrafo— Leo, Max: si desenganchan su pierna izquierda de la cabina amarilla y Tony desenrolla su brazo derecho del engranaje principal simultáneamente, la tensión retroactiva hará que regrese a su forma base como una banda elástica.

—¡Entendido! —Max no esperó más. Empezó a trepar por la estructura de acero con la agilidad de un mono, motivado por la adrenalina.

Leo, suspirando profundamente y sintiendo que todo el parque de diversiones los observaba, trepó por el otro lado, sintiendo la mirada curiosa de Algodón, que los observaba cómodamente sentado desde la caseta de control.

El proceso fue lento y vergonzoso. Max tuvo que tirar de la bota de Ale (que se estiró un metro más antes de ceder), mientras Leo y Tony, desde la plataforma baja, desenredaban sus brazos como si estuvieran lidiando con una manguera de jardín gigante y muy terca.

—Oigan, desde aquí arriba puedo ver el Castillo del Terror. —comentó Ale amablemente mientras Max le desenredaba la rodilla del poste— El vampiro sigue bailando.

—¡Concéntrate en volver a tu tamaño normal, Ale, por favor! —le rogó Leo, desenganchando su mano izquierda del eje central.

Finalmente, tras quince agónicos minutos de instrucciones precisas de Sofi y esfuerzos coordinados, Ale se desenganchó por completo. Con un agudo y sonoro ¡ZIIIP!, su cuerpo se contrajo violentamente en el aire, regresando a sus proporciones normales en una fracción de segundo, aterrizando de pie y con suavidad junto a Leo, como si acabara de dar un salto de gimnasia artística.

La multitud estalló en aplausos y silbidos, creyendo (como Tony había sugerido antes) que se trataba de un acto de escapismo o contorsionismo circense extremadamente elaborado.

Ale, escuchando los aplausos, hizo una pequeña y elegante reverencia, agitando sus grandes mangas.
—Gracias. Fue un buen truco.

Leo se dejó caer de rodillas sobre la plataforma de metal, sintiendo que le faltaba el aire. Max bajó de un salto, riendo a carcajadas.

El operador del juego, aún pálido, se acercó temblando.
—¿E-está todo bien? ¿Quieren... quieren subirse a la cabina ahora?

Leo levantó la vista, miró a Ale (que ya estaba intentando acariciar a uno de los engranajes de nuevo) y luego al operador.
—No. —dijo Leo con voz ronca, pero firme— Creo que ya tuvimos suficientes alturas por hoy. Y suficientes giros. Y suficientes atracciones en general.

Tony se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro a Leo, ayudándolo a levantarse.
—Buen trabajo, Ancla. Creo que el montaje de diversión ha concluido oficialmente.

Nia bajó la cámara, con una sonrisa triunfal.
—¡Y fue el cierre más espectacular que podíamos pedir!

El grupo se alejó de la imponente rueda lo más rápido que sus piernas cansadas se lo permitieron. Caminaron en silencio durante un rato, bordeando las atracciones principales hasta llegar a una de las zonas más apartadas y tranquilas de la feria, donde el ruido de los motores y los gritos de la multitud llegaba solo como un murmullo lejano.

Se detuvieron frente a un enorme puesto de juegos de feria. El lugar estaba completamente forrado, del techo al suelo, con una avalancha de peluches de colores pastel. Había filas y filas de elefantes grises, osos marrones, unicornios rosados y celestes, todos apilados bajo un letrero brillante que decía ‟¡Juega y gana!” En la parte inferior, un cartel azul anunciaba el juego: ‟3 peces por 10 pesos.”
Leo se apoyó contra uno de los postes del toldo, exhalando un suspiro que parecía contener todo el estrés de la semana, o de toda la vida. Tony se paró a su lado, cruzándose de brazos y mirando hacia donde Ale observaba los peluches.

—Cada vez es más difícil, Tony. —confesó Leo, bajando la voz— Antes solo se distraía con cosas pequeñas. Ahora... su radio de acción es inmenso. Se sube a castillos inflables, se enreda en ruedas de la fortuna gigantes... Es imposible que se quede quieta por más de cinco minutos sin que las leyes de la física corran peligro.

