Volvía a amanecer en el bosque. La pequeña humana fue la primera en levantarse, pero no de la forma tan tranquila que ha estado haciendo, algo la había despertado de repente. En medio de su sueño había recordado que en ese atardecer había olvidado su lobo de peluche al otro lado del bosque, deseaba ir a buscarlo de inmediato pero sabía que debía esperar a que la criatura despertara para que pudiera estar más segura en la inmensa naturaleza. Se levanto lentamente y camino unos metros alejada de la criatura que aún dormía, se dijo a sí misma que buscaría algo de comer y regresaría con ella.
A pesar de lo que pasó en el bosque el otro día cuando se perdió por unos minutos, el bosque ya no le parecía un lugar tan desconocido y atemorizante desde que conoció a la criatura, recordar eso la ponía contenta por breves momentos cuando miraba a los árboles. Sin embargo, todavía estaba preocupada por su peluche, y deseaba recuperarlo cuanto antes. Su pensamiento es interrumpido cuando oye algo moverse cerca de ella.
La pequeña corrió entre los arbustos intentando no perderla de vista. Aquella figura tenía un andar ligero, casi danzante, y su pelaje rojizo con tonos castaños brillaba con la luz del amanecer. Era tan grande como su amiga, y se movía con una agilidad y una gracia que la dejaban fascinada.
Ella deseaba regresar con su amiga para sentirse más segura, o quizás para avisarle que vio a alguien como ella pero diferente. Se detuvo al dar el primer paso, algo le decía que siguiera a esa otra criatura que seguía caminando en la dirección contraria a la suya, la curiosidad era tanta que quiso saber más de ella. Fue entonces que volvió a correr hacia ella, esperando saber algo de la criatura o del bosque si es que sabía algo.
—¡Oye! ¡oye! ¡hey! ¡espera! —dijo casi gritando hasta que por fin vio que se detuvo.
La cola esponjosa de la criatura se movía lentamente de un lado a otro, y sus ojos rojos, grandes y vivaces, parecían reflejar todas las luces del bosque a pesar de estar ocultas bajo esa máscara plateada. La pequeña se escondió detrás de un tronco, aunque sus pasos y su voz habían sido suficientes para que la otra la notara.
—¿Quién está ahí? —preguntó una voz suave, aguda y curiosa.
La pequeña se quedó inmóvil, sorprendida. Nunca había escuchado hablar a una criatura del bosque. Asomó un poco la cabeza, y ahí fue cuando la vio de frente: una panda roja, con expresión amistosa, aunque algo cautelosa.
—¿Tú... hablas? —preguntó la niña, aún sin creérselo.
La panda roja sonrió un poco, moviendo las orejas.
—Claro que hablo, —respondió— ¿Y tú? Nunca había visto a un humano, y menos por aquí...
La pequeña se acercó lentamente, olvidando su miedo inicial.
—Estoy con una amiga. —dijo, casi en un susurro— Una que vive en el bosque, como tú.
—¿Una amiga del bosque? —repitió la otra con curiosidad— ¿Y cómo es esa amiga tuya?
La pequeña la describió lo mejor que pudo: sus ojos brillantes, su pelaje, la manera en que caminaba a veces como un animal y a veces como una persona. La otra criatura la escuchaba con atención, moviendo la cabeza de un lado a otro como si tratara de recordar algo.
—Hmm... eso suena interesante. —dijo finalmente— Tal vez deba conocerla.
—¿De verdad? —preguntó la niña emocionada.
—Sí. Pero antes, dime algo... —la panda roja bajó la voz, con un tono más cálido— ¿Esa amiga tuya te cuida bien?
—Sí. —respondió sin dudarlo— Ella me protege. Me enseña cosas. Y yo le enseño a hablar.
La otra criatura la observó en silencio unos segundos, y sonrió con ternura.
—Entonces parece que las dos están aprendiendo juntas.
La pequeña asintió, y luego miró hacia donde había dejado a su amiga la otra criatura.
—Ven, te la mostraré. Seguro le dará gusto conocerte.
La panda roja la siguió con paso ligero, saltando entre las raíces y ramas sin hacer ruido, dejando que la niña guiara el camino de regreso al claro. En todo el camino no dejaba de mirarla, algo tenía ella que por dentro le decía que no la dejara sola en el bosque, quería saber más de ella y su amiga que le había mencionado.
—Oye... ¿de casualidad sabes donde están tus padres? ¿que hacías en el bosque? ¿por qué estás con una criatura de aquí? —preguntaba con algo de curiosidad mientras veía a la pequeña caminar frente a ella.
No tuvo respuesta alguna, parecía que estaba más concentrada en guiar a la criatura a donde estaba la otra que en escuchar. Eso le daba más curiosidad por saber lo que quería mostrar la pequeña. Bajó la bolsa que llevaba al suelo y se puso a revisar las cosas que traía, con la pequeña acercándose para ver, hasta que la criatura sacó algo familiar.
La niña se detuvo en seco al verlo. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y alivio, y en silencio se acercó un poco más, como si temiera que aquello fuera solo una ilusión. La criatura, al notar su reacción, bajó suavemente la mirada hacia el peluche y lo sostuvo con ambas patas. Era el mismo lobo de felpa que había perdido la niña ayer: desgastado, con costuras remendadas y un ojo ligeramente suelto, pero claramente muy querido.
—¿Esto es tuyo, verdad? —preguntó con voz baja, casi maternal.
La pequeña asintió lentamente.
—Sí... —dijo apenas audible— Pensé que ya no lo volvería a ver.
La panda roja sonrió, entregándoselo con cuidado.
—Lo encontré cerca del río, cuando salía a buscar agua. Me pareció extraño que algo así estuviera tan lejos del camino. Pensé que debía tener dueño.
La niña abrazó el peluche con fuerza, sin decir nada más. Por un momento, el bosque pareció detenerse: solo se escuchaba el murmullo del viento entre los árboles.
—Perder algo que quieres no se siente bien, ¿verdad? —comentó, mirando hacia el horizonte.
—No... —respondió la niña, con un nudo en la garganta— Ya me había pasado antes.
La panda roja giró lentamente su rostro hacia ella.
—¿Te refieres a tus padres? —preguntó con delicadeza.
La pequeña apretó el peluche más fuerte, y esta vez no respondió. Ella comprendió al instante. No insistió. Solo se acercó un poco más y le acarició la cabeza con la cola.
—Entonces tienes suerte de tener a esa amiga tuya. —dijo con suavidad— No todos los que se pierden encuentran a alguien que los cuide.
La niña levantó la vista.
—Yo también la cuido a ella. —respondió con una pequeña sonrisa— Porque a veces no entiende muchas cosas, pero aprende rápido.
La panda roja la observó, sorprendida por su madurez.
—Eso suena justo. —dijo, sonriendo de nuevo— Cuidarse las dos.
—Ajá. —asintió la niña, retomando el camino— Ven, está por aquí.
En ese mismo instante, la otra criatura había despertado, pero al notar que la niña no estaba empezó a ponerse nerviosa, temía que se haya perdido otra vez. Empezó a buscarla casi desesperadamente por todos lados mientras olfateaba el aire y el suelo y trepaba por los árboles, sin haberla encontrado con éxito. Empezó a aullar con la esperanza de que la pequeña lo escuchara y viniera... hasta que la oyó hablar, pero había oído también otra voz que no había escuchado en todo este tiempo.
Fue a donde había oído las dos voces y ahí las vio, a la pequeña al lado de la panda roja hablando tranquilamente. Sin pensarlo, ella rápidamente se acercó y rodeó a la pequeña en una postura defensiva, no quería que algo más tratara de lastimar a su pequeña amiga. las dos criaturas se quedaron inmóviles unos segundos, observándose la una a la otra con atención.
El aire del bosque se volvió denso, lleno de una tensión silenciosa entre las tres. La criatura mantenía una postura firme, los músculos tensos y los ojos fijos en la panda roja, como si el más mínimo movimiento pudiera ser una amenaza.
—Tranquila... —dijo la pequeña con voz temblorosa pero dulce, tocándole el brazo— Ella no quiere hacernos daño.
La criatura respiró hondo, sin apartar la mirada de la otra criatura. Lentamente bajó los hombros y retrocedió un paso. Aun así, sus ojos mostraban esa chispa de miedo y desconfianza que aparecía cada vez que algo nuevo irrumpía en su mundo. La otra levantó las manos despacio, mostrando que no llevaba nada.
