El Dossier

🥂🥂Espero y hayan pasado una feliz cruda con sus familias, amigos, amantes, animales, computadoras, y todos los seres queridos que hayan estado con ustedes en todo este tiempo, y que estarán con nosotros otro año más. En este inicio les traeré contenido nuevo que les va a encantar como las otras veces. Feliz inicio de año para todos ustedes.🥂🥂

jueves, 23 de octubre de 2025

Despertó, y entonces ella apareció | 🌸𝓤𝓷𝓪 𝓥𝓮𝔃 𝓮𝓷 𝓣𝓾 𝓥𝓲𝓭𝓪🌸 - Capítulo 2

Había entrado a una parte que le daba una sensación de inquietud y de tranquilidad a la vez, esa parte oscura del bosque la hacía sentir como una criatura diferente a lo que ella conocía de sí misma, y lo notaba a medida que veía las copas de los árboles donde apenas entraba la luz. El aire ahí era distinto, más denso, casi líquido. ella respiró hondo y sintió cómo cada inhalación se mezclaba con el aroma de la madera vieja y la tierra dormida. El silencio no era completo; había un murmullo bajo, como si las raíces hablaran entre sí, contando historias que ella no entendía del todo.

Cada paso hacía crujir el suelo húmedo y, por momentos, creyó escuchar otros pasos que imitaban los suyos, un compás leve, invisible. No sabía si era eco o compañía. Pero algo en ella, una parte antigua, tal vez más salvaje, comprendía que el bosque también la estaba probando, observando si merecía caminar por su corazón oscuro.

Había olvidado el tiempo que estuvo vagando sin rumbo en esa parte. Sus pensamientos fueron lo suficientemente fuertes para que ella no notara el tiempo que ha estado pasando en una oscuridad casi total, y negaba que se había perdido en ella misma. Sin embargo, estaba decidida a buscar su lugar, a entender el por qué había llegado hasta aquí sin razón aparente; eran muchas las preguntas que tenía en su cabeza para ser una criatura que había estado toda su vida en completa soledad.

Cuando salió descubrió un claro en el bosque. Era cálido, como si el bosque entero se abriera para recibirla. La luz caía en hilos dorados que bailaban sobre el suelo, iluminando pétalos y hojas que parecían respirar con ella. Se echó en el pasto, dejando que su cuerpo se amoldara a la tierra, y por primera vez desde que partió, no sintió el impulso de correr ni de buscar.

Cerró los ojos y escuchó el murmullo del viento entre las flores, el zumbido lejano de los insectos, el suave golpeteo de un fruto al caer. Todo sonaba como una bienvenida, un canto silencioso que le decía que podía quedarse un momento más. Aquí podía comenzar otra vez. Y así lo creyó. Porque aunque el bosque era distinto, el sol seguía reconociéndola, y eso bastaba para sentirse viva.

El aire se volvía más frío y el cielo empezaba a teñirse de tonos violetas y naranjas. Ella supo entonces que debía hacer lo suyo, aunque dudara en volver a hacerlo. Buscó lo que para ella consideraba como el árbol más alto, había tardado más de lo que esperaba pero consiguió encontrar lo que pareciera ser el más alto de todos los árboles. Estaba decidida a seguir con su costumbre, y así fue como se dispuso a trepar el árbol hasta llegar a lo más alto, y cada vez que subía sentía que estaba por llegar a algo nuevo. Desde lo alto, podía ver cómo el sol se escondía entre los troncos lejanos, y las sombras del bosque crecían, lentas y vivas. Aquella vista la hacía sentir pequeña, pero también parte de algo inmenso que respiraba junto con ella.

Sopló el viento, y las hojas respondieron como si la saludaran. Había llevado la flor blanca con ella y se la mostró al cielo, como si quisiera decirle que aún estaba allí con el resto de animales y de la naturaleza en general. Solo podía ver cómo el cielo se hacía más oscuro, que anunciaba la llegada de la noche, no tenía una respuesta para todas sus preguntas. Se quedó mirando la flor, pensando en si tendría algún significado con su llegada a este bosque, pero hasta ahora tendría que saber porqué está sintiendo todo lo que ha estado pasando en estos días. Entonces, sin pensarlo demasiado, levantó el rostro y soltó sus aullidos. Eran los mismos que hacía en su antiguo hogar, pero con un eco distinto: uno que parecía resonar entre las raíces y subir por las ramas hasta tocar el cielo.

El bosque calló. Los grillos, los búhos, las pequeñas criaturas nocturnas... todos parecían guardar silencio por un instante, escuchando aquella voz nueva que los presentaba ante la noche. Era una bienvenida y una promesa: había llegado, y aunque el cielo no le respondiera, el bosque sí lo hacía, con un silencio que la abrazaba.

Al día siguiente, el primer rayo de luz tocó su pelaje, y ella abrió los ojos con calma, dejando que el amanecer la envolviera. El aire era fresco, distinto, con un aroma nuevo que aún no sabía nombrar. Se incorporó lentamente y, como lo hacía cada mañana en su antiguo hogar, emitió aquellos sonidos que eran su forma de decir ‟sigo aquí.” Pero esta vez, el eco sonó más amplio, más libre, como si el bosque entero lo recibiera.

Miró a su alrededor. El claro seguía tranquilo, cubierto por un leve rocío que brillaba con los primeros reflejos del sol. Sabía que debía encontrar comida, agua, algo de abrigo; todo lo necesario para los días que vendrían. Pensó también en su madriguera, en si debía construir una nueva o simplemente dejar que el bosque le mostrara dónde quedarse. Pero por ahora, decidió moverse. El día apenas comenzaba, y sentía que, en cada paso, algo dentro de ella también despertaba.

Mientras caminaba entre la hierba húmeda, con la flor blanca atravesando un agujero de su vieja ropa, y con las patas aún marcadas por el rocío, recogía ramas secas, hojas y pedazos de musgo para preparar su refugio antes de que cayera la noche. Pero a cada paso, algo alteraba su concentración. No era el viento, ni el canto de los insectos. Era ese sonido leve, una pisada rápida, una rama que se partía detrás de ella, un roce entre los arbustos; era un sonido tan breve que parecía venir del propio bosque.

Se detenía. Olfateaba el aire, miraba hacia todos lados, movía las orejas con atención. Solo había silencio. Solo el rumor del viento entre las hojas. Entonces seguía avanzando, más lenta, más cautelosa. Pero el ruido regresaba. Esa sensación de ser observada volvió a erizarle el lomo. No era amenaza, no del todo; era más bien una presencia curiosa, tímida, que se escondía cada vez que ella intentaba encontrarla. Giraba con rapidez, pero lo único que alcanzaba a ver era lo que parecía ser una sombra escapando entre los troncos.

Al final, solo pudo suspirar, mirando hacia el horizonte como si esperara entender algo. No sabía si el bosque la estaba probando, o si aquello que la seguía había estado esperándola desde antes de su llegada.

Avanzó con cuidado hacia el lugar donde los ruidos habían nacido. Movía las ramas con las manos, olfateaba el aire buscando algún rastro, pero no encontró nada. Ni huellas, ni sombras, ni aromas distintos. Solo el silencio que el bosque deja después de haberse movido. Se quedó quieta un momento, mirando a su alrededor. Las hojas se mecían suavemente, como si todo lo ocurrido hubiera sido un sueño. Dudó. Parte de ella quería seguir buscando, entender quién o qué la había seguido. Pero la otra parte, la que sabía escuchar al bosque, le decía que lo dejara ir.

Soltó con un leve gruñido, dejando que la inquietud se disolviera. Entonces volvió a su tarea: recoger ramas, hierbas y cortezas, acomodarlas en sus brazos con cuidado. Cada cosa que encontraba parecía tener un propósito. Y mientras lo hacía, el sol comenzaba a dar señales de que llegaba la tarde detrás de los árboles, el cielo era más lindo de ver en el nuevo bosque que poco a poco estaba haciendo suyo.

Horas más tarde, se sentó sobre el suelo cubierto de hojas suaves, dejando que el murmullo del bosque la envolviera. La flor blanca descansaba entre sus manos, pálida y viva a la vez, como un pequeño fragmento de luna. La observaba en silencio, girándola con delicadeza entre sus dedos, como si buscara en sus pétalos una señal, una palabra escondida.

El cielo sobre ella se veía cada vez más grande cuando miraba arriba, y las ramas se mecían apenas con el viento. Ella alzó la mirada, dejando que la luz le bañara el rostro. Había algo que no entendía, algo que no había visto en todos sus días de soledad. Creía (o quería creer) que el cielo le respondería, que le mostraría por qué había llegado tan lejos o qué era eso que empezaba a despertar dentro de ella. Pero el cielo solo brillaba, distante y sereno. Y aunque no hubo voz ni señal, siguió mirando, porque a veces entender no es oír una respuesta, sino aprender a escuchar el silencio.

Dejó la flor blanca junto a una raíz cubierta de musgo, como si confiara en que el bosque la cuidaría por ella. Entonces, alzó el rostro y comenzó a aullar, largo y suave, dejando que su voz se perdiera entre los árboles. No era un llamado al cielo esta vez, sino a la tierra, a lo que estuviera cerca, a aquello que había sentido moverse en la sombra. Cada eco se extendía, acariciando el aire, y aunque no obtuvo respuesta, no se detuvo. Aulló una vez más, con un tono más cálido, más curioso, como si deseara que lo que fuera que la observaba se atreviera a acercarse. Pero el bosque permaneció en silencio. Solo el crujir de las hojas y el murmullo de los insectos respondían a su canto. Al final, bajó la mirada y retomó su rutina: recogió ramas, hierbas, cortezas, pensando en su nueva madriguera.

No sabía que, entre la espesura, unos ojos la seguían con atención. Aquella curiosa presencia solo se quedaba observando todo lo que hacía la criatura del bosque, pensando en que algo especial había traído con su llegada.

Había terminado de reunir todo lo que necesitaba: hojas secas, ramas, trozos de corteza y musgo fresco. Sin embargo, algo dentro de ella se negaba a comenzar. No era cansancio ni desánimo; era una voz silenciosa, como si el bosque mismo le dijera ‟no todavía.” Se sentó frente a lo que había reunido, observándolo con la cabeza ligeramente inclinada y una oreja caída hacia un lado. Movía las manos sobre el montón, pero no hacía nada más. Sentía que si construía un refugio ahora, algo importante quedaría fuera. El viento soplaba con suavidad, moviendo las hojas a su alrededor, como si el bosque la mirara también, esperando que comprendiera su mensaje. Solo bajó la mirada, confundida, sin entender por qué una parte de ella deseaba quedarse quieta, escuchar, y no hacer nada más.

Al atardecer, por primera vez, no buscó un refugio nuevo. Se quedó bajo los árboles, observando cómo el cielo cambiaba de color, con su flor blanca cerca y la sensación de que algo o alguien estaba por llegar.

Entonces volvió a oír esos ruidos, los que parecían ser provocados por alguien detrás de los arbustos y las ramas de los árboles, y sin pensarlo fue rápidamente a donde sonó... solo para terminar encontrando nada y sin volver a escuchar un solo ruido. El bosque volvió a estar en silencio. Pese a esto, cuando miró hacia abajo encontró algo que no había visto antes: un pequeño lobo de peluche.

Permaneció un rato en silencio, mirando el pequeño objeto entre sus manos. Era suave, con el pelaje cubierto de polvo y hojas secas, y tenía una costura rota en el costado. Sus ojos de botón reflejaban un brillo pálido bajo la luz del atardecer, y aunque no tenía vida, algo en él le transmitía una sensación de compañía. Pasó un dedo por la cabeza del peluche, intentando entender qué era. No era un animal, no era una flor, ni una piedra. Pero despertaba algo dentro de ella, una ternura que no conocía, una memoria que no era suya. Sin pensarlo demasiado, lo llevó consigo de vuelta a su refugio. Lo limpió un poco y lo colocó con cuidado junto a la flor blanca, en el rincón donde guardaba las cosas que había recolectado en todo el día. Se quedó mirándolo durante un largo rato, con la cabeza ladeada y una expresión tranquila. No sabía qué significado tenía aquel pequeño lobo, pero algo en su interior le decía que no debía dejarlo atrás. Tal vez, pensó, el bosque no solo le estaba hablando, tal vez le estaba regalando algo.

Esa noche, el cielo estaba despejado. Las estrellas brillaban como si se hubieran reunido todas solo para observarla. Ella, recostada en la hierba, sostenía el peluche y la flor contra su pecho, como si temiera que el viento se los llevara.

No había aullidos esta vez, ni canto, ni ruido. Solo el silencio del bosque acompañando su respiración. Sus ojos, reflejando la luz de la luna, se mantenían abiertos unos minutos más, siguiendo el movimiento lento de las nubes y preguntándose, sin palabras, si el bosque quería decirle algo a través de esos ruidos o del pequeño lobo que había aparecido ante ella. Por un instante, creyó ver que una estrella titilaba con más fuerza que las demás, como si le respondiera. Pero no hizo nada. Solo bajó la mirada, acarició el peluche una vez más y acomodó la flor junto a su rostro.

Por primera vez desde que llegó, no soñó con sombras ni con voces. Soñó con la luz que caía entre las hojas, con el murmullo del agua, y con la idea de que, quizá, no estaba tan sola como creía.

