El Dossier

Por fin, el banner del blog dejó de ser una pequeñez que no dejaba ver bien el inicio del blog. Ahora sí tiene el tamaño adecuado para encajar con todo lo que tiene el blog para ofrecer. No pienso tocar el banner hasta octubre, aunque tenga que cambiar todo el fondo del blog otra vez.

martes, 7 de abril de 2026

¡Estirando esos muslos!

N. Reporte 2041563912

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Para el grupo de amigos, las cosas que ha estado haciendo Ale han sido una enorme variedad de emociones. Estabann entre tener que desenredarla de los cables de un poste, evitar que provocará un incendio por algo absurdo, hasta impedir que reviente un edificio para ver qué pasaba. Son cosas que al final terminaron por ser parte del día a día de todos ellos con una total calma que muchos envidiarían.

Sin embargo, incluso para ellos, los días habían cambiado poco a poco tras conocer a Alejany; pero no era algo para quejarse, al contrario, casi todos estaban de acuerdo con que fue algo bueno que la hayan conocido en el momento más adecuado, o eso es lo que ellos dicen. En fin, las cosas para este grupo de amigos pasaron de ser simples a divertidas con la presencia de ella.

Pero incluso en los días más ‟tranquilos” suelen pasar cosas tan repentinas que uno no suele estar preparado para todo esto. Pero este grupo de amigos ya estaban más que acostumbrados a cualquier cosa que pudiera pasar.

En una tarde cualquiera, Ale iba paseando con Katy en una calle poco transitada y observando los edificios. Su amiga la había llevado a relajarse y distraerse un poco en las calles antes de que pudiera estirarse por toda la cuidad y causara un alboroto.

— El yoga es trendy, ¿sabes? ¡Todo el mundo lo hace! ¡Podríamos incluso sacar una línea de ropa deportiva! ‟Alejany Zen”, ¿te imaginas?

Ale la siguió sin decir una palabra todavía. A veces era bastante fácil dejarse llevar por Katy que intentar entender todo lo que pasaba en su mundo y en su grupo de amigos. Llegaron frente a un gimnasio. En el ventanal podían ver a la gente levantando pesas, corriendo en cintas y sudando la gota gorda. Katy señaló con entusiasmo.

—¡Observa, Ale! Eso es lo que necesitas. Quemar energía de forma segura. ¡Quema el estrés, no la ciudad!

Ale inclinó la cabeza, observando a un hombre que intentaba levantar una mancuerna enorme con la cara roja de esfuerzo.

—Se ve difícil —dijo ella con su sonrisa habitual, sin entender muy bien por qué alguien querría levantar algo pesado para volver a bajarlo.

Katy no se rindió.
—¡No, no es solamente eso! ¡Hay clases de todo! Zumba, Pilates... ¡Yoga! Eso es lo tuyo, Ale. ¡Flexibilidad total!

Pero a mitad de la conversación Ale ya había perdido el interés en el gimnasio. Sus ojos se desviaron hacia un pequeño quiosco de periódicos y revistas en la esquina al otro lado de la carretera. Algo colorido había captado su atención. Caminó hacia allí, con Katy siguiéndola de cerca.

—¡Espera, Ale! ¡Aún no te he contado sobre los leggings de lycra!

Ale se detuvo frente al estante de revistas. Tomó una con una portada brillante que mostraba a una mujer haciendo una pose complicada de yoga, con el título: ‟El poder de la flexibilidad: conecta mente y cuerpo.” Miró la foto. La mujer tenía una pierna detrás de la cabeza y parecía muy tranquila.

—Oh. —dijo Ale, pasando las páginas con curiosidad— Se dobla. Como yo.

Katy llegó a su lado y miró la revista. Sus ojos se iluminaron al llegar su idea otra vez.
—¡Exacto! ¡Yoga! Es perfecto, y te lo dije. Es... estirarse, respirar y no quemar cosas. ¡Podrías ser la mejor instructora del mundo! Bueno, quizás no instructora, pero sí la alumna estrella.

Alejany miró una foto de la ‟Postura del Árbol.”
—Árbol. —repitió— Me gusta.

De repente, dejó la revista y, ahí mismo en la acera, decidió probar. Levantó una pierna y la colocó contra su muslo interno. Hasta ahí, todo normal. Pero luego, su pierna empezó a estirarse hacia arriba, pasando su cabeza y curvándose sobre ella como una rama de caucho, hasta que su pie descansó sobre su propio hombro opuesto.

—Katy, Katy, mira —dijo Ale con su sonrisa tranquila, mientras su cuerpo desafiaba varias leyes de la anatomía— Ahora sí soy un árbol.

La gente que pasaba por la calle se detuvo en seco. Un hombre dejó caer su café. Una señora se ajustó las gafas, incrédula. Katy se puso pálida por un segundo, pero su instinto de publicista se activó al instante. Se paró frente a Ale, bloqueando la vista de los mirones más cercanos, sacó su teléfono y empezó a fingir que hacía algo con él.

—¡Eso es... arte conceptual! —anunció a la pequeña multitud— ¡Performance callejero! ¡Vanguardismo puro! ¡Sigan circulando, por favor! —Luego, susurró a Ale— ¡Ale, baja la pierna! ¡La gente normal no se dobla así! ¡Vamos a comprar la revista y nos vamos a la casa de Sofi, andando!

Alejany bajó la pierna con un boing elástico.
—Pero soy flexible —dijo ella, confundida.

—¡Demasiado flexible! —respondió Katy, empujándola suavemente hacia el camino que las llevaría a casa de su amiga, con la revista bajo el brazo— ¡Vamos, antes de que alguien llame al circo, o a los bomberos, o al gobierno!

Mientras tanto, en la casa de Sofi. Leo, Nia, Sofi, Max y Tony estaban reunidos alrededor de la mesa, mirando un mapa de la ciudad y un termómetro que Sofi había dejado.

—La temperatura no se había elevado en ella el otro día, y hace unas horas tampoco. —dijo Sofi, ajustándose los lentes— Si Ale se estresa o se emociona demasiado, podría haber una combustión espontánea. Necesitamos mantenerla ocupada.