—Está bien... no haré nada. —dijo con voz baja, intentando sonar lo más amable posible— Solo quería hablar un poco con ustedes.
La niña se giró hacia su amiga.
—¿Ves? Te dije que es buena —le aseguró, sonriendo.
Fue entonces cuando la criatura, mirándola con cierta duda, intentó decir algo. Sus labios se movieron con torpeza, buscando las palabras que había practicado tantas veces junto a la niña:
—A... mi... ga.
La palabra salió quebrada, como un suspiro, pero clara. La panda roja abrió los ojos, impresionada. Dio un paso al frente, fascinada por lo que acababa de escuchar.
—¿Acaba de hablar? —susurró, casi incrédula.
La niña asintió, con una sonrisa orgullosa.
—Le enseñé. —respondió— Habla poquito, pero aprende rápido.
Ella miró a la criatura una vez más, con una mezcla de respeto y ternura.
—Eso no lo había visto nunca. —admitió— Una criatura del bosque que puede hablar.
La criatura parpadeó, ladeando la cabeza, como si intentara entender el tono de esa voz desconocida.
—A... mi... ga —repitió con un esfuerzo más firme, mirando esta vez a la panda roja, quien sonrió de inmediato.
—Entonces... también soy tu amiga —respondió suavemente, inclinando un poco la cabeza en señal de respeto.
La tensión en el aire se disolvió como si el bosque mismo respirara aliviado. La pequeña, feliz por la reconciliación, tomó la mano de su compañera y la extendió hacia la panda roja.
—Ahora somos tres —dijo con entusiasmo
Su nueva amiga la miró, luego miró a la criatura y, con una sonrisa sincera, respondió:
—Tres está bien. Es un buen número para comenzar algo nuevo.
Su nueva amiga bajó otra vez su bolsa y sacó un mapa que llevaba guardado, lo extendió sobre una roca lisa, usando pequeñas piedras para que el viento no lo levantara. El papel estaba algo gastado, con marcas de viaje y manchas de tierra, pero los trazos eran claros: caminos, ríos, y en el borde inferior, un pequeño dibujo con forma de aldea rodeada de árboles.
—Vengo de aquí. —dijo señalando una mancha verde más allá del bosque— Es una aldea donde viven muchos como yo. No todos son animales, no todos son humanos... pero todos aprendemos a convivir.
La niña la observaba con atención, sin entender del todo las distancias del mapa, pero sí las palabras.
—¿Tú vives allá? —preguntó con curiosidad.
—Sí. —respondió, levantando la vista con una sonrisa amable— Y creo que tú también podrías hacerlo.
La pequeña la miró con sorpresa.
—¿Yo?
La panda roja asintió.
—Tú y tu amiga. —añadió mirando a la criatura, que todavía se mantenía cerca, alerta, observando cada movimiento de la panda roja— Allá podrían tener un lugar seguro, techo, comida, descanso. Y tú... —dijo mirando a la criatura con un tono más serio, casi maternal— podrías aprender más de lo que este bosque puede ofrecerte.
La criatura ladeó la cabeza, como si entendiera a medias. La pequeña tradujo con su tono suave:
—Dice que nos podemos ir con ella, que allá aprenderás más... y que ya no tendremos que dormir entre los árboles.
La criatura parpadeó lentamente, procesando lo que oía.
—Más... aprender —murmuró con su voz entrecortada, volviendo la mirada hacia la niña.
La panda roja se levantó y guardó el mapa de nuevo.
—No es un viaje corto. —explicó— Pero si partimos mañana, podríamos llegar en unos días. No quiero dejarlas aquí, el bosque no siempre perdona a quienes se pierden.
La niña la miró con una mezcla de esperanza y duda.
—¿De verdad podremos vivir allá?
Su amiga sonrió, extendiéndole la mano.
—Sí, pequeña. Allá nadie las dejará solas.
La criatura miró esa mano extendida, luego a la niña. No sabía qué responder, pero el instinto que la había hecho protegerla antes le decía que ese era el siguiente paso. La niña asintió despacio, tomando la mano de su nueva amiga con una sonrisa tímida.
—Entonces... vamos contigo.
La panda roja asintió con satisfacción, mirando a ambas.
—Mañana saldremos al amanecer. Pero por hoy, descansen. El bosque puede ser amable con quienes están por despedirse de él.
Pasaron las horas, y las tres ya estaban comenzando a formar un pequeño lazo amistoso, aunque estaba lejos de ser una verdadera amistad. Ella apenas estaba por entender lo unidas que eran esa niña y la criatura del bosque. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas que titilaban entre los árboles altos. El fuego que la nueva amiga de ambas había encendido brillaba suavemente, lanzando sombras cálidas sobre el rostro de la niña y el pelaje rojizo de la panda. A unos metros, la criatura dormía, respirando con calma, moviendo las orejas de vez en cuando al oír los sonidos del bosque.
Ella observaba las llamas sin decir nada durante un rato. La niña, con las rodillas abrazadas, rompió el silencio con voz suave:
—¿Tú tienes nombre?
Su amiga la miró, y una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.
—Sí... me llamo Nigalya.
—Nigalya —repitió la niña, saboreando el sonido— Es bonito.
La panda roja inclinó la cabeza.
—Gracias. Me lo dio una amiga hace mucho tiempo. Dijo que significaba ‟comedora de bambú”, aunque no estoy muy segura si es verdad.
La niña rió apenas, un sonido breve y sincero que se mezcló con el crujir del fuego. Después de unos segundos, Nigalya devolvió la pregunta:
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
La pequeña la miró, pero su expresión se volvió pensativa, casi vacía. Movió la cabeza lentamente, negando. Nigalya parpadeó, bajando un poco la mirada.
—¿No tienes nombre?
La niña no respondió, solo se abrazó un poco más las piernas, mirando hacia el fuego. El reflejo anaranjado iluminaba sus ojos color ámbar, y en ellos había una mezcla de inocencia y una tristeza que no sabía explicar. Nigalya solo suspiró, comprendiendo sin palabras.
—Ya veo... —dijo en voz baja— Ni tú ni ella lo tienen, ¿verdad?
La niña miró hacia la criatura dormida. Sus pechos subían y bajaban con calma, ajena a la conversación.
—No. —susurró— Nunca le pregunté si tenía uno. Pero creo que no.
Nigalya levantó la vista hacia el cielo.
—Entonces... quizás este viaje no solo sea para llegar a una aldea. —dijo con voz serena— Quizás también sea para encontrar quiénes son.
La niña la observó con curiosidad.
—¿Crees que allá podamos tener nombres?
Nigalya asintió, dejando que el viento apagara una pequeña chispa del fuego.
—Sí. En mi aldea, los nombres se dan cuando alguien demuestra quién es. No se imponen, se ganan. Y tú, pequeña, ya diste tus primeros pasos.
La niña sonrió apenas, mirando hacia las estrellas.
—Entonces tal vez allá sepamos cómo llamarnos.
Nigalya le devolvió la sonrisa, suave, maternal.
—Y cuando eso ocurra, —susurró— será el comienzo de una nueva historia.
El fuego siguió crepitando mientras la noche las envolvía. La criatura giró en sueños, como si respondiera al eco lejano de esas palabras.
La pequeña se levantó despacio, frotándose los ojos. El aire de la mañana estaba frío y húmedo, con una bruma ligera que cubría el suelo. Entre los árboles, una voz suave flotaba en el aire: un canto lento, casi un murmullo que parecía mezclarse con el viento y el crujir de las hojas. Cuando abrió bien los ojos, vio a Nigalya junto al fuego ya apagado, ordenando sus cosas con cuidado. Tarareaba una melodía antigua, una que sonaba tranquila y melancólica. En su rostro había serenidad, aunque en su mirada se notaba cierta nostalgia.
—¿Cantas? —preguntó la niña, aún con voz adormecida.
Nigalya se giró y le sonrió.
—Ah, ¿te desperté? Lo siento, pequeña. —dijo con tono suave— Es una vieja costumbre, solía hacerlo todas las mañanas cuando vivía con una amiga mía.
La niña parpadeó, curiosa.
—¿Una amiga como yo?
Nigalya rió apenas.
—En cierto modo, sí. Era muy diferente a mí, pero me enseñó mucho... —se detuvo un momento, mirando hacia el cielo grisáceo que anunciaba el amanecer— Creo que cantar me ayudaba a recordarla, y también a seguir adelante.