Con la llegada del amanecer ella se incorporó lentamente, sus orejas se movieron con cautela mientras la luz del amanecer atravesaba las hojas del bosque. No obstante, casi huye por algo que vio y la hizo exaltarse. Frente a ella, en medio del claro, estaba esa pequeña figura: una humana, diminuta, temblorosa, con la mirada perdida y los pies descalzos cubiertos de tierra así como su cabello y ropa.

El aire se sintió distinto. No sabía si debía acercarse o esconderse. Nunca había visto algo así. La criatura tenía los ojos húmedos, las manos aferradas al borde de su ropa rota, y respiraba entrecortadamente, como si hubiera estado corriendo o llorando. Por un momento, ambas se observaron sin moverse. Ella solo inclinó un poco la cabeza, con curiosidad y algo de cautela. La niña retrocedió un paso, pero no huyó. Algo en la mirada tranquila de esa criatura le transmitió que no había peligro. El viento movió las ramas, dejando que la luz del sol las bañara a ambas. Dio un paso hacia adelante. La niña no se apartó esta vez. Y en ese instante, el bosque pareció contener la respiración.

No sabía que hacer ahora, solo podía ver a esa pequeña que se acercaba más a ella. Cuando quiso acercar una mano para tocarla, ella se alejó con una reacción nerviosa, pero eso fue interrumpido por un gesto de impaciencia de la niña, como si quisiera que le devolviera algo. La criatura se alejaba un poco más con esos gestos, hasta que la vio casi llorar. Al verla así estuvo más confundida, ya no sabía que hacer ahora, hasta que vio al lobo de peluche que había encontrado el día anterior. Lo tomó con cuidado entre sus manos y lo levantó un poco, como si quisiera mostrárselo. La reacción de la niña fue inmediata, limpió las lágrimas de sus ojos, el brillo de reconocimiento los llenó, y sin pensarlo corrió hacia él. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió el ligero peso de la pequeña aferrarse al peluche, sosteniéndolo contra su pecho con fuerza, como si volviera a abrazar un recuerdo que no debía haberse perdido. Esa humana dejó escapar un sollozo corto, apenas audible. Ella la observó en silencio, con el pelaje erizado por la mezcla de ternura y desconcierto. No sabía qué significaba ese objeto para ella, pero entendió que era importante.

Sin decir palabra, se sentó en el suelo, dejando que la niña hiciera lo mismo frente a ella. Se miraron largo rato, sin saber cómo comunicarse, pero no había necesidad de hacerlo. Estaba mirando de un lado a otro, como si quisiera saber si habían más criaturas como ella, pero sabía que era la única que se encontraba en el bosque así como ella. Se había quedado sin respuestas, y necesitaba hacer algo para despejar su mente. Fue así como se levantó y se fue a otro lado del bosque en busca de cosas que necesitaría. Mientras caminaba, creyó que esa niña no la seguiría luego de haberle devuelto su objeto importante, pero ese pensamiento se detuvo repentinamente.

Se detuvo en seco. El crujido de las hojas bajo sus pasos se mezcló con el más ligero sonido detrás de ella, pequeños pasos torpes, inseguros, que intentaban imitar los suyos. Giró lentamente y, en efecto, ahí estaba: la niña, abrazando su peluche, mirándola con una mezcla de miedo y determinación. Por un instante, no supo qué hacer. Su instinto le decía que debía seguir sola; así había sido siempre. Pero algo en la mirada de esa pequeña la detuvo: no era solo temor, era necesidad que aún no comprendía.

La criatura parecía entender, en su manera silenciosa, que esa niña no tenía a dónde más ir. Suspiró, bajó un poco la cabeza y dio un leve movimiento con la mano, un gesto sutil para indicarle que podía acompañarla. La niña titubeó, dio un paso, y luego otro, hasta caminar detrás de ella con paso tímido. Así continuaron su camino entre los árboles, una delante y otra detrás, unidas por algo que ninguna de las dos entendía todavía. El bosque, que solía recibir solo los ecos de los aullidos de la criatura, ahora guardaba un nuevo sonido: el de dos almas caminando juntas por primera vez.

Su paseo por el bosque se sentía diferente a las veces anteriores, no se podía concentrar en sus pendientes al tener algo en su mente desde hace un rato. No sabía que hacer con esa niña que se acercó a ella. Estaba sola y cada vez que volteaba a verla pensaba en una cosa: la cuidaría hasta encontrar una solución, probablemente buscaría a otro de su misma especie, pero no tenía idea de cómo había llegado y si había un camino por donde empezar con una búsqueda. Estaba claro, la cuidaría hasta que todo se solucionara.

Pero entonces, escuchó algo, un ruido que nunca había escuchado y que sonaba detrás de ella, fue un ruido que a pesar de lo poco que sonó lo reconoció perfectamente.

‟Gracias”

Ese pequeño gesto, la voz de la niña, rompió algo en el aire, como si el bosque hubiera contenido la respiración y, al oírla, volviera a exhalar. Ella, la criatura, la miró sin saber qué decir. No esperaba palabras, ni menos gratitud. Solo alcanzó a responder con un movimiento leve, una mirada que no ocultaba su desconcierto. El peluche, apretado entre los brazos de la niña, parecía más vivo que antes, como si también recordara el momento en que fue hallado. Por un instante, la criatura que habitaba en el bosque y la pequeña perdida quedaron unidas por esa palabra sencilla. Y aunque no lo supiera aún, ese sonido marcaría el inicio de todo lo que vendría después.

‟Oye, te puedo preguntar algo... ¿Qué eres?”

‟¿Tú hablas?”

‟¿Tienes nombre?”

‟¿El bosque es tu casa?”

‟¿Tienes familia?”

‟¿Me puedo quedar contigo?”

‟¿Puedes escucharme?”

Cada palabra que salía de la boca de la niña sonaba como una melodía desconocida. No comprendía su significado, pero sí comprendía el tono, la cadencia, la curiosidad en su voz.
Era como escuchar al río por primera vez después de una tormenta: había algo en ese sonido que despertaba cosas que no sabía que tenía.

La niña seguía hablando, con una dulzura nerviosa, mientras caminaban entre los árboles. Le mostraba flores, le señalaba insectos, reía por momentos. No podía responder, solo la observaba con atención, intentando imitar su sonrisa, sus gestos. Y mientras más la miraba, más sentía algo moverse dentro de sí. Ya no era solo el viento ni el instinto lo que la guiaba: era la presencia de esa pequeña que caminaba a su lado, la sensación extraña y cálida de no estar sola por primera vez en su vida.

Ambas llegaron a una parte desconocida del bosque, no habían visto un lugar parecido a ese hasta ahora y tenían una enorme curiosidad por entrar ahí. Ella vio por unos segundos a la pequeña, sabía que no podía dejarla sola pero confío en ella misma que no tardaría en revisar, y con eso en mente fue que dio el siguiente paso. Se alejó con paso firme, sin mirar atrás. No era un adiós, pero tampoco sabía qué palabra usar para aquello que acababa de sentir. Su cuerpo se movía con decisión, aunque su mente estaba llena de preguntas. ¿Por qué esa pequeña la seguía? ¿Por qué no sentía miedo de ella? ¿Y por qué, por primera vez, el silencio del bosque no le bastaba?

Mientras tanto, la niña, aún con su ropa desgastada y el lobo de peluche entre los brazos, se sentó en el suelo donde le había señalado. Observaba cada hoja que caía, cada sombra que se movía entre los árboles, intentando adivinar hacia dónde había ido su nueva compañera. Sus dedos jugaban con la tierra, dibujando formas que solo ella entendía. Sonreía, como si la promesa muda de ‟esperar” fuera suficiente.

‟Te voy a encontrar. Te traeré algo bonito, lo prometo.”

El viento sopló suavemente, como si repitiera sus palabras entre las hojas.
Y así, el bosque guardó silencio otra vez, pero ya no era el mismo silencio: ahora contenía dos esperas.

Ella siguió a la criatura despacio y siguiendo las huellas que había dejado, le parecía divertido seguirla y ver lo que estaba haciendo, quería darle algo especial como agradecimiento por haberla acompañado hoy. Tras haber caminado por unos minutos vio a la criatura olfateando el suelo en busca de un lugar ideal para hacer una nueva madriguera. Para la pequeña eso fue algo bueno, quería que se enterara de su regalo en el mejor momento. Cambió su dirección cuando volvió a caminar, buscando lo ideal para lo que tenía pensado regalar.

La criatura se detuvo de golpe al sentir un leve crujido detrás de ella. Giró lentamente, con las orejas tensas, y allí estaba otra vez: la pequeña. Su respiración era rápida, pero en su rostro había una sonrisa tímida. En sus manos llevaba un pequeño montón de hojas frescas y unos cuantos frutos silvestres, torpemente envueltos en una tela desgarrada que había encontrado en el camino.

Por un instante, no supo cómo reaccionar. Se acercó despacio, con el instinto de oler aquello que la niña ofrecía. No era alimento que necesitara, pero el gesto, esa pequeña ofrenda sin palabras, despertó algo en ella. Bajó la cabeza, tocando el suelo con el hocico cerca de las manos de la niña, aceptando el regalo.

La niña sonrió aún más, aliviada, y dijo con voz suave:

‟Te traje esto porque me ayudaste. Y porque... no quiero que estés sola.”

Levantó la mirada. No entendía del todo las palabras, pero sí la emoción en ellas. El viento movió las hojas a su alrededor mientras la pequeña se sentaba junto a ella, como si hubiera estado destinada a hacerlo desde siempre. Por primera vez, ella no se alejó. Solo se quedó ahí, observando cómo la niña partía uno de los frutos a la mitad y lo colocaba entre ambas. El bosque, silencioso, parecía contener la respiración ante ese primer gesto de amistad.

No sabía que responder, era incapaz de soltar algún gesto o algo parecido al ser la primera vez que alguien le daba algo en toda su vida, aunque todavía no comprendía del todo las palabras de la pequeña. Solo le bastó verla para entender que hacerlo significaría algo bueno para las dos, y así fue. Ella había aceptado todo lo que había traído aunque no tuviera algún gesto para agradecerlo, pero recordó que tenía algo valioso que le podía dar. La niña abrió los ojos con asombro al ver cómo se inclinaba suavemente, sosteniendo en una de sus manos la flor blanca que había conservado desde el inicio de su viaje. La colocó frente a ella con una delicadeza casi imposible de imaginar en una criatura del bosque.

La pequeña dudó un momento antes de tomarla. La flor, aunque algo marchita por los días pasados, seguía conservando un brillo leve, como si guardara dentro la luz de las madrugadas.

‟¿Para mí?”

No esperaba alguna respuesta, pero su sonrisa parecía iluminar el claro entero. La otra asintió apenas, moviendo la cabeza y dejando que su respiración tibia rozara los dedos de la niña. No sabía cómo explicarlo, pero algo dentro de ella entendía que ese intercambio era más que un simple gesto: era el inicio de un lazo, una promesa silenciosa. Por primera vez, no se sintió sola. Y aunque no podía ponerlo en palabras, supo que esa flor había encontrado a su verdadero dueño. La niña la sostuvo cerca de su rostro, y por un momento, ambas se quedaron mirando el cielo de la tarde entre los árboles, unidas por algo tan frágil y tan verdadero como los pétalos que el viento hacía danzar a su alrededor.

A medida que avanzaba el día, las cosas iban cambiando para las dos. Una ya no se sentía sola desde que descubrió a esa criatura en el bosque, y la otra trataba de comprender lo que sentía cuando ella estaba cerca, era una serie de sensaciones que nunca había sentido y que necesitaba entender. Tarde o temprano encontraría sus respuestas, solo era cuestión de esperar. La niña se acercó poco a poco a ella, que descansaba recostada sobre la hierba, respirando con calma, su pecho subía y bajaba como el ritmo sereno del bosque. A su lado, el peluche de lobo reposaba inmóvil, casi como si también durmiera.

Ella se sentó cerca, cruzando las piernas y mirando a la criatura con curiosidad y ternura. No podía dejar de pensar en lo mucho que deseaba entenderla, poder hablar con ella de verdad. No decía palabras, pero había algo en su mirada, en la forma en que movía las orejas o inclinaba la cabeza, que la hacía sentir comprendida.

‟Puedo enseñarte... Puedo enseñarte a hablar, si quieres.”

Susurró la niña, como si el bosque la oyera. Ella abrió un ojo, perezosa, y giró la cabeza. No entendía lo que ella decía, pero sí el tono: la calidez, la intención. La niña tomó una rama pequeña y, sobre la tierra, trazó una letra temblorosa.

‟Esto es una ‛A.’ A...”

Repitió con una sonrisa, señalando su boca para mostrarle cómo pronunciaba el sonido. La otra ladeó la cabeza, atenta. Luego intentó imitarla: un sonido suave, apenas un soplo. No era perfecto, pero fue un intento. La niña rió bajito, sorprendida.

‟¡Eso fue bueno! A...”

Dijo con entusiasmo. Lo intentó otra vez, esta vez un poco más claro, como si empezara a comprender la forma del sonido.

