N. Reporte 2026300812
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30 de agosto
El sol de la mañana irrumpió con fuerza por la ventana de la habitación de Leo. A diferencia de días anteriores, Leo no tuvo que despertar a Ale ni buscarla por toda la habitación. Cuando abrió los ojos y empezaba a levantarse vio que Ale ya estaba de pie en un escritorio, viendo un calendario mientras señalaba un día en específico. Su corona brillaba casi con intensidad, como si de un pequeño sol naranja y rojo se tratara, irradiando felicidad pura.
—¡Es hoy, es hoy, es hoy! —canturreaba Ale en un tono agudo y musical—. ¡Hoy es el gran día! ¡Hoy es mi fiesta!
Leo se restregó los ojos, sonriendo a pesar del sueño.
—Buenos días a ti también, cumpleañera. Baja un poco la voz, que vas a despertar a toda la calle.
Ale se quedó en silencio entonces, pero su sonrisa era tan grande que casi se le salía del rostro. Ambos se alistaron rápidamente y bajaron a la cocina.
El aroma que los recibió era glorioso. Los padres de Leo estaban de pie junto a la estufa, con delantales puestos. Sobre la mesa del comedor, en lugar del desayuno habitual, había una pila enorme de panqueques, decorados con fresas frescas, crema batida, y una vela pequeña encendida en el centro.
—¡Feliz cumpleaños, Ale! —gritaron los padres de Leo al unísono en cuanto la vieron cruzar el umbral.
La madre de Leo se acercó rápidamente y le dio un abrazo cálido. Ale, aunque no solía iniciar el contacto físico, se dejó abrazar, sus brazos envolvieron suavemente la cintura de la mujer.
—¡Felicidades, jovencita! —añadió el padre de Leo, apagando la estufa y acercándose con un plato lleno de fruta picada—. Creíamos que merecías empezar tu gran día con algo especial. Sabemos que la fiesta oficial es en la tarde, pero queríamos celebrarte en casa también.
Ale caminó hasta la silla, mirando la pequeña vela encendida sobre la montaña de crema batida. Sus ojos brillaban.
—Gracias. Huelen a nubes calientes, me encantan.
Leo se sentó a su lado, sintiéndose agradecido por sus padres. A pesar de no saber absolutamente nada sobre los poderes destructivos de Ale, la trataban con el mismo cariño que le daban a él. Ale sopló la vela (afortunadamente, con un soplido normal y no telequinético) y tomó su tenedor.
—Pronto habrá una gran fiesta —les contó Ale a los adultos, masticando felizmente—. Leo y Tony buscaron un lugar. Y Katy tiene luces. Y Nia va a grabar con su cámara. Y ustedes hicieron la comida grande. Todos ayudaron a preparar todo.
La madre de Leo se sentó frente a ella, apoyando el mentón en las manos, mirándola con ternura.
—Por supuesto que ayudamos, cielo. Todo fue para que te sintieras contenta en este día. Ver esa sonrisa tuya es recompensa suficiente para nosotros.
Ale ladeó la cabeza.
—Mi sonrisa no cambia mucho. Pero por dentro, estoy rebotando como si fuera una pelota.
Leo se terminó su café y miró el reloj de la pared. Las 10:30 a.m.
—Mamá, papá —dijo Leo, limpiándose la boca con una servilleta—. Muchas gracias por el desayuno. Todo el grupo se reunirá en el terreno de la fiesta al mediodía para empezar a montar las cosas. ¿Ustedes llevarán la comida allá a las tres de la tarde, verdad?
—Ya habíamos hablado de eso, hijo, puntuales como un reloj, hijo —confirmó su padre—. El pastel ya está en la nevera de la pastelería, lo pedimos el día de antier, y lo recogeremos de camino.
—Perfecto. Porque antes de ir al terreno, Ale y yo tenemos una pequeña parada técnica. Una sorpresa que el grupo le preparó.
Ale dejó de comer.
—¿Sorpresa? ¿Antes de la fiesta?
Leo asintió con una sonrisa un poco nerviosa, sintiendo la adrenalina matutina en la sangre.
—Sí, estrella del caos. Termina tu desayuno. Nos vamos a ver un espectáculo único en la vida. Algo muy, muy fuerte.
El terreno baldío que habían encontrado era perfecto. Rodeado por muros altos de concreto gris llenos de grafiti y ubicado a las afueras de la ciudad, el espacio ofrecía exactamente lo que Leo y compañía necesitaban: privacidad absoluta y cero objetos frágiles a kilómetros a la redonda. El suelo estaba cubierto de hierba seca, tierra y escombros menores.
Al cruzar la pequeña puerta metálica en el muro perimetral, la mandíbula de Leo se aflojó. Ale, a su lado, abrió sus ojos tranquilos de par en par. El terreno baldío ya no era un basurero industrial.
El lugar había sido transformado de la noche a la mañana en un festival de luces, colores y caos contenido. Decenas de globos de helio, predominantemente naranjas, rojos y dorados, flotaban amarrados a pequeños pesos por todo el césped seco. Tiras de serpentinas holográficas cruzaban de un muro a otro, reflejando el sol de la mañana como arcoíris metálicos. En el centro del terreno, dominando el espacio, había un inmenso trampolín negro con red de seguridad.