La niña se acercó despacio, observando cómo Nigalya colocaba algunos frutos y utensilios en una bolsa tejida.
—¿Y ahora a dónde iremos? —preguntó con suavidad.
—A casa. —respondió Nigalya— Mi aldea está más allá de estas colinas, cerca de donde el bosque se vuelve claro. Allí podrán descansar tú y tu amiga.
La niña miró hacia donde la criatura aún dormía, acurrucada bajo un árbol. El viento agitaba su pelaje, y se veía tan tranquila que daba pena despertarla.
—¿Podrá cantar también? —preguntó la pequeña, señalándola con ternura.
Nigalya sonrió con un brillo cálido en los ojos.
—Si el viento la acompaña tal vez sí.
La niña rió bajito ante la respuesta, y por un instante, el bosque volvió a sentirse como un lugar amable. Nigalya ató la última cuerda de su bolsa y se puso de pie.
—Despiértala cuando estés lista. —dijo con tono suave— Es hora de que las tres empecemos nuestro camino.
La niña se arrodilló junto a su amiga, moviéndola con cuidado mientras le hablaba bajito.
—Despierta... ya amaneció —susurró, tocándole suavemente la mejilla.
La criatura abrió los ojos despacio, parpadeando varias veces al sentir la luz que se filtraba entre los árboles. Giró la cabeza hacia la pequeña y soltó un leve sonido gutural, una mezcla de saludo y curiosidad.
Mientras tanto, Nigalya, ya de pie, revisaba una vez más sus cosas. En el suelo, cerca del fuego apagado, vio el lobo de peluche. Lo levantó con cuidado, sacudiéndole un poco el polvo y observándolo con una sonrisa serena.
—No podemos dejar que este pequeño se pierda otra vez. —dijo con tono cálido, guardándolo dentro de su bolsa de viaje— Así estará seguro hasta que lleguemos.
La niña la miró y sonrió agradecida.
—Gracias... ya van dos veces que lo pierdo.
Nigalya se acomodó la correa del bolso al hombro, mirando el sendero que se extendía entre los árboles.
—Será un viaje largo. —explicó— Nos tomará varios días llegar a la aldea, pero eso no me molesta. Quiero aprovechar el camino para conocerlas mejor.
La criatura se incorporó, observando con atención a la panda roja. Aunque no entendía todas sus palabras, captó la calma en su tono, la amabilidad en sus gestos.
—¿Conocer? —repitió la criatura, con una voz lenta y un acento aún torpe, mirando a Nigalya y luego a la pequeña.
Cantú se giró hacia ella, asintiendo con ternura.
—Sí, conocernos. Tú, yo y ella. —dijo señalando a la pequeña— Si vamos a viajar juntas, es justo que sepamos quiénes somos.
La pequeña rió con entusiasmo.
—Entonces podemos contarle cosas del bosque, ¡y también enseñarle palabras nuevas!
Nigalya soltó una pequeña carcajada.
—Eso suena justo. —respondió— Ustedes me enseñan lo que saben, y yo les enseñaré lo que hay más allá del bosque.
La criatura, aunque no entendía todo, ladeó la cabeza con un brillo curioso en los ojos. Su cola se movió lentamente, como si aprobara la idea. Nigalya extendió una mano en dirección al sendero.
—Entonces... ¿listas para caminar?
La niña asintió con energía, tomando la mano de su amiga mientras el sol comenzaba a elevarse. Los tres pasos de la criatura resonaron sobre la tierra húmeda, y así, las tres figuras se internaron entre los árboles, iniciando juntas el viaje que cambiaría todo lo que conocían.
El camino era largo, pero el aire del bosque lo hacía llevadero. El murmullo de las hojas y el canto de los pájaros acompañaban sus pasos, mientras los rayos del sol se filtraban entre las ramas altas. Nigalya caminaba unos pasos detrás, observando con una sonrisa tranquila cómo la pequeña iba mostrándole el mundo a su amiga.
—Mira, árbol —decía la niña, tocando el tronco con una mano.
—Á... bol —repetía la criatura, con voz temblorosa pero llena de atención.
—No, no, —rió la niña— ‟ár-bol”.
Nigalya soltó una risa suave al verlas. No podía evitar pensar que, aunque parecían de mundos distintos, se habían encontrado para completar algo que les faltaba.
—Vas mejorando rápido —comentó con tono amable, dirigiéndose a la criatura, que levantó la vista al oírla.
La pequeña continuó su juego, señalando piedras, flores, insectos.
—Flor —decía.
—Flor —respondía la criatura, más segura esta vez, sonriendo apenas al lograr pronunciarlo bien.
Nigalya observaba la escena con atención, caminando en silencio por unos minutos antes de decir:
—Es raro, ¿saben? Casi no se oye hablar a nadie en este bosque. Pero ustedes dos suenan vivas.
La niña se giró, riendo.
—¡Porque somos amigas!
Nigalya asintió, mirando al cielo que se abría entre los árboles.
—Amigas. —repitió, como si probara el peso de la palabra— Sí, eso suena hermoso.
Nigalya dejó su bolsa sobre una piedra y estiró los brazos con un suspiro largo. El sol del mediodía caía dorado entre las hojas, y el aire tenía un aroma cálido, mezcla de tierra húmeda y flores silvestres.
La pequeña se sentó cerca, dibujando con un palo en la tierra mientras miraba distraída el vaivén de los árboles. La criatura, en cambio, parecía concentrada, murmurando palabras sueltas, repitiendo algunas que había escuchado por la mañana.
—‟Árbol... flor... cielo...” —decía con un tono pausado, tratando de no olvidar cómo sonaban.
Nigalya sonrió al escucharla.
—Vas aprendiendo rápido, pequeña. —dijo, levantándose y acomodando su máscara— Pero ahora debemos buscar algo para comer.
La criatura giró hacia ella, y al ver su gesto, se levantó también.
—Ven, —continuó Nigalya con tono amable— vendrás conmigo. Será bueno que veas qué se puede recolectar. Pero no iremos lejos... —miró a la niña, que seguía en el suelo, ajena a la conversación— No hay que alejarse demasiado de ella.
La criatura asintió. Entendía más con gestos que con palabras, pero comprendió la intención. Antes de partir, se inclinó para tocar la cabeza de la pequeña, como si prometiera volver pronto.
—No tarden. —dijo la niña sin apartar la vista del dibujo que hacía— Estaré aquí.
Nigalya le dedicó una sonrisa.
—Eso espero, pequeña exploradora.
Y así se internaron unos metros en el bosque. Nigalya mostraba las plantas que servían como alimento, las cortezas que podía usar para encender fuego, y cómo reconocer huellas frescas en el suelo. La criatura observaba todo en silencio, olfateando, tocando, aprendiendo con la atención de quien descubre el mundo por primera vez.
Nigalya observaba con curiosidad cómo la criatura caminaba entre los árboles. Ya no lo hacía con las manos apoyadas en el suelo ni con pasos inseguros: su andar era erguido, tranquilo, casi natural. Por un momento, la panda roja se detuvo, con una sonrisa leve en el rostro.
—Vaya... —dijo mientras la observaba tomar equilibrio entre raíces y piedras— Caminas bien. ¿Has practicado antes?
La criatura se volvió hacia ella, inclinando un poco la cabeza, como buscando las palabras.
—Sí... con... ella —respondió despacio, con su voz grave y entrecortada, señalando con la cabeza hacia el lugar donde habían dejado a la niña.
Nigalya asintió, sintiendo una mezcla de ternura y respeto.
—Se nota. —dijo en voz baja— Tiene buena maestra, y tú, buena memoria.
Siguieron caminando, y no pasó mucho tiempo antes de encontrar lo necesario. Nigalya, con su instinto de exploradora, reunió un pequeño montón de frutos maduros, algunas flores de aroma dulce y ramas secas que servirían para encender el fuego más tarde.
La criatura, por su parte, regresó con las patas y las manos cargadas: hojas frescas, raíces gruesas y un par de pequeños animales que había cazado con rapidez.
—Que interesante. —comentó Nigalya, impresionada— No pierdes tus costumbres. Eso será útil en la aldea.
La criatura la miró sin decir palabra, solo ladeó las orejas como quien intenta comprender lo que oyó, y luego sonrió suavemente, un gesto que ya se notaba más humano que antes. Nigalya recogió sus cosas y se las acomodó en la bolsa.
—Volvamos con la pequeña antes de que se preocupe —dijo, comenzando el regreso.