—¿Y dónde están ahora? —preguntó Leo, mirando el reloj.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Max se sobresaltó y tiró una pila de libros. Katy entró jadeando, empujando a una Alejany muy tranquila que ahora intentaba poner su brazo detrás de su espalda... y sacarlo por el otro lado de su cintura.

—¡Trajimos lectura! —anunció Katy, lanzando la revista de yoga sobre la mesa de la sala— Y casi causamos un infarto colectivo en la calle. Ale quiere ser un árbol.

Leo miró la revista, luego a Ale (que ahora tenía el brazo enrollado como una bufanda alrededor de su propio cuello) y suspiró.

—Yoga... —dijo Leo— De acuerdo. Al menos es... pacífico.

Sofi tomó la revista y la analizó críticamente.
—Mmm. Las posturas básicas podrían ayudarla a controlar su elasticidad de forma consciente, en lugar de reactiva. Es una buena hipótesis.

—¡Y yo puedo grabar el tutorial! —exclamó Nia, ya sacando el trípode— ‟Yoga Extremo con Ale: ¡No intenten esto en casa!”

Tony se acercó a Ale y puso sus manos en los hombros de ella (que, por cierto, estaban un poco calientes de la emoción).
—Ale, si vas a hacer esto, tienes que prometernos una cosa: nada de fuego. Solo estiramientos. ¿Hecho?

Alejany miró a Tony, luego a la revista, y finalmente a sus amigos. Su sonrisa se curvó un poco más.
—Hecho. Pero... ¿puedo flotar?

Horas más tarde, el grupo se trasladó a una vieja fábrica abandonada en las afueras de la ciudad. Leo y compañía saltaron y escalaron la barda mientras que Ale simplemente estiró las piernas para cruzar sin problemas. Era el lugar perfecto: paredes gruesas de hormigón, ningún vecino entrometido y espacio suficiente para que Alejany se estirara sin derribar edificios habitados (o al menos, no inmediatamente).

—¡Bien, equipo! —gritó Nia, ajustando el trípode y la iluminación con una lámpara portátil— ¡Estamos en vivo! Bueno, no en vivo, pero grabando para la posteridad. ¡‟Yoga Extremo con Ale: Edición Caos Controlado”! ¡Acción!

En el centro del amplio salón vacío, sobre una colchoneta improvisada que Leo había sacado de su mochila, estaba Alejany. Llevaba su ropa habitual, pero se había cambiado las botas habituales por unas diferentes que llevaba pocas veces. Su corona flotaba serenamente sobre su cabeza, emitiendo un suave brillo que iluminaba el polvo en el aire.

A un lado, Sofi estaba sentada en una caja de madera, con su libreta abierta y un lápiz listo.
—Sujeto A en posición inicial. Temperatura ambiente estable. Probabilidad de incendio: 15%. Probabilidad de enredo físico: 85%.

Max, con la revista de yoga en las manos, se aclaró la garganta y adoptó una pose seria (o lo intentó).

—Muy bien, Ale. Según estas páginas que voy leyendo, la primera postura es... —Max entrecerró los ojos, intentando leer la letra pequeña— ‟El Saludo al Sol”. Tienes que estirar los brazos hacia arriba y respirar profundamente.

Ale asintió con la sonrisa tranquila de siempre.
—Saludo al sol —repitió.

Levantó los brazos. Y siguió levantándolos. Sus extremidades se alargaron como serpientes de goma, subiendo tres, cuatro, cinco metros hacia el techo alto de la fábrica. Sus manos tocaron las vigas oxidadas y se enrollaron alrededor de ellas como enredaderas.

—¡Wow! —exclamó Max, impresionado— ¡Eso es un saludo muy alto! Pero... creo que la revista dice que los pies deben estar en el suelo.

—Están en el suelo —dijo Ale desde abajo, mientras sus brazos colgaban desde el techo como lianas.

Leo se frotó las sienes.
—Ale, el objetivo es relajarse, no convertirse en una hamaca humana. Baja un poco.

—¡No, no! —intervino Katy, sacando su cuaderno de bocetos— ¡Es genial! ¡Podríamos vender esto como ‟Yoga Aéreo Extremo”! ¡La gente pagaría fortunas por colgarse así!

De repente, un ruido metálico resonó en la fábrica. Al estirarse tanto, el brazo derecho de Ale había rozado una vieja tubería suelta en el techo. La tubería, oxidada y precaria, se soltó con un CLANG y comenzó a caer directamente hacia donde estaba Max.

—¡Cuidado! —gritó Tony, lanzándose hacia adelante.

Pero Alejany fue más rápida. O más elástica. Sin soltarse del techo con la mano izquierda, su brazo derecho se estiró aún más, hizo un bucle en el aire y atrapó la tubería al vuelo, justo antes de que golpeara a Max en la cabeza. El impacto hizo que Ale oscilara suavemente, como un péndulo gigante.

—¡Uy! —dijo Ale, mirando la tubería en su mano— Sí que está pesada.

Max, pálido como las paredes de la fábrica, miró hacia arriba.
—G-gracias, Ale.

Nia no dejó de grabar ni un segundo.
—¡Corte! ¡Eso fue increíble! ¡Reflejos elásticos al rescate!

Sofi anotó furiosamente: Sujeto A demuestra capacidad de multitarea elástica bajo presión. Integridad estructural de la fábrica: cuestionable.

Leo suspiró, aliviado pero exhausto.
—Bien, creo que el ‟Saludo al Sol” ya fue suficiente. Max, ¿cuál es la siguiente postura? Algo que no implique el techo, por favor.

Max, que ya había recuperado el color, pasó la página con manos temblorosas.
—Eh... la siguiente es... ‟El Guerrero”. Tienes que... eh... separar las piernas y doblar una rodilla.

Ale bajó sus brazos (que se retrajeron con un sonido similar a un elástico gigante volviendo a su lugar) y miró a Max.
—Guerrero —dijo, y sus ojos brillaron. A ella le gustaban las armas.