Y el grupo entero estaba trabajando a un ritmo frenético. Nia estaba subida a una escalera plegable, pegando tiras de luces LED a lo largo del muro de concreto, mientras Sofi, desde abajo, usaba una cinta métrica para asegurarse de que la distancia entre cada foco fuera matemáticamente equidistante.
—¡No, Nia, el cable naranja va a la izquierda! ¡La saturación lumínica quedará desequilibrada! —dictaba Sofi.
A unos metros de distancia, Tony, sin su chaqueta de cuero y con las mangas arremangadas, estaba acomodando una montaña de paquetes coloridos sobre una larga mesa plegable cubierta con un mantel rojo. Algunas cajas formaban lo que parecía ser un altar de regalos.
Max acababa de cruzar la puerta de entrada corriendo, sudando, con una mochila vacía a la espalda.
—¡Invitaciones VIP entregadas! —gritó Max, respirando entrecortadamente—. ¡Nuestros padres vendrán pronto y el señor de las paletas dijo que traerá el carrito entero!
Katy, que estaba organizando bandejas vacías, platos de unicel y vasos en otra mesa cerca de la zona designada para la comida, levantó la vista al escucharlo.
—¡Excelente, Max!
Sofi se giró al notar la presencia de Leo y Ale en la entrada. Se ajustó la bata blanca, que hoy estaba un poco sucia de polvo y césped, y caminó hacia ellos con su libreta.
—Están aquí —dijo Sofi, asintiendo a modo de saludo—. Les tomó un 20% más de tiempo de lo proyectado por el tráfico matutino, pero están dentro del margen de error. Leo, nos tomó casi toda la madrugada y mañana arreglar el terreno para la fiesta y traer todo el equipo pesado y decoraciones desde nuestras casas y el laboratorio.
Nia bajó de la escalera y corrió hacia Ale, con la cámara apagada colgando del cuello, luciendo agotada pero radiante.
—¡Sorpresa, reina del caos! ¡Tu set de grabación personal está listo!
Ale no dijo nada al principio. Caminó lentamente hacia el centro del terreno. Miró los globos naranjas que bailaban con el viento. Miró las luces que Nia estaba colgando. Miró la mesa llena de regalos que Tony ordenaba, y el gran trampolín. Miró a sus amigos, que estaban llenos de polvo, sudor y cansancio por haber trabajado toda la noche y la mañana solo para ella. El brillo en los ojos de Ale se intensificó. Su corona flotante comenzó a brillar rápidamente, no por hiperactividad ni azúcar, sino por una emoción pura y abrumadora. De repente, su bufanda roja se desenrolló de su cuello. Como si fueran largos tentáculos cálidos y suaves, la tela roja se extendió en todas direcciones. Un extremo se envolvió alrededor de la cintura de Leo, otro alrededor de Tony, otro alcanzó a Max, a Nia, a Katy y a Sofi.
Con un suave tirón simultáneo, la bufanda atrajo a los seis humanos hacia el centro del terreno, reuniéndolos alrededor de ella en un abrazo grupal masivo. Ale los rodeó con sus propios brazos (estirados solo un poco para abarcarlos a todos) y escondió su rostro en el centro del abrazo, riendo suavemente.
—Es el mejor lugar de todos —dijo Ale, con la voz ligeramente ahogada por las camisas y chaquetas de sus amigos—. Todos ustedes... trabajaron mucho para mis luces y mis colores. Gracias. Gracias a mi familia.
Tony le devolvió el abrazo, sonriendo ampliamente.
—Todo por nuestra chica mágica, Ale. Te mereces esto y más.
Max, aplastado entre Leo y Katy, soltó una carcajada.
—¡Ay, nos asfixias de amor, Ale! ¡De nada!
Sofi, que normalmente detestaba el contacto físico, se quedó quieta, aceptando el abrazo de la bufanda con una pequeña sonrisa oculta tras sus lentes.
—El índice de gratitud es proporcional al esfuerzo invertido. Hipótesis confirmada.
Tras unos segundos, Ale soltó la tensión elástica. El grupo se separó, riendo y sacudiéndose el polvo.
Leo se acercó a Tony, con el ceño fruncido pero aún sonriendo.
—Todo esto está increíble, Tony, de verdad. Pero... Tony, ¿cuál era la sorpresa para Ale?
Tony señaló hacia el centro del terreno, más allá del trampolín, donde había una pila enorme de cajas de cartón y madera apiladas estratégicamente, conectadas por cables que Sofi había estado supervisando.
—¿Ven las cajas que están allá? Sofi calculó la onda expansiva y la acústica del terreno —explicó Tony, con una sonrisa pícara—. Y yo invertí el resto de mis ahorros en fuegos artificiales de grado comercial y detonadores de humo de colores. Pensábamos llevarla ver la demolición de un edificio cercano, pero luego de pensarlo un poco nos dijimos, ¿Por qué ver a extraños hacer una explosión controlada... cuando nosotros podemos hacer nuestra propia explosión controlada y privada para inaugurar la fiesta?
Leo miró la pila de cajas conectadas, luego miró a sus amigos (que asintieron uno por uno, sonriendo), y finalmente miró a Ale, que lo observaba con esa expectación contenida que le temblaba en las puntas de los dedos. Respiró hondo. Todos los días habían sido reglas: no explotes esto, no estires aquello, cuidado con el fuego. Pero hoy no era un día cualquiera.