El bosque estaba tranquilo, y los rayos del sol se filtraban entre las ramas, iluminando el camino que las dos seguían. Mientras avanzaban, la criatura sostenía una de las flores que Nigalya había recogido, observándola como si fuera algo sagrado, algo que quería recordar.
Cuando regresaron al claro, la pequeña estaba sentada sobre la hierba, moviendo el peluche entre sus manos como si le contara algo en voz baja. Al notar el sonido de las pisadas, levantó la mirada y sonrió con un brillo inocente al verlas aparecer entre los árboles. Nigalya dejó la bolsa en el suelo y mostró lo que habían conseguido. Antes de que pudiera decir algo, la niña corrió hacia ellas, tomando con entusiasmo las flores de colores y los frutos brillantes que traían. Los observaba con curiosidad, como si fueran tesoros recién descubiertos, mientras dejaba de lado las ramas, raíces y lo demás.
Nigalya soltó una risita, viéndola tan feliz.
—Ya verás, pequeña. —dijo mientras la ayudaba a colocar las flores sobre una manta improvisada con hojas— Cuando lleguemos a la aldea, tendrás muchas más cosas bonitas y comida aún mejor.
La niña la miró, sin decir palabra, pero sus ojos reflejaban una mezcla de emoción y calma, como si empezara a creerle.
A un costado, la criatura ya se había acomodado sobre una piedra baja. Con movimientos ágiles, comenzó a preparar los pequeños animales que había cazado, probando con curiosidad la carne, oliéndola primero antes de comer. Nigalya la observó con atención, sin intervenir, comprendiendo que ese acto tan instintivo y tan suyo formaba parte de lo que aún conservaba de su origen salvaje.
—Parece que también disfrutas tus hallazgos —dijo con una sonrisa tranquila.
La criatura levantó la mirada, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Sí... —respondió despacio— Buen... sabor.
Nigalya asintió y se sentó junto a ellas. El aire del bosque estaba templado, y los tres compartían aquel momento como una familia improvisada: la niña jugando con unas flores, la criatura comiendo con satisfacción, y Nigalya observándolas, sintiendo una paz que hacía tiempo no encontraba.
La noche había caído suavemente sobre el bosque, cubriéndolo con un manto de calma y el canto lejano de los insectos. La fogata crepitaba frente a ellas, lanzando chispas que subían como luciérnagas al cielo oscuro. La criatura dormía a unos pasos, su respiración acompasada se mezclaba con el crujido de las ramas.
Nigalya y la pequeña permanecían despiertas, viendo cómo las llamas se reflejaban en sus ojos. La panda roja sostenía una rama con la que removía las brasas, mientras su voz sonaba más baja que el viento.
—Me preguntaste si tengo familia. —dijo finalmente, sin apartar la vista del fuego— La tuve, sí. Pero hace tiempo que no los veo.
La niña ladeó la cabeza, atenta.
—Ellos vivían lejos, en un valle donde el aire siempre olía a bambú. Yo era distinta, siempre quería ver más allá de las colinas. Así que un día partí. Quería entender qué más había en el mundo, encontrar algo que me hiciera sentir... útil. —Sonrió con melancolía— A veces los extraño. Pero también creo que, cuando sepan que ahora ayudo a otros, estarán orgullosos de mí.
El silencio se extendió entre ambas, roto solo por el murmullo del fuego.
Entonces Nigalya, con voz suave, le devolvió la pregunta:
—¿Y tú, pequeña? ¿Dónde está tu familia?
La niña se quedó quieta. No respondió de inmediato. Su mirada se perdió entre las brasas, y lentamente abrazó a su peluche contra el pecho.
—Un día... estábamos paseando. —dijo con un hilo de voz— Y de repente... ya no los vi. —Apretó el peluche, bajando la cabeza— Caminé mucho... los busqué... pero...
Sus palabras se disolvieron en un suspiro tembloroso. Nigalya la observó en silencio, con una tristeza serena. No la interrumpió. Solo extendió su brazo y le acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Entiendo. —susurró— A veces el mundo separa a quienes no deberían separarse. Pero también te da nuevas personas que te acompañan.
La niña la miró por un momento y luego volvió la vista hacia la criatura dormida.
—Ella me cuida...
—Y tú a ella. —respondió Nigalya con una sonrisa suave— Eso también es familia.
El fuego seguía ardiendo, y entre los tres se tejía un lazo invisible, cálido, que poco a poco empezaba a sentirse como un nuevo hogar.
El día comenzó con un cielo claro y un aire fresco que hacía danzar las hojas del bosque. Nigalya avanzaba con paso tranquilo, el cuaderno en la mano, escribiendo mientras caminaba. Su letra era menuda y cuidadosa, y de tanto en tanto levantaba la vista para mirar a las dos que iban delante.
La pequeña jugaba con una rama, guiando a la criatura por el sendero como si fuera un juego de exploradoras. La criatura, aunque aún torpe, imitaba sus movimientos con cierta gracia: se detenía cuando la niña se detenía, se agachaba cuando ella señalaba algo en el suelo, y emitía pequeños sonidos que parecían palabras incompletas.
Nigalya sonrió. Había anotado ya todo lo que recordaba de la noche anterior: la conversación, las emociones, el fuego, las palabras que no se dijeron. Ahora era tiempo de algo diferente.
Cuando el sol se alzó lo suficiente como para calentar el camino, encontró un claro rodeado de piedras cubiertas de musgo.
—Descansemos aquí un rato —dijo, dejando su cuaderno a un lado.
La pequeña se sentó enseguida, abrazando su peluche, mientras la criatura se tumbaba cerca, moviendo las orejas al escuchar los sonidos del bosque. Nigalya se acercó a ella con gesto paciente.
—Ayer te escuché hablar un poco. —dijo con una sonrisa amable— Pero quiero ayudarte a hacerlo mejor. Si vas a cuidar a alguien, también tienes que poder decir lo que sientes, ¿no crees?
La criatura la observó con atención, como si entendiera cada palabra, y luego asintió lentamente.
Nigalya tomó una rama y comenzó a trazar en el suelo:
—Mira. —dijo— Esto es ‟sol”. —Le señaló el dibujo— Sol.
La criatura repitió:
—S... so... sol.
—Muy bien. —respondió Nigalya, con un brillo en los ojos— Ahora esto. —Dibujó una flor— Flor.
La criatura parpadeó, miró una flor cercana, la tocó con cuidado y murmuró:
—Flor.
La pequeña aplaudió, emocionada.
—¡Sí! ¡Así!
Nigalya sonrió con orgullo.
—Tienes buena maestra. —dijo, mirando a la niña— Creo que entre las dos podrás aprender muy rápido.
La criatura miró a ambas, pensativa, y con voz entrecortada pero sincera, alcanzó a decir:
—Apren... der... juntas.
Nigalya sintió un nudo en la garganta. La frase, aunque imperfecta, sonaba llena de significado.
—Exactamente. —dijo con voz cálida— Juntas.
Nigalya tomó aire despacio, disfrutando del sonido del viento entre las hojas. Luego abrió su libreta, la misma en la que llevaba llena de notas, dibujos de plantas, frases cortas, y todas sus observaciones que había escrito durante su viaje, y se sentó frente a la criatura.
—Muy bien. —dijo, sonriendo suavemente— Ya sabes decir ‟sol” y ‟flor”. Hoy aprenderemos algunas palabras más.
La pequeña se acomodó al lado de la criatura, con su peluche en las piernas, observando con curiosidad cómo Nigalya escribía. Al escribir cada palabra, la pronunciaba con total calma:
—‟Agua”. —Señaló luego un arroyo cercano— Agua.
La criatura la repitió con un leve titubeo.
—A... gua.
—Eso es. —dijo Nigalya— Y esta... —dibujó una silueta de animal en la hoja— ‟Amiga”.
La pequeña, entusiasmada, señaló a la criatura.
—¡Ella es mi amiga!
La criatura la miró y, con esfuerzo, pronunció:
—A... mi... ga.
Nigalya las observó con ternura. Su voz se volvió más pausada, como si las palabras tuvieran otro peso.
—También puedes decir: ‟Yo soy tu amiga.”
La criatura intentó repetirlo, separando las sílabas con cuidado:
—Yo... soy... tu... a... mi... ga.
La niña la abrazó emocionada, y Nigalya soltó una risita.
—Creo que ya tenemos una pequeña conversación —dijo anotando la frase en su libreta.