El bosque las rodeaba en silencio, observando aquella escena extraña pero a la vez hermosa: una pequeña humana enseñándole palabras a una criatura que solo sabía aullar. El primer sonido compartido entre ambas se perdió entre las hojas, pero dejó en el aire una promesa: el inicio de un lenguaje nuevo, nacido no de las palabras, sino del deseo de entenderse.

El sol se filtraba entre las hojas y bañaba de luz los rostros de ambas. Una caminaba delante, moviendo las orejas con curiosidad ante cada sonido, mientras la otra la seguía de cerca, saltando entre raíces y hojas secas, hablando casi sin parar. No entendía cada palabra, pero reconocía el tono: alegre, confiado, familiar. Y aunque su voz no podía responderle, su mirada sí lo hacía. Cuando reía, ella movía la cola; cuando tropezaba, ella se acercaba para ayudarla a levantarse y darle ánimos de seguir.

La niña comenzó a mostrarle cosas simples: cómo decir ‟hoja”, ‟cielo”, ‟amiga.” Señalaba, pronunciaba despacio, y su nueva amiga la observaba con atención, repitiendo los sonidos a su manera, torpes y casi susurrados. El bosque las observaba también. Las ramas parecían inclinarse un poco más, y el viento llevaba sus voces como si quisiera proteger esa amistad que, sin saberlo, estaba naciendo de la soledad de ambas.

Ambas caminaban entre los árboles sin rumbo fijo, siguiendo el murmullo del viento y los árboles como única guía. La criatura ya no pensaba en regresar ni en buscar otro lugar: su nuevo propósito era esa pequeña que la seguía con pasos suaves y mirada curiosa. Cada vez que ella tropezaba o se detenía a observar una flor, su amiga la esperaba con paciencia, girando apenas la cabeza como si le dijera que no había prisa.

Para esa niña, el bosque que antes le parecía inmenso, solitario y hasta un poco atemorizante, ahora tenía un poco más de sentido. Había encontrado a alguien que la hacía sentir acompañada, segura. Ya no era solo ella y su lobo de peluche. Quería aprender de su nueva amiga, entender lo que había detrás de su silencio, de su forma de moverse, de esa mirada tranquila que la seguía siempre con atención.

En sus pensamientos, deseaba poder hablar su idioma, o que ella pudiera hablar el suyo para contarle todo lo que había sentido antes de hallarla. Pero por ahora, bastaba con estar juntas. El silencio que compartían no estaba vacío, sino una especie de lenguaje nuevo que ambas comenzaban a comprender.

Luego, ella se detuvo, un pensamiento la hizo querer saber algo que debió haber preguntado momento atrás: ¿por qué la estaba siguiendo? ¿había una razón para que ella se quedara? Eran cosas que la hicieron pensar cuando volteo a verla, si estaba con una criatura del bosque era por una verdadera razón. Su amiga no sabía que hacer, solo estaba viendo fijamente a la otra sin mover ni una mano. Cuando vio la cola de su amiga moverse entendió que esperaba que le dijera algo, pero no sabía que decirle. La criatura fijó su mirada en el bosque detrás de la niña mientras acariciaba su cabeza con una mano. Entonces ella entendió, quería saber por qué iba sola, y, aunque con algo de temor y tristeza, decidió contarle.

‟He estado sola todo el día, todos los días lo he estado. Yo... yo me preguntaba si tú tienes familia, yo la tenía y... y no la volví a ver... estoy sola y necesito a alguien que me cuide y me entienda, yo te necesito.”

La observó con atención, intentando entender cada palabra, cada gesto. No comprendía del todo lo que ella decía, pero había algo en su tono, una mezcla de tristeza y alivio que bastó para que su instinto respondiera. Lentamente se acercó a ella, inclinó su cabeza y rozó su frente con la de la niña, un gesto que en su especie significaba ‟te entiendo, aunque no pueda decirlo.” La pequeña sonrió con un brillo tenue en los ojos, sabiendo que, de alguna forma, la criatura sí la había comprendido. Entonces se sentó junto a ella, mirando hacia el bosque con una calma que hacía olvidar el miedo. Ya no eran una niña perdida y una criatura solitaria; eran dos seres que, sin proponérselo, habían comenzado a llenar el vacío de la otra. Por primera vez desde que dejó su antiguo hogar, no sintió la necesidad de aullar. El silencio bastaba, porque ya no estaba sola.

Con el atardecer ya asomándose en los árboles, y a pesar de las palabras que dijo ella, aún no sabía cómo cuidar de esa pequeña en un espacio tan grande y misterioso como lo era la naturaleza. Sabía que cuidarla era lo mismo que cuidar una flor en una intensa tormenta, algo frágil en un lugar tan extenso que no sabía los peligros que podría encontrar o pudo haber encontrado sola. Necesitaba pensar mejor en lo que estaba sucediendo, y para eso continuó con su costumbre. Buscó el árbol más alto sin alejarse mucho de su amiga y trepó hasta la punta para observar el cielo como ya lo había hecho tantas veces, ver la llegada de la noche podría darle las respuestas que ha estado buscando en todo este tiempo.

Desde lo alto del árbol, veía cómo el cielo se iba tiñendo lentamente de tonos dorados y violetas. Las copas se mecían con el viento, y entre ellas el sol parecía querer despedirse del bosque con una caricia luminosa. Abajo, la pequeña reía suavemente, recogiendo flores y formando pequeños ramilletes torcidos, sin saber que estaba siendo observada con ternura. Aún no sabía cómo cuidar a alguien. Había aprendido a sobrevivir sola, a escuchar los mensajes del bosque y a entender los ritmos de la noche, pero no a proteger a una vida tan pequeña. Miraba sus manos, sus garras, y pensaba si eran demasiado toscas para algo tan delicado. El viento sopló más fuerte, y ella levantó la vista al cielo, buscando una respuesta como solía hacerlo. Pero en vez de silencio, escuchó una voz desde abajo, suave y temblorosa:

‟¿Estás bien allá arriba?”

La criatura se asomó entre las ramas. Su amiga la miraba con una sonrisa tímida, sosteniendo una flor blanca entre los dedos. Por un instante, pensó que quizá el cuidado no era algo que se aprende sino algo que se siente cuando alguien te llama con esa voz.

Esa misma noche estuvo mirando al cielo en busca de esa respuesta que tanto deseaba saber desde que se fue de su viejo hogar en la otra parte del bosque. A su lado la pequeña descansaba tranquilamente con el peluche en sus brazos. Deseaba subir otra vez al árbol para observar mejor el cielo de la noche pero sabía que no podía dejar sola a su amiga en medio de la naturaleza nocturna, lo mejor era estar a su lado por las noches y protegerla como era debido. El canto lejano de los grillos y el crujir de las hojas la envolvían en una calma extraña, distinta a la soledad que antes conocía. Ahora había un ritmo más lento, una respiración que no era solo la suya: la de la niña dormida a su lado, con el peluche entre los brazos.

Observaba el rostro de ella iluminado por la luna. A veces, la pequeña sonreía en sueños, y eso bastaba para que la criatura sintiera algo nuevo, una calidez que no provenía ni del fuego ni del bosque, sino de dentro de sí.

Alzó la vista al cielo, buscando otra vez respuestas en las estrellas. Por primera vez, no pidió entender, ni buscó señales. Entendió que ya no tenía caso preguntarse por todas sus preguntas. Solo pensó en aquella certeza que la había despertado aquella mañana: ‟ya no puedes quedarte.” Ahora comprendía que tal vez no se refería al bosque que dejó atrás, sino a su antigua vida. El viento sopló con suavidad, como si quisiera arrullarlas a ambas. Bajó la cabeza y cerró los ojos junto a la niña, aceptando el silencio como un nuevo tipo de compañía.

Amanecía, y con eso iniciaba un nuevo día para ambas. La criatura observaba como su pequeña amiga aún seguía dormida con tranquilidad, a medida que iba recordando lo que pasó ayer entendió que las palabras de ellas, aunque no las entendiera del todo y aún le faltara aprender su lenguaje, tenían un significado que ella debía entender para que no la dejara ir por un error que podría cometer.

Un ruido familiar la interrumpió de su pensamiento. Al revisar en su alrededor nota que en la rama de un árbol se acercaba un pájaro a un nido en donde oía a polluelos pedir comida. El canto del ave acompañó el amanecer, suave y constante, como una enseñanza que el bosque le ofrecía sin palabras. Se quedó mirando al nido con atención: la madre bajaba, traía alimento, lo repartía con cuidado y después extendía sus alas para proteger a los pequeños del viento. Era un gesto sencillo, pero contenía algo que la criatura comprendió sin necesidad de lenguaje.

Bajó la mirada hacia la niña, que se frotaba los ojos aún medio dormida. La niña sonrió al verla y le tendió la mano, con la naturalidad de quien confía sin dudar. La criatura respondió con un leve movimiento de cabeza, un gesto torpe pero lleno de intención, como si el instinto empezara a volverse comprensión. El bosque despertaba alrededor: el murmullo del agua cercana, los pasos de algún ciervo en la distancia, el crujir de las ramas bajo el sol joven. Y por primera vez, ella no se sintió sola entre esos sonidos. Entendió que cuidar no era solo protegerla del peligro, sino aprender a estar junto a otro ser. Observar, escuchar, compartir. Como lo hacían todos los que alguna vez habían vivido en el bosque.

Caminaba con pasos lentos, dejando que su pequeña amiga la siguiera entre raíces y hojas. Cada cierto tiempo volteaba para asegurarse de que la niña no tropezara, y cuando lo hacía, se detenía a esperarla. Era un reflejo natural que había aprendido de observar tantas veces a las madres del bosque que guiaban a sus crías por los senderos.

La pequeña, en cambio, la miraba con una mezcla de ternura y desconcierto. A veces le hablaba con voz suave, marcando las sílabas con paciencia, como si intentara enseñarle palabras sin asustarla.

‟A-mi-ga...”

Su amiga la observaba sin entender del todo, pero imitaba el movimiento de sus labios, curiosa. El sonido que salía de su garganta era apenas un murmullo, una mezcla de ronroneo y aliento. La pequeña sonreía y volvía a intentarlo, señalando su propio pecho, luego apuntaba a la criatura, esperando que respondiera.

‟A-mi-ga...”

Ella inclinó la cabeza, pensativa. No sabía si debía decir algo, pero comprendió que ese era el momento en que los nombres nacían, cuando alguien te miraba y te llamaba por primera vez. El viento sopló entre los árboles, llevando con él el eco de las voces del bosque. Y aunque aún no podía hablar, algo en ella empezó a cambiar: entendió que cada palabra era una forma de ser vista, y que esa pequeña humana deseaba verla no como bestia ni sombra, sino como alguien real.

Durante el camino, le contaba sobre su nueva vida con ella que ahora consideraba una amiga de verdad, se sentía bastante alegre luego de haber ganado su confianza pese al poco tiempo que tienen de haberse conocido. Ella, por su parte, no comprendía las palabras, pero comprendía el tono. Cada frase que salía de los labios de su amiga sonaba como un canto pequeño, una melodía que el bosque no conocía, pero que lo hacía más cálido. La niña hablaba mientras recogía flores, mientras se agachaba para tocar las hojas húmedas o mientras acomodaba el peluche entre sus brazos con voz esperanzada.

‟Cuando vea a mis papás... les voy a decir que quiero quedarme contigo. Que ya no me da miedo el bosque. Que tú me cuidas.”

Ella la escuchaba desde unos pasos detrás, ladeando las orejas como si intentara atrapar cada palabra. No entendía el significado, pero algo entre ternura y calma despertaba. El viento rozaba su pelaje, y por un instante, tuvo la sensación de que esa pequeña voz humana llenaba el mismo espacio que antes llenaban sus aullidos solitarios. La pequeña volteó hacia ella, sonriendo.

‟¿Verdad que sí, amiga?”

Su peluda amiga inclinó la cabeza y emitió un suave sonido, algo entre un ronroneo y un suspiro. No era un ‟sí” ni un ‟no”, pero la niña lo tomó como respuesta. Entonces ambas continuaron caminando bajo el sol, una criatura sin nombre y una niña que hablaba con la esperanza de dos vidas nuevas entrelazadas.

Esa niña no era como las demás criaturas del bosque: no cazaba, no seguía rastros, no trepaba ni olfateaba el aire como ella. Era torpe, lenta y ruidosa; pero tenía algo que ningún otro ser del bosque poseía: una curiosidad infinita.

Cada mañana, ella intentaba enseñarle cómo sobrevivir. Le mostraba cómo moverse en silencio entre los matorrales, cómo distinguir las raíces comestibles de las amargas, cómo guiarse por el viento. Pero siempre terminaba haciendo algo distinto: se reía, se revolcaba en la tierra, se ensuciaba las manos mientras decía palabras que la criatura aún no comprendía.

Cuando regresaba con una presa, la niña hacía un gesto de negación y la tiraba a otro lado lejos de ella. Cuando traía hojas y raíces, apenas las tocaba. Solo cuando le ofrecía frutos, su rostro se iluminaba, y los devoraba con una alegría que hacía reír al bosque entero.

No era una criatura salvaje, pero sí una criatura viva. Y eso, con el pasar de los días, lo entendió.

A veces la tenía que apartar con suavidad cuando se acercaba demasiado a los arbustos espinosos o cuando un insecto la picaba. En otras ocasiones, la pequeña se quedaba dormida en medio del juego, abrazada al peluche, mientras vigilaba el entorno con la calma de una guardiana.