Tony asintió lentamente, acomodándose los lentes. Su expresión tranquila tenía un matiz de empatía.
—Su curiosidad está creciendo, Leo. Está descubriendo el mundo, y como no tiene un filtro de lo que es peligroso o imposible, simplemente lo hace. Mis excusas no van a ser suficientes si un día decide que quiere ver qué hay dentro del motor de un avión en pleno vuelo. Vamos a tener que pensar en nuevas formas de canalizar esa energía.

Mientras los dos chicos discutían el futuro de su caótica amiga, a un par de metros de ellos, Nia y Katy chocaban los cinco.

—¡Lo tenemos! —celebró Nia en un susurro emocionado, revisando el almacenamiento de su cámara— Revisé las tomas en la caminata. Entre el fuego, los animatrónicos del castillo, los carritos chocones y el ‟rescate” de la rueda de la fortuna... tenemos casi todo el metraje necesario para un cortometraje ganador. La narrativa del caos está completa.

Katy daba saltitos, abrazando su libreta y su bolso.
—¡Y yo tengo material visual para tres colecciones de mercancía distintas! La Reina de los Carritos, El Enredo de la Fortuna y, por supuesto, El Gato Vampiro. ¡Nuestra pequeña productora independiente va a financiar nuestras universidades!

Cerca del mostrador del juego, Sofi había estado observando a Ale en silencio. La deidad del caos estaba hipnotizada por un unicornio de peluche con patas rosadas que colgaba a la altura de sus ojos. Sus mangas se agitaban levemente como si quisiera tocarlo, pero recordando el regaño de Leo, mantenía las manos quietas.

Sofi sacó su libreta, hizo una anotación rápida y se acercó al mostrador, acomodándose los lentes rectangulares.

—Leo, Tony, su análisis del comportamiento errático de Ale es correcto, pero la solución a corto plazo es bastante simple. —dijo Sofi, interrumpiendo la charla de los chicos con su tono frío y analítico— Ale responde a estímulos táctiles y visuales suaves. Si le proporcionamos un objeto inanimado de textura reconfortante y gran volumen, su necesidad de interactuar con el entorno a gran escala disminuirá drásticamente. En resumen: otro peluche calmará las cosas.

Max, que acababa de llegar corriendo después de comprar una botella de agua, escuchó a Sofi y miró el letrero del juego.
—¿Tres peces por diez pesos? —leyó Max entusiasmado— ¡Es un juego de pesca magnética! ¡Sofi, yo lo juego! ¡Soy un pescador experto!

—Negativo, Max. Tus probabilidades de sacar un pez con la marca del premio mayor son del 4.2% debido a tu falta de control motriz fino. —respondió Sofi. Sin inmutarse, sacó una moneda de su bata y lo puso sobre el mostrador, justo frente al feriante que se encontraba viendo su celular— Buenas tardes. Requiero tres intentos, por favor.

El feriante le dio una pequeña caña de pescar con un imán en la punta. Frente a ellos había una pequeña piscina con corriente circular, llena de pececitos de plástico con imanes en la boca. Sofi no lanzó la caña de inmediato. Observó el flujo del agua durante cinco segundos. Calculó la velocidad de la corriente, el peso de los peces y la oscilación del imán de la caña. Con un movimiento clínico, bajó la caña y atrapó un pez amarillo. Lo volteó: tenía un punto rojo pintado en la base. El premio mayor.

—Fascinante, y conveniente. La distribución de los peces ganadores sigue un patrón predecible de flotabilidad —murmuró Sofi.

El feriante parpadeó, sorprendido por lo rápida que fue al conseguir tal premio.
—Eh... felicidades. Elige un premio grande de la pared.

Sofi miró a Ale, que había estado observando la "pesca" con ojos muy abiertos.
—Ale. ¿Cuál es el objeto de tu preferencia?

Ale seguía mirando el peluche del unicornio a punto de decir que lo quería, pero su mirada cambió casi de inmediato y levantó una mano, apuntando directamente a un enorme elefante de peluche gris con orejas rosadas que estaba casi en lo más alto de la pared.
—El señor con la nariz larga. Se ve muy abrazable.

El feriante usó un gancho largo para bajar el enorme elefante y se lo entregó a Ale. El peluche era casi tan ancho como ella. Inmediatamente, Ale lo abrazó con fuerza. Hundió su rostro en la suave tela gris, cerró los ojos y soltó un suspiro de felicidad pura. Algodón saltó desde el suelo para acomodarse justo en medio de las orejas rosadas del elefante, ronroneando.