Pasaron varios minutos así, con la panda roja enseñando, la criatura repitiendo, y la niña ayudando con gestos y risas. Cada palabra nueva parecía traer algo más que conocimiento; traía cercanía, calor, un lenguaje compartido que iba más allá de las sílabas. Al final, Nigalya cerró la libreta con cuidado.
—Por hoy basta. —dijo con voz suave— Las palabras también necesitan descansar para florecer mañana.
La pequeña asintió, mientras la criatura aún murmuraba las palabras recién aprendidas como si temiera olvidarlas.
A medida que iba pasando el día las cosas para las tres iban cambiando, conforme iban avanzando notaban que el bosque parecía estar atento a lo que hacían juntas. Nigalya iba adelante, moviendo su cola con suavidad para marcar el paso, mientras la criatura la sostenía con cuidado para mantener el equilibrio. La pequeña caminaba a su lado, animándola con risas y palabras que ya empezaba a entender. El sol filtraba una luz dorada entre los árboles, tiñendo el sendero con tonos cálidos. Cada paso era un pequeño avance, cada palabra un intento por acercarse más a ellas.
—Piedra... camino... amiga... —murmuraba la criatura, mirando sus pies para no tropezar.
Nigalya volteó apenas, con una sonrisa paciente.
—Eso está bien. No importa si no tiene sentido todavía. Lo importante es que sigas hablando.
La pequeña aplaudió y agregó:
—¡Sí! ¡Di más!
La criatura levantó la mirada, buscando las palabras entre los sonidos que recordaba.
—Luz... río... mano... correr.
Nigalya soltó una pequeña risa.
—Creo que está describiendo lo que ve. —Miró a la niña— Es una forma de pensar como nosotras, ¿sabes? Nombrar las cosas es... no se, comprenderlas.
La pequeña asintió sin entender del todo, pero repitió las palabras con la misma entonación de su amiga.
—Luz... río... mano... correr.
Las tres siguieron caminando, y aunque las frases de la criatura aún eran torpes y mezcladas, su voz sonaba más firme. Ya no parecía un simple eco, sino una voz que poco a poco encontraba su propio ritmo, su propio sentido. Nigalya, mientras avanzaban, pensaba que tal vez lo que estaba viendo era algo más que aprendizaje. Era una especie de evolución, no del cuerpo, sino del alma; y la niña, con su inocencia, era quien la estaba guiando por ese sendero invisible.
Había llegado la noche, el silencio adornaba el espacio en donde se encontraban las tres luego de haber caminado tanto en todo el día. La fogata iluminaba apenas los árboles cercanos, proyectando sombras largas que se movían con cada crujido de la leña. La pequeña dormía con el peluche abrazado, su respiración tranquila contrastando con el silencio del bosque nocturno. Nigalya, sentada frente a la criatura, pasaba las páginas de su libreta mientras movía la punta de su cola con concentración.
—Bien... —susurró— Ya puedes decir varias palabras, pero quiero ver si puedes unirlas. Algo pequeño. Algo tuyo.
La criatura la miraba fijamente, las orejas ligeramente levantadas y las manos apoyadas en sus piernas. Entendía lo que Nigalya intentaba hacer: quería que usara esas palabras para construir sentido, como hacía la pequeña. Nigalya señaló la niña dormida.
—Intenta decirme: ¿qué es ella para ti?
La criatura ladeó la cabeza. Conocía algunas palabras: hermoso, pequeña, amiga, junta, cuidar, yo... Y otras que la niña le enseñó: bonito, gracias, miedo, luz.
Pero unirlas era distinto.
Nigalya se inclinó un poco más.
—No necesitas decirlo perfecto. Solo dilo como lo sientas. Una frase.
La criatura bajó la mirada al suelo de tierra. Movió los labios, pensando. Las palabras se mezclaban en su garganta como si quisieran salir todas juntas. Recordó a la niña tomándole la mano, enseñándole a caminar, a reír, a pronunciar sonidos. Recordó el miedo de perderla. Recordó el cariño que sentía sin saber de dónde venía. Su cola se movió apenas. Respiró hondo. Primero dijo una palabra suelta, como tanteando:
—Mi...
Nigalya sonrió suavemente.
—Eso es. Continúa.
La criatura intentó otra.
—Mi... pe... que... ña...
Nigalya no la interrumpió, ni siquiera cuando la criatura apretó un poco los dientes para no perder el ritmo. Entonces, casi como si por fin las palabras se acomodaran en su boca, la criatura levantó la mirada hacia Nigalya y dijo, con voz entrecortada pero firme:
—Mi... pequeña... luz.
Nigalya abrió los ojos, sorprendida. No era la frase que esperaba... pero era perfecta.
La criatura siguió hablando, un poco más confiada.
—Yo... cuido... luz.
Nigalya no dijo nada de inmediato; solo dejó que la criatura sintiera ese logro en su propia voz. Su sonrisa era cálida, orgullosa.
—Lo hiciste. —susurró al fin— Es una frase, ¿sabes? Y es hermosa.
La criatura parpadeó. No entendía del todo por qué Nigalya se veía tan emocionada, pero sabía que había dicho algo importante. Algo que nació de ella. La panda roja cerró su libreta con cuidado.
—Creo que ya estás muy cerca de encontrar tu propia voz, igual que estás muy cerca de encontrar tu propio nombre cuando llegue el momento.
La criatura miró a la niña dormida y repitió en un murmullo, como si guardara la frase para sí misma:
—Pequeña... luz...
Y esa noche, antes de dormir, por primera vez no se sintió como una criatura del bosque. Se sintió como alguien que empezaba a entender el mundo.
La mañana del siguiente día era fresca y húmeda; la neblina se arremolinaba en el claro donde las tres habían dormido. Nigalya fue la primera en levantarse, aún con la idea firme de seguir enseñándole a la criatura (a la cual le estaba agarrando cariño sin darse cuenta) a moverse y a hablar un poco mejor antes de continuar el viaje. La panda roja sacó su libreta y la abrió en la misma página donde anoche había marcado el progreso.
—Hoy toca repetir y perfeccionar —dijo con una voz suave pero determinada.
La pequeña, con el cabello algo alborotado y los ojos aún somnolientos, se acercó a su amiga para ayudar. Sabía que su amiga del bosque aprendía rápido y que lo único que necesitaba era pulir lo que ya había empezado a entender. La criatura, temblorosa pero entusiasmada, intentó ponerse de pie cuando ella se lo pidió, aunque sus piernas todavía hacían esos pequeños movimientos torpes que la hacían ver más animal de lo que estaba dejando de ser.
—Así... despacito... —murmuró la pequeña mientras la sostenía por los costados.
Nigalya marcaba cada paso con un gesto aprobatorio, y cada pequeño avance hacía que la criatura moviera las orejas de orgullo. Entre risas suaves y pequeños tropiezos, lograron que diera varios pasos seguidos sin caer.
Luego, ella recordó algo. Sacó con cuidado de su ropa la pluma blanca que había recogido días atrás en el bosque, donde habían vivido una de sus primeras aventuras juntas. La sostuvo entre los dedos, casi reverente, y se la mostró a Nigalya.
—Es... e-es para recordar lo que fuimos allá —dijo con voz tímida pero sincera.
Nigalya tomó la pluma entre sus dedos, la observó a contraluz unos segundos, como si pudiera leer en ella la historia completa de esos días. Sonrió con cariño y con nostalgia. Luego, sin previo aviso, abrió la mano y dejó que el viento de la mañana la cargara, elevándola hasta perderse entre las ramas.
La niña se quedó congelada.
—¿Por qué... por qué la soltaste? —preguntó confundida, casi herida.
Nigalya puso una mano suave sobre la cabeza de la pequeña.
—Porque vale más que tú lo cuentes que conservarlo en un objeto —respondió con una calma que se sentía más grande que ella misma.
La pequeña frunció el ceño, sin comprender.
—Pero si ya no está... ¿cómo lo voy a recordar?
Nigalya señaló el pecho de la pequeña, justo donde ella guarda sus recuerdos más importantes.
—Porque aquí nunca se va. Lo que guardamos en las manos se pierde. Lo que guardamos en la voz crece.
Ella no lo entendió del todo, pero el gesto, la presencia de Nigalya y esa forma extraña que la panda roja tenía de confiar tanto en ella, la consoló. Aun así, miró al cielo como si esperara que la pluma regresara.