—Está bien, Ale —dijo Leo, dando un paso atrás y abriendo los brazos hacia el terreno baldío, entregándole el escenario—. Es tu día. Los muros son altos, nadie puede vernos, y este lugar es tuyo. Puedes hacer todo lo que desees con tus poderes. Sin reglas. Sin sutileza.
Leo sonrió con complicidad.
—Sé tú misma.
Ale se quedó inmóvil por un segundo, procesando el permiso absoluto. Luego, su sonrisa se transformó. Ya no era la pequeña curva pacífica de siempre: era una sonrisa amplia, radiante, libre.
—Gracias, Leo —susurró.
Ale caminó hacia el centro del terreno. Se remangó sus enormes mangas naranjas. Y entonces, elevó ambas manos frente a ella, como una directora de orquesta subiendo al podio antes de la sinfonía. El aire del terreno empezó a vibrar.
—Todos atrás de la línea de Sofi —ordenó Tony, y el grupo se refugió tras una marca de cal en el suelo, con Nia ya grabando con ambas manos firmes.
Ale hizo el primer movimiento: un gesto suave hacia arriba con la mano derecha.
La pila de cajas de cartón se despegó del suelo. No cayeron ni se tambalearon: ascendieron flotando con elegancia imposible, girando lentamente, subiendo diez, veinte, treinta metros hacia el cielo del mediodía, hasta convertirse en pequeñas siluetas suspendidas sobre el terreno baldío. Los fuegos artificiales de Tony dentro de ellas arrastraban los cables de detonación como cintas de un ramo gigante.
Ale levantó la vista. Su bufanda roja se elevó flotando a sus espaldas como las alas de un director de orquesta caótico. Su corona dorada giró una vez, majestuosa.
Y comenzó la sinfonía. Con un movimiento de muñeca de la mano izquierda, la primera caja estalló en una explosión de chispas doradas que llovieron lentamente sobre el terreno. ¡PUM! Ale inclinó la cabeza al ritmo del estruendo, como siguiendo un compás.
—¡Ooooh! —gritó Max, con los ojos reflejando las luces.
La mano derecha de Ale dibujó un arco en el aire, y tres cajas más explotaron en secuencia —¡PUM, PUM, PUM!— liberando columnas de humo de colores: rosado, naranja y violeta, que se entrelazaron en espirales ascendentes. Ale giró las palmas y el humo respondió, retorciéndose en figuras danzantes contra el cielo.
—¡Está dirigiendo las explosiones! —exclamó Nia, sin apartar la cámara, con lágrimas de emoción artística en los ojos—. ¡Es literalmente una orquesta del caos! ¡Ale, eres un genio!
Ale elevó el ritmo. Sus brazos se movían con gracia fluida, cada gesto una detonación, cada detonación una nota. Caja tras caja florecía en el cielo en pétalos de luz. Con un dedo hizo estallar una caja en chispas verdes; con un giro completo de su muñeca, otra estalló en una corona de fuegos azules que se abrió como una flor gigante.
Sofi tenía la boca ligeramente abierta, la libreta colgando olvidada de su mano.
—Está sincronizando veinticuatro detonaciones independientes con precisión milimétrica... —murmuró—. Es la exhibición de control telequinético más avanzada que he registrado. Y la está usando para hacer arte.
Katy tomaba fotos sin parar, riendo.
—¡La portada! ¡Esta es la portada del póster del cumpleaños!
Para el gran final, Ale juntó ambas manos frente a su pecho y luego las abrió hacia el cielo en un gesto expansivo, como quien abraza al mundo entero.
Las últimas seis cajas estallaron simultáneamente en una explosión monumental de fuego rosado —su fuego, el fuego del caos, controlado a la perfección— que formó en el aire una figura enorme y luminosa: una corona flotante coronando el cielo, con un corazón en medio de la corona, igual que la corona que siempre lleva en su cabeza.
El eco del último ¡PUM! rodó entre los muros de concreto y se perdió en la distancia.
Las chispas doradas caían lentamente como lluvia de estrellas alrededor de Ale, que bajó los brazos con suavidad y se giró hacia sus amigos. Su rostro estaba iluminado por el resplandor descendente, con la sonrisa más feliz que le habían visto jamás.
—Eso fue... —Leo buscó palabras, con el corazón latiéndole fuerte por la emoción y no por el miedo—. Eso fue hermoso, Ale. Literalmente hermoso.
—¿Lo vieron? —preguntó Ale, caminando hacia ellos entre la lluvia de chispas—. Las explosiones también pueden bailar. Solo hay que pedirles permiso con las manos.
Tony se rió, sacudiendo la cabeza con admiración.
—Feliz cumpleaños, reina del caos. Nadie en la historia de los cumpleaños ha inaugurado su fiesta con una sinfonía pirotécnica telequinética.
Ale volvió a abrazarlos por unos segundos más, y Algodón, que había observado todo desde lo alto del muro, bajó de un salto para restregarse contra sus botas.
—Ya pueden venir los invitados —declaró Ale, con la corona girando triunfal—. La fiesta ya tiene magia.
El cumpleaños había empezado oficialmente en cuanto se abrió la gran puerta metálica del terreno. Los padres de Leo fueron los primeros en llegar, cargando cajas de pizza, grandes tazones con ensalada, bolsas de hielo y una inmensa caja de pastelería que requirió de ambos para transportarla. Al entrar y ver las luces, el trampolín y a su hijo sano y salvo junto a Ale, sonrieron aliviados.