Tal como Sofi había predicho, el nivel de energía de Ale cayó a cero al instante. Toda su atención y su poder caótico estaban ahora concentrados en mantener su nuevo peluche a salvo y cómodo. Todo lo que estaba observando lo anotaba en su libreta que había sacado mientras Katy tomaba fotos.

—Hipótesis comprobada —dijo Sofi, guardando su libreta.

Leo vio a Ale abrazando al elefante, meciéndose de un lado a otro en su lugar, completamente tranquila. Sintió que por fin podía respirar con normalidad.
—Sofi... eres un genio. —dijo Leo, dejando caer los hombros— Creo que con esto, ya podemos dar por terminada la visita a la feria.

El alivio de Leo duró exactamente lo que tardó el estómago de Max en rugir tan fuerte que Algodón asomó la cabeza por detrás de las orejas del elefante de peluche.

—Tanta adrenalina da hambre. —se justificó Max, frotándose la barriga— ¿Podemos comer algo de verdad antes de irnos? El algodón de azúcar ya se evaporó de mi sistema.

La sugerencia fue recibida con un coro de estómagos gruñendo, incluido el de Tony y el de Nia. Ale, que seguía abrazando a su elefante con una paz monacal, abrió un ojo y asintió lentamente.
—Comer es una buena idea. Las palomitas ya son un recuerdo.

No tuvieron que caminar mucho. A un par de metros de los juegos de habilidad, encontraron un gran remolque pintado de amarillo pastel llamado ‟El Rincón de las Delicias.” Era un paraíso para cualquier persona con debilidad por el azúcar: vendían churros rellenos de chocolate, crepas gigantes con fresas, malteadas espesas coronadas con crema batida, y pequeños pedazos de pastel de todos los sabores.

Tony, con el presupuesto recién inyectado por las ganancias de Katy, se acercó al mostrador y pidió prácticamente una muestra de cada cosa en el menú. Los empleados asombrados juntaron un par de mesas de picnic vacías para acomodar las bandejas repletas de comida que no dejaban de salir por la ventana del remolque.

Sofi observó la montaña de carbohidratos, grasas y azúcares simples apilada frente a ellos. Se acomodó los lentes y esbozó lo más parecido a una sonrisa que su rostro estoico podía permitir.
—Si mis cálculos de ingesta calórica son correctos, —dijo Sofi, con un tono inusualmente ligero— acabamos de preparar un banquete digno del Imperio Romano para pasar la tarde. Solo nos faltan las uvas y un emperador.

Max soltó una carcajada.
—¡Sofi hizo un chiste! ¡Anoten la fecha, Sofi hizo un chiste!

Ale no estaba prestando atención a los chistes. Sus ojos, normalmente tranquilos y entreabiertos, estaban fijos en la mesa. Podía imaginar el sabor de cada cosa antes de probarla: el crujido caliente del churro liberando un río de chocolate oscuro, el frío dulce de la malteada de vainilla, la suavidad de las crepas derritiéndose en su boca. Dejó su enorme elefante de peluche en una silla junto a Algodón y se frotó las manos envueltas en sus grandes mangas naranjas.

—A comer —anunció Ale suavemente.

Y comieron. Todo transcurrió con la mayor normalidad del mundo durante los primeros diez minutos. Intercambiaban anécdotas del día, Nia revisaba el guion final mientras comía una crepa, y Leo por fin sentía que podía bajar la guardia, disfrutando de su comida.

Pero Leo cometió el peor error que un cuidador puede cometer: subestimar la química del cuerpo combinada con la magia del caos. Nadie notó cuántos churros, crepas y pasteles había ingerido Ale a la velocidad de la luz. El primer síntoma fue visual. La pequeña corona dorada que siempre flotaba perezosamente sobre la cabeza de Ale comenzó a girar y a brillar con intensidad. Y luego a girar más rápido. Y más rápido, hasta convertirse en un zumbido borroso como las hélices de un helicóptero.

Sofi dejó caer su bolígrafo.
—Oh, no.

—¿Qué pasa? —preguntó Leo, con la boca llena de churro.