De la nada, su enorme guadaña negra y naranja apareció en sus manos, materializándose en un estallido de chispas.

—¡No, no, no! —gritaron Leo y Tony al unísono.

Ale adoptó la postura del guerrero, pero con la guadaña en alto, lista para cortar el aire (y posiblemente alguna columna de soporte). Su sonrisa era ahora un poco más... afilada.

—¡Guerrero listo! —anunció ella alegremente.

—¡Ale, la revista dice ‟Guerrero de Paz”! —gritó Max, agitando la revista— ¡Sin armas! ¡Solo cuerpo!

—Ah —dijo Ale, bajando un poco la guadaña, pero sin soltarla— Pero los guerreros tienen cosas filosas.

Katy aplaudió.
—¡Exacto! ¡Es una metáfora visual! ‟Corta tu estrés con la Guadaña del Yoga”. ¡Es brillante!

Sofi miró el termómetro.
—Temperatura subiendo de nuevo. La emoción del combate simulado está elevando su calor corporal. Chicos, si hace la ‟Postura del Guerrero” con fuego real, esta fábrica va a dejar de estar abandonada para estar incinerada.

—¿Sabes qué? Olvida la revista, Ale. —dijo Leo, dando un paso adelante con las manos levantadas en señal de paz— Hacer la postura de ‟El Guerrero” no significa que tengas que cortar cabezas. Significa... fuerza interior. Y tú tienes mucha de esa. Haz lo que tú sientas que te relaja.

Sofi asintió, cerrando su libreta por un momento.
—Tiene razón. La anatomía humana estándar no se aplica a ti. Seguir un manual diseñado para esqueletos rígidos es ilógico. Experimenta. Busca tu propio centro de gravedad... o inventa uno nuevo.

Max, desde una distancia segura (detrás de una columna), levantó los pulgares.
—¡Tú puedes, Ale! ¡Sé el agua! ¡Sé el chicle! ¡Sé lo que quieras ser, pero sin la cosa filosa!

Alejany parpadeó lentamente. Miró la guadaña en sus manos, luego a sus amigos.
—Mi estilo —repitió suavemente.

Con un encogimiento de hombros, soltó la guadaña. El arma no cayó al suelo; simplemente se disolvió en una nube de humo negro y chispas rojas que se desvanecieron antes de tocar el concreto.

—Bien... —dijo ella. Su sonrisa se volvió plácida de nuevo.

Ale cerró los ojos y respiró hondo.
—Relajación... —murmuró.

Entonces, empezó a moverse. No fue una pose de yoga que apareciera en ningún libro de la Tierra. Fue algo mucho más... fluido.

Primero, sus piernas se estiraron hacia los lados, no en un split normal, sino extendiéndose metros hasta tocar las paredes opuestas de la fábrica. Luego, su torso comenzó a girar de forma circular. Parecía que estaba enrollando una toalla mojada.

Su columna vertebral (si es que tenía una en ese momento) se curvó hacia atrás en un arco imposible, pasando su cabeza por entre sus propias piernas estiradas y saliendo por el otro lado. Sus brazos se alargaron y se entrelazaron alrededor de sus piernas como si estuviera abrazando sus propias piernas en medio de todo este enredo.
—¡Santa ciencia! —exclamó Sofi, volviendo a abrir su libreta y escribiendo a toda velocidad— ¡Está haciendo un nudo gordiano con su propio sistema musculoesquelético! ¡Es fascinante y perturbador a la vez!

—¡Eso es oro puro! —gritó Nia, acercando la cámara— ¡Miren esa flexibilidad! ¡Nadie en Instagram ni Deviantart puede hacer esto! ¡Nadie!

Alejany terminó su ‟pose”. Ahora descansaba tranquilamente a unos centímetros del suelo, casi levitando gracias a su poder, convertida en una especie de figura casi geométrica compleja hecha de brazos, piernas y bufanda, con su cabeza y pecho asomándose tranquilamente por un hueco entre los dos muslos. Su corona se la había quitado Leo durante el movimiento. Se veía increíblemente cómoda.

—Mmm... —dijo Ale desde dentro de su propio nudo— Cómodo. Como un abrazo a mí misma.

Katy sacó su teléfono y tomó una foto con flash.
—¡Lo tengo! ¡El ‟Nudo Alejany”! ¡Podemos vender manuales de instrucciones para desenredarse! No, no, no, mejor, ¡juguetes antiestrés con su forma!

Tony, que había estado conteniendo la respiración, soltó el aire.
—Bueno... al menos no hay fuego. ¿Estás bien, Ale?

—Sí. —respondió ella— Pero falta algo.

Antes de que alguien pudiera preguntar qué, un brazo largo salió disparado desde el nudo hacia Max.

—¡¿Yo?! —chilló Max.

La mano de Ale lo agarró suavemente por la cintura de sus shorts y lo arrastró hacia ella. Max se deslizó por el suelo de la fábrica, agitando los brazos.
—¡Espera, espera! ¡No soy flexible! ¡Mis huesos sí se rompen!

Ale no lo lastimó. Simplemente lo colocó en medio de sus piernas y pechos, de tal modo que él lo usara como si fuera un cojín o un peluche gigante para apoyar su cabeza.

—Almohada —declaró Ale, cerrando los ojos y apoyando la mejilla en el hombro de un aterrorizado (pero ileso) Max.

El grupo se quedó en silencio un momento, mirando la escena: una chica elástica convertida en una escultura viviente, flotando en el aire y su amigo usándola como soporte lumbar.

—Bueno. —dijo Leo, bajando los hombros— Supongo que eso cuenta como relajación.

—Max, no te muevas —advirtió Sofi.

—No... puedo... moverme —susurró Max, con los ojos muy abiertos—. Está muy blandita, pero creo que, si me muevo, me convierto en parte del nudo.

Nia levantó el pulgar hacia la cámara.
—¡Y corte! ¡Sesión de yoga exitosa! ¡Alejany 1, Estrés 0, Max... medio punto por participación!