La criatura, sin entender lo que había pasado, también miró hacia arriba. Luego repitió torpemente una de las palabras que Nigalya le había enseñado:
—¿Re... cuerdo?
Nigalya sonrió.
—Exacto. Y hoy haremos muchos más.
La mañana siguió con esa mezcla de ternura, aprendizaje y un simbolismo que la pequeña tardaría en comprender, pero que, sin darse cuenta, ya la estaba formando por dentro.
La pequeña seguía mirando hacia el cielo, como si la pluma aún pudiera aparecer entre las ramas movidas por el viento. No entendía del todo el porqué, solo sabía que algo importante había ocurrido, algo que Nigalya veía más claramente que ella. Se acercó a la panda roja, jalándole suavemente la manga.
—Nigalya... —dijo con la voz baja, casi como un pensamiento— ¿cuando lleguemos a donde tú vives vamos a ser igual de libres que aquí, como en la naturaleza?
Nigalya ladeó la cabeza, sorprendida por la profundidad de la pregunta. Las orejas se le suavizaron, y su expresión cambió a una mezcla de ternura y respeto. La pequeña no estaba preguntando por normas o lugares. Estaba preguntando por pertenencia, por miedo y esperanza al mismo tiempo. Nigalya se agachó para quedar a su altura.
—Si deciden quedarse... —comenzó, eligiendo las palabras con cuidado— no voy a dudar ni un segundo en agradecerles por habernos encontrado. A todas nos harían bien... más de lo que creen.
La pequeña sintió un cosquilleo cálido en el pecho. No era una promesa de libertad como la del bosque, pero tampoco era una distancia. Era algo distinto. Una invitación, tal vez. Una bienvenida adelantada.
—Sería algo hermoso si pasa —susurró, más para ella misma que para Nigalya.
Apenas dijo la palabra, la criatura (que llevaba rato imitando sonidos y observando cada emoción como si fueran luces nuevas) levantó las orejas, dio un pequeño brinquito torpe y repitió:
—¿Her... mo... so?
Lo dijo con esfuerzo, a diferencia de las primeras veces, con la lengua tropezando al final, pero lo dijo.
La pequeña abrió los ojos de par en par, iluminados.
—¡Sí! —le respondió— Hermoso... ¡muy bien!
Nigalya tomó una profunda bocanada de aire. Era la primera vez que la criatura decía una palabra tan cargada, tan delicada, tan humana. Una palabra que no se enseñaba con dibujos, sino con experiencias.
—Eso es... —murmuró Nigalya, con un orgullo calmado— Esa palabra vas a usarla mucho.
La criatura sonrió, con esa sonrisa torpe pero verdadera, como las primeras flores de primavera. Y por un instante, el claro se sintió más cálido que el sol.
El resto del día avanzó con una calma diferente a la de los días anteriores. No era silencio ni rutina, era una especie de armonía nueva que parecía haberse formado desde que la criatura dijo su primera palabra días atrás antes de conocer a Nigalya. La panda roja se sentó sobre una roca baja, con su libreta abierta y el lápiz entre los dedos. El sol de la tarde hacía brillar el papel como si fuera un pequeño espejo, y ella iba anotando palabras, símbolos y pequeñas frases sencillas.
—Her-mo-so... lu-na... a-mi-ga... —pronunciaba despacio, marcando las sílabas para que la criatura las pudiera imitar.
La criatura se sentaba frente a ella, con las piernas dobladas de manera un poco torpe, la cola moviéndose a veces cuando parecía entender algo. No siempre repetía bien, pero lo intentaba con una concentración casi adorable.
—He... he... he-moso... —decía, como buscando en su memoria.
—Her-mo-so —corregía Nigalya suavemente.
—Her-mo-so —repitió finalmente, esta vez con claridad suficiente como para que Nigalya levantara las cejas, impresionada.
Mientras tanto, a unos pasos de ellas, la pequeña dibujaba en la tierra con un palito. Trazaba círculos, figuras que recordaban flores, una pandita roja con una mochila, una figura pequeña con ropa vieja, y al lado, la criatura, con orejas grandes y expresión redonda. Cada vez que volteaba, veía que la criatura hacía un esfuerzo por imitarlas y le sonreía como si fuera una hermana. La criatura se inclinó un poco para mirar lo que la niña hacía.
—¿Qué... eso? —preguntó, uniendo palabras sueltas con un gesto de curiosidad infantil.
—Nosotras. En el bosque —explicó con sencillez.
La criatura abrió la boca con un pequeño ‟oh” y tocó el dibujo con la punta del dedo. Era evidente que no entendía del todo pero le gustaba. Sentía que tenía un significado, algo que conectaba con el interior, aunque aún no tuviera palabras para describirlo.
Nigalya las observaba a ambas y escribía algo más en su libreta: Progresa rápido cuando es algo que le importa. Era cierto. La criatura no aprendía por obligación; aprendía porque quería alcanzarlas, entenderlas, ser parte de ese pequeño ‟nosotras” que la niña había dibujado en la tierra.
—Muy bien las dos. —dijo Nigalya poniéndose de pie, estirándose un poco— Si seguimos así, la criatura va a hablar mejor que yo en unos días.
La pequeña rió bajito, como si no fuera una broma, sino una posibilidad real.
La criatura repitió, imitando la risa:
—He... he... he... —y luego añadió— Nosotras.
Nigalya se sorprendió. La niña sonrió con brillo en los ojos. La criatura, sin entender del todo lo que había hecho, movió la cola, feliz. Y así, entre dibujos, palabras sueltas y mucho cariño, la tarde siguió avanzando.
La noche cayó suave, como si el bosque tuviera cuidado de no interrumpir lo que estaban viviendo. El cielo estaba limpio, con apenas unas nubes atravesando la luna que estaba comenzando a aparecer, y el campamento improvisado se iluminaba con el tenue brillo de la fogata que Nigalya había encendido. La pequeña dormía a unos pasos, con su peluche entre los brazos, respirando de forma tranquila. Su cabello caía sobre su rostro y se movía apenas cuando el viento pasaba. La criatura miraba a la niña de vez en cuando, como si asegurarse de que seguía allí fuera tan importante como aprender cualquier palabra nueva. Nigalya trazó una línea en la tierra, luego un pequeño dibujo sencillo, casi infantil: un árbol.
—Ár-bol —pronunció, marcando el ritmo.
La criatura miró el dibujo.
—Ar... bol. —Su voz era ronca, pero segura.
Nigalya sonrió apenas, y dibujó otra forma: una luna.
—Lu-na.
—Lu... —la criatura la vio dormir nuevamente y repitió, más suave, casi como un susurro— na.
Ese detalle de mirarla dormir antes de repetir no pasó desapercibido para Nigalya. Era la prueba de algo que ya había notado en el viaje: la criatura avanzaba más cuando la motivación venía de un vínculo, no de la instrucción. Nigalya giró el lápiz entre sus dedos, pensativa. ‟Aprende por ella”, escribió mentalmente antes de continuar.
—Mira esto. —dijo, dibujando ahora a dos figuras de palo: una pequeña y otra con orejas grandes, y entre ambas, un punto que representaba una mano tomada— Nosotras.
La criatura inclinó la cabeza, observó el gesto, y volvió a mirar a la niña.
—No... so... tras —repitió, esta vez sin que se lo pidieran.
Nigalya suspiró, sorprendida cada vez más por la rapidez con la que la criatura asociaba lo emocional con lo verbal. Se acercó un poco, sin invadir, y dibujó una última cosa: un pequeño corazón.
—Esto significa ‟querer”. Es cuando... —buscó palabras simples— cuando alguien importa mucho.
La criatura tocó el dibujo con la punta del dedo, luego miró a la niña, y luego se señaló el pecho.
—Que... rer... —dijo, despacio, como si fuera algo que pesaba más que el resto.
Nigalya sintió algo cálido alrededor de su ser. No era común que una criatura del bosque aprendiera tan rápido, pero más que eso, no era común que aprendiera con tanta intención.
—Bien. —dijo Nigalya en un susurro— Muy, muy bien.
La criatura se acomodó al lado de la panda roja, aún despierta pero tranquila. Observaba el cielo y luego el dibujo en el suelo, como si estuviera procesando todo al mismo tiempo. Nigalya sostuvo otra vez su libreta y anotó sin ruido:
‟Cuando mira a la niña, aprende más rápido.
Cuando habla por ella, cuando se mueve por ella...
Creo que está descubriendo lo que significa querer.”