Ale de repente se puso de pie de un salto. No levitó suavemente, sino que rebotó contra el suelo como si estuviera hecha de resortes. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Sus pupilas estaban dilatadas y su eterna sonrisa pacífica se había transformado en una sonrisa gigante, maniática y desbordante de hiperactividad. El azúcar había llegado a su torrente sanguíneo. Un tsunami de glucosa chocando de frente contra una entidad cósmica impredecible.

—¡ESTO ES MUY DULCE! —gritó Ale. Su voz, normalmente suave y pausada, salió a toda velocidad, casi chirriante— ¡TODO ES MUY DULCE! ¡LAS LUCES SON DULCES! ¡EL AIRE ES DULCE!

—Ale... cálmate... respira... —intentó decir Tony, dando un paso atrás.

Pero Ale ya no estaba ahí. Con un ¡ZOOOM!, salió disparada en el aire, flotando a una velocidad vertiginosa en círculos alrededor de la mesa de picnic. Su bufanda roja parecía un tornado. El exceso de energía activó sus poderes en todas direcciones sin ningún filtro. La telekinesis se disparó. Las servilletas, los vasos de cartón, los cubiertos de plástico y hasta las sillas de aluminio comenzaron a levitar a su alrededor, orbitando como asteroides atrapados en la gravedad de un planeta enloquecido.

—¡WUUUUU! —reía Ale a carcajadas, estirando sus dos brazos al mismo tiempo, agarrando todos los globos de un puesto lejano con una mano y una bandera de la feria con la otra, mientras seguía girando en el aire, su corona estaba soltando chispas que podrían causar un incendio.

Sofi se escondió debajo de la mesa, cubriéndose la cabeza.
—¡Sobrecarga glucémica! ¡Su metabolismo no puede procesar los sacáridos y los está expulsando como energía cinética y telequinética pura!

Más pequeñas chispas de fuego empezaron a salir y luego a estallar en el aire alrededor de Ale, no como fuegos artificiales diminutos, sino como verdaderos explosivos que podrían reventar toda la feria en cualquier momento ante la mirada desconcertada de toda la gente.

Max intentó atraparla cuando pasó zumbando cerca del suelo.
—¡Ale, frena! ¡Te vas a marear! —Pero Ale solo usó su elasticidad para pasar por encima de él como si fuera un puente.

Nia, por supuesto, no perdió ni un segundo. Se subió a la mesa (esquivando una malteada voladora) y empezó a grabar el huracán de azúcar.
—¡ES EL CLÍMAX! ¡UNA DIOSA CAÓTICA SOBRECARGADA! ¡NO PARES, ALE!

—¡NIA, NO LA ANIMES! —rugió Leo, entrando en modo de pánico absoluto— ¡SI NO LA BAJAMOS AHORA, VA A DESARMAR LA FERIA ENTERA SOLO PARA VER CÓMO FUNCIONA!

Katy ya había agarrado al elefante de peluche y a Algodón y corría a cubrirse detrás del remolque de comida. El vendedor del puesto había bajado la persiana metálica de su ventana con un golpe aterrorizado.

Ale dio una voltereta triple en el aire, estiró su cuello para mirar a Leo desde arriba y gritó con entusiasmo:
—¡LEO! ¡HAGAMOS QUE LA RUEDA GIRE MÁS RÁPIDO! ¡YO LA EMPUJO!

Leo sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. El plan sutil se había ido al carajo. Tenían a un huracán hiperactivo suelto y la rueda estaba en su punto de mira. El aviso de Ale no fue una simple amenaza. El exceso de azúcar acumulada en su sistema actuó como un detonador, y sus poderes se desbordaron por toda la feria en una exhibición de caos absoluto y descontrolado.

Salió disparada hacia la multitud principal como un proyectil rojo y naranja. Dejaba tras de sí una línea de fuego que empezaba a incinerar todos los puestos cercanos, iluminando los rostros atónitos de los visitantes y prendiendo más fuego a los puestos de comida cercanos.

—¡ATRÁPENLA ANTES DE QUE LLEGUE A LOS GENERADORES! —bramó Leo, corriendo detrás de ella con los pulmones ardiendo.