Alejany suspiró felizmente, y por primera vez en toda la tarde, su temperatura corporal volvió a la normalidad. La crisis había pasado, aunque Max tendría que esperar a que ella decidiera despertar de su siesta para recuperar su libertad.

El ambiente en la fábrica abandonada se había transformado. De la tensión de un posible incendio, se había pasado a una calma extraña, interrumpida solo por el suave zumbido de los ventiladores de Katy y la respiración rítmica de Alejany.

Sofi miró por encima del hombro de Katy, con una ceja levantada detrás de sus lentes rectangulares. La publicista estaba inclinada sobre la preciada libreta de notas científicas, garabateando con un bolígrafo de tinta rosa brillante que había sacado de quién sabe dónde.

—Katy, —dijo Sofi con voz monocorde— te das cuenta de que esa página estaba reservada para calcular el coeficiente de elasticidad de los tendones de Ale, ¿verdad?

—¡Es un boceto conceptual! —respondió Katy sin levantar la vista, trazando una línea curva que atravesaba tres ecuaciones matemáticas— Mira, aquí está Ale en su forma de ‟nudo zen”. El corazón quiere decir que está haciendo todo esto con amor.
Tony se inclinó también, ajustándose la chaqueta de cuero que se había vuelto a poner. Entornó los ojos, tratando de descifrar el dibujo.
—Para ser honesto, —comentó con una media sonrisa— parece más un plato de fideos que ha cobrado vida. Pero tiene espíritu.

—¡Es arte abstracto! —se defendió Katy, cerrando la libreta con satisfacción y dándosela de vuelta a una casi molesta Sofi— La gente no quiere números, Sofi. Quiere sentimientos. Y este garabato grita ‟confort caótico.”

Al otro lado, Nia soplaba suavemente sobre la lente de su cámara y la frotaba con un paño de microfibra.
—El enfoque quedó nítido. —murmuró para sí misma, revisando la pantalla— La luz del atardecer entrando por las ventanas rotas le da un toque dramático. Si editamos esto con música relajante, tendremos millones de visitas. ‟Cómo dormir siendo un pretzel humano. Y sin sal.”

Leo, apoyado contra una columna de hormigón, observaba la escena con los brazos cruzados. Su mente, como siempre, ya estaba en el mañana.
‟Esto funciona”, pensó. ‟Ale está tranquila. No hay fuego. No hay destrucción masiva. Solo... rarezas anatómicas.”

Sacó su teléfono y abrió el calendario del grupo.
—Bien, equipo. —dijo en voz baja, para no despertar a Ale— Creo que hemos encontrado nuestra nueva rutina. Mañana a la misma hora. Traeremos colchonetas de verdad, y tal vez un casco para Max, por si acaso.

En medio del nudo humano flotante, se escuchó un gemido ahogado.
—Chicos... —susurró Max, cuya cara estaba presionada contra el pecho de Ale— Creo que Ale está empezando a babear en mi hombro.

Ale se movió en sueños, apretando un poco más el ‟abrazo”.
—Gatito suave... —murmuró ella, frotando su mejilla contra la camiseta celeste de Max.

Tony soltó una carcajada silenciosa.
—Aguanta, campeón. Es por la ciencia y la seguridad pública. Eres un héroe nacional ahora mismo.

Sofi suspiró, mirando su libreta ‟profanada” por el arte de Katy, y luego al termómetro que marcaba una temperatura deliciosamente normal.
—Supongo que el garabato se queda. —concedió— Al menos documenta el estado final del experimento: éxito total.

El sol terminó de ponerse, dejando al grupo en la penumbra de la fábrica, unidos por el absurdo, el cariño y la eterna vigilancia sobre la chica que soñaba con gatos mientras desafiaba las leyes de la física.

Al otro día, en la misma fábrica y en la misma hora, Max terminaba de desenrollar los tapetes de yoga sobre el suelo polvoriento. Al intentar acomodar el último, pisó el borde, se enredó con sus propios pies y cayó de bruces levantando una nube de polvo.
—¡Estoy bien! —gritó Max desde el suelo, levantando un pulgar adornado con tres pulseras coloridas.

Sofi sacó su libreta, ignorando el polvo. Katy, por su parte, ya había sacado una cámara instantánea (parecida a la de Nia) de su bolso de colores pastel. Y entonces, desde detrás de unas cajas de madera apiladas, salió Alejany. Nia soltó un grito ahogado de emoción y levantó su propia cámara de video.
—¡Pausa todo, Leo! ¡Mira ese look! ¡Grabando, grabando!

Ale caminó hacia los tapetes con su habitual sonrisa tranquila y los ojos indiferentes entreabiertos, pero su atuendo era completamente distinto. Era el mismo traje de látex que se había puesto en el otro día y en el que sus amigos la ayudaron a mejorar su elasticidad. Sus enormes botas gruesas habían sido remplazadas por un par de medias de seda que lucían iguales a ellas.

Ale dio un pequeño giro sobre sus botas, luciendo el traje y sus glúteos. Su expresión silenciosa parecía decir: ‟Llevo meses esperando una excusa para volver a usar esto.”

—¡Es brillante! —chilló Katy, anotando furiosamente en su libreta— ‟Ale Fitness”. ¡Podemos hacer una línea de botellas de agua que no se derritan y bandas elásticas naranjas! ¡Tony, anota eso!

Sofi hizo clic con su bolígrafo.
—Sujeto A en posición. Traje de alta visibilidad confirmado. Tensión inicial en cero. Procede, Leo.

—Muy bien. —dijo Leo, adoptando un tono suave y calmado, levantando los brazos— Empecemos con algo básico para calentar. Inhalamos... y vamos a hacer otra vez la postura del Árbol. Levanten una pierna y apoyen la planta del pie en la parte interna del muslo contrario. Junten las manos en el pecho. Encuentren su centro de equilibrio.

Max, a su lado, lo intentó y empezó a tambalearse violentamente hacia la izquierda. Tony se acercó discretamente para sostenerlo por el hombro antes de que volviera a caer. Leo mantuvo la pose perfectamente y miró hacia Ale para ver cómo lo estaba haciendo.