—¡Ale, cariño, feliz cumpleaños! —dijo la madre de Leo, abrazándola por segunda vez en el día—. El lugar quedó espectacular. Parece un salón de eventos de verdad en lugar de un cuchitril.
Poco después, el resto de los invitados llegaron de uno por uno. Llegaron los padres de Max, Nia, Katy, Tony y Sofi. Todos traían pequeños obsequios, comida casera y sonrisas de felicitación para la peculiar amiga de sus hijos. Incluso entre los invitados estaba el señor Noe, un conocido vendedor de paletas de la calle, llegó empujando heroicamente su carrito de paletas heladas por la rampa de concreto.
—¡Dije que vendría y aquí estoy! —anunció el señor Noe, limpiándose el sudor—. ¡Paletas gratis para la cumpleañera y sus amigos!
La música sonaba a través de los parlantes que Tony había instalado en las esquinas del terreno. La tarde se convirtió en un banquete comunitario bajo el sol de agosto. Max, que había encontrado un pequeño moño negro en la caja de utilería, se la había puesto al cuello y había asumido el rol de mesero principal con entusiasmo exagerado, casi caricaturesco. Trotaba de mesa en mesa balanceando bandejas de unicel.
—¡Pizza de pepperoni para la mesa tres! —anunciaba Max—. ¡Ensalada sin aderezo para la jefa Sofi! ¡Y una ración de atún premium para la mesa de Algodón y sus peluditos amigos!
Los gatos de Ale no eran simples espectadores; eran parte fundamental de la decoración interactiva. Estaban por todas partes: durmiendo sobre el techo del carrito de paletas, jugando con los cordones de los zapatos de los invitados, o acurrucados en el regazo de los adultos.
La madre de Nia, acariciando a un pequeño atigrado naranja, miró a su hija.
—Nia, este gatito tiene los mismos colores que el filtro que usaste en tu último video. Creo que me lo llevaré a casa. Necesitamos un asistente de dirección peludo.
El padre de Katy, desde otra mesa, asintió vigorosamente.
—Y yo me llevaré a esta gatita negra. Con un collar holográfico se vería genial en el escaparate de la tienda.
Nia, que estaba sentada en el suelo con el bloc de notas, anotaba febrilmente.
—Paletas heladas del señor Noe: textura fría y excelente. Pizza casera: 9/10, un poco quemada en los bordes pero añade carácter. —Nia hablaba sola mientras masticaba—. La estética felina está fomentando la adopción espontánea. Evento logísticamente perfecto.
Katy, que iba de aquí para allá con su cámara, pasaba repartiendo fotos a las familias.
—¡Foto de recuerdo gratis hoy, a cinco dólares a partir de mañana! —bromeaba Katy—. ¡Click! ¡Ahora vean a Max intentando hacer malabares con las paletas!
En la cabecera de la gran mesa larga estaba sentada Ale, con la normalidad de siempre, balanceando los pies. Su bufanda roja descansaba en el respaldo de una silla que estaba a su lado. Su plato estaba lleno de pizza, gomitas y una paleta que ya estaba por derretirse. De vez en cuando alguien se acercaba para darle un abrazo, ofrecerle más comida o simplemente charlar.
Leo observaba todo desde el otro extremo de la mesa. Miró a los gatos subirse a los regazos de los adultos mientras recibían caricias por parte de ellos, a Max resbalando con una cáscara de plátano (para deleite de Ale), a Tony conversando con el señor Noe, a Sofi calculando la distribución del hielo. Habían convertido un cumpleaños en el que temían que fuera una catástrofe mundial a ser la fiesta de barrio más entrañable del año.
Ale se levantó de pronto y caminó hacia Leo. Llevaba dos paletas en la mano. Le tendió una de color azul.
—Toma, Leo. Es de tu color favorito —dijo Ale, su sonrisa más suave y sincera que nunca.
Leo tomó la paleta, sorprendido de que ella lo recordara.
—Gracias, Ale. ¿Te estás divirtiendo? ¿La comida está bien?
Ale asintió enérgicamente.
—La comida es muy buena. Max es un mesero gracioso porque se cae. Y las personas grandes son amables. Los gatos están más felices que antes porque se van a ir a casas con ventanas. Es el mejor cumpleaños del mundo, Leo.
—Aún falta lo mejor, reina del caos —le prometió Leo, señalando hacia el cielo, que empezaba a oscurecer—. En un rato abriremos los regalos. Y luego cortaremos el pastel.
A medida que se acercaba la noche, las luces LED de colores que Nia y Sofi habían colgado a lo largo de los muros cobraron vida, bañando el espacio en un resplandor cálido y festivo. Los invitados se reunieron alrededor de la mesa principal.
En el centro de la mesa descansaba la reina de la comida de toda la fiesta: un enorme pastel de chocolate de tres pisos, cubierto con un glaseado oscuro y brillante. Estaba decorado con decenas de chispas de colores anaranjado fosforescente que simulaban su Fuego del Caos. En la cima, coronando el pastel, había una perfecta figura de mazapán de Algodón usando una pequeña capa de vampiro. Las velas parpadeaban sobre el chocolate y las chispas de colores.
Todos comenzaron a cantar las mañanitas. Ale estaba de pie frente al pastel, con los ojos reflejando la luz de las velas, maravillada. Cuando la canción terminó, en medio de los aplausos, Ale cerró los ojos por un segundo, tomó aire y sopló. Las velas se apagaron limpiamente, desatando una ovación de los invitados.