Pero atrapar a Ale hiperactiva era como intentar atrapar un rayo. Primero, pasó volando por encima del juego de las Tazas Locas. Con una carcajada aguda, Ale estiró sus dos brazos como ligas gigantes, agarró los bordes de la plataforma giratoria y le dio un tirón tremendo. Las tazas comenzaron a girar al triple de su velocidad normal. Los ocupantes gritaron, algunos de terror, otros de pura adrenalina, mientras Ale salía rebotando hacia su siguiente objetivo.

—¡Wow, miren esos efectos pirotécnicos! —gritó un visitante, señalando el cielo, ajeno al peligro real.

A su paso, la telekinesis de Ale actuaba como un imán descompuesto. Pasó zumbando junto a un vendedor de globos y, sin siquiera tocarlo, todos los globos de helio se soltaron de sus hilos y comenzaron a seguirla como una cola de colores, algunos reventando por el calor que emanaba Ale. Al pasar por el puesto de los patos de pesca, el agua levitó fuera de la piscina y cayó en forma de lluvia inofensiva sobre la gente que aplaudía, creyendo que era parte de un desfile sorpresa, hasta que volvieron a ver las explosiones y todos salieron corriendo.

Max corría detrás de Leo, riendo a carcajadas a pesar de la emergencia.
—¡Es la mejor lluvia de la historia! ¡Corre, Leo, corre!

Katy y Tony intentaban atajarla por el flanco izquierdo. Tony se había quitado la chaqueta y la agitaba en el aire intentando llamar su atención.
—¡Ale! ¡Ven aquí! ¡Tengo más helado! —mintió Tony, esperando que el soborno funcionara.

Pero Ale estaba en otra dimensión. Su cuerpo se estiraba de formas imposibles, rebotando contra los toldos de las carpas como si fuera una pelota de pinball. ¡Boing! Rebotó en la lona del circo de pulgas, en donde los peluches salieron disparados y Katy los recogía. ¡Boing! Se comprimió contra el techo de un puesto de hamburguesas y salió disparada hacia arriba, el fuego de la cocina se intensificó y todos salieron al ver que el puesto se estaba quemando.

Nia corría en paralelo, grabando todo mientras intentaba no tropezar con la gente.
—¡La iluminación es perfecta! ¡El fuego le da un toque de fantasía urbana! —gritaba la mánager, completamente extasiada.

Finalmente, Ale apuntó hacia la enorme Rueda de la fortuna iluminada. Voló hacia el eje central de la atracción, rodeada por docenas de globos levitando y chispas rosadas.
—¡VAMOS A DAR VUELTAS RÁPIDAS! —anunció, preparándose para estirar sus brazos de nuevo y hacer girar la rueda con fuerza bruta.

Leo, que acababa de llegar a la base de la atracción, cayó de rodillas. Era el fin. Destruiría el motor, saldría rodando por la ciudad y todos terminarían en la cárcel. Cerró los ojos, preparándose para el sonido del metal rompiéndose.

Pero el sonido nunca llegó. En lugar de eso, se escuchó un suave y largo bostezo.

Sofi, que venía caminando tranquilamente detrás del grupo calculando el tiempo con su reloj de pulsera, asintió.
—0,0 segundos. El metabolismo ha colapsado. La caída de glucosa es inminente.

Allá arriba, a cinco metros del suelo, la corona flotante de Ale dejó de zumbar y de girar de repente. Sus ojos desorbitados se cerraron a la mitad, volviendo a su estado tranquilo habitual. La sonrisa maniática se desinfló hasta convertirse en su pequeña curva pacífica. Sus brazos elásticos volvieron a su tamaño normal. El fuego se apagó como si le hubieran cortado la corriente, con todos los puestos ya hechos cenizas.

El subidón de azúcar se había agotado. Ale se había quedado sin baterías en pleno vuelo. Como un muñeco de trapo, su cuerpo perdió sustentación y comenzó a caer en caída libre.

—¡CUIDADO! —Tony y Max saltaron al mismo tiempo hacia el punto de impacto.

Pero no hizo falta. Katy, que venía cargando el gigantesco elefante gris de peluche, lo lanzó con todas sus fuerzas hacia donde Ale caía.

Ale aterrizó con un ¡Puff! perfectamente suave sobre la gran barriga del elefante. Su bufanda roja se enrolló alrededor de ella como una manta. Ni siquiera abrió los ojos al tocar el suelo. Estaba profunda y absolutamente dormida, ronroneando casi al mismo nivel que Algodón, quien rápidamente se subió al peluche y se acostó a su lado. Los globos que la seguían perdieron su agarre telequinético y flotaron pacíficamente hasta que Max los agarró de uno por uno.