Ella ladeó la cabeza, observando a Leo. Su cabello rojizo pareció esponjarse y flotar con mayor intensidad, y su permanente sonrisa se ensanchó un poco más de lo habitual.

—¿Árbol? ¿otra vez? —preguntó Ale, mirando el techo alto de la fábrica— Los árboles crecen mucho. Y tienen ramas.

Antes de que Leo pudiera explicarle que era solo una metáfora de equilibrio corporal, Ale decidió tomar la instrucción de manera literal.

Apoyó sus piernas con fuerza en el suelo. De repente, su pierna izquierda se estiró y se enrolló sobre sí misma tres veces, como si fuera una liana de goma. Su torso se alargó dos metros hacia arriba, y sus brazos se dispararon hacia las vigas del techo de la fábrica, dividiéndose y estirándose en ángulos imposibles que imitaban las ramas de un roble viejo. Para completar la imagen, su larga bufanda roja atada a la cintura se desenrolló y empezó a flotar a su alrededor como si fueran hojas movidas por el viento. Su cabeza, con la corona flotante intacta, quedó a cinco metros de altura. Desde allí arriba, Ale miró a sus amigos en el suelo con sus ojos entreabiertos e indiferentes.

—Mírenme. Soy un árbol muy alto. —dijo Ale con su voz calmada y pacífica, su tono resonando con un ligero eco en la fábrica abandonada— ¿Hay pájaros aquí arriba?

El grupo entero se quedó paralizado.

—¡Es fantástico! —gritó Nia desde abajo, ajustando el enfoque de su cámara con las manos temblando de emoción— ¡El encuadre es perfecto! ¡Ale, no te muevas, saluda a la cámara desde el dosel forestal!

Katy ya estaba dibujando en otra libreta a la velocidad del rayo.
—‟Ale-Árbol.” ¡Haremos macetas con su forma! ¡Tony, necesitamos proveedores de cerámica ahora mismo!

Tony miró hacia arriba, rascándose la nuca con una sonrisa de asombro mientras sujeta a Max, quien se había quedado con la boca abierta olvidando por completo mantener su propio equilibrio.
—Bueno, al menos no está prendiendo fuego a nada. —comentó Tony con su típica tranquilidad— Aunque no sé si ese techo aguantará si sigue creciendo.

Sofi, por su parte, estaba en un trance científico puro. Sus lentes reflejaban el traje de Ale. Su bolígrafo se movía tan rápido que casi echaba humo.
—Elasticidad de extremidades superiores igual o más que en las veces anteriores, superior al 400% sin pérdida de masa muscular visible. Capacidad de ramificación ilusoria... Ale, ¿te duele algo al separarte tanto del suelo? —preguntó Sofi en voz alta, anotando cada detalle.

Ale bajó la vista lentamente hacia Sofi. Su torso elástico se balanceó suavemente de un lado a otro.
—No duele, Sofi. —respondió Ale con tranquilidad— Se siente fresco. Y puedo ver un nido de palomas. Tiene polvo. ¿Quieren que lo sople con fuego?

¡No!

Leo, que aún seguía en su tapete, abrió los ojos de golpe y soltó una risa nerviosa, rompiendo finalmente su postura zen.
¡Sin fuego del caos en las vigas del techo, Ale, por favor! —pidió Leo rápidamente, alzando las manos— Baja con cuidado. Creo que la postura del árbol fue demasiado... literal. Intentemos algo más a nivel del suelo.

Ale pareció considerar esto. Su torso y brazos, estirados hasta el límite, se balancearon perezosamente un par de veces, como un globo de helio indeciso. Justo cuando parecía que iba a desenrollarse y volver al suelo (posiblemente cayendo sobre Max, que ya estaba perdiendo el equilibrio de nuevo), Tony dio un paso adelante.

Se ajustó los lentes, se cruzó de brazos y miró hacia arriba con una sonrisa divertida. Sabía cómo funcionaba la mente de Ale mejor que la mayoría. Intentar encasillar el caos en ‟posturas normales” de yoga era una batalla perdida, y Leo se estaba estresando innecesariamente.

—Ale, oye. —llamó Tony, con su voz paciente y sosegada haciendo eco en la fábrica— Deja todo eso el árbol. Leo lo intenta, pero esto es tu yoga. Tú tienes tu propio estilo, ¿no? Haz algo normal... para ti. Como te sientas cómoda, como ayer. No importa lo que digan los libros de posturas.

Nia detuvo su cámara por un segundo, ofendida.
—¡Oye! ¡Yo estaba grabando la fase arbórea! ¡Era oro para las redes!

Sofi, sin embargo, dejó de escribir y miró a Tony con interés.
—Interesante propuesta empírica. —murmuró, asintiendo— Permitir que el sujeto de prueba defina la variable como ayer. Leo, creo que Tony tiene razón. Veamos qué considera Ale ‟su propio estilo de yoga.”

Leo parpadeó, miró a Tony y luego volvió a mirar hacia arriba, donde Ale seguía colgada como una decoración de Halloween espeluznante. Suspiró, derrotado pero curioso.
—Está bien. Haz lo que sientas, Ale. Relajación a tu manera.

La eterna sonrisa de Ale pareció brillar un poco más. Su voz bajó, como si acabaran de revelarle un gran secreto.
—Mi estilo —repitió suavemente, saboreando las palabras.

Al instante, el cuerpo de Ale dejó de ser un árbol. Sus extremidades se retrajeron con un silbido rápido, como ligas gigantes soltándose de golpe. En lugar de caer pesadamente, su elasticidad le permitió rebotar contra una columna de acero, girar en el aire impulsada por su bufanda y aterrizar suavemente sobre su tapete. Todos se quedaron en silencio, expectantes.

Ale cerró sus ojos indiferentes por completo, adoptando una expresión de paz absoluta. Cruzó las piernas en lo que parecía una flor de loto perfecta. Hasta ahí, todo era dolorosamente normal. Pero entonces, Ale sonrió un poco más y empezó a ‟relajarse.”