Así fue como empezó a verla de otro modo: no como una intrusa ni como una extraña, sino como algo más delicado que debía cuidar. Una pequeña traviesa, sí, pero su pequeña traviesa.

En las noches, cuando la veía dormida alegre y tranquila, sentía que ahora su vida iba un poco mejor de lo que fue antes de conocerla, y deseaba saber más de todo lo que vivía ahora. Pasaba las noches así, en silencio, con el lobo de peluche entre sus manos. Lo giraba despacio, lo olfateaba, lo miraba como si pudiera escuchar algo escondido dentro de su cuerpo de tela. Había algo en ese objeto que la inquietaba: no era solo el olor a tierra o el hilo gastado, era la presencia, esa sensación de que el peluche sabía algo que ella no.

Miraba a la niña dormir, con su respiración suave y el rostro cubierto por mechones enredados. A veces murmuraba palabras dormida, nombres quizás, o sueños, o recuerdos que las dos no podían entender.

En esas noches, se preguntaba cosas que nunca antes había pensado:

¿De dónde vino esa pequeña?
¿Por qué estaba sola?
¿Tenía padres que la buscaban?
Y lo que más la confundía... ¿por qué sentía que debía cuidarla, si nadie se lo había pedido?

El bosque le había enseñado a sobrevivir, no a proteger. Pero esa niña había despertado algo distinto: una necesidad que no era instinto, sino algo más profundo. Acariciaba el peluche con los dedos, y sus ojos brillaban con el reflejo de la luna. No sabía si era una promesa o una duda, pero cada noche algo le decía lo mismo, en su silencio ancestral:

‟Mientras ella esté aquí... a ti no te faltará nada.”

El cielo estaba despejado, tan profundo que parecía llamarla por su nombre, aunque todavía no lo tuviera. Las estrellas titilaban como si supieran un secreto que no podían decirle, y ella, quieta entre la respiración dormida de la niña y el rumor del bosque, comprendió algo por primera vez que su camino no había sido un error. Todo lo que había dejado atrás, su madriguera, los árboles antiguos, el aire que conocía, no fue una pérdida, sino un paso. Había llegado hasta ahí no por azar, sino porque tenía que hacerlo.

Esa pequeña humana, frágil y luminosa como una chispa entre la hierba, no era un final, era el principio. Alzó la vista al cielo con serenidad. Su pecho se movía despacio, como si el viento la respirara a ella también. Ya no sentía miedo, ni confusión, ni la soledad que antes la perseguía. Pero en algún rincón de su instinto, algo murmuraba: ‟Aún no termina.” El bosque le había dado un primer regalo: compañía.

Y en su mirada, ahora más humana que animal, se adivinaba la certeza de que vendrían más encuentros, más señales, más pruebas para entender lo que en realidad era.

El cielo permaneció en silencio, pero esta vez no necesitaba respuesta. Porque dentro de ella ya había nacido una, su vida recién empezaba.

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Vaya que me he tardado más de lo que esperaba en escribir este segundo capítulo de la historia, me tomó casi medio mes en escribir todo. Eso también cuenta con esta versión. Me tardé más tiempo de lo que pensé en mover la historia al blog y hacer sus respectivos cambios para que encajara con la página.

Como sea. Espero y les haya gustado, pronto seguiré con los artículos normales. Estaré trabajando en la traducción de una historia que encontré y después retomaré un artículo que dejé en 2023. Nos vemos.

sábado, 11 de octubre de 2025

Bionicle 3 - Red de sombras | 20 años contando el gran rescate y las bestias interiores

Antes de que los Toa de Metru Nui dieran su poder para convertirse en Turagas de la isla que posteriormente sería Mata Nui, ellos hicieron un segundo viaje para rescatar a los Matoran que aún estaban atrapados en la isla devastada que alguna vez fue el hogar de todos ellos. Lo que ellos no sabían era que con esta llegada se desataría otra serie de eventos en los que estarían involucrados junto a una invasión de seres que han venido por ordenes de Makuta.
Así es como empieza esta tercera película de Bionicle, que cuenta la segunda mitad del arco histórico del 2004 - 2005. Esa parte de la historia significó mucho por lo que vendría después y por lo que sucedió antes, de ahí el por qué fue un punto importante para la saga. Junto a esta película llegaron cosas nuevas tales como juguetes, historietas y novelas.

De la misma manera que lo he hecho con las anteriores películas voy a hablar acerca de esta en una retrospectiva y sobre lo que significó por aquel año 2005 y el que siguió después. Hay una que otra cosa que puedo contar de esta peli por lo que he llegado a ver durante las veces que volví a verla. Ya llegaremos a eso.

Por razones obvias ya no les pondré un acceso a la película en Youtube, aunque tengo suerte de haberlas respaldado antes de que eso sucediera.

Si bien la trama peca de tener los mismos tropiezos que en las películas anteriores, sigue siendo disfrutable por lo que tiene para contar, y eso se puede ver desde los primeros minutos de la película con Vakama y el resto de la pandilla siendo atrapados por los Visorak de forma desprevenida. De la misma manera que ocurrió con los arcos pasados, hay bastantes cosas que las han estado explicando en otros medios como lo fueron los comics y juegos. Pudo haber sido algo mejor si no fuera por algunas limitantes como el tiempo de la película, y por eso decidieron omitir varios detalles; eso es lo que creo yo con respecto a todo esto.

Aquí es donde se presentan algunas cosas que son buenas dentro de la película. Una de ellas es la forma en la que presentan a los villanos, oír a los Visorak reunirse mientras se acercan a los Toa es quizás una de las cosas más atrevidas que he visto en una película animada, uno puede sentirse dentro de la historia en este preciso instante por lo que uno puede oír. Sin exagerar con esto, puedo decir que este momento es uno de los mejores dentro de las películas de Bionicle por todo lo mencionado, y me parece justo tener que decir esto: las tres películas dan una buena imagen a cada inicio.

Si uno lo piensa bien, hay una forma en la que el inicio de cada película sea diferente, de modo que sea visible una cosa que caracterizan los arcos en donde se ubican. Pero de eso lo hablaremos más adelante.
Regresando con los puntos buenos, el par de villanos que está presente es de los mejores dúos malvados que he visto en la animación. Sidorak y Roodaka son una pareja que deja en claro lo que pueden llegar a ser capaces al tomar control de un territorio tan grande como lo es Metru Nui. El contraste es evidente cuando ves a los dos actuar. Sidorak es el clásico malo que parece ser un completo monstruo despiadado pero que en realidad le falta algo de experiencia para ser un rey de una horda, es lo que un villano como él necesita para ser carismático y a la vez malvado (que Rubén Moya le haya dado voz en el doblaje le añade puntos). Una pena que se haya muerto en la batalla final. Por el otro lado está Roodaka, la cual es la definición de cómo hacer una buena villana en una historia, demuestra ser fiel a un mal mayor como lo es Makuta, logró manipular a un líder que estaba dudando de sí mismo como Vakama, es quien manda en la horda Visorak y dejó morir al rey para con tal de quedarse con todo lo que consiguió para ella y para Makuta. Así es como se hace a una buena villana, con buenas motivaciones y una personalidad bien escrita.

Esto deja ver que los villanos de esta película están bien hechos para la trama de la película cuyo objetivo es mostrar algo nuevo para los Toa y lo que tienen que saber mientras recorren la ciudad nuevamente para rescatar a los Matoran, aunque eso signifique pasar por cambios tan grandes que los harán dudar.

Esta segunda mitad de la historia de Metru Nui tiene sus cosas también sin contar los tropiezos y cosas que pasan por alto. Entre sus puntos más interesantes está el cambio que tienen los Toa tras ser capturados por los Visorak, pasando de ser los Toa Metru a los Toa Hordika. En un primer momento todo parece confuso para ellos al haber pasado por la transformación tan de repente, pero al oír las palabras de un tal Norik, saben que lo mejor es ordenar las cosas antes de dar otro paso.

Esta idea funciona para la trama de la película ya que se deja ver que los Toa vuelven a dudar de ellos mismos tras fallar en el primer intento y el grupo queda vulnerable al quedarse sin Vakama, quien se ha dejado dominar por la horda y ahora es el nuevo mandamás de los Visorak. Ese elemento del líder siendo usado por el villano para su beneficio es uno que algunos suelen recurrir para sus historias, y si es en una secuela queda mejor para dar algo de desarrollo al protagonista como lo es en este caso con Vakama.
‟¿Qué tengo?”
Los escenarios de esta película son igual un punto que se debe mencionar. En escenarios tales como el gran templo o el escondite de Keetongu se deja ver que dieron un buen trabajo al momento de crear escenarios que encajaran con lo que sucede en esas escenas. Cuando hay niebla también es visible todo eso. Es una manera de demostrar que, para una película de unos juguetes de Lego, hicieron un buen trabajo como lo han hecho en sus otras películas que salieron en los años pasados. Así que sí, el apartado de animación es otro punto bueno que tiene la película, aunque tampoco es que diga que haya envejecido tan bien, eso ya se los dejo a su propio criterio.

En la anterior película mencioné que las motivaciones de los protagonistas daba paso a uno de los mejores desarrollos dentro de este universo; aquí se pone a prueba otra vez lo que son en realidad los Toa, decididos a continuar con el objetivo que tienen y acabar con el reinado de ambos reyes en Metru Nui. En este lado hay de donde hablar, y eso que es apenas una pequeña parte de lo que he hablado de los personajes. Ya he mencionado que el par de villanos son de los mejores que he visto en la animación en general por el contraste que generan con sus escenas, de ahí en más, hacen un equipo para desafiar a los Toa. De la horda Visorak hay un buen trabajo con representar la principal amenaza de esta peli usando unos Rahi que, al trabajar juntos, representan una verdadera amenaza para cualquiera. Pues, es fácil saber que todo lo que mencioné de la horda y sus líderes es bueno porque hacen notar que tienen a un superior que desean liberar y expandir el poder de ambos en la ciudad, un trabajo decente con eso.

Cada uno de los Toa, por su parte, dejan su parte cuando se trata del desarrollo de la trama. Vakama sigue siendo ese protagonista inseguro de sí mismo como en su antecesora, solo que aquí es más porque se dio cuenta de que su arrogancia lo llevó a todo este enredo y posterior control de parte de Roodaka. Los actos que comete como consecuencia de su traición son una prueba de que aún le falta un poco más por aprender, y entre ellos de sus errores. Se da cuenta de eso tarde, pero entendió que lo mejor es trabajar con su equipo, sin importar cuan grave sea la situación.

Para los otros Toa también hay cosas a tomar en cuenta con sus desarrollos. Nokama sigue siendo la voz de la razón del grupo, solo que aquí se deja de lado eso para centrarse en lo que ahora es, una Toa que busca también respuestas sobre lo que pasa con la ciudad y con ella misma, y todo eso sin pasar por alto lo que ella es como Toa y alguien que alguna vez estuvo en una ciudad como Metru Nui. Es una pequeña mejora que está bien para la Toa del agua, se añade algo nuevo sin quitar lo que tuvo en la anterior peli de una buena manera sin que ambas cosas choquen. Una buena mejora.

Matau tiene un desarrollo que, en mis propias palabras, le quedan tan bien al Toa. Pasa de ser el Toa que le gusta lucirse con sus habilidades a uno que entiende que lo mejor es confiar en sus hermanos y en sí mismo, así las cosas saldrán bien y como él lo espera. Eso se pudo demostrar con su enfrentamiento con Vakama, donde se termina por disculpar con el escupe fuego y le hace entrar en razón con la unidad, su deber y su destino. De esta manera, él es quien logra traer a Vakama de regreso con su equipo. Esa reconciliación es, sin duda, uno de los mejores momentos de la película.

A Whenua se le reduce su tiempo en pantalla pero se le compensa sus aportaciones para momentos determinados como el rescate de Norik o la búsqueda de Keetongu con el resto del equipo. Se deja en segundo plano sus ideas del pasado para centrarse en lo que es ahora como Toa Hordika, aunque eso tuvo algo de importancia en los cómics y novelas que se desarrollaron en el gran rescate. Su memoria y capacidad para recordar el pasado siguen presentes en el Toa, y a eso se añade la decisión de continuar con su misión sin importar lo que ha pasado como al resto del equipo.

Onewa y Nuju siguen siendo los que menos aportan en la película, y sus participaciones siguen siendo pocas. En el lado del Toa de hielo se deja atrás su pesimismo para que vea el buen futuro de lo que están haciendo y así poder cumplir lo que prometieron. Aunque sea poca su participación, deja ver el buen personaje que es al trabajar con sus hermanos y el resto de compañeros que tiene en la ciudad, nada mal para un erudito. El Toa de la piedra también tiene su parte. Deja su lado pesimista y temperamental para dar paso a la unión con el resto de Toa tras ser un Toa Horika y la traición de Vakama, sigue ahí para escuchar a lo demás, aunque se le salga un poquito de la personalidad que tenía antes. Me gusta ese resultado en él.