—¡A cortar el pastel! —anunció el padre de Leo, buscando un cuchillo largo.
Ale, con una sonrisa pícara y sus ojos ya abiertos, llevó la mano a su espalda.
—Yo quiero cortarlo. Déjenmelo a mí.
Con un rápido movimiento, la inmensa guadaña roja y negra se materializó en sus manos. Los padres de los chicos dieron un paso atrás, sorprendidos por el enorme y amenazante ‟accesorio.”
Leo saltó al frente de inmediato, agitando las manos frenéticamente y riendo con un nerviosismo que casi le parte la voz.
—¡Jajaja! ¡Qué graciosa eres, Ale! ¡Qué gran chiste! ¡Usar tu... utilería gigante para el pastel! Muy teatral. Pero creo que usaremos un cuchillo de cocina normal. Es más higiénico, ya sabes, por el... polvo.
Ale bajó la guadaña lentamente, parpadeando.
—Era un chiste —repitió Ale, asintiendo como si lo hubiera planeado—. Soy muy graciosa. Usaremos el cuchillo pequeño de metal aburrido.
Leo soltó un suspiro de alivio tan profundo que casi apaga las velas de nuevo, mientras le pasaba el cuchillo a Ale para que hiciera el primer corte (guiando su mano para evitar que partiera la mesa por la mitad).
El pastel fue un triunfo absoluto. El chocolate era denso y húmedo, y las chispas crujían deliciosamente. Los invitados comieron en silencio durante los primeros minutos, fascinados por el sabor.
—Esto es mejor que cualquier pastel de bodas que haya probado —comentó la madre de Katy, repitiendo porción.
Tras devorar el pastel, llegó la hora de los regalos. Ale fue guiada hacia la mesa cubierta de tela roja, donde se apilaba la montaña de cajas coloridas. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, con un gato siamés a su lado ayudando a morder el papel de regalo y uno manchado jugaba con los listones.
Nia, cámara en mano, encuadró el rostro de Ale.
—¡Primera reacción a los regalos en tres, dos, uno, acción!
El primer paquete que Ale abrió fue el de los padres de Leo. Era un álbum de fotos con una hermosa cubierta de cuero naranja oscuro, vacío, esperando llenarse de recuerdos.
—Para tu nueva vida aquí, Ale —dijo la madre de Leo.
Ale pasó la mano por el cuero y sonrió. —Lo llenaré con las fotos que me vende Katy.
El siguiente fue el regalo de Leo. Rompió el papel rápidamente y se encontró con una inmensa caja de Legos de 5.000 piezas. Ale miró el dibujo de un castillo medieval en la portada y luego las miles de pequeñas piezas plásticas a través de la ventana de la caja.
—Bloques de colores pequeños —dijo Ale, fascinada—. Puedo construir paredes para que los gatos duerman. Y luego puedo desarmarlas. Muchas gracias, Leo.
Luego abrió el regalo conjunto de Sofi y Tony. Cuando rompió el envoltorio y encontró unos extraños aparatos negros, ladeó la cabeza. Tony se acercó, enchufó uno de los proyectores a una extensión y apagó las luces cercanas. Inmediatamente, el muro de concreto detrás de Ale se llenó de un cielo estrellado y nebulosas en movimiento, mientras una lámpara de plasma de cristal en la mesa reaccionaba al tacto, disparando rayos púrpuras hacia los dedos de Ale.
Ale tocó la esfera de plasma. Sus ojos brillaron.
—Luz que hace cosquillas. Estrellas en la pared. Es como magia, pero de la que hace Sofi. Me encanta.
Finalmente, llegó el turno del gran paquete cuadrado que se movía un poco. Ale rasgó el papel rojo y sacó un enorme Loro de Peluche. El peluche era chillón, exagerado, con plumas amarillas y azules claros, y tenía un botón en el ala.
Ale abrazó al loro, hundiendo su rostro en las plumas falsas.
—Es muy grande. Y muy colorido. Se llamará Señor Plumas —dijo Ale.
Katy, que estaba tomando fotos de cada apertura (¡Click, click, click!), gritó:
—¡Presiónale el ala izquierda, Ale!
Ale apretó el botón oculto en el ala del peluche. Un mecanismo de grabación de voz barato y distorsionado, oculto dentro del loro, reprodujo una grabación, cuya voz era inconfundiblemente la de Max. El loro abrió el pico de plástico y graznó con la voz distorsionada de Max:
«¡PREPÁRATE PARA MI LLEGADA, GUSANO! ¡EL CAOS NO SE CREA NI SE DESTRUYE, SOLO SE TRANSFORMA EN MI VOLUNTAD!»
Ale soltó una carcajada cristalina y genuina, una risa que pocas veces se le escuchaba.
—¡Dijo mi frase de villana! ¡Dijo mi frase! —celebró Ale, apretando el botón otra vez para que el loro volviera a amenazar al público.
Los invitados aplaudieron, riendo ante lo ridículo del peluche parlante. Ale miró a todos sus amigos —a Leo, Tony, Max, Sofi, Nia y Katy— y a sus respectivas familias. Sus ojos tranquilos ya no estaban a medio cerrar; estaban abiertos, llenos de vida y de agradecimiento.
—Son los mejores regalos del mundo —anunció Ale en voz alta, abrazando al loro con una mano y tocando la esfera de plasma con la otra—. Y ustedes son las mejores personas.