Su torso comenzó a aplanarse lentamente, como si le estuvieran quitando el aire a un colchón. Sus brazos se estiraron hacia atrás junto a su torso, arrastrándose por debajo de las piernas hasta salir al otro lado, los brazos volvieron a la normalidad cuando terminó. La corona flotante la siguió obedientemente, pero fue tomada por Nia. Ale ahora parecía una figura de goma a medio estirar con una cabeza sonriente asomando en medio de sus piernas.

—¿Ven? Soy tiernamente flexible. dijo Ale, abriendo los ojos y mirando a sus amigos, que ahora estaban a la altura de su nariz— Me siento como un panqueque. Me gusta el yoga. ¿Podemos traer gatos la próxima vez?

Max, que había estado mirando la transformación con los ojos desorbitados, finalmente perdió el equilibrio y cayó de espaldas, derribando tres sillas plegables viejas que nadie había notado.
—¡Yo también quiero ser un panqueque! —gritó desde el suelo, intentando, sin éxito, estirar su brazo más allá de la articulación del codo.

Katy, ajena al ruido de Max, estaba frenética con su libreta.
—¡Ale-Panqueque! ¡Cojines de suelo, mantas de pícnic, alfombrillas de ratón! ¡Tony, necesitamos una patente, ya! ¡Y que las alfombrillas tengan almohadillas!

Sofi observaba la escena fascinada. Se acercó despacio a Ale, midiendo la distancia en todos los lados posibles con una cinta métrica que sacó del bolsillo de su bata.
—Distribución de masa anómala. Mantenimiento del tono de voz a pesar de la compresión traqueal... Ale, ¿tus órganos internos se adaptan al espacio o simplemente se desplazan? —preguntó Sofi, completamente inmersa en su libreta.

Ale, desde el suelo, ladeó su cabeza.
—¿Órganos? —murmuró, sonando pensativa— No sé qué es eso, Sofi. Pero tengo hambre. ¿Alguien guardó barritas de pescado?

Tony soltó una carcajada sincera, negando con la cabeza.
—Creo que encontramos tu postura definitiva, Ale. El ‟Panqueque Hambriento.” O bueno, así te pareces más a un rollo de helado. Sería lo adecuado para el nombre.

Leo, viendo que nadie estaba ardiendo, que la fábrica seguía en pie y que Ale parecía genuinamente relajada y feliz siendo un charco elástico, finalmente dejó caer los hombros y se sentó en su tapete, sonriendo. Había sido un éxito, más o menos.

De pronto, un sonido interrumpió la paz. El sonido no venía de la fábrica en sí, sino de la enorme guadaña de Ale que había aparecido y estaba clavada en el concreto a unos metros de distancia. El corazón invertido en la base del mango palpitó una segunda vez, desprendiendo un fino hilo de humo oscuro, pero la vibración se detuvo casi tan rápido como había empezado.

Ale, aún extendida por el suelo en su impecable y anatómicamente imposible postura del ‟rollo de helado”, observó su arma con los ojos entreabiertos. Su eterna sonrisa no titubeó.

—Ah. —murmuró Ale con su voz suave y cantarina— Falsa alarma. Solo tiene hambre también.

Leo soltó un suspiro de alivio tan profundo que casi le vacía los pulmones. Se pasó una mano por el cabello y se sentó de golpe en su tapete de yoga otra vez.
—Por un segundo pensé que íbamos a tener que salir corriendo. —confesó, frotándose el puente de la nariz— O que habías activado el Fuego del Caos por control remoto.

Sofi, que había estado a punto de medir la longitud de las piernas de Ale, frunció el ceño detrás de sus lentes y se acercó a la guadaña con cautela. Sacó un pequeño termómetro infrarrojo de su bata blanca y apuntó a la hoja negra y roja.

—Fluctuación térmica momentánea. —dictó Sofi en voz alta, anotando rápidamente en su libreta— Posible acumulación de energía residual después de no haber sido utilizada en... —Sofi hizo una pausa y miró a Ale—... ¿tres horas? Ale, ¿es normal que tu herramienta de corte masivo vibre cuando estás relajada?

La cabeza de Ale, que seguía descansando cómodamente en el suelo, ladeó su corona flotante.
—A veces se aburre. —respondió Ale con total tranquilidad— Cortar cosas es divertido. El aire aquí está quieto. No hay chispas.

Nia bajó la cámara de video, decepcionada por la falta de explosiones.
—¿Entonces no hay peligro inminente? Qué aburrido. Pensé que el gran final de ‟Ale Fitness” iba a incluir al menos una demolición controlada del muro este.

Katy, en cambio, no perdió el ritmo.
—¡Guadañas vibradoras de juguete! —anunció, levantando la vista de sus bocetos pastel— ‟El despertador definitivo de Ale”. ¡Te vibra la mesita de noche hasta que te levantas o la rompe por la mitad! ¡Tony, necesitamos motores pequeños! ¡Y que funcionen con baterías AAA!

Tony soltó una carcajada, negando con la cabeza mientras ayudaba a Max a levantarse por tercera vez. Max se sacudió el polvo de los shorts y miró a Ale maravillado.
—Oye, Ale, ¿crees que podrías enseñarme a hacer eso de separar la cabeza? —preguntó Max con entusiasmo, estirando su propio cuello inútilmente— Sería genial para asustar a los repartidores de pizza.

Ale parpadeó lentamente hacia Max.
—Tienes huesos duros, Max. Harían un ruido muy feo si lo intentas. Y no podrás contarlo. —dijo Ale, con una sonrisa pacífica y un tono tan dulce que la advertencia anatómica sonó casi como un cumplido.

Leo dio unas palmadas y se puso de pie, asumiendo su rol de líder y ancla del grupo.
—Muy bien, equipo. Creo que por hoy hemos tenido suficiente relajación experimental. Ale logró canalizar su energía... a su manera. La fábrica sigue entera, nadie está en llamas, y no le debemos dinero a la ciudad por daños a la propiedad pública. Yo lo llamo una victoria absoluta.