Todos los Toa han dejado algo bueno en esta película y no difieren mucho de la anterior, solo tienen unas pequeñas mejoras y el desarrollo hace el resto, sobre todo con Vakama y Matau. Pasaron de ser un grupo que estaba orgulloso de haber vencido a un mal como Makuta para después enterarse que había alguien más controlando todo lo que causó y ahora deben detenerlos para desbaratar el plan, y de paso hacer entender que, a pesar de lo obstáculos, siguen siendo Toa destinados a cuidar de los Matoran que habitaron Metru Nui.

Los otros personajes también tienen su parte al ser un punto importante para que avance la historia. Cada uno de los nuevos personajes deja ver que pueden ser de ayuda para los Toa.

Empezando con los Rahaga, cada uno tiene el mismo tiempo en pantalla y aportan lo mismo que los Toa. Siendo ellos los que guían a los Toa a su siguiente objetivo que es encontrar a Keetongu, hacen un buen trabajo con hacer entrar en razón a los Toa pese a las dudas que tienen sobre la situación. Son un buen apoyo para ellos en pocas palabras, y cada uno tiene algo que aportar aunque participen por solo unos segundos. Norik es quien ocupa la mayor parte de esas aportaciones para dar paso a lo que seguiría después con la búsqueda.

Los otros Rahaga no hacen mucho en toda la trama, y eso es otro punto malo. Gaaki y Bomonga apenas sueltan información vital para los Toa, Iruini hace un chiste con su primera aparición, Kualus y Pouks están nada más ahí de adorno sin soltar un dialogo o escena. De todo esto puedo mencionar que la participación de los Rahaga está entre lo bueno y lo mediocre por lo poco que tuvieron algunos, esperaba que cada uno tuviera su parte en todo lo que fue el gran rescate en la película; mínimo tenemos el resto de material que sacaron durante ese año para saber que todos tuvieron algo importante al lado de cada Toa, y eso se agradece si es que viste primero la peli.

Keetongu funciona como un ser que es de gran ayuda para los Toa y los Rahaga, y es de esos personajes que no necesita diálogos para quedar mejor como personaje, le queda perfecto que use otros sonidos para comunicarse con el equipo. A esto se suma que su participación en la pelea final es sublime, él es quien da el golpe final y remata a Sidorak. Como personaje que se agrega a esta peli cumple con lo que promete y se vuelve en uno memorable por lo que hace durante su participación.

Son personajes que han sido un buen agregado a la trama y que lo hacen avanzar a un buen ritmo sin entorpecer el papel de los Toa. Tanto los Rahaga como Keetongu hicieron un buen aporte para ser el apoyo de los Toa en un evento como lo fue ese rescate de los Matoran a manos de la horda Visorak. Fue algo que funcionó bien para ese año con la introducción de esos nuevos personajes, sobre todo con lo que se iba a saber poco después de parte de los Rahaga.

Makuta sigue siendo una pieza clave dentro de la trama, siendo él quien convocó a la horda y a los dos líderes para que aseguraran su plan y así poder tener el control cuando esté libre. Es una pieza clave que está ahí y se menciona con frecuencia a pesar de que no tener participación alguna más que ser algo que todos deben recordar y la razón de porque deben estar en Metru Nui para rescatar a los Matoran. Un detalle sutil que se agregó bien para este personaje que estuvo dos películas antes.
Ignoren al Megatron del Bayverse. Se coló en las redes Visorak.
Al igual que en las dos películas anteriores se omiten varios sucesos que pasaron los Toa para llegar a puntos tales como la traición de Vakama o la búsqueda de Keetongu. Tal vez los más interesantes sean una conversación con una planta llamada Karzahni (mismo nombre que el otro ser, aunque la planta no tiene nada que ver con él), quien se ofreció en sanar a Nokama a cambio de protodermis energizada. Todo esto se ve en el juego de Bionicle: Laberinto de Sombras, que relata lo que sucedió antes de regresar a Metru Nui.

La segunda cosa interesante que pasan por alto es la búsqueda de la máscara de la luz. Todo eso fue algo que habían hecho los Rahaga anteriormente y ahora necesitaban a los Toa para recuperarla, y para eso necesitaban la piedra Makoki, una tabla de piedra que contenía información de la hermandad de Makuta. Fueron demasiados los problemas que tuvieron para encontrar las piezas y así dar con la máscara de la luz, pero eso valió demasiado por lo que vendría mucho después tras terminar con el rescate.

Estos sucesos son los más interesantes que pasan por alto y lo explican por otros medios, hay más que sucedieron, pero creo que estos son los más interesantes porque explican unas cuantas cosas que la película omite o de plano lo hace de otro modo, la primera aparición de los Visorak es un buen ejemplo de lo último. Debieron dejar aunque sea una mención a varios de esos sucesos durante el gran rescate.

En cuanto a los puntos malos, ya he mencionado algunos como el potencial casi desaprovechado de Sidorak o los eventos que omiten, pero también hay otros que son notables. Uno de ellos es que a veces se siente que algunas clases de Visorak fueron más aprovechadas que otras, a lo que me refiero con esto es que mientras veía la peli sentía que le daban más relevancia a los Keelerak que a los Roporak, lo cual es algo desbalanceado para ser una horda Rahi. Aunque eso no es tan malo, todos tienen la misma relevancia en la pelea final.

El último punto malo es que la traición de Vakama se siente igual de desaprovechado. Todo lo que hizo no fue más que unas pocas tales como atacar a Norik para demostrar que cambió de banqueta y llevarse al resto de Rahaga con Sidorak. Hubiera estado interesante verlo cometer más maldades a lo largo de su estancia con la horda, y que le esté pisando los talones al resto del equipo en la búsqueda de Keetongu.

Eso vendría a ser los otros puntos malos que he visto en la película. Sinceramente esperaba otras cosas más en la aventura de los Toa Metru devuelta a Metru Nui para rescatar a los Matoran mientras descubren el peligro que representa la horda.

Siguiendo con los puntos buenos, la batalla final en el coliseo es otro punto excelente en las películas de Bionicle. Se puede llegar el valor y la determinación de los Toa por recuperar lo que queda de Metru Nui, los Matoran y Vakama; algo que deben tomar en cuenta las peleas finales entre los protagonistas y un ejercito dentro de una película animada es que siempre debe haber una buena forma de mostrar lo que pasa y que se vea tan bien, y esta película cumple con dejar un buen detalle visual con la pelea. Ya mencioné que la discusión entre Vakama y Matau es uno de los mejores momentos de la peli.

El epilogo es también otro punto bueno porque da esa sensación de alivio que deja las otras películas, uno tan tranquilo que sientes que ahora sí los Matoran y Toa (posteriormente Turaga) estarán a salvo luego de tantos peligros en la vieja ciudad, o al menos eso fue por un tiempo largo tras la llegada a la isla de Mata Nui. Así es como concluye esta trilogía de películas ambientada en el universo Matoran, e hicieron un buen trabajo con hacer unas películas donde se explora un poco de lo que es este universo en sus primeros arcos históricos, posteriormente llegarían otros contadas de otra forma, pero esa es otra historia.

Todo lo que mencioné en la película anterior está presente aquí también. Los Toa Hordika siguen siendo esos personajes tan importantes para Metru Nui y posteriormente Mata Nui al convertirse en Turagas. Pasaron por muchos retos y peligros para conseguir todo lo que necesitaban para el gran rescate, y eso hace que el titulo de protectores tenga más peso en ellos a pesar de haber perdido la ciudad que para ellos lo era todo.

Y sí, Vakama sigue siendo el personaje con mayor desarrollo en este arco histórico porque las cosas que ha tenido que pasar podrán ser predecibles y todo eso, pero ha sido un punto bueno para la historia del Toa, logró dar una buena imagen al Turaga que contaba todo y reveló que ellos eran esos Toa hasta partir de regreso a Metru Nui. Ha sido un buen desarrollo para él con el resto de su equipo, lo justo para una historia como lo fue en esta película.

Presenta los mismos errores que las anteriores, pero aquí el desarrollo de los Toa es más notable y avanza tan naturalmente que uno pasa por alto los puntos que ya he dicho y que omiten, aunque los verdaderos fans sí se darán cuenta de eso. Todo lo demás que se ha visto es un buen ejemplo del empeño que le pusieron al querer mostrar lo que quedaba de la ciudad tras lo sucedido antes con Makuta. Se ha podido ver un buen trabajo para dejarnos una buena película que refleja todo lo que pasó hasta que logran rescatar a los Matoran y disipar la horda Visorak.
¿Qué aportó para la franquicia esta película?

Más que algo importante para el futuro de la franquicia, aportó cosas importantes que ya habíamos visto en los arcos anteriores, y ya todos sabemos cuales son.

Tras el final de ambas películas se ha dejado ver unas cosas que hacen referencia a esos sucesos. Uno de los más destacados es la máscara de la luz, la cual escondieron en una parte de la isla y fingir que eso era una leyenda para los Matoran. Eso terminaría por el punto de partida para lo que seguiría después, con los Turaga revelando que ellos eran los Toa Metru (aunque temían contarles sobre los Toa Hordika).

Tras el regreso a Metru Nui fueron recibidos por Turaga Dume, los Rahaga y Keetongu, siendo una linda forma de mostrar que, a pesar de todos los años que pasaron distanciados, ellos no se olvidaron de los Toa que lo dieron todo para proteger la ciudad aunque haya estado en ruinas.

Ya entrando en lo que fue después de lo sucedido, hay cosas que también se deben destacar. Uno de ellos es la presencia de ‟Salvaje”, un Toa que también fue mutado por el veneno Hordika y terminó convertido en una bestia a diferencia de los otros Toa. Eso da la posibilidad de que haya otros como él que hayan terminado igual o peor, quién sabe que haya pasado.

La relevancia que tuvo Roodaka y los Rahaga fue considerable en la historia posteriormente. Por un lado tenemos a ella que ha estado rondando por ahí haciendo una que otra maldad, en cierto punto es encontrada por los Toa Nuva y la obligan a regresar a los Rahaga a su forma original de Toa Hagah. Y hablando de los Rahaga, en una parte de la búsqueda de piezas para hacer la aeronaves con las que regresaron a Mata Nui, Bomonga termina revelando a Whenua que ellos también fueron Toa en algún punto de sus historias pero terminaron convertidos en esos seres por culpa de Roodaka durante una redada por la máscara de la luz y posteriormente hechos prisioneros (con excepción de Norik e Iruini). Tras el gran rescate los Rahaga tuvieron una participación considerable, ellos regresaron a Xia para ayudar a los residentes del lugar en medio de una batalla que se estaba desatando.
Esta es la canción que suena al final de la peli, una de las mejores que he podido escuchar en una película animada. La mayoría de las canciones que compusieron para los juguetes son excelentes.

Y por último, los Visorak también tuvieron una participación más que considerable en el resto de la historia. Tras su disolución en el gran rescate estuvieron cometiendo varios asaltos en varias islas por todo el universo Matoran; en todos estos asaltos tuvieron que pelear con varios enemigos para tener el control de sus territorios, y siempre terminaron perdiendo. Así ha sido el resto de la historia de los Visorak en todos los arcos posteriores hasta el final, interesante que hayan pasado por muchas cosas tras haber disuelto la horda.

Dije que las tres películas dan una buena imagen a cada inicio, y eso hacen. Con la primera nos meten a todo ese mundo fantástico y tranquilo que representa la isla de Mata Nui como lo ha hecho desde sus inicios. En la segunda película nos introduce a todo el mundo que representa Metru Nui en sus mejores años, lo necesario para dar inicio a lo que es esta cuidad. Y por último, en esta tercera nos vuelve a introducir a Metru Nui pero ahora devastada e invadida por otros seres, y eso deja ver la vulnerabilidad que ahora tiene la cuidad. En resumen tienen su modo de empezar una historia y lo supieron aprovechar bien para que podamos conocer un nuevo mundo.

Esta película al final marcó un punto importante dentro de la historia de los Toa Metru hasta que finalmente llegaron a Mata Nui y despertaron a los Matoran. Se pudo observar que ellos pasaron por todas las cosas que acabo de mencionar para así cumplir la misión que tenían planeado desde el inicio, aunque eso los llevó cosas tales como la búsqueda de la máscara de la luz o la corta traición de Vakama. Fueron grandes retos que tuvieron que cumplir para que finalmente pudieran acabar con todo y así dar inicio a una nueva historia siendo Turagas,

Había dicho anteriormente que deseo las figuras de los Toa Metru, pero también quiero las de los Toa Hordika y Sidorak ya que son las que más me han llamado la atención de todos los sets que salieron en 2005. Esta película y los juguetes son piezas que deben estar en un museo por ser algo que muchos recordamos con cariño y que las nuevas generaciones están por conocer, es lindo saber eso en franquicia como esta.

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Así es como terminamos este aniversario de la tercera película de Bionicle. Por un momento creí que tardaría más en escribir este artículo al ser algo que me acordé casi tarde pero al final tardé menos en escribir este artículo. Creo que fui más rápida escribiendo este que los otros artículos de las películas anteriores.

Haber aprovechado la última semana de septiembre para escribir esto fue una buena idea al final de todo, y eso que estuve más concentrada con mis fanfics en esos días.

En fin, espero y hayan disfrutado este artículo. Díganme que les pareció esta película y si ha sido un buen punto para la historia de estos Toa. Yo por mi parte debo estar más que lista porque está por llegar la nueva temporada de ¿Quién es la máscara? y ya sabrán que estaré creando mi reseña a la temporada que llegará a finales del año. Llegará el trabajo duro en estos últimos meses.