Nia bajó la cámara, con una sonrisa de satisfacción total.
—Y corten. Ese es un final de película, señores.
La fiesta fluía con una energía cálida y relajada. Los padres charlaban en mesas apartadas, el resto de los amigos revisaban por segunda vez los regalos, y los gatos inspeccionaban las cajas de los regalos vacías. Leo aprovechó que Ale estaba sentada a solas en el borde del gran trampolín, abrazando a su nuevo loro de peluche y mirando cómo el proyector de galaxias de Tony teñía el muro de concreto de colores violetas y azules. Se sentó a su lado, dejando que sus piernas colgaran por el borde del trampolín. La música seguía sonando, pero a un volumen más bajo.
—Oye, Ale —empezó Leo, su voz suave, cargada de una sinceridad que rara vez dejaba ver bajo su capa de estrés protector.
Ale giró la cabeza. Su corona flotante tintineó suavemente. —¿Sí, Leo?
—Creo que me falta preguntarte una cosa... o más bien me faltaba decirte algo desde la primera vez que te vi. —Leo se frotó las manos sobre las rodillas, mirando hacia las luces de la fiesta—. Estaba pensando... ya han pasado cinco años. Cinco años desde que te encontramos. Desde que mi vida se volvió... bueno, una locura constante.
Ale parpadeó, escuchando atentamente.
—Han sido cinco años de esconder explosiones, de inventar excusas para brazos elásticos y de huir de ferias y terrenos baldíos —continuó Leo, soltando una pequeña risa cansada pero genuina—. Y aunque me pasé casi toda esta semana al borde de un colapso nervioso... quería decirte que conocerte fue de las mejores cosas que me ha pasado. A mí, y a los demás. Nia no sería la misma sin tus locuras para grabar, Sofi no tendría anomalías que estudiar, y Max... bueno, Max no tendría a alguien que le siga la corriente. Y yo... no tendría a la mejor amiga del mundo. Te agradezco por haberte quedado con nosotros, Ale.
Ale no sonrió de inmediato. Ladeó la cabeza, procesando las palabras de Leo.
—A veces me pregunto... —Leo dudó un segundo, mirándola a los ojos—. ¿Tú crees que el grupo seguiría siendo el mismo si tú no estuvieras aquí? Digo, antes éramos normales. Demasiado normales.
La respuesta de Ale fue instantánea. No hubo duda en su tono suave y calmado.
—No. Ustedes no serían los mismos. —Ale apretó un poco al loro de peluche contra su pecho—. Están mucho mejor conmigo. Es fácil verlo cuando estamos juntos. Nia se ríe más fuerte. Tony no se aburre. Katy tiene cajas con dinero. Sofi anota más rápido en su libreta. Y tú, Leo... tú corres más rápido.
Leo se rió a carcajadas ante la brutal y literal honestidad de la chica. Era cierto. Ella los había obligado a salir de la monotonía, a vivir al límite, a ser mejores versiones (y más rápidas) de sí mismos.
—Tienes razón, estrella del caos. Estamos mucho mejor contigo —Leo le devolvió la sonrisa, sintiendo una paz absoluta—. Entonces, las cosas deben ser así. Solo tienes que seguir siendo tú. Que Ale sea simplemente Ale.
Ale sonrió, una sonrisa brillante y pura, y apoyó su cabeza en el hombro de Leo por un segundo.
En ese momento de perfección emocional, el universo (o el subidón de serotonina de Ale) decidió que ya había habido demasiada tranquilidad. A unos cinco metros de ellos, Max estaba intentando hacer malabares con tres trozos de pizza (a petición de Nia), resbaló espectacularmente con una servilleta. Cayó de espaldas, lanzando las porciones de pizza volando por los aires directamente hacia la mesa de las bebidas donde estaba la madre de Katy.
Ale, que acababa de levantar la cabeza del hombro de Leo, vio el accidente en cámara lenta. Su instinto de ‟ayudar a sus amigos” se activó. Y olvidando por completo las quinientas advertencias de Leo sobre mantener la magia en secreto frente a los invitados normales, Ale reaccionó siendo simplemente ella.
Sin levantarse del trampolín, Ale levantó una mano hacia la mesa de bebidas. Su brazo se estiró con un ¡ZIIIIP! sonoro y evidente. La manga naranja se alargó ocho metros en un parpadeo, cruzando por encima de la cabeza del padre de Leo y de Max. Su mano atrapó los tres trozos de pizza en el aire, a centímetros de la cara de la madre de Katy, y en el mismo movimiento fluido, regresó a su hombro con un ¡pop!. Al mismo tiempo, para evitar que Max se golpeara la cabeza contra el suelo de tierra, Ale usó su telekinesis. Max se detuvo a un palmo del suelo, flotando boca arriba en el aire, sostenido por una fuerza invisible. Ale, aún sentada junto a Leo, sostenía la pizza en una mano y a su amigo en la otra (mentalmente), con su habitual sonrisa pacífica.
—Pizzas a salvo —anunció Ale en la calma repentina—. Y nuestro amigo Max no se rompió la cabeza.
El silencio cayó sobre el terreno baldío como una losa de plomo. La música seguía sonando en los parlantes, pero nadie se movía. Los padres de los chicos, los invitados, el señor Noe, e incluso los gatos, todos miraban boquiabiertos el brazo de Ale (que se acababa de encoger de vuelta a la normalidad) y a Max que seguía flotando.