Horas después, la fogata ya era apenas un círculo de brasas rojas, respirando lentamente entre las sombras. Nigalya dormía recostada sobre su bolsa, con la cola enroscada alrededor como si se abrazara a sí misma. La pequeña, acurrucada contra su peluche, soñaba con algo tranquilo; su pecho subía y bajaba con un ritmo dulce, casi infantil. Pero la criatura no dormía.
Seguía sentada frente a los dibujos en la tierra: el árbol, la luna, las dos figuras tomadas de la mano y el pequeño corazón que Nigalya había trazado. Pasaba la yema del dedo por cada uno, como si quisiera memorizar no sólo su forma, sino el significado escondido detrás.
Nigalya había dicho querer. La criatura repetía esa palabra por dentro, intentando sentirla, entenderla, hacerla suya.
Querer.
Hablar.
Ser como ellas.
Miraba sus propias manos, recordando cómo antes sólo eran herramientas para escarbar, trepar y pelear. Ahora las veía como algo distinto: instrumentos para formar palabras, gestos, vínculos. Y entonces lo intentó. Despacito, sin despertar a nadie.
—Her... mo... so —susurró, practicando la palabra que la niña tanto repetía.
—Árbol.
—Lu... na.
—Nosotras.
Cada palabra salía un poco más fluida que la anterior, como si su voz estuviera aprendiendo a existir. Su garganta vibraba de forma irregular, a veces ronca, a veces casi clara. Era un sonido extraño en el bosque, que usualmente conocía de ella gruñidos, clics y ruidos guturales, pero no palabras. Y aun así, el bosque la escuchaba. Una brisa leve movió las hojas, como si acompañara su esfuerzo. Se inclinó hacia adelante y repitió otra palabra que había aprendido esa tarde, una que le costaba, pero que la hacía sentir distinta cuando la decía:
—Que... rer...
Le tembló un poco la voz, no de miedo sino de algo nuevo, que no sabía nombrar. Quería ser como ellas. Hablar como ellas. Caminar como ellas. Pero, sobre todo, quería entender ese corazón dibujado en la tierra. Volvió a intentarlo, esta vez sin mirar el dibujo, sino mirando a la pequeña que dormía.
—Querer... —murmuró, más firme.
Sus labios se acostumbraban lentamente al movimiento humano. Su voz dejaba de ser sólo un sonido animal y se convertía en un puente. Y el bosque entero guardó silencio, como si entendiera que algo importante estaba ocurriendo: la criatura del bosque se estaba convirtiendo en alguien. Practicó un rato más, bajito, incansable. Hasta que sus ojos se cansaron y su cuerpo la obligó a acostarse junto a la niña. Mientras el sueño por fin la alcanzaba, su última palabra fue apenas un suspiro.
—Nosotras...
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las ramas cuando Nigalya abrió los ojos. Lo primero que vio no fue la fogata apagada ni su bolsa desordenada, sino a la criatura sentada frente a la libreta, repitiendo palabras en voz baja. La pequeña, despertando a su lado, se frotó los ojos y sonrió al verla tan concentrada. La criatura marcaba con el dedo los dibujos y palabras que Nigalya había escrito el día anterior. Repetía cada una con la garganta algo tensa, pero con una determinación que no había mostrado antes.
—Sol...
—Ár... bol...
—He... he... rr... moso...
Nigalya se incorporó, admirada. Podía ver las ojeras en la criatura: había dormido poco, si es que había dormido. Pero su mirada era brillante, llena de una energía nueva. La panda roja se agachó a su lado, dejando que su cola se apoyara suavemente sobre la espalda de la criatura.
—Oye... —le dijo con un tono suave, orgulloso— Lo estás logrando. Más rápido de lo que pensé.
La criatura giró la cabeza hacia ella, con las orejas levemente hacia atrás como si temiera haber hecho algo mal.
—Hablas mejor cada día. —Nigalya sonrió— Tarde o temprano hablarás como nosotras. Te lo prometo.
La pequeña, que ya se había acercado, asentía con entusiasmo.
—¡Sí! ¡Muy pronto! —dijo, tocando con cuidado la mano de la criatura— ¡Ya dices ‟hermoso”! Y más cosas.
La criatura las miró a ambas. Se tocó la garganta, casi como si quisiera comprobar que esa voz le pertenecía. Y con esfuerzo, con cada sílaba tropezando un poco con la siguiente, dejó salir lo que tanto había practicado la noche anterior:
—De... se... o... ha... blar...
La pequeña le sonrió con un brillo de orgullo en los ojos. Nigalya sintió un leve escalofrío: escuchar un deseo tan claro proveniente de alguien que hace días apenas sabía pronunciar una sílaba era increíble.
—Entonces lo harás. —respondió Nigalya, con voz firme pero cálida— No estás sola para aprender.
La criatura bajó la mirada, no por vergüenza, sino por emoción: sus manos temblaban un poco, pero esta vez no era por miedo. La pequeña tomó su mano y la apretó.
—Vamos a estar contigo, —dijo ella suavemente— hasta que lo logres.
Nigalya señaló el camino que seguía adelante, el sendero que llevaba a su aldea.
—Y estamos cerca de casa. —añadió— Allí aprenderás más. Mucho más.
La criatura levantó la vista. ‟Casa.” Otra palabra para aprender. Otra palabra que quería sentir. Y mientras se levantaba con torpeza, pero con un paso más firme que el día anterior, volvió a intentarlo.
—Ca... sa... —dijo, despacio.
La pequeña aplaudió. Nigalya sonrió. Y el viaje continuó.
El camino se volvió un pequeño coro improvisado, marcado por los pasos, el viento entre las hojas y la voz de la criatura. Cada pocos segundos soltaba una palabra nueva, otras a medio formar, o frases que no tenían sentido pero que mostraban un avance claro:
—Sol... ar... pasa... ven... sí... no... hermoso... cami... nar... yo... quiero... ha... blar...
La pequeña reía cada vez que escuchaba una sílaba bien lograda, y a veces repetía la palabra para animarla, estirando su mano para que la criatura la imitara. Otras veces Nigalya corregía suavemente, moviendo la mandíbula de la criatura con la punta de sus dedos o pidiéndole que respirara antes de repetir. Era un aprendizaje constante, una marcha que avanzaba al ritmo de su voz.
Nigalya, caminando unos pasos por delante, levantó la mirada. El cielo tenía un tono particular, un azul que empezaba a abrirse justo antes del mediodía.
—Estamos a un día de llegar. —anunció con un gesto seguro, moviendo su cola hacia un lado— Recuerdo este tramo. Lo caminé antes de encontrarlas.
La pequeña abrió los ojos con emoción.
—¿Un día? ¿De verdad?
—Sí. —respondió Nigalya— Esta vez no me equivoqué de camino.
La criatura, al oír la palabra ‟día”, la repitió con esfuerzo:
—Dí... a...
Nigalya sonrió.
—Muy bien. Esa es fácil, ¿ves?
El resto del día fue un desafío constante para la criatura. Cuanto más avanzaban, más esfuerzo hacía por mantener la postura erguida, por caminar como ellas, por articular sonidos claros. Y cada palabra nueva parecía costarle más que la anterior. Hubo un momento en que la criatura tropezó y cayó de rodillas, exhausta. La pequeña corrió a ayudarla a levantarse, mientras Nigalya movió su cola para acariciar su espalda y darle apoyo.
—Estás haciendo un gran trabajo. —dijo la panda roja, con una voz suave y orgullosa— Pero debes descansar un poco también.
La criatura, con respiración entrecortada, solo alcanzó a decir:
—Quie... ro... ha... blar... más...
Nigalya negó con la cabeza, aunque sonreía.
—Y lo harás. Pero si te cansas demasiado no aprenderás bien.
La pequeña acarició la mano de la criatura.
—Vamos a descansar tantito. Luego sigues. Ya te falta poquito.
La criatura ladeó las orejas, dudó un instante y luego asintió. El día siguió su curso, cada paso más pesado, cada palabra un pequeño triunfo. Y Nigalya no podía evitar sentir algo que no creía volver a sentir desde mucho tiempo atrás: Orgullo. Una criatura salvaje, que hace solo días no sabía ni hablar ni caminar erguida, ahora deseaba aprender porque quería acercarse a ellas. Y eso, para Nigalya, era hermoso.