Espero y pasen un buen día, eviten a la arañas, y yo me despido. Nos vemos en otro artículo pronto.

Recuerden que pueden comentar y dar su opinión de este articulo para continuar con cosas interesantes como esta, también puedes compartir tus ideas en los comentarios, cualquier sugerencia será aceptada de mi parte.

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De antemano les agradezco por sus vistas en el Blog.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Una melodía en el bosque | 🌸𝓤𝓷𝓪 𝓥𝓮𝔃 𝓮𝓷 𝓣𝓾 𝓥𝓲𝓭𝓪🌸 - Capítulo 1

En las profundidades de un bosque, todo parecía estar en completo silencio. No parecía escucharse ruido alguno en ninguna parte. Los arboles y el resto de la vegetación cubrían las alturas, tapando casi por completo la luz del sol que recién empezaba a salir.

De un momento a otro los ruidos comenzaron a escucharse. El movimiento de las plantas por el viento era lo que más se escuchaba, seguido por el canto de los pájaros que comenzaban a volar por todas partes, dando una reconocida melodía en la naturaleza. Con esos cantos se da el inicio de un nuevo día en el bosque, los animales estaban listos para hacer las cosas de siempre al no tener a alguien que los interrumpiera, no había algo fuera de lo normal en un lugar tan tranquilo como este.

Un pequeño grupo de pájaros volaba por los arboles, escuchando los cantos de otros mientras seguían su camino. Siguen volando y escuchando la melodía hasta aterrizar en un árbol que tiene un nido, habían volado tanto que necesitaban descansar. En ese mismo árbol, otros animales que se encontraban allí estaban despertando de su sueño y yendo de un lado a otro a hacer sus rutinas de animales. Construir nidos, ir por alimento, cuidar a sus crías, vigilar sus territorios, buscar una pareja. Tenían muchas cosas por hacer todos los animales del bosque. Bajo los arboles también había cosas por hacer. Los animales que estaban en tierra firme comenzaban a levantarse después de dormir tanto y partieron a hacer todo lo que los caracterizaba como animales, así es la naturaleza en este bosque y en cualquier otro lado.

Los animales se hallaban en completa tranquilidad escuchando el ruido del bosque, siendo algo completamente normal para ellos, todos esos ruidos los animaban a realizar todas las actividades que se encontraban haciendo. Algunos pájaros que se encontraban el los arboles seguían cantando, el ambiente era más relajante de lo normal en el bosque. Sin embargo, algo salió diferente, los pájaros dejaron de cantar al oír otro canto que más parecía una voz, alguien estaban allí con la naturaleza. Algunos animales se habían ido y los que quedaban intentaban saber de dónde provenía esa voz, una que se les hacía familiar y a la vez no. Volvieron a escucharlo, y esta vez se acercaron a un claro del bosque donde se podía oír mejor. Sabía exactamente de quién se trataba pero no sabían si acercase o alejarse; simplemente se quedaron ahí hasta saber quién hacía esos cantos.

De una madriguera sale una criatura grande con forma humanoide, tan humana que llamaría la atención de cualquiera. Esta criatura posee una apariencia animal tan peculiar, similar a un zorro; la cola, su hocico y sus orejas largas daban a entender eso. Su rostro era de lo más bello en cualquier criatura que se hallaba en el bosque, una que era capaz de emitir todo tipo de auras al verla en esos ojos verdes que parecían un par de esmeraldas. Parecía ser la belleza de la naturaleza dentro de un ser vivo. Lo más llamativo de la criatura era el color de su pelaje, una combinación de fucsia con blanco, no había alguien más en el bosque con estos colores.

La criatura, al igual que los animales, despertaba de un largo sueño vistiendo con telas viejas que cubren gran parte de su cuerpo. Los cantos que estaba haciendo los había dejado de cantar una vez que salió de su madriguera al mismo tiempo que los animales se alejaban tranquilos al verla salir, no les sorprendía verla en el bosque con ellos, al fin y al cabo era una más entre todos ellos. Unos cuantos se quedaron con curiosidad a ver a la criatura, quien se estaba arreglando el pelaje. Los más curiosos se acercaban a ella para ver su reacción, ella simplemente las miraba sin mucha atención, conocía a todos los animales del bosque y poco era lo que interactuaba con ellos en todo el día.

Al levantar su mirada al frente suyo nota que todos los animales se habían ido, y para ella eso significaba el comienzo de un largo día. Los pequeños animales habían vuelto para observarla otra vez, mirando curiosos cómo ella bostezaba y preparaba su cuerpo para este día. Comenzó a caminar rumbo a su siguiente destino, dejando atrás su madriguera y a los animales que la observaban, los cuales comenzaron a irse también.

En el camino no hacía otra cosa mas que pensar sobre que haría hoy y lo que hizo ayer, queriendo saber si aprenderá algo nuevo, tal como ha sucedido días anteriores. Con frecuencia volteaba la mirada para ver a los animales, que hacían lo suyo sin prestar atención a sus pasos y palabras. Sin embargo, ella podía entender un poco lo que ellos decían con sus ruidos, sabía que las cosas en el bosque estaban en total tranquilidad, y para ella se le hacía un poco aburrido tener que estar en el mismo lugar una y otra vez. Para eso ha tenido que recurrir a visitar otros lugares para no tener que aburrirse en todo el día, y sabía adonde ir hoy.

El bosque era su hogar, pero no siempre lo había sido. O tal vez sí. Los recuerdos no eran claros. Apenas recordaba cosas inusuales, que no sabía si eran propias de la naturaleza: las chispas de un pequeño fuego, una luz fuerte, una voz en otra lengua, el frío. Todo eso se deshacía cuando ella alzaba la vista y veía los árboles alzarse como centinelas.

Desayunaba con lo que encontraba: raíces suaves, un pequeño fruto entre hojas húmedas, o agua recogida entre piedras. Solo salía a cazar cuando era necesario, y no siempre llegaba a su madriguera con una presa. No cocinaba. No hablaba. No pensaba como los que vivían en casas.

Pero esa mañana, cuando fue a beber del arroyo, se detuvo. Una flor blanca flotaba sobre la corriente. No pertenecía a ese lado del bosque ni a otro que ella conocía. Lo sabía, porque nada flotaba desde allí. Las flores del otro lado eran raras, y nunca viajaban solas. La tomó con cuidado, y al olerla, algo dentro de ella se encendió: un recuerdo, un calor, una palabra que aún no sabía pronunciar. Se sentó. Observó la flor largo rato, como si esperara que hablara primero.

El día apenas comenzaba, pero ese pequeño cambio, una flor sobre el agua, ya había hecho que todo fuera distinto. Y sin saber por qué, la criatura miró hacia el norte, hacia donde el bosque se abría lentamente, como si el mundo la estuviera esperando.

La flor seguía en sus manos. No se marchitaba. Sus bordes, delgados como aliento, temblaban con la brisa como si respondieran al bosque entero. Esa criatura no sabía lo que era un mensaje, pero en ese momento comprendió que esa flor no era solo una flor que encontraría en el bosque.

Con el paso lento de quien se mueve sin rumbo fijo, la criatura empezó a caminar. Se movía por instinto, olfateando ramas, esquivando raíces que conocía de memoria, oyendo a los animales a lo lejos, sintiendo cómo el viento movía su pelaje con el mínimo contacto. Tenía un mapa en la sangre, grabado con mil pasos anteriores. Pero esa vez tomó un giro distinto.

No buscaba comida. No huía. Solo avanzaba sin un rumbo claro.

El sol subía con timidez, filtrándose entre los árboles altos, con unas cuantas ráfagas de luz viéndose en el camino. El bosque aún estaba húmedo por la neblina nocturna. Luego de haber recorrido por varios minutos, ella volvía a paso ligero entre la maleza, con las patas manchadas de tierra húmeda y el pelaje aún salpicado por hojas secas. La luz del medio día se filtraba entre las copas altas, iluminando su andar con reflejos que parecían seguirla. Su madriguera estaba hecho entre raíces torcidas, piedras pequeñas, musgo con olores peculiares y plumas de varios colores. No era un nido ni una cabaña, pero era lo suyo. Su olor lo cubría. Su calor seguía allí incluso cuando salía. Era hogar, aunque nunca había dicho esa palabra. Antes de entrar se detuvo un instante, siempre le gustaba escuchar el silencio del bosque antes, como si quisiera asegurarse de que su escondite seguía siendo solo suyo en todo el bosque.

Dentro, el aire era fresco, impregnado de tierra y un vago aroma a corteza. Empezó a mover las pocas cosas que había guardado en sus exploraciones: pequeños trozos de madera pulida por el río, plumas de tonos vivos, piedras que brillaban apenas con la humedad. Entre todas ellas, había colocado esa flor blanca. Estaba intacta, como si el tiempo no pudiera marchitarla. Aún desprendía ese peculiar aroma, y eso le daba una extraña calma que le erizaba el pelaje. La sostuvo entre sus patas, ladeando la cabeza, como si la flor fuera a darle una respuesta que aún no comprendía. Un instinto más profundo que la lógica le había hecho guardarla. Y ahora, al verla bajo la tenue luz que entraba por la entrada de la madriguera, sintió que aquella flor no era solo un adorno silvestre.

El bosque traía una calma total, más de lo normal, como si escuchara junto a ella. La criatura acarició suavemente los pétalos y, sin saberlo, aquella flor era una señal, un eco de lo que estaba por venir, y la primera pieza de un destino que ya la estaba buscando desde hace mucho.

Salió nuevamente de la madriguera, dejando la flor blanca en un rincón seguro, como si fuera un tesoro al que debía regresar más tarde. El aire del bosque tenía ese frescor que anuncia la llegada de la tarde, las primeras sombras se alargaban entre los troncos.

Comenzó a moverse con soltura entre el bosque, recogiendo lo que necesitaba: raíces comestibles, frutos silvestres que aún colgaban de arbustos escondidos, ramitas que crujían al quebrarse en sus patas. También arrancó manojos de hierba seca y musgo blando, sabiendo que le servirían para acolchar el suelo de su refugio contra el frío que se avecinaba.

No estaba sola. A cada paso, el bosque parecía observarla. Un par de ardillas la siguieron a la distancia, saltando de rama en rama, chasqueando con curiosidad al verla juntar nueces. Un petirrojo se posó cerca, inclinando la cabeza como si aprobara lo que hacía. Incluso un zorro joven, más pequeño que ella, se asomó entre los helechos y la olfateó desde lejos antes de correr con timidez.

Ella no hablaba con ellos, pero sus gestos eran respuesta suficiente: un leve movimiento de la cola, una mirada tranquila, un silencio compartido. Había aprendido que no todos los encuentros eran de peligro; algunos eran apenas roces, pequeños recordatorios de que el bosque no era suyo, sino de todos.

Con el tiempo, la carga entre sus brazos creció: piedras lisas que podrían servir para moler frutos, ramas fuertes para reforzar las entradas, hierbas aromáticas que había descubierto cerca de un arroyo. Cada cosa tenía un propósito, aunque todavía no supiera bien cuál.

Cuando el sol empezó a teñir de naranja las copas más altas, ya había llenado su pequeño viaje de hallazgos. Se detuvo a mirar cómo algunos animales la seguían aún con los ojos, y por un momento sintió que no estaba tan sola como creía. El bosque le respondía con compañía, aunque fuera breve y dispersa.

Cuando llegó el anochecer, ella había terminado de ordenar todas las cosas que había recolectado, pero cuando salió de la madriguera para dar un respiro, algo la hizo voltear a un árbol. Algo le decía que tenía que subirse y ver con sus propios ojos la llegada de la noche, dudaba en si hacerlo, pero luego de respirar profundamente se animó a hacerlo.

El aire nocturno se volvió más frío conforme alcanzaba la copa del pino. Sus garras se aferraban con precisión a la corteza, cada salto medido, cada apoyo firme; conocía ese ascenso de memoria, lo había repetido tantas veces que el árbol parecía reconocerla.

Cuando llegó a lo alto, se acomodó entre las ramas más resistentes y miró hacia arriba. El cielo se abría entero sobre ella, un manto en auténtica transformación. Primero, el último hilo de sol se apagó en el horizonte, pintando el bosque de un azul profundo. Luego, como pequeñas brasas, comenzaron a surgir los puntos de luz, una, dos, tres estrellas, hasta que el firmamento se llenó de destellos silenciosos.

Se había quedado quieta, sin pestañear, contando los segundos en los que la luz cambiaba de dueño, del sol a las estrellas. Aquella rutina le daba calma, como si por unos instantes pudiera sentirse parte de algo más grande que los límites de los árboles y el frío de la madriguera.

Pero esa noche, el silencio se coló de otra forma. Mientras observaba el cielo, una sensación de peso la acompañó, la certeza de su naturaleza y su soledad. Se preguntaba cuántos años había pasado así, entre ramas, musgos y raíces, viviendo como un animal salvaje y sin nadie a quien llamar suyo.

El viento movió las agujas del pino, y ella cerró los ojos un instante, escuchando. Una parte de ella quería creer que ese murmullo era una respuesta, un consuelo invisible. Otra parte dentro de su ser aceptaba la verdad: estaba sola, y esa soledad era a la vez su escudo y su carga.