Sofi asintió, cerrando su libreta con un chasquido satisfactorio.
—Datos recopilados con éxito. Sujeto A muestra niveles de estrés en cero y una elasticidad corporal sin precedentes como en las veces anteriores. Sugiero concluir la sesión antes de que la guadaña decida aburrirse de nuevo.

Ale pareció estar de acuerdo. En un abrir y cerrar de ojos, con un sonido parecido al de una goma elástica gigante chasqueando, su cuerpo regresó a sus proporciones normales. Pasó de ser un rollo negruzco a estar de pie, sacudiéndose el polvo inexistente de los hilos de su tanga. Su corona flotó de vuelta a su posición habitual sobre su cabeza.

Caminó hacia la columna, agarró el mango de su guadaña y tiró de ella. El concreto de una columna se hizo añicos con un estruendo, levantando una nube de polvo que hizo toser a Max. Ale se echó el arma al hombro como si pesara lo mismo que una escoba.

—¿Vamos por pescado? —preguntó Ale, mirando a Leo con su habitual expresión de indiferencia tranquila.

Leo sonrió, aliviado de que el segundo intento de yoga caótico hubiera terminado sin bajas.
—Sí, Ale. Vamos por pescado. Y tal vez más helado de chocolate.

Mientras el grupo de seis amigos recogía los tapetes y el equipo, con Nia quejándose de la falta de acción final, Katy calculando ganancias imaginarias, y Tony asegurándose de que no dejaran nada atrás, Alejany caminó hacia la salida de la fábrica. La luz anaranjada del atardecer bañaba su silueta caótica e inocente. A su alrededor, la ciudad ordinaria seguía su curso, ignorante de la bomba de tiempo andante que acababa de terminar su sesión de estiramientos.

Por ahora, el caos estaba en pausa. Pero con Ale, sus amigos sabían perfectamente que la pausa nunca duraba demasiado.

En esa misma noche, mientras el resto de la ciudad (y probablemente del grupo) dormía, la habitación de Sofi estaba iluminada únicamente por la luz blanca y fría de una lámpara de escritorio.

Sofi seguía llevando su bata blanca, aunque ahora tenía las mangas arremangadas. Frente a ella, esparcidas sobre un escritorio perfectamente ordenado, estaban las notas de la tarde, un microscopio óptico y un pequeño retazo de tela naranja neón. Ale se lo había arrancado de la sudadera con total indiferencia antes de irse a comer pescado, murmurando algo sobre que le ‟picaba el torso.”

Sofi ajustó sus lentes y miró a través del ocular del microscopio. Suspiró, frotándose la sien.

—No tiene sentido —murmuró para sí misma, separándose del lente.

Tomó el retazo de tela con unas pinzas de precisión y tiró de él con la otra mano. La tela se estiró. Y se estiró. Y siguió estirándose hasta que los brazos de Sofi no dieron más de sí, pero el material no se desgarró, ni sus fibras mostraron la más mínima señal de tensión. Al soltarlo, el retazo volvió a su tamaño original de cinco centímetros cuadrados con un suave snap, sin una sola arruga.

Sofi tomó su bolígrafo y tachó la tercera hipótesis de su libreta.

—No es poliéster. No es elastano. Ni siquiera se comporta como un polímero con memoria de forma. —dictó en voz baja, anotando furiosamente— La estructura molecular parece adaptarse a la energía biológica de Ale. Cuando ella se estira cuatro metros, el traje no solo la acompaña, sino que ignora las leyes de conservación de masa. Es como si la ropa... aprendiera a ser caótica.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en su silla giratoria, mirando el techo. La magnitud de la situación empezaba a pesarle.

Hasta ahora, había documentado las explosiones, el fuego inextinguible y la telequinesis. Pero la biología elástica de Ale y cómo afectaba a su entorno inmediato era un rompecabezas logístico. Si Ale seguía experimentando con su elasticidad o decidiendo convertirse en un ‟rollo dulce” en medio de la calle, su ropa normal eventualmente cedería, o peor, limitaría sus movimientos y causaría un desastre acumulado de energía.

Sofi miró su libreta de gastos. Cientos de bolígrafos derretidos, libretas quemadas, calculadoras aplastadas por la gravedad alterada.

—Estudiar a una fuerza de la naturaleza me va a costar más de lo que esperaba. —se dijo a sí misma, haciendo un cálculo rápido mental Mi presupuesto para equipo de laboratorio ya está en números rojos. No puedo financiar investigaciones textiles avanzadas por mi cuenta.

Entonces, una idea brillante cruzó su mente analítica. Si había alguien en el grupo que entendía de telas, proveedores, diseños y, sobre todo, cómo conseguir cosas rápido, no era Leo ni Tony. Era la chica que llevaba una semana planeando vender bufandas ‟estilo Ale.”

Sofi tomó su teléfono celular y abrió el chat del grupo, seleccionando el contacto de Katy. A pesar de ser las dos de la mañana, sabía que la publicista probablemente seguía despierta diseñando logotipos. Escribió un mensaje rápido y preciso:

‟Katy. Necesito tu ayuda con un proyecto de diseño. El traje de hoy demostró propiedades de elongación anómalas, pero es inestable. Necesitamos confeccionar ropa especial para Ale que se adapte a su elasticidad extrema sin romperse y sin perder su estética (sé que los colores cálidos son importantes para ella). Te paso las medidas base mañana. ¿Crees poder conseguir materiales y prototipos?”

Casi instantáneamente, la pantalla del teléfono se iluminó con la respuesta de Katy.

‟¡SOFI! 🤩 ¡ESTABA ESPERANDO ESTE MOMENTO! ¡Ropa táctica oficial! Tengo un contacto que hace telas deportivas de alta resistencia, y si le mezclamos algo de ese material raro del traje de hoy... ¡Será increíble! Podemos llamarlo ‛Línea Caos-Comfort’. Te veo mañana a primera hora. Llevo muestras de color naranja. 🧡✨”

Sofi esbozó una pequeñísima y rara sonrisa de satisfacción. Apagó la pantalla del teléfono, apagó la lámpara de su escritorio y se quitó los lentes. Al menos el departamento de vestuario y logística estaba cubierto. Ahora solo tenía que preocuparse de qué nueva locura intentarían grabar Nia y Max al día siguiente.