El padre de Leo, que tenía una botella de refresco a medio abrir, fue el primero en hablar, con la voz temblando ligeramente.
—Leo... hijo... ¿acabo de ver a tu amiga estirar su brazo a través del patio y hacer levitar a tu amigo?
Leo cerró los ojos con fuerza. Inhaló profundamente. Exhaló. Miró a Ale, que le devolvía la mirada con esa inocencia letal. ‟Que Ale sea solo Ale”, había dicho él mismo hace diez segundos. Vaya momento para aplicarlo. Leo abrió los ojos, miró a su padre, luego a todo el grupo de amigos que estaban igual de petrificados, y forzó la sonrisa más grande y falsa que pudo encontrar en su repertorio.
El resto de los amigos se quedaron paralizados por el momento. El papá de Leo miraba todo con los ojos desorbitados, con la botella de refresco a medio abrir todavía en su mano. Los demás adultos compartían la misma expresión de asombro y desconcierto. El silencio en el terreno era intenso y casi incomodo, roto solo por el lejano sonido del tráfico y el ronroneo de los gatos, quienes olvidaron a la tensión a los pocos segundos. Ajena a la gravedad de la situación, Ale seguía sosteniendo a Max y la pizza.
—¿Leo? —repitió su padre, su voz temblando ligeramente—. ¿Qué... qué es ella?
Leo cerró los ojos y respiró hondo. Era el momento. No más mentiras, no más excusas ingeniosas de Tony. La verdad había salido a la luz, de la forma más caótica posible. Abrió los ojos y miró a sus amigos, que asintieron en silencio, dándole su apoyo.
—Mamá, papá... a todos... —empezó Leo, su voz temblando un poco al principio, pero cobrando fuerza a medida que hablaba—. Esta es la verdadera Ale. Y sí... tiene poderes.
Como si ese fuera el momento de presentarse, Ale bajó a Max al suelo y volvió a estirar uno de sus brazos mientras levantaba el otro y, con un movimiento elegante, hizo levitar una pequeña llamarada de fuego, iluminando su rostro con un brillo mágico y pacífico.
—No es peligrosa —se apresuró a añadir Leo, al ver la reacción de asombro en los rostros de los adultos—. Bueno, a veces... pero nunca con intención de lastimar a nadie. Solo es... Ale.
Tony dio un paso al frente, asumiendo su rol de diplomático.
—Señores, sé que esto es mucho para asimilar. Pero les aseguro que hemos pasado los últimos meses aprendiendo a vivir con ella. Nos ha enseñado a ver el mundo de una forma... diferente.
Nia asintió con entusiasmo, levantando su cámara.
—¡Es la mejor actriz y modelo que un cineasta podría pedir! Su caos es... inspirador.
Sofi se ajustó los lentes.
—Y científicamente fascinante. Su capacidad para manipular las leyes de la física desafía toda lógica conocida.
Katy sacó una de sus fotos y se la mostró a sus padres.
—Además, es una gran modelo para nuestra línea de productos. ¡Miren qué bien se ve con los gatitos!
Max, con su sonrisa habitual, se acercó a Ale y le dio una palmada en el hombro.
—Y es la mejor amiga que alguien podría tener. ¡Incluso si a veces hace explotar cosas!
Los adultos, que al parecer intentaban procesar toda la información mientras escuchaban, cambiaron sus expresiones de asombro a comprensión, para la suerte de los chicos.
El padre de Leo se acercó a Ale, mirándola con curiosidad y respeto.
—Así que... ¿tienes magia?
Ale sonrió, su corona flotando con un brillo tenue.
—Sí. Y me gusta hacer cosas bonitas con ella.
—¿Y puedes estirar tu cuerpo como tú quieras? —siguió la madre de Max todavía asombrada.
—Sip, es de las cosas que más me gusta hacer, y por las que me conocen —Ale seguía sonriendo mientras estiraba su cuello y torso para demostrarlo.
—¿Ya has estado con nuestros hijos por tantos años sin que ellos hayan salido heridos? —añadió el padre de Sofi mientras veía que Tony estaba por decir algo pero es detenido por Leo.
—¡Por supuesto que sí! —concluyó Ale al contraer su cuerpo mientras todos observaban—. Ellos me cuidan a mí, y yo los cuido a ellos, son mis verdaderos amigos.
Las expresiones de los adultos se hacían más evidentes, poco a poco comenzaban a entender a Ale y su extraña naturaleza, así como también estaban entendiendo más el por qué a sus hijos les caía tan bien ella. Los chicos notaban que poco a poco comenzaban a sonreírle de verdad a Ale, sin importar que tenga poderes capaces de destruir toda la cuidad si se aburría. Ya entendían bien por qué era una buena amiga para ellos, y lo podrían ser para los adultos también.
La madre de Leo se acercó, con lágrimas en los ojos, y abrazó a Ale con ternura.
—Oh, cariño. Hemos estado tan ciegos. No nos dimos cuenta de lo especial que eres. Tengas poderes o no, te seguimos queriendo.
Los demás padres se unieron a las felicitaciones, expresando su alegría de que sus hijos tuvieran a una amiga tan extraordinaria. La tensión se disipó, reemplazada por un ambiente de aceptación y celebración.
—Realmente sigues siendo una buena amiga, Ale —añadió la madre de Nia—. incluso con eso, eres alguien maravillosa.