El cielo entero la miraba, y ella, pequeña en la copa de un árbol, miraba de vuelta, preguntándose si alguna de esas estrellas era capaz de entenderla.

No consiguió una respuesta, solo podía oír los murmullos de los pinos que eran mecidos por el viento, pero no sabía si alguien o algo la había escuchado. Fue lo que pudo pensar mientras veía una vez más la noche. Descendió con cuidado, como si cada rama fuese un escalón que la regresaba lentamente a la tierra. Cuando finalmente sus patas descalzas tocaron el suelo cubierto de agujas secas, una corriente de aire la envolvió, fresca y cortante, como si el bosque hubiera querido recordar su presencia. Caminó de regreso a su madriguera, llevando consigo un silencio más pesado que antes.

Se recostó entre el musgo que había preparado horas atrás, intentando encontrar comodidad en la rutina de siempre. Pero esa noche no fue igual. Su cuerpo descansaba, sí, pero su espíritu parecía inquieto. No logró hundirse en ese sueño profundo y seguro que otras veces la había envuelto; en cambio, se encontró en un territorio extraño, frágil, como si estuviera entre la vigilia y lo desconocido.

Soñaba. No con paisajes ni con los animales del bosque, no con cosas que reconociera. El sueño era fragmentado, desordenado, cargado de un misterio que la inquietaba. Una sombra que se alejaba lentamente, más allá de su alcance. Un eco que apenas podía escuchar. Una voz, suave y distante, que parecía pronunciar un nombre... su nombre... antes de que ella siquiera tuviera uno.

Se removió entre el musgo, con las orejas temblando levemente, como si su cuerpo quisiera despertar y no pudiera. Afuera, el bosque permanecía quieto, pero en su interior algo se agitaba. Ese sueño, tan extraño como incomprensible, se aferraba a ella como una semilla recién plantada.

El amanecer llegó como siempre: el canto de los pájaros, el aire húmedo filtrándose por la entrada de su madriguera, la luz atravesando las hojas. Todo parecía igual... pero ella no lo sentía así. Se incorporó lentamente, acariciando con las manos el musgo que había usado como cama. No era el bosque lo que había cambiado. Tampoco su cuerpo, sus patas o su olfato. Era algo invisible, algo que le ardía dentro como un fuego silencioso.

Por primera vez desde que recordaba su existencia, tuvo un impulso que no nacía del hambre, ni del frío, ni de la necesidad de sobrevivir. Era otra cosa: quería entender.

Se quedó un buen rato sentada, inmóvil, mirando cómo los rayos del sol entraban en líneas doradas a través de la entrada de la madriguera. Nunca antes se había detenido a observar de esa manera, y de pronto le pareció importante. ¿Qué era lo que realmente había visto en su sueño? ¿Esa sombra que se alejaba? ¿Esa voz que la llamaba por un nombre que aún no tenía?

Sus manos apretaron sin darse cuenta la flor blanca que había guardado la tarde anterior. Esa flor... ¿por qué había sentido la necesidad de conservarla? ¿Qué era lo que había querido decirle el bosque cuando la puso en su camino?

Ella se levantó con un aire distinto, más ligera y más inquieta a la vez. Ya no se trataba de cazar, recolectar, trepar o dormir. No era solo sobrevivir. Algo dentro de ella pedía buscar más allá de la rutina, aunque no supiera cómo. El bosque seguía ahí, idéntico, pero ella ya no lo veía de la misma manera.

Se enderezó frente a la entrada de su madriguera y, como cada mañana, dejó salir de su pecho un aullido breve, ronco, quebrado en tonos agudos, tan parecido al de un zorro y tan diferente a lo que hizo el día anterior que los pájaros cercanos se agitaron en las ramas. Repitió el sonido, más largo, más sostenido, hasta que la vibración se deshizo en el aire frío del amanecer. Era costumbre, parte de su despertar salvaje, como si anunciara al bosque que ya estaba lista para moverse, para vivir otro día. No esperaba respuesta, pero hacerlo le daba una sensación de pertenencia: era la forma en que recordaba que todavía estaba ahí.

Después, alzó el rostro y comenzó a olfatear. Primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha, cada inhalación profunda y contenida, como un ritual aprendido sin maestros. Sus manos, instintivamente, tocaban el suelo húmedo, y sus orejas se tensaban en busca de cualquier señal. El olor a tierra mojada. El aroma tenue de resina, fresco y punzante. El rastro de algún conejo que había pasado horas antes. Y más allá, algo difuso, desconocido, como una corriente de aire que no terminaba de tener nombre. El acto era lento, pausado, solemne. Como si fuera una oración sin lengua, como si al olfatear pudiera leer lo que el bosque quería contarle. Cada olor era un hilo invisible, y ella trataba de seguirlos todos a la vez.

Ese día, más que nunca, sintió que buscaba algo. Aunque aún no supiera qué.

El arroyo la recibía siempre con el mismo murmullo cristalino, como un hilo de voz que nunca se cansaba de repetir su canto. Se inclinó hacia el agua y bebió con lentitud, dejando que cada sorbo le enfriara la garganta. Después, hundió sus manos peludas en el cauce y se lavó la cara, frotándose los ojos como si quisiera borrar los restos de su sueño extraño. Algunas veces, como esa mañana, se metió un poco más, dejando que el agua helada recorriera su pelaje y su piel. No lo hacía todos los días, solo cuando lo sentía necesario, como si aquel baño renovara algo dentro de ella además de limpiarla por fuera. Al salir, sacudió su cuerpo con un movimiento rápido, salpicando gotas que brillaron bajo el sol naciente. Subió a una roca cercana, plana y bañada de luz, y allí se recostó. El calor solar le acariciaba el cuerpo húmedo, evaporando la humedad y devolviéndole la calma.

Fue entonces cuando los otros se acercaron. Una pareja de ciervos jóvenes bajó al agua con pasos cautelosos, y no tardaron en seguirlos un par de aves pequeñas que revoloteaban sobre la corriente. Incluso un tejón, torpe y decidido, cruzó hasta el otro lado, ignorándola.

Ella los observaba con un brillo en los ojos que no era el mismo de antes. Antes solo los veía como parte de un entorno que debía respetar para sobrevivir; ahora los miraba con preguntas. Ellos bebían, caminaban, existían... como ella. Y aunque sabía que era distinta, verlos así la hacía sentir parte de algo mayor, como si no estuviera tan sola.

Se quedó tendida, con el sol acariciándola y los pensamientos recorriéndole la cabeza. El bosque seguía dándole lo mismo de siempre, pero ella ya no lo recibía igual. Había una diferencia, un vacío que se llenaba poco a poco de preguntas.

Durante la tarde, ella deseó correr por todo el bosque. No para escapar ni para cazar. Corría por el placer de sentir sus patas tocar la tierra húmeda, por ese breve segundo en que parecía volar antes de caer otra vez. Sus zancadas eran firmes y seguras, sus ojos abiertos. En esos momentos, no era ni zorro ni animal ni criatura, era el bosque corriendo dentro de sí, la naturaleza tomando una imagen propia de lo que es.

Era la manera en que su cuerpo recordaba lo que su mente aún no comprendía: que no había nacido para quedarse inmóvil, que el movimiento era su primera oración. Las ramas altas se agitaban con ella, las hojas secas estallaban bajo sus pasos, y hasta el viento parecía seguir su ritmo.

En medio de la carrera, por un instante, sintió que algo o alguien la acompañaba. Una presencia fugaz, como otra sombra corriendo a su lado, invisible pero real. Giró la cabeza, pero solo encontró los troncos y la maleza vibrando con su paso. No era miedo lo que sentía, sino una inquietud nueva, como si la tierra le quisiera revelar un secreto que aún no sabía escuchar.

Y entonces, cuando se detuvo a recuperar el aire, sintió que ese deseo de entender volvía más fuerte. Ya no bastaba con correr, con beber, con dormir. El bosque, de alguna forma, le estaba pidiendo algo más. Se quedó quieta, con las orejas erguidas y el pecho aún agitado por la carrera. El claro en donde estaba ahora se encontraba abierto como una herida de luz en medio de los árboles, y a ella le gustaba llegar ahí porque el cielo parecía más cercano, más grande. Ese día, sin embargo, no solo lo contemplaba, lo interrogaba en silencio.

Se sentó sobre la hierba, acariciando el suelo húmedo con las manos como si buscara una respuesta allí, en la tierra misma. Por primera vez, sentía que no bastaba con existir. El instinto la había traído hasta ese punto, pero lo que la despertaba ahora era algo distinto: la certeza de que había una razón, aunque no supiera cuál. Apretó en su mano una ramita seca, la observó hasta que se quebró con un leve chasquido. Ese sonido, tan pequeño, resonó como una señal. Si hasta lo más débil tenía un final y un sentido, ¿qué significaba entonces su propia existencia?

El aire se movió y la hizo mirar otra vez hacia el cielo. No había voz ni sombra ahora, solo silencio. Pero en ese silencio algo se formaba dentro de ella: la decisión de buscar.

Aún no lo comprendía realmente, por dentro sentía la necesidad de hacerlo, aunque no supiera del todo lo que buscaba. Algo le decía que tuviera que buscar eso que la estaba siguiendo en todo el tiempo, y si lo encontraba significaría algo para su vida que terminaría por cambiarla. Con eso en mente fue que decidió empezar a buscar. El ruido de sus pasos acelerados era lo que más sonaba en todo el bosque. Corría sin tener un rumbo claro otra vez, y no sabía si empezar con su búsqueda o seguir con su vida. A menudo se detenía para soltar un aullido que se podía escuchar en todos lados. Tenía la esperanza de que alguien la escuchara y le respondiera sus llamados, pero nada ocurrió en sus intentos.

El bosque respondía solo con ecos. El crujir de las ramas, el batir de alas en lo alto, el movimiento inquieto de las hojas cuando el viento soplaba. Pero ninguna voz distinta a la suya regresaba. Se detuvo un momento, jadeando, con la garganta áspera de tanto aullar. Se quedó quieta, escuchando con toda la atención que tenía, con los ojos fijos en los espacios oscuros entre los troncos. Nada. Solo la soledad que ya conocía, pero ahora se sentía distinta, más pesada. Aun así, no desistió. Volvió a correr, más rápido, más lejos. Sus patas levantaban tierra y hojas secas, y su respiración era una mezcla de cansancio y obstinación. Aullaba hacia arriba, hacia los árboles, hacia los claros, hacia cualquier rincón que pudiera devolverle algo más que silencio.

Y aunque no obtuvo respuesta, cada aullido encendía algo dentro de ella: una convicción. Era como si la búsqueda misma la estuviera transformando, como si en ese acto de llamar sin recibir nada ya hubiera una promesa escondida.

Al final, cuando cayó de rodillas en la hierba húmeda, lo entendió apenas con un destello: lo que buscaba no era tanto una voz allá afuera, sino la certeza de que no estaba sola en su existir. Pero aún con eso, ella quería todavía saber más de lo que pasaba, y sabía dónde podría encontrar sus respuestas.

El anochecer se hacía presente en el bosque, los ruidos, el aire frío y las sombras de los árboles que se hacían más grandes eran una señal de que estaba llegando, con la oscuridad más fuerte que antes. Ella había regresado a su madriguera, había entrado para buscar algo en especifico entre todas las cosas que tenía. Estuvo buscando por unos segundos hasta que encontró esa flor blanca, la misma que había encontrado en el arroyo el otro día y que no sabía el por qué había llegado.

Se sentó frente a la flor blanca, colocándola con cuidado entre sus patas, como si fuera algo demasiado frágil para el bosque áspero en el que vivía. La observó en silencio, con la respiración entrecortada tras haber corrido tanto. Suave, casi con reverencia, pasó sus dedos por los pétalos. La flor no hablaba, no se movía, no ofrecía respuesta. Pero en su quietud, sentía que guardaba un secreto.

Cuando la impaciencia comenzó a crecer, levantó la flor, la sostuvo a la altura de su rostro y cerró los ojos, como si esperara que un soplo, un susurro o un recuerdo llegara. Nada. Solo el silencio espeso de la noche.

Con un suspiro bajo, sostuvo la flor con delicadeza en su boca y salió. Sus patas la guiaron de nuevo hasta el gran pino de la noche anterior, ese que ya era como un altar. Trepó con habilidad, sintiendo la corteza áspera contra sus manos y brazos, hasta llegar a lo más alto. Ahí, el viento la envolvió y el cielo se abrió sobre ella, profundo y lleno de estrellas.

Alzó la vista, inmóvil, como si cada luz pudiera ser la respuesta a las preguntas que la estaban desbordando. Esperó, contando otra vez los segundos entre el último rastro del día y el brillo más intenso en lo alto. Y aunque ninguna voz bajó, aunque las estrellas no cambiaron su lugar, sintió que mirar el cielo era distinto a la noche anterior: esta vez no era solo un ritual, era un llamado. Como si con esa simple acción estuviera acercándose un poco más a una verdad que aún no comprendía.

Permaneció sentada en la rama más alta, con el viento jugando entre su pelaje y la flor blanca temblando en su mano. No sabía por qué lo hacía, pero la levantó hacia el firmamento, como si aquella ofrenda improvisada pudiera ser entendida por el cielo.