Pasaron las horas, y la criatura ya estaba lista para seguir, sus compañeras también lo estaban. De esta manera se prepararon para seguir caminando mientras la criatura seguía soltando palabras. El claro seguía tan iluminado y naturalmente vistoso, la hierba era suave y el suelo firme, ideal para detenerse un momento sin perder el rumbo. Nigalya dejó su bolsa junto a un tronco caído y estiró los brazos con calma.
—Aquí está bien. —dijo— Podemos practicar un poco antes de seguir.
La criatura inclinó la cabeza, atenta. Había entendido lo suficiente como para saber que ese momento era para ella. Nigalya se colocó frente a la criatura y caminó despacio, marcando bien cada paso.
—Mira. —indicó— Espalda recta. Paso corto. No te apresures.
La pequeña se puso a un lado, imitándola con exageración, levantando demasiado las rodillas y balanceando los brazos. Al verla, la criatura soltó un pequeño sonido que no llegó a ser risa, pero que se parecía mucho.
Lo volvió a intentar. Al principio fue torpe como en las veces anteriores. Dio dos pasos y luego otros tres, y esta vez mantuvo el equilibrio un poco más. Más o menos bien, más o menos mal. Su cola se movía buscando estabilidad, pero ya no dependía tanto de ella como antes.
—Eso, —animó Nigalya— lo estás haciendo bien.
La criatura volvió a intentarlo. Un paso. Otro. Recordó esa vez que buscó a la pequeña cuando la perdió por un momento, cómo logró correr parcialmente bien. Esta vez no cayó. La pequeña dio una pequeña palmada.
—¡Viste! ¡Sí puedes!
La criatura miró sus propias piernas, sorprendida, y repitió con esfuerzo:
—Pue... do...
Nigalya sonrió, era de esas sonrisas que se quedan un rato más de lo necesario. Siguieron así un buen rato, sin alejarse demasiado del centro del claro. Nigalya corregía con paciencia, la pequeña demostraba y celebraba cada avance, y la criatura aprendía. Su cuerpo empezaba a recordar la postura, el ritmo, el equilibrio.
Cada intento era un poco mejor que el anterior. En un momento, la criatura logró caminar varios pasos seguidos sin apoyarse, sin caer, sin volver a su postura salvaje. Sus anteriores intentos eran su motivación para seguir. Se detuvo, respirando agitada, pero con los ojos brillantes. Nigalya se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—¿Lo sientes? —preguntó— Ya no estás forzándolo tanto.
La criatura asintió lentamente.
—Ca... mi... nar... —dijo, con voz todavía irregular, pero segura.
La pequeña se acercó y la abrazó sin pensarlo.
—¡Lo estás logrando!
En ese claro del bosque, entre risas suaves y pasos inseguros, la criatura comenzó a caminar no solo como ellas, sino con ellas.
El sol del mediodía caía directo sobre el claro, filtrándose entre las hojas y dibujando sombras suaves sobre la hierba. La criatura estaba sentada, recostada contra un tronco, respirando con calma después del esfuerzo. Sus piernas todavía temblaban un poco, pero ya no por cansancio extremo, sino por el recuerdo del movimiento nuevo que su cuerpo estaba aprendiendo. Nigalya y la pequeña se sentaron a unos pasos de ella, compartiendo el silencio.
—Han sido días... distintos —murmuró la pequeña, mirando el cielo— Antes todo era solo caminar y buscar.
La panda roja asintió despacio.
—Sí. Diferentes vidas para nosotras. —repitió— A veces el bosque cambia cuando uno cambia por dentro.
La pequeña ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Por eso viniste aquí?
Nigalya tardó un poco en responder. Miró a la criatura descansando, luego a los árboles, y finalmente al cielo.
—Creo que sí. —dijo al fin— Estaba perdiendo mi razón para quedarme donde vivo. Todo seguía igual, día tras día, y yo ya no sabía qué estaba buscando. Así que decidí ir al bosque a pensar.
La pequeña escuchaba con atención.
—No pensé que estaría tanto tiempo ahí, —continuó Nigalya— mucho menos que encontraría a alguien.
Miró de reojo a la criatura, que parecía dormitar, pero que en realidad estaba escuchando, atenta a cada palabra.
—Encontrarlas fue... suerte. —añadió— De esa que no se planea.
La pequeña sonrió suavemente.
—Yo creo que no fue solo suerte.
Nigalya alzó una ceja.
—¿Ah, no?
—Creo que... nos estábamos buscando —dijo la niña, con una seguridad tranquila.
Nigalya dejó escapar una risa baja y cálida.
—Puede ser. —admitió— El bosque tiene esa costumbre.
La criatura abrió un poco los ojos. No entendía cada palabra, pero sí el tono. Sentía que esas voces no hablaban solo del pasado, sino de ella también. Se incorporó despacio y, con esfuerzo, dijo:
—Su... er... te...
Nigalya se giró de inmediato.
—Sí, —respondió con una sonrisa— eso mismo.
La criatura cerró los ojos otra vez, más tranquila. Bajo el sol del mediodía, los tres compartieron ese descanso silencioso, conscientes de que nada era igual que antes.
El día avanzó más rápido que los anteriores, pero la tarde avanzó lenta, teñida de un dorado suave que atravesaba el bosque. Nigalya caminaba un poco detrás de ellas, observando con más atención que nunca. La pequeña volvía a señalar cosas del camino, árboles, piedras, sonidos lejanos, y la criatura la seguía, imitándola con pasos cada vez más firmes.
—Ár... bol —decía la criatura, deteniéndose frente a uno especialmente alto.
—Árbol —corregía la pequeña con paciencia.
—Árbol —repetía ella, más segura.
La panda roja sonrió para sí. Ya no eran solo palabras sueltas; había un orden, una intención clara. Aún torpe, aún incompleto, pero real.
Mientras caminaban, Nigalya entendió algo que había pensado días atrás pero ahora era con claridad: ambas eran felices ahí, en el bosque, en ese presente sencillo. Y aun así, sabía que no perderían esa felicidad cuando llegaran al lugar que les había prometido. No sería una jaula ni un final, sino otra forma de seguir creciendo.
La criatura seguía hablando en voz baja, probando sonidos, juntando palabras sin darse cuenta de que ya estaba haciendo algo nuevo.
—Cam... nar bien —murmuró, mirándose los pies.
—Caminar bien —repitió la pequeña, animándola. La criatura asintió, concentrada.
Nigalya las observaba con la cola moviéndose lenta y alegremente. Verlas juntas, ver cómo se entendían sin necesidad de explicaciones largas, le confirmaba que no se había equivocado. La criatura ya no era solo un ser del bosque; se acercaba, paso a paso, a ser alguien más, alguien capaz de elegir, de hablar, de quedarse. Y eso la llenaba de una alegría tranquila, de esas que no hacen ruido, pero se quedan.
La noche era profunda y tranquila. El bosque respiraba lento, como si también escuchara. La criatura permanecía sentada, con la libreta de Nigalya apoyada entre sus manos. Miraba los árboles, las sombras que se alargaban, las hojas que se mecían con el viento. Durante mucho tiempo les había hablado sin palabras, con aullidos, con gestos, con silencios. Ahora sentía que eso ya no era necesario. No porque hubiera dejado de pertenecer, sino porque había aprendido otra forma de expresarse.
Pasaba las páginas con cuidado, señalando letras, juntando sonidos en su mente. Probaba en una voz no tan baja ni tan alta, fallaba, volvía a intentar. No había prisa. Esto era importante.
Miró a la pequeña dormida, abrazando su peluche. Luego a Nigalya, descansando cerca del fuego ya apagado. Volvió la vista al bosque. Respiró hondo.
—Gra... cias... —susurró primero, dudando.
Cerró los ojos un instante, como reuniendo todo lo que sentía.
Y entonces, sin darse cuenta de cómo, las palabras fluyeron.
—Gracias por cuidarme... por enseñarme... por no dejarme sola.
La frase salió clara. Completa. Verdadera.
El bosque no respondió con palabras, pero el viento se movió entre las ramas, los grillos dejaron de cantar, y las hojas crujieron suavemente, como un gesto de despedida y de aceptación. La criatura sintió algo distinto: calma. No tristeza, no miedo. Solo la certeza de que estaba bien avanzar.
Cerró la libreta con cuidado, la dejó a un lado y se recostó cerca de las dos. Antes de dormir, repitió la frase una vez más, apenas un murmullo, como para no olvidarla. Y por primera vez, no le habló a la naturaleza como antes. Ahora, simplemente descansó, sabiendo que había aprendido a decir lo que sentía.
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