—Esos poderes te quedan como anillo al dedo, y me encantan —mencionó el padre de Max después.
—Tienes todos mis respetos, Ale —agregó el señor Noe—. Me encantaría seguir viendo cómo manejas ese fuego, lejos de mi mercancía.
—Queremos que sigas con nosotros por más tiempo —concluyó la madre de Sofi—. De verdad queremos saber más sobre ti cuando estés con nosotros.
Esas palabras resonaron en Ale como verdaderos agradecimientos por estar al lado de sus amigos en todos estos años, y cada palabra la ponía más contenta que antes. La emoción hizo que repentinamente estirara un brazo y provocara una explosión un poco lejos del terreno. Esa explosión fue lo de menos para todos, ya todos sabían que era capaz de hacer eso y otras cosas más, y se demostró con los adultos riéndose por lo ocurrido.
Lo que quedaba de la noche transcurrió con un ambiente de diversión, conversaciones entre todos, y un enorme alivio por parte de los chicos sabiendo que ahora sus padres y el señor Noe conocen la verdad. Ale, ya sin necesidad de ocultar sus poderes, se divirtió haciendo pequeñas demostraciones mágicas para los invitados. Hizo levitar los globos, estiró brazos, piernas y cuello para el asombro de los adultos, creó figuras de fuego en el aire y hasta ayudó a Max y Nia a hacer malabares con varias pelotas a la vez. La música sonaba más fuerte, las risas se multiplicaban, y el terreno baldío se llenó de una energía mágica y contagiosa.
Cuando la noche llegó a su fin, y los invitados comenzaron a despedirse, Leo se acercó a Ale.
—Ha sido el mejor cumpleaños, Ale —le dijo Leo, con una sonrisa sincera.
Ale asintió, sus ojos brillando con felicidad.
—Sí, Leo. Ha sido el mejor cumpleaños. Porque ustedes estaban aquí, y todos me aceptaron tal y como soy. Eso es lo que me hace feliz.
El grupo de amigos se despidió, prometiendo reunirse pronto para nuevas aventuras. Sabían que, con Ale en sus vidas, la normalidad era cosa del pasado, pero no la cambiarían por nada del mundo. Porque en medio del caos, habían encontrado una amistad verdadera y mágica.
Al otro día, el grupo regresó al terreno para la inevitable tarea de limpiar el escenario de ayer. El solo acababa de salir y la luz dejaba ver el rastro que había dejado la fiesta: vasos de plástico, platos de unicel, restos de confeti, globos desinflados y manchas de glaseado de chocolate.
Sofi venía enumerando tareas con su tono habitual.
—La limpieza debe ser sistemática. Además, la población felina en el laboratorio ha alcanzado un número crítico. Debemos ordenar mejor el cuarto de los gatos; la distribución de cajas de arena actuales es estadísticamente ineficiente para 33 especímenes.
Katy, que venía cargando una escoba y una bolsa de basura gigante, suspiró, pero con una sonrisa en el rostro.
—¡Ay, pero qué gran noche fue! Mis fotos se van a vender como pan caliente. ¿Vieron la cara del señor Noe cuando Algodón se robó uno de sus pedazos de pizza? Épico.
Llegaron a la puerta de metal del terreno y entraron. Se detuvieron en seco. En medio del desorden, sentada con las piernas sobre la hierba seca, estaba Ale. No estaba usando su guadaña, ni haciendo levitar nada. Estaba absorta jugando con un viejo y enorme reloj despertador de doble campana (que nadie sabía de dónde había salido), dándole golpecitos a las manecillas con un dedo. Al escuchar los pasos, Ale levantó la vista. Su sonrisa tranquila iluminó su rostro.
—Hola a todos —dijo, poniéndose de pie de un salto, dejando el reloj en el suelo—. Ahora las cosas serán mejores. Los papás de Leo y los papás de ustedes ya saben la verdad. Vieron el Fuego del Caos y no salieron corriendo.
Leo se frotó la nuca, recordando la larga y exhaustiva charla explicativa llena de verdades que tuvieron que darles a los adultos después del pequeño accidente de anoche con Max.
—Sí, Ale... lo saben. Más o menos —dijo Leo, acercándose con una sonrisa cansada pero afectuosa—. Pero eso no significa que podamos relajarnos. Todavía tienes que aprender mucho sobre cómo ser alguien... bueno, alguien "normal" en este mundo. No puedes ir haciendo estallar cosas cada vez que te emociones.
Ale asintió solemnemente.
—Lo prometo. Seré muy normal. Solo haré explosiones chiquitas cuando nadie mire. O cuando sea otro cumpleaños.
Justo cuando terminó de hablar, el viejo reloj despertador en el suelo, que tampoco sabían cómo había sido programado, empezó a sonar. El ensordecedor tintineo de las campanillas metálicas llenó el terreno, haciendo eco contra los muros de concreto.
Tony se echó a reír, un sonido cálido y sincero, mientras el grupo entero negaba con la cabeza ante lo absurdo de la escena.
—Bueno —dijo Tony, mirando a la chica de la guadaña y los colores brillantes—. Al menos, seguimos teniendo a una amiga tan divertida. Y eso, con o sin explosiones, sigue siendo lo mejor para todos.
Ale sonrió, y con un leve movimiento de su dedo, el reloj dejó de sonar. El caos, por ahora, estaba en paz.
The End
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