El silencio se hizo en el grupo, roto solo por los jadeos de Leo, Max y Tony. La multitud alrededor, al ver que la chica ‟voladora” había caído sobre un peluche, rompió en una ronda de conversaciones entre ellos, otros más conversaban sobre todo el desastre que se causó y lo que tardaría en repararse todo, señalando a Ale como la responsable de todo lo ocurrido.

Leo se acercó tambaleándose al elefante de peluche. Miró a Ale dormida, con el rostro hundido en las orejas rosadas del elefante, luciendo tan inocente como un ángel.

—Nunca... —susurró Leo, apoyando la frente contra la tela del peluche—... nunca más le daremos azúcar refinada después de moverse tanto.

Sofi se acercó y le puso una mano compasiva en el hombro.
—Anotado en las variables de contención. Azúcar: amenaza nivel Omega.

Nia bajó la cámara, suspirando de felicidad.
—Chicos... tenemos una película. Una película increíble. Y Ale nos dio el final más épico posible sin romper nada permanente... o bueno, quizás no —Se rascó la cabeza al notar todo lo que ella causó a su pasó, notando los toldos quemados y las pequeñas llamas todavía presentes y que la gente trataba de apagar.

Tony se limpió el sudor de la frente y sonrió, mirando a su extraña y maravillosa familia de inadaptados.
—Bueno. Ahora solo tenemos un pequeño problema... ¿Quién va a cargar a la estrella del caos, al elefante gigante y al gato de vuelta a la casa?

Max levantó la mano débilmente desde el suelo.
—Pido no ser yo. Ya no siento las piernas.

Gran parte de la feria de San Verano seguía funcionando, las luces de muchas atracciones todavía brillaban contra el cielo que se hacía cada vez más oscuro, el paso de Ale había dejado una estela innegable.

Sofi levantó su libreta y empezó a hacer un inventario visual con su bolígrafo, apuntando al caos.
—Daños colaterales estimados. —dictó Sofi con su tono clínico— El motor de la atracción de las Tazas Locas probablemente requerirá una recalibración térmica debido a la fuerza G aplicada. Hemos causado un déficit económico en el vendedor de globos al liberar aproximadamente cincuenta unidades de helio. La lona del circo de pulgas presenta una deformación cóncava no estandarizada en el punto de impacto. Y la máquina de panqueques necesitará una revisión metalúrgica.

Leo se masajeó el puente de la nariz, sintiendo cómo el dolor de cabeza que lo acompañaba desde la tarde amenazaba con convertirse en una migraña completa.

A su alrededor, la gente seguía murmurando. Muchos sentían temor por lo ocurrido, otros trataban de no acercarse a Ale pese a que se había quedado dormida y otros gritaban acerca que debían pagar por arreglar todo el desastre que se produjo, y otros más seguían gritándole a ella y a ellos con tal de que se vayan.

—Supongo que las cosas van a ser así casi siempre con Ale, espero y no sea algo tan frecuente. —suspiró Leo, sacando de su bolsillo la billetera completamente vacía— Escúchame bien, Sofi. No importa cuánto tiempo nos tome. Hablaremos con Katy. Usaremos las ganancias de esa mercancía y de las fotos del gato. Encontraremos la forma de enviar el dinero a la administración de la feria de forma anónima. Repararemos cada motor y pagaremos cada globo. Lo prometo.

Sofi asintió, trazando una línea final en su libreta.
—Me parece una acción moralmente aceptable y logísticamente viable. Me encargaré de redactar la carta anónima con las especificaciones técnicas de las reparaciones necesarias. Aunque sea un gasto que nos tome toda la vida.

Leo asintió, exhausto pero con la conciencia un poco más tranquila. Se giró hacia el resto del grupo. Tony y Max habían formado una especie de camilla humana con los brazos entrelazados, sobre la cual descansaba Ale (envuelta en su bufanda) abrazada al elefante, con Algodón durmiendo a su lado, ambos como unos faraones en sus tronos.

Nia lideraba la marcha de espaldas, grabando la salida casi triunfal, mientras Katy iluminaba el camino con la linterna de su teléfono.