Al día siguiente, el interior de la fábrica abandonada parecía menos un lugar de entrenamiento de yoga y más una pasarela de moda de alto riesgo. El sonido de una goma elástica gigante tensándose al máximo resonó en el lugar.

En el centro del recinto, Ale tenía el brazo derecho estirado unos impresionantes quince metros hacia arriba, sosteniéndose del borde de una viga de acero. Su cuerpo entero colgaba en el aire, balanceándose suavemente de un lado a otro como un péndulo humano.

—¡Es un éxito rotundo! —exclamó Katy, dando saltitos de emoción mientras sostenía una libreta de bocetos contra su pecho— ¡La "Línea Caos-Comfort" funciona!

Sofi, parada a su lado, no dio saltitos, pero una genuina sonrisa de satisfacción cruzó su rostro mientras miraba. Anotó rápidamente en su libreta: Tensión máxima superada. Integridad estructural de las fibras: 100%. Adaptabilidad molecular confirmada.

Ale se dejó caer desde la viga, contrayendo su brazo a la velocidad de la luz y aterrizando con gracia sobre sus inseparables botas pesadas. Su nueva ropa estaba intacta. Ni una sola costura había cedido, ni una sola arruga empañaba el diseño.

El traje era una obra maestra que combinaba la ciencia de Sofi y el sentido comercial de Katy. Consistía en el conocido top de mangas largas y holgadas (tal como a Ale le gustaba) en un naranja vibrante, combinado con una falda oscura plisada y las conocidas medias naranjas con una línea negra. La tela tenía un brillo sutil, casi metálico, pero se veía suave al tacto. Su larga bufanda, ahora hecha del mismo material hiper-elástico, flotaba a su alrededor con una libertad aún mayor. Y, por supuesto, la corona flotante seguía imperturbable sobre su cabeza.

—¡Fabulosa, nena, fabulosa! —gritaba Nia, corriendo en círculos alrededor de Ale con su cámara de video encendida— ¡Dame perfil! ¡Dame peligro! ¡Dame ‟puedo destruir esta fábrica, pero elijo no hacerlo por ahora”! ¡Eso es, la sonrisa pacífica a la cámara! ¡Oro puro!

Ale, complaciendo a su mánager, ladeó la cabeza y levantó una mano, haciendo la señal de la paz con los dedos. Luego, como si fuera lo más normal del mundo, estiró sus piernas mientras las separaba con una flexibilidad interesante, haciendo una especie de split mientras estiraba los brazos y el torso. Las mangas del top naranja se adaptaron perfectamente, estirándose perfectamente sin molestar sus manos.

El resto del grupo observaba desde las gradas improvisadas de cajas de madera, absolutamente maravillados.
Max tenía las manos apoyadas en las mejillas, con los ojos brillando de asombro.
—¡Wow! —dijo, haciendo tintinear las pulseras de sus muñecas— Katy, Sofi... ¿Creen que puedan hacerme unos shorts así? Ayer se me rompieron cuando me caí sobre las sillas.

Tony, con su chaqueta apoyada en el hombro y sus lentes rectangulares brillando con la luz del sol que entraba por las ventanas rotas, soltó una carcajada y le dio una palmada amistosa a Max en la espalda.
—Creo que tu problema es la gravedad, Max, no la tela. Pero hay que admitirlo, chicas, hicieron magia en menos de doce horas. Es increíble.

Leo, que siempre tenía la seguridad del grupo en mente, se acercó cruzado de brazos y asintió con aprobación.
—El diseño es genial, Katy. Pero mi pregunta principal para el departamento de ciencias es... —miró a Sofi— ¿Es resistente al fuego? Ya saben, por si a Ale le da por usar el Fuego del Caos cerca del dobladillo.

Sofi se ajustó los lentes, levantando la vista de su libreta.
—El material base fue tratado térmicamente durante la noche con un recubrimiento ignífugo derivado de las muestras de energía de Ale. Técnicamente, podría bañarse en lava y la ropa solo saldría un poco tibia.

Katy sacó una réplica en miniatura del nuevo traje de su bolso pastel.
—¡Y la versión para el público general será de algodón transpirable! Obviamente sin las propiedades mágicas, pero con la misma etiqueta de ‟Ale Oficial”. ¡Seremos ricos!

Ale, ignorando por completo la charla sobre negocios, resistencia térmica y física cuántica, caminó hacia su inmensa guadaña. La levantó con una sola mano, haciéndola girar en el aire como si fuera un bastón de animadora, antes de apoyarla sobre su hombro. Miró su nueva manga naranja, tiró un poco de ella, viendo cómo se estiraba un metro antes de volver a pegarse a su muñeca, y su permanente sonrisa pareció brillar aún más.

—Es suave. —dijo Ale con su voz tranquila y cantarina, cerrando los ojos con satisfacción— Ya no me pica el torso. Y tiene espacio para guardar dulces.

Metió la mano en un bolsillo invisible que Katy había diseñado en la falda y sacó, por arte de magia, una paleta de caramelo. Le quitó la envoltura y se la llevó a la boca.

—Misterio resuelto, equipo. —dijo Tony, sonriendo de oreja a oreja— El caos ahora tiene bolsillos funcionales. Estamos oficialmente listos para lo que sea.

Con Ale felizmente comiendo su paleta, Nia grabando cada detalle para un ‟detrás de cámaras”, Sofi archivando los resultados del experimento textil, Katy contando ganancias imaginarias, Max tropezando de nuevo con un tapete olvidado, y Leo y Tony compartiendo una mirada de alivio... el grupo estaba en perfecta y caótica armonía.

El día apenas comenzaba, y con su nueva ‟Línea Caos-Comfort”, Alejany estaba más que lista para la próxima aventura.

The End

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