El resplandor de las estrellas parecía responder con su propio lenguaje, con unas más brillantes que otras, algunas parpadeando como si fueran latidos lejanos. Ella las miraba con los ojos muy abiertos, incapaz de descifrar lo que significaban. El gesto de su rostro estaba dividido entre asombro y desconcierto.

La flor, blanca e inmóvil, parecía absorber parte de la luz estelar. Y aunque ninguna voz descendió ni ninguna respuesta clara llegó a ella, sintió un extraño lazo, que ese cielo nocturno, vasto y silencioso, era un amigo distante que quería decirle algo, pero aún no sabía cómo escucharlo.

El deseo de entender se apretaba en su ser como un peso dulce y doloroso. Con la flor aún en alto, susurró un ruido bajo, mezcla de aullido y murmullo, como si intentara inventar un idioma para hablar con la inmensidad.

El bosque se detuvo con ella. Con la flor blanca aún en su mano, abrió el pecho y dejó que sus aullidos se transformaran en algo distinto: no eran llamados de soledad ni gritos de alerta, eran un canto, rítmico, quebrado pero bello. Sus notas se deslizaban entre los árboles, se elevaban al cielo como si buscaran rozar las estrellas.

Los animales nocturnos, acostumbrados al silencio interrumpido solo por insectos y hojas movidas por el viento, se quedaron quietos. Un búho giró la cabeza para escuchar mejor, los ciervos alzaron las orejas, incluso los grillos callaron un instante. Nadie en ese bosque había escuchado nunca esa melodía que nacía de la garganta de esa criatura; no era completamente animal ni humana, era algo intermedio, un eco nuevo que el bosque aceptaba.

El aire mismo parecía vibrar con su canto. La brisa se movía suave, llevando la melodía lejos, mientras la flor en su mano resplandecía apenas bajo la luz estelar. No sabía lo que significaba eso que estaba haciendo, pero sentía que su voz era ahora parte del bosque y del cielo al mismo tiempo.

Cuando el último aullido se apagó en la altura, un silencio profundo cubrió el claro. Los animales retomaron lentamente sus actividades, aunque algo había cambiado: una nueva voz había nacido en el bosque, y todos habían sido testigos.

Volvió a su madriguera y se acurrucó en ella, con la flor blanca colocada cerca de su costado como si fuera un amuleto. Cerró los ojos y, aunque su cuerpo descansaba, su mente se hundió en un sueño inquietante.

La sombra estaba allí otra vez. No era un animal, ni árbol, ni figura que pudiera reconocer. Era una forma cambiante, difusa, que se alejaba con pasos lentos como si la estuviera guiando a alguna parte. A cada movimiento, el eco resonaba, como si sus propios aullidos volvieran deformados desde muy lejos. Y entonces, la voz. No era clara, pero tampoco era ruido. Era un susurro que parecía flotar entre su oído, repitiendo algo que aún no comprendía. Una palabra incompleta, rota, que sonaba como si fuera un nombre, el suyo, antes de tener uno.

El sueño la llenó de inquietud y esperanza al mismo tiempo. No sabía si debía seguir a la sombra, si debía responder al eco o simplemente escuchar. Pero en el fondo, sentía que lo que había visto no era un sueño cualquiera: era una señal, aunque todavía no pudiera entenderla.

La mañana siguiente fue diferente a todas las demás. El cielo no tenía palabras. Pero ese amanecer... ese amanecer habló.

La criatura despertó antes del primer canto de las aves o de otros animales. El bosque aún estaba oscuro, los caminos parecían estar despejados, y sin embargo, algo la levantó con fuerza. No fue hambre, no fue un sonido. Fue una certeza súbita, como si la tierra la hubiera empujado suavemente desde abajo: ‟Ya no puedes quedarte.” Subió por el mismo tronco de anoche, pero esta vez no lo hizo por juego, ni por costumbre. Y ahí estaba: no distinto, pero tampoco igual. El color era más profundo, más frío. Las nubes flotaban y se movían con lentitud, pero en una dirección clara, como si también ellas supieran a dónde iban. Y el viento ya no olía a tierra húmeda ni a musgo, olía a otras hojas. a otros árboles, a caminos.

Permaneció allí, aferrada al tronco, con la respiración contenida como si el bosque entero la estuviera escuchando. No era el mismo aire de siempre. No era la rutina de los días en que corría, cazaba lo necesario y volvía a su madriguera. Algo en ese cielo distinto y en ese viento viajero le decía que ya no bastaba con mirar, ni con esperar.

La criatura bajó lentamente y en silencio, sin apartar la vista de las nubes que se movían hacia un rumbo invisible. Su pecho latía más rápido, no de miedo, era otra cosa. Era como si ese eco de sus sueños hubiera despertado en su cuerpo y ahora le exigiera levantarse, salir, buscar.

Caminó unos pasos alrededor de su madriguera, observando sus ramas, las piedras que había juntado, la flor blanca que descansaba dentro. Todo parecía demasiado pequeño, demasiado callado para lo que estaba sintiendo. Por primera vez, el bosque, su hogar eterno, le quedaba chico.

Se sentó en el suelo húmedo, cerró los ojos y alzó la flor hacia el aire frío de la madrugada, dejando que el viento la tocara. No sabía por qué, pero sintió que ese gesto era una despedida, aunque todavía no se atrevía a marcharse. Le dolía un poco tener que despedirse de su hogar. Solo quedó una última huella sobre la tierra blanda.

Antes de irse, miró por encima del hombro, como si esperara ver algo que le dijera ‟espera”, pero no había nadie y no escuchó algo que la detuviera. Ella deseó hacer algo para despedirse del bosque, agradeciendo todo el tiempo que estuvo ahí viviendo con la naturaleza. De un momento a otro soltó unos aullidos, los mismos que había hecho esa noche, pero esta vez se notaba un pequeño dolor porque sabía que sería la última vez que el bosque que conocía la escucharía.

El aullido se alzó entre los árboles como una corriente viva. No era un grito salvaje ni un llamado de costumbre, era un canto suave, sostenido, que temblaba entre los troncos y descendía hasta el arroyo. Los búhos dejaron de batir sus alas, los ciervos se quedaron inmóviles con las orejas erguidas, incluso los insectos parecieron acompasarse al sonido. El bosque entero, por un instante, fue silencio expectante. Ella cerró los ojos mientras continuaba. Su voz animal se quebraba en notas largas, como si tratara de decir algo que todavía no sabía pronunciar. En cada aullido dejaba una parte de lo que había sido en ese bosque: sus carreras solitarias, sus madrugadas heladas, la compañía distante de los otros animales.

El viento llevó la melodía más allá de donde podía ver, y cuando terminó, se recostó sobre la tierra húmeda, sintiendo que el eco de su canto todavía vibraba entre las raíces. El bosque había escuchado su despedida, aunque aún no la hubiera dicho con palabras.

Permaneció quieta un momento más, dejando que la humedad de la tierra se impregnara en su pelaje y en sus manos. Esa verdad, silenciosa y contundente, se abrió paso en ella como lo hace la luz al amanecer: no volvería pronto... Tal vez nunca.

Porque el bosque siempre seguiría siendo bosque sin ella, creciendo, respirando, escuchando otros cantos. Y ella... ella ya no podía ser solo lo que había sido. Lo supo con la misma certeza con la que los pájaros saben cuándo volar hacia el sur, o con la que los ríos encuentran su cauce aunque lo pierdan por un instante.

La migración no era un castigo ni una huida. Era un cambio inevitable. No se trataba de frío ni de hambre. Se trataba de dejar atrás una piel, una voz, un silencio, para buscar otros.

Se levantó lentamente, con la flor blanca en una parte de su vieja ropa. No era un adorno, ni un alimento, era una promesa. Miró una última vez los árboles que tantas veces trepó, el arroyo donde bebía cada mañana, y el pino más alto que la había sostenido bajo cielos infinitos. Y aceptó: ya no podía seguir siendo lo que fue.

Comenzó a caminar hacia donde el viento le decía, sus pasos eran tranquilos, pero sus oídos estaban atentos. El bosque cambiaba con cada zancada: ramas más delgadas, sonidos nuevos, sombras distintas.

Cada paso la alejaba de lo que conocía y la acercaba a lo incierto. El viento era su única brújula, y lo seguía con la confianza de quien no necesita mapas. El suelo ya no olía al mismo musgo húmedo de su madriguera, sino a cortezas frescas y hojas jóvenes.

Los árboles eran más altos, pero sus ramas más delgadas; los sonidos del bosque se transformaban en notas nuevas: grillos distintos, aves que no había escuchado antes, el murmullo de corrientes que no reconocía. Cada sombra tenía un contorno distinto, como si el bosque mismo le hablara en otro idioma.

Sus orejas se mantenían atentas a cualquier crujido, sus ojos a los claros que aparecían como ventanas entre la espesura. No era miedo lo que sentía, era expectación: la certeza de que algo esperaba más adelante, y que esa marcha tranquila no era un extravío, sino un camino trazado para ella.

En su ropa, la flor blanca temblaba con el vaivén del viento, como si también ella supiera hacia dónde había que ir.

Ese fue el día en que la criatura partió del bosque, sin nombre, sin rumbo, pero con algo latiendo dentro que no la dejaría volver igual.

Se detuvo un instante. No era cansancio lo que la frenaba, sino la conciencia de la distancia. El bosque ya no era el mismo; las raíces que antes conocía habían quedado atrás, las piedras que marcaban su madriguera ya no estaban bajo sus pies. Miró alrededor y lo comprendió... había perdido la cuenta del tiempo, de las huellas, de los árboles que se repetían.

El camino no era camino, solo pasos que se volvían irreversibles. La criatura lo supo de golpe, aunque quisiera volver, no podría. No había un rastro, ni un regreso claro. El bosque no tiene fronteras, pero ella sí había cruzado una invisible.

Sostuvo la flor blanca con sus manos, como un objeto místico contra la incertidumbre. Su respiración era serena, no había llanto ni miedo, solo esa certeza nueva, estaba demasiado lejos, y ese ‟lejos” ya era su hogar.

El bosque que conocía parecía haberse quedado atrás, y lo que tenía frente a ella era un mundo completamente distinto.

Las copas bajas formaban un techo más cerrado, casi como un refugio que la obligaba a bajar la cabeza para caminar. Las ramas gruesas, arqueadas, parecían inclinarse hacia ella, como si quisieran susurrarle algo. El aire era más fresco, más húmedo, y cada respiración llenaba sus pulmones con un aroma nuevo, mezcla de hojas tiernas y tierra fértil.

El suelo, cubierto de un pasto suave y claro, era tan distinto que no pudo resistirse: se dejó caer sobre él, rodó un poco y restregó su cuerpo contra esa nueva piel de la tierra. Cerró los ojos y por un momento sintió que la abrazaba, que ese lugar reconocía su llegada y la recibía como a una hija perdida.

Los insectos zumbaban en un tono más suave, y los pájaros que volaban entre las ramas tenían cantos que jamás había escuchado. Todo parecía hablarle en un idioma que no entendía, pero que, de alguna manera, sentía propio.

Ese instante de juego y descubrimiento fue como un recordatorio de lo que había sido: una criatura salvaje. Pero también un presagio de lo que vendría: un mundo que la invitaba a quedarse, aunque aún no lo supiera. Sus aullidos de se extendieron por aquel nuevo bosque como un eco extraño, distinto al que solía escuchar en su hogar. Los árboles bajos devolvían el sonido con un murmullo más íntimo, como si el bosque la recibiera en silencio, reconociendo su voz por primera vez.

Pero de pronto, un crujido seco quebró esa calma. Fue rápido, casi fugaz, como un cuerpo atravesando las ramas o corriendo sobre la hierba blanda. Ella se tensó de inmediato: sus orejas se alzaron, su cola se erizó, y sus ojos recorrieron cada sombra en busca de lo que había interrumpido su canto.

El ruido se desvaneció tan veloz como había aparecido. Corrió hacia donde lo había escuchado, olfateó la tierra, buscó huellas en el pasto... nada. Ni rastro de lo que había pasado por ahí.

Por un instante, pensó que tal vez el bosque nuevo quería probarla, mostrarle que no era ella la única que lo habitaba. Respiró hondo, soltó un soplido por la nariz, y decidió no darle más vueltas. Aún con la alerta viva en sus sentidos, siguió avanzando entre la espesura.
Ese sentimiento la envolvía como una sombra pesada. Cada crujido bajo sus pasos se perdía en la espesura, y aunque agitaba las ramas o gruñía al aire para no sentirse sola, el silencio le respondía con más fuerza. La penumbra se cerraba a su alrededor, con árboles altos que parecían susurrar en un idioma que no entendía.

El aire se volvió más frío, húmedo, con un olor a tierra antigua y raíces profundas. Sus ojos apenas podían distinguir formas entre la negrura: siluetas torcidas de troncos, manchas de musgo que parecían brillar por instantes, como si fueran ojos.

Sentía la mirada encima, pero no podía señalar de dónde venía. El bosque la recibía, pero no con hospitalidad, sino con un examen cuidadoso, como si midiera cada uno de sus pasos.

Y aun así, la curiosidad fue más fuerte que el miedo, siguió caminando, hasta que lo oscuro no solo era el ambiente, sino el propio lugar donde estaba entrando, un rincón del bosque al que la luz casi nunca llegaba.



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