—¡A casa! —susurró Tony, haciendo un esfuerzo para no dejar caer el peso muerto del caos dormido.

—Antes de que pase algo más, por favor —añadió Leo, trotando para ponerse al frente del grupo y guiar la marcha hacia la salida, viendo también cómo el resto de la gente también se iba pero no dejaba de mirarlos con enojo.

Cruzaron el arco de neón de la entrada por última vez esa noche. Dejaron atrás la música, el olor a azúcar tostada y puestos quemados, las luces intermitentes y los juegos desarmados y rotos. La brisa fresca de la noche en la calle normal y silenciosa de la ciudad les dio la bienvenida, y por primera vez en dos días, el grupo entero pudo soltar un suspiro de alivio genuino pese a las quejas de los otros invitados.

Habían sobrevivido al fuego, a la telekinesis, a la elasticidad extrema y al peor enemigo de todos: una sobredosis de azúcar. Tenían el material para su cortometraje, tenían mercancía, tenían un elefante gris y, lo más importante, se tenían los unos a los otros. Mañana, tendrían que lidiar con los daños, la edición de video, y el impredecible despertar de Ale en el laboratorio. Pero por ahora, mientras caminaban bajo las farolas de la calle, solo reinaba la paz.

Al día siguiente, todo se encontraba en total calma, como si lo ocurrido ayer no hubiera pasado. Ale estaba en el patio de juegos sentada en uno de los columpios con la tranquilidad de siempre. Parecía que estaba recordando lo de ayer por lo tranquila que estaba mientras Algodón se revolcaba en el pasto.

—Sabía que te encontraría aquí Ale. —respondió Leo que acaba de llegar al patio— Escucha, lo que pasó ayer fue algo que se salió de nuestras manos, solo te pido que por favor no lo vuelvas a hacer, ¿entendido?

—Ayer fue un gran día. ¿Vistes cómo quedé en la rueda de la fortuna? —respondió Ale sonriendo y levantando la vista para ver a su amigo— Fue divertido haberme subido a todos esos juegos y haber comido tantos dulces, los peluches que me dieron son ahora mis amigos, sobre todo el señor pulpito.

Sí, lo sé, pero entiende que toda esa diversión tuvo sus consecuencias. Ahora tenemos que hacer servicio comunitario para pagar y arreglar los daños que hiciste ayer. —respondió Leo un tanto impaciente sabiendo que ella entendería poco— Solo espero que nuestros ahorros sean suficientes para pagar los daños, no me quiero imaginar la reacción de nuestros padres cuando se enteren.

Ellos también lo hubieran disfrutado. —contestó ella mientras se bajaba del columpio para acariciar a Algodón— Es divertido estar en la feria, y ayer fue un día divertido. ¿Podemos ir otra vez?

¡No! ¡definitivamente no! —gritó casi de inmediato al oír eso— Ya tuvimos suficiente con lo que pasó, y no creo que sea buena idea volver por un tiempo si no queremos que nos vean con mala cara.

Oooouuuu... ¿entonces puedo ir con Katy a vender la mercancía de Algodón? —preguntó mientras tomaba al gato en sus manos y la mascota ronroneaba

Supongo que sí. Ella está haciendo lo posible para sacar el dinero suficiente de todas las reparaciones. —fue la respuesta de Leo luego de respirar profundamente y pensar por unos segundos— Con tu presencia creo se estará más animada que hace un momento.

Al oír esto Ale dejó al gato en el suelo y se estiró par estar a la altura de su amigo con los muchos ánimos de siempre. Su coronita brillaba con normalidad.

¿¡Entonces que estamos esperando!? Tenemos otro día divertido ayudando a Katy con todas sus cosas, ¡andando! —gritó ella antes de salir corriendo a otra parte de la ciudad con Algodón siguiéndole el paso.

Leo se quedó mirando el patio por un momento. Sabía que después de lo ocurrido en la feria tendría que ser más precavido con ella si querían cometer otra locura en un espacio tan lleno de gente, pero por mientras estaba algo relajado al ver que ella estaba decidida a ayudar a Katy con sus ventas para arreglar todo lo que ella hizo.

Solo... solo espero que no vuelva a pasar algo que se salga de control por alguna pequeñez... —fue lo único que pudo decirse a sí mismo antes de seguir a Ale y continuar con su día con normalidad.

